Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

—¿E n serio? —preguntó esa tarde Blanche Canterbary, dueña de la Chapellerie de Madame Dupont pour dames élégantes, y una de las socias principales del club Astarea, el primer club social para personas de todos los géneros no creado para dar bailes, sino para mantener charlas de todo tipo, resolver misterios y hacer cuanto les diera la real gana.

Miró a lady Penelope con los ojos muy abiertos.

Dado que estaba encinta de varios meses, esta última se temió haberla impresionado demasiado con el relato de su aventura—. Creo que yo me hubiera desmayado.

—Y yo creo que no —replicó la señorita Eunomia Thompson, Nomy, la hermana pequeña de sir Justin.

Sostenía un puro entre los dientes y se había servido un vaso de whisky.

El licor lo bebería, pero el puro no lo encendía jamás.

Había jurado no hacerlo hasta que estuviera segura de que el club estaba cumpliendo con sus expectativas.

Y eso no había sucedido aún—. Eres más fuerte de lo que piensas, Blanche.

Todas lo somos, y muy resistentes, de otro modo nadie traería niños al mundo.

—Hizo un gesto hacia su vientre abultado—.

Solo que esta sociedad nos educa para que nos creamos frágiles, sensibles y tontas, y así puedan venir a defendernos los hombres y a decirnos cómo deben hacerse las cosas para salvarnos de nuestra estupidez.

—Para entenderlo, hay que tener perspectiva histórica y reflexionar sobre cómo ha sido todo —dijo lady Penelope, con aire pensativo—. En un mundo brutal como lo era el nuestro en el pasado, la fuerza es más evidente que la resistencia. No digo necesaria, solo evidente.

—Eso te iba a decir —apuntó Nomy—. Porque sin mujeres teniendo hijos y aguantando el hogar mientras ellos se iban a la guerra, ya me dirás qué hubiese sido del ser humano.

—Cierto. La fuerza, es más evidente, sin más.

Y, al ser más fuertes físicamente, se han acostumbrado a sentirse superiores por ello y se han aprovechado.

No me preguntéis dónde empezó todo a ser así, supongo que en las cavernas, donde vivían los monos evolucionados de Darwin, cuando el que daba el golpe más fuerte se quedaba con la mejor hoguera.

El caso es que todo ese largo tiempo de conflicto nos ha llevado a que, hoy en día, se presuponga que somos menos válidas que los hombres.

—Se frotó la barbilla—. Es un tema fascinante, pero supongo que no es el momento de ponerse a filosofar.

La cuestión es que tenemos un misterio entre manos.

—Eso parece —asintió Nomy—. Y creo que tus propuestas eran muy sagaces, amiga mía. —Lady Penelope le hizo una reverencia—. Aunque he visto que te cuesta encajar el dinero en lo ocurrido.

Ella asintió, desalentada.

—Sí, es mucho. Yo creo que tiene que ver con el encuentro, pero no puedo afirmarlo. Es solo una teoría.

—Pero una buena teoría. —Nomy repiqueteó los dedos sobre la mesa del escritorio, masticando el puro, y cuando habló, lo hizo sin sacárselo de la boca—. Yo creo que era un segundo pago.

—¿Eh...? —A lady Penelope le costó entenderla y frunció el ceño, extrañada. ¡Qué teoría más peculiar! ¡Y qué interesante!—. ¿Un presunto mago?

Nomy arqueó ambas cejas.

—¡No! —Sacó el puro y habló con claridad—. ¡Un segundo pago!

—¿Un segundo pago? —Blanche la miró sorprendida—. ¿De qué?

—¿Y por qué lo dices? —añadió lady Penelope. Nomy sonrió.

—Por los zapatos, claro está.

—¿Los zapatos?

—Sí. Según nos has dicho, a diferencia de la ropa, eran nuevos y de mucha mejor calidad.

—Así es. Yo diría que eran de un buen zapatero de Londres. Uno de los mejores, los de mi abuelo son así de elegantes.

—Exacto. Pues... pongamos que nuestro amigo de ropas mediocres tenía los zapatos hechos polvo. Parece bastante lógico pensarlo, los zapatos sufren mucho, nos llevan por todos lados y las suelas se desgastan. Bueno, eso dicen.

—Eso iba a comentar —replicó lady Penelope divertida—. Dudo que tú hayas desgastado ningún zapato jamás. Renuevas tu vestuario a cada momento.

—Y tú haces lo mismo, así que me entiendes. Pero ese hombre no podía hacerlo. Vamos a presuponer, en base a sus pantalones rojos, que fuera un francés. Alguien que se vino aquí a vivir habiendo pasado por el ejército de su país. ¿Un desertor, quizá? No sé si tienen de eso.

—No sé, son franceses.

—Os estoy oyendo —dijo Blanche riendo entre dientes—. Seguro que sí, que tenemos de eso. No nos privamos de nada.

—Genial, pues pongamos que dejó el ejército como fuera, y que se vino como pudo.

Sus zapatos se desgastaron en el camino.

Alguien, el asesino, lo contrató para algo y le pagó.

Él se compró el capricho por el que llevaba meses suspirando: un buen par de zapatos del zapatero más reconocido de Londres.

—Espero que la policía investigue eso...

—Yo también. De otro modo, tendremos que hacerlo nosotras.

—Nomy sonrió. Sostuvo el puro entre los dientes unos segundos, mientras sonreía, pero lo sacó antes de seguir hablando, seguro que escarmentada por lo ocurrido antes—.

El caso es que esos zapatos fueron la compra hecha con un primer pago ganado gracias a algo...

no exactamente legal. Algo por lo que los encuentros no podían ser en una casa, ni siquiera en una taberna, sino en un punto perdido por ahí, en el bosque.

—Lady Penelope asintió, siguiendo la lógica—.

Ahora viene lo más turbio: arrastrada por la ambición que le transmitieron sus zapatos nuevos, la víctima pensó que podía chantajear impunemente al otro y amenazarlo con revelar lo ocurrido.

De modo que le pidió más dinero, quizá el doble.

Pero no contó con que este fuera un asesino.

Lady Penelope la contempló admirada.

—Es una gran idea, amiga mía. De verdad, tienes todo mi respeto.

—Y el mío —añadió Blanche—. Me encanta tu teoría.

—Gracias, gracias, amigas mías —replicó Nomy, complacida—. Ahora hay que buscar por los alrededores a alguien que pueda pagar trescientas libras en metálico sin mayor problema. Aparte de ti, Penny, por supuesto.

—Oh, yo no podría. ¡Qué cosas dices! Raramente llevo dinero encima, es un tema muy poco elegante.

Pero sí, tienes razón, según esa teoría, habría que buscar cerca a alguien que cuente con una buena fortuna.

—Se lo pensó unos momentos—. Apostaría a que nadie en Finesword Manor está relacionado con ese feo crimen, desde luego ni mi abuelo ni yo, ni el señor Carrigtwohill, el administrador, por poco simpático que me parezca.

—Le roba a tu abuelo, seguro —adujo Nomy—. Bien pudo reunir las trescientas libras.

—¿Le roba? —preguntó sorprendida Blanche. Lady Penelope suspiró.

—Nomy está convencida de ello desde la primera vez que lo miró a los ojos, hace años. Pero me temo que una prueba semejante no es suficiente como para acusarlo de eso ante mi abuelo.

—Un día de estos lo haré yo misma —farfulló Nomy, cabezota—. Si tu abuelo me dejara revisar los libros...

—Vale, se lo pediremos el próximo día que vengas a tomar el té a Finesword Manor. Pero, Nomy, aunque así fuera, eso no tiene nada que ver con lo ocurrido. El señor Carrigtwohill es muy bajito y muy mayor, lo sabes. Y desde la Navidad pasada, cuando se cayó en la nieve, está muy cojo.

—Es verdad —admitió su amiga. Hizo una mueca culpable—. Y yo me reí.

Lady Penelope la censuró con la mirada, pero de un modo amable. Ella también había tenido que contener la risa. Pobre hombre.

—Sí, fuiste cruel, menos mal que no te oyó.

Pero el caso es que está cojo, no lo veo cogiendo una piedra y avanzando sigiloso tras un hombre bastante más alto que él, para golpearlo con una fuerza que no tiene.

Eso por no hablar de que el golpe estaba en esta parte alta de la cabeza —señaló—, no en la nuca.

Hubiera debido alzar mucho la piedra, estirarse y hasta ponerse de puntillas para alcanzar el punto exacto.

Su mente recreó la escena del anciano, bajito y cojo, jadeando por la carga de una roca mientras caminaba con supuesto sigilo tras el hombre de los pantalones rojos.

Y, al llegar allí, alzarse penosamente para estamparle la piedra en la zona de la herida; algo que, por otra parte, solo hubiera sido posible de estar el otro inmóvil por completo durante todo el proceso.

¡Por Dios, qué imagen! Casi se echó a reír.

—Bah, tienes razón —admitió Nomy, seguro que con una escena semejante en su mente—. Es verdad que está demasiado mayor, estoy segura de que tiene mil veces mil años. ¡Seguro que aprendió de escriba en tiempos de los faraones! —añadió, provocando unas risas generales.

—Posiblemente —convino lady Penelope, divertida—. Por lo tanto, nuestro asesino tiene que pertenecer a alguna de las otras propiedades importantes de la zona. Y qué apropiado: justo había pensado ir esta tarde a visitar a lord Greymark.

—¿A quién? —preguntó sorprendida Blanche.

—Su vecino —explicó Nomy, con desagrado—. El conde de Greymark. Un viejo insoportable.

—No lo es tanto —lo defendió lady Penelope—. O, al menos, ya no.

—¿Ya no qué? —se burló Nomy—. ¿Viejo o insoportable?

Ella la miró entrecerrando los ojos, un poco irritada por tanta burla por la edad de la gente. ¡Como si ellas no fueran a cumplir los ochenta algún día! Bueno, quizá no, pero con mucha suerte, sí.

—Tonta. No está tan insoportable. Sigue teniendo la edad de mi abuelo. —Eso hizo que Nomy parpadease y se mostrase avergonzada, porque adoraba a lord Finesword—. Aunque está más fornido, más fuerte, si bien dicen que últimamente tiene graves problemas de corazón.

Nomy aprovechó eso para dejar atrás el tema de la edad y su metedura de pata.

—Yo diría que solo uno pero enorme: no lo tiene.

Carece por completo de corazón. —Se volvió hacia Blanche para añadir—: Algunas veces, cuando me he quedado a dormir en Finesword Manor y he acompañado a Penny en sus paseos, nos hemos cruzado con él.

Y, al margen de lo mal que trata a su gente, sus pobres criados, no ha dejado ocasión de reñirnos.

¡Qué risas aquella vez que nos pilló robándole peras!

Nunca he visto correr más rápido a Penny —le dijo a Blanche, que también rio.

Lady Penelope suspiró con ecuanimidad.

—¡Para lo que me sirvió! Se lo contó a mi abuelo, tuve que ir a pedirle perdón y me riñeron los dos.

—Ay, pobre. No me lo dijiste.

—Bah, da igual.

—No, no da igual. Y te daría la murga con lo de la doncella. ¡Cómo lo odio! ¡Ni que ese bosque fuera la jungla africana!

—Sabes que no lo dice por eso.

—Oh, ya sé que no. Lo dice por nuestras reputaciones. Necesitamos una doncella que nos libre de pecado porque somos dos lelas. ¡No vayamos a citarnos con dos leñadores, supongo, para retozar entre las zarzas!

Las otras rieron.

—Sí, el pobre es de ideas antiguas. —Lady Penelope suspiró—. Eso sí, las últimas veces que me lo he encontrado, te aseguro que estaba muy distinto.

—¿Acaso se ha convertido en alguien simpático, joven y guapo?

Las otras dos rieron.

—Boba. No, pero está... diferente, sin más. Amable. Feliz, diría. ¡Hasta sonríe!

Nomy la miró con los ojos muy abiertos.

—Imposible.

—Te lo juro. Ahora incluso siento cierto aprecio por él. Ternura. —Dio palmaditas—. ¡Estoy segura de que el milagro se debe al perrito!

—¿Perrito? —repitió Blanche, intrigada.

—Sí, tiene uno. ¡Precioso! —Sonrió al recordar la imagen de Goldie, minúsculo y alegre—. Es un pomerania.

—Anda. Como el de la reina —dijo Nomy.

—Sí. Se llama Goldie, porque es como dorado. ¡Y tan alegre! ¡Tan simpático! Ahora, cuando nos encontramos, raro que no estemos mínimo media hora, charlando y jugando.

—No me lo puedo creer...

—Yo tampoco me lo imaginaría. Pero es que no os hacéis una idea, es encantador.

—Les contó varios encuentros, sobre todo el del día anterior, cuando jugaron con una pelota—.

No sé, es como una cosita encantadora que te llena el corazón de ternura y parece dispuesto a quererte por siempre.

¿Cómo no va a estar contento lord Greymark?

Goldie salta, ladra feliz, corretea a su alrededor, no deja de lamerlo y de darle cabezaditas en los tobillos, para mostrarle su cariño...

¡Aunque no le hace mucho caso, es muy desobediente!

Lo llama y nada, no acude, ni cuando lo llamo yo ni nadie.

Pero luego va por su cuenta y, ¡hala!, montón de lametones...

—Suspiró—. ¡Ay! ¡Es tan mono! ¡Me lo llevaría yo a casa, de poder hacerlo!

Y tú también, Nomy, así que no me mires con esa expresión de lechuga rancia.

—Bah, tonterías —repuso la otra, aumentando su gesto adusto—. Un solo perro no puede provocar semejante milagro por mono que sea, no puedo creerlo. Aunque, no sé, quizá una manada de perritos dorados encantadores...

Todas volvieron a reír.