Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

—A quí tenía el caballo, sin duda —estaba diciendo uno de los policías.

Debía ser Mayers, el entendido en seguir huellas—.

Movió el cadáver toda esta distancia tirando de él, pero intentando no dejar demasiado rastro.

Creo que lo envolvió, al menos la parte de la herida, para no manchar de sangre, y hasta diría que luego trató de borrarlo en lo posible, aunque me temo que no fue muy hábil.

De hecho, he encontrado un par de manchas de sangre en el trayecto.

—Tenía la cabeza cubierta de sangre, sobre todo en la parte de atrás, por aquí —asintió lady Penelope, según llegaba, indicando la zona sobre sí misma—.

Lo habían golpeado en este punto con esa piedra que les digo que vimos tirada a un lado, lo que indica que el asesino se acercó por su espalda.

Y, sí, sin duda tuvo que envolverle la cabeza, o hubiera dejado mucha más sangre en el trayecto, porque tenía una buena contusión, con el cráneo partido.

—No me diga —masculló Forbes, con cara de disgusto. ¿Era un comentario irónico? Lady Penelope se sintió inquieta, pero continuó con su exposición.

—Eh... Por eso, partiría de la posibilidad de que se conocían de antes y de que esa cantidad de dinero que les he entregado está relacionada con su encuentro.

Que es el motivo del encuentro y del asesinato, de hecho.

—Se frotó la mandíbula, mientras miraba alrededor tratando de centrar tanta idea que se le iba ocurriendo—.

Y este lugar... podría indicar también que el asesino sí que es de los alrededores.

—¿Por qué lo dice? —le preguntó sir Justin. Menos mal, porque los otros guardaban silencio con aire hostil. Lady Penelope suspiró y siguió:

—Porque es un lugar muy discreto, lejos de los caminos del bosque, algo que solo podría saber alguien de la localidad.

Yo lo hubiese elegido, de querer mantener un encuentro secreto.

—Se ruborizó, al darse cuenta de lo que había dicho—.

Que no lo quiero, por supuesto, y nunca lo he querido.

—Carraspeó y volvió al tema—. Además, aquí estaba el caballo.

—Entiendo —asintió sir Justin.

—Creo que quedaron aquí, hablaron de sus asuntos y la víctima se marchó, pensando que ya estaba todo dicho.

Pero el asesino lo siguió con sigilo, dejando aquí su caballo, y lo mató por sorpresa donde yo lo encontré.

Siempre pensé que era mal lugar para un encuentro, quedaba cerca de un sendero.

De hecho, por eso lo vi yo de inmediato.

Los policías la contemplaron sorprendidos por las aportaciones; y su abuelo, que estaba cómodamente sentado en su silla con el fiel Otis a su lado, sonrió y le guiñó un ojo, intentando infundirle ánimos.

Sir Justin estaba a su espalda, así que no pudo saber qué opinaba de lo dicho.

Esperaba que estuviese también orgulloso de ella.

Pero los policías...

No conseguía leer en condiciones sus expresiones heladas, pero lo que sí tuvo claro fue que estaban muy molestos, los tres, por el hecho de que una mujer hubiese aparecido planteando toda clase de teorías, y aparentemente válidas. Cosas que, de hecho, tendrían que haber propuesto ellos.

Seguro que de no haber sido lady Penelope Wilson una dama importante, la futura marquesa de Finesword por derecho propio —los Wilson eran muy nobles, pero poco prolíficos.

Cuando muriera su abuelo, no habría más hombres a los que poder transmitir el título, y por deseo de la Corona se había decidido que fuese ella quien lo transmitiese a sus herederos, antes que permitir que desapareciese—, en ese momento la hubieran hecho abandonar el bosque y, posiblemente, todo el maldito condado.

O el país entero. Y se habrían reído de ella, a carcajadas y con desprecio.

En su fuero interior, lo hicieron, resultó evidente. Vio sus muecas, sus labios tensos por el esfuerzo de no hacer una réplica graciosa del tipo «consideraremos su idea como se lo merece, guapa, ahora deje trabajar a las personas que de verdad son inteligentes».

Aun siendo quien era, el capitán le lanzó una mirada dura.

—Bueno, pues, para no ser policía, sí que se ha aventurado a hacer un buen montón de suposiciones sin pruebas, milady —soltó, devolviéndole la frase que tanto le había molestado.

—Capitán... —dijo sir Justin con tono de advertencia. El otro alzó ambas manos con las palmas para arriba.

—¿Qué quiere que le diga, sir Justin? No quiero ofender a lady Penelope, pero no debería estar aquí pretendiendo hacer el trabajo de profesionales.

En cualquier caso, se lo agradezco mucho, milady.

Por favor, transmita mis saludos a su club femenino el próximo día que queden para tomar el té.

—Jacobs contuvo una risa—. Pero, por favor, ahora le ruego que abandone la zona y busque entretenerse con otros asuntos.

—Lady Penelope apretó los labios. Qué indignante era tener que vivir en un mundo así—.

Mayers, continúe. Volvamos a lo serio. Se...

—¿Está insinuando que mi nieta no es seria, capitán? —Se oyó de pronto la voz de su abuelo. Lord Augustus Horace Wilson, décimo marqués de Finesword durante los últimos cincuenta años, siempre se mostraba tranquilo, siempre formal. Quizá por eso infundía más respeto todavía.

El capitán se puso rojo.

—¡No, milord! ¡Por Dios, jamás me atrevería a decir semejante cosa, ni siquiera a insinuarlo! Pero, bueno, usted me entiende: es una mujer y las mujeres no suelen... eh... no suelen tener mucho que decir fuera del ámbito doméstico...

—No, la verdad es que no lo entiendo. ¿Está insinuando que mi nieta no es inteligente, entonces?

El capitán Forbes apretó la mandíbula. No quería transigir, pero no sabía cómo salir de aquello sin ofender al marqués.

—En absoluto. Es una dama muy... avispada, diría yo.

—Avispada... De nuevo, lady Penelope echó de menos su sombrilla—.

Y seguro que las otras damas de su club son tan elegantes y decididas como ella.

Pero seamos serios, milord, este es un trabajo de investigación.

Una labor en la que las mujeres no tienen mucho que decir, porque se requiere analizarlo todo a otro nivel.

—¿No? Bueno, que yo sepa, ella fue la que vio el cuerpo, capitán Forbes.

Ella y sir Justin, por supuesto. —Su abuelo miró hacia donde debía estar el mencionado, un par de pasos a su espalda, y le hizo un gesto cortés—.

Y todos los datos, sospechas y teorías que tienen es porque se los han dado ellos.

—Sí, yo también lo vi, pero fue lady Penelope la que lo encontró.

—Oyó decir al baronet, saliendo también en su defensa.

Su voz sonó crispada. Estaba enfadado con el capitán Forbes, resultaba evidente—.

De hecho, lo examinó con mayor detenimiento, con mayor rigor e interés, y se ha implicado mucho más en todo esto.

Forbes gruñó.

—Sí, lo sé, no nieg...

—Mi nieta es quien se lo ha descrito y les ha indicado con detalle cómo y dónde se produjo la herida —prosiguió su abuelo, decidido, aplastando su frase sin mayor esfuerzo, pese a usar un tono mucho más bajo y medido—.

Ha aportado algunas teorías que pueden o no ser ciertas, el tiempo lo dirá, pero lo que seguro que no son es absurdas.

De modo que le pediría un poco más de respeto para la futura marquesa de Finesword.

A usted y a sus hombres. —Paseó las pupilas por Jacobs y Mayers, que lo miraron amedrentados—.

De otro modo, lamento comunicarles que tendré que enojarme en serio.

Hace mucho desde la última vez, pero todavía no la he olvidado.

Y seguro que los que me indignaron, tampoco.

Una ráfaga de viento cruzó el claro, removiendo ramas y acariciando la hierba, mientras el capitán y sus hombres trataban de contener sus expresiones de alarma. Forbes carraspeó.

—Por supuesto, milord. Tenemos todo en cuenta y agradecemos mucho los comentarios de lady Penelope.

El anciano asintió con amabilidad.

—Estupendo. —La miró a ella—. ¿Algo más, querida?

Ella le sonrió, con el corazón desbordante de amor y agradecimiento.

—Sí. Hay un detalle más que acabo de recordar al verlo tan combativo, milord.

—Su abuelo lanzó una risita mientras todos los demás volvían a prestarle atención.

En sus expresiones ya no había burla ni hostilidad evidente, pero sí reserva.

Lady Penelope lo comprendió. Podrían obligarlos a soportarla, pero nunca la aceptarían—.

Sus pantalones eran rojos. Muy rojos, aunque viejos, desgastados por el uso.

Creo que podían ser parte de algún uniforme, al menos esa impresión me dio. ¿Se les ocurre de cuál?

Forbes se rascó la barba.

—Los únicos que llevan pantalones rojos en el uniforme, que yo sepa, son los jodidos franceses... Perdón, milady —se apresuró a añadir, por el lenguaje grosero—. Los llevan los franceses, el demonio confunda sus almas. Aunque igual me equivoco y también los tiene algún regimiento inglés. No lo sé.

—Nosotros somos más de chaquetas rojas —aportó Jacobs.

—Sí, eso tenía entendido... —Suspiró—. Bueno, solo era una idea. Siempre puede investigarse.

—Por supuesto —asintió el capitán, y hasta dio la impresión de que sí, que tomaba nota del detalle—.

Gracias, milady. Lo tendremos todo muy en cuenta, descuide.

—Forbes se volvió hacia Mayers y le hizo un gesto con la cabeza.

El otro tardó un segundo de más en reaccionar—.

Vamos, Mayers, es para hoy. Siga informando de lo que haya descubierto.

—Sí, señor, claro, señor —replicó el otro—.

Verá, como digo, arrastró el cuerpo. Lo trajo como pudo y aquí esperaba su caballo.

—Movió la mano señalando la zona de suelo junto a un árbol donde se mezclaban varias señales de alguna montura—.

Se distinguen las huellas de los cascos, algunas más marcadas, ya por el peso de ambos hombres. ¿Ven la diferencia?

—Humm... —mascullaron unos y otros, sin comprometerse nadie.

Lady Penelope puso cara de que sí, claro, por supuesto, como seguramente hicieron los demás, aunque no veía nada. Al menos nada... identificable ni que pudiera resultar de ayuda, porque el montón de huellas le parecía un conglomerado confuso y sin sentido en la tierra húmeda.

Y era una pena, porque le resultaba fascinante aquello de saber leer los movimientos de alguien a partir de esa clase de datos.

Mentalmente, tomó nota de ponerse en contacto con Mayers en cuanto le fuese posible y así contratarlo para que diera unas clases de seguir rastros a las socias del club Astarea.

Seguro que, aunque le pareciera absurdo, aceptaría hacerlo.

Este siguió hablando:

—Se alejó hacia allá, directo, al menos en un primer tramo que he seguido. —Señaló hacia el este—. A trote rápido.

—Eso conduce hacia Deephole Trail —dijo lord Finesword, acariciándose la cuidada barba blanca—. Es una zona de peñascos situada al extremo del bosque, con una sima profunda.

El capitán lo miró preocupado.

—Quizá quiera lanzar allí el cuerpo.

—Es posible. Y eso podría reafirmar la idea de mi nieta de que quien sea es de por aquí y conocía la zona. —Lord Finesword sonrió a lady Penelope con aprobación, y ella se sintió feliz—. Por eso sabe que ese es un buen lugar para hacer desaparecer la prueba del delito.

—Ya lo creo —aportó Jacobs—. Si logra tirarlo dentro, costará sacarlo. Dicen que no tiene fondo.

El capitán lanzó una carcajada.

—Eso es imposible.

—No lo discuto. Solo digo lo que se cuenta.

—Bien, vale, pues tenemos trabajo. Siga las huellas, Mayers.

Jacobs, vaya con él e informen cuando localicen algo, o esperen si es que es cierto que ese agujero va hacia el infierno.

Yo voy a volver para dar aviso y que nos envíen suficiente gente como para inspeccionar la cavidad, de ser necesario bajar.

—Muy bien, señor.

El capitán se quedó esperando a que sus insignes acompañantes iniciasen el camino de vuelta. Lord Finesword se levantó con ayuda de Otis, se afianzó más el sombrero de copa y ofreció su brazo a su nieta.