Capítulo 5 #3
«Esposa, esposa, esposa, esposa...». La palabra rebotaba una y otra vez en la cabeza de lady Penelope.
¿Significaba algo, había sido un desliz?
¿Era algo que estaba en los pensamientos de sir Justin?
¿Algo relacionado con ella o con alguna otra que hubiese conocido por ahí? ¡Oh, Dios no lo quisiera!
Hubiese querido seguir con aquello, hablarlo, saber...
no estaba segura de qué. Pero se moriría si de pronto le decía que estaba pensando en casarse con cualquier otra, como aquella tonta de lady Dorothy Graham, que tantos ojitos le ponía.
Esa le daría especial rabia. En una de las últimas fiestas en que habían coincidido, la había descubierto contemplando de lejos a sir Justin, que bailaba muy animado —demasiado— con la hija de un conde.
Dorothy la había mirado con antipatía y se había echado a reír.
—Ser amiga de Eunomia Thompson no va a ser suficiente para el milagro con el que está soñando, lady Penelope.
—Ella se había quedado con la boca abierta.
¡Sería tonta! ¡Ni que ella se hubiese hecho amiga de Nomy solo para poder conquistar a su hermano!
¡O que fuese un milagro la posibilidad de que sir Justin pudiera fijarse en ella!
—. Dudo que sir Justin pudiera llegar nunca a verla bajo el polvo de todos esos tontos libros que se empeña en leer, pero da lo mismo.
Soy yo la que va a conquistarlo, así que quítese a un lado o la pulverizaré como a una de sus viejas ruinas.
No, no quería morirse en ese momento, ni allí, por culpa de lady Dorothy Graham.
No quería imaginar su sonrisa de victoria.
Y, sobre todo, no quería provocar tal situación.
Si se moría allí, tendrían que arrastrarla durante kilómetros y llegaría a su lecho mortuorio con un aspecto horrible. ¡Todo el mundo lo comentaría!
Mejor esperar. Se lo preguntaría más tarde, ya en Finesword Manor, cuando pudiera correr a su cuarto a morirse rápido, de ser necesario.
De modo que se dejó llevar al tema de Nomy.
—¿Por qué? ¿A qué vienen tantos miedos, tantos reproches?
Nomy es maravillosa, ya se lo he dicho. Y, en parte, es mérito suyo, sir Justin, por todo eso que ha contado.
Por su apoyo, por la forma en que supo educarla, permitiendo que creciera como persona.
—Él sonrió con desmayo, ablandado por sus palabras.
Lady Penelope lo miró de reojo—. ¿Por qué no la deja trabajar en el despacho, con usted?
¿Qué error puede haber en eso? ¿Qué es lo que teme?
Sir Justin agitó la cabeza.
—No quiero que se haga ilusiones. No puede ejercer.
—Ante los tribunales, cierto. Pero podría ayudarlo a usted en el despacho, sir Justin. Nomy estudia Leyes de continuo, sabe mucho del tema, se le da bien y le fascina. Y es lista, bien lo sabe. Por eso la ayudó en el caso del jarrón roto.
Él negó con la cabeza.
—No. No fue por eso, ni siquiera porque se tratase de mi hermana pequeña.
Aunque reconozco que es lista. —Hizo una mueca—.
Lamento mucho que Nomy no pueda ejercer, se lo aseguro.
Yo traté de ayudarla en eso, removí cielo y tierra en su momento para que se le permitiese estudiar en la universidad y luego poder formar parte de la firma, pero no fue posible.
Y, es cierto, podría dejarla trabajar en el despacho, sí, sé que me ayudaría mucho —añadió, en tono más grave—.
Pero ambos la conocemos, y me da miedo llegar un día y descubrir que está reuniéndose a solas con los clientes y haciendo labores que jamás podrán corresponderle.
—¿Por qué fue? —preguntó lady Penelope, que se había quedado en otro punto de la exposición.
—¿Eh? —Él la miró sorprendido—. ¿Por qué fue el qué?
—Dice que no nos ayudó solo por considerarla lista. ¿Por qué nos ayudó, entonces? ¿Por qué aceptó el caso y lo siguió hasta el final?
Sir Justin no contestó, pero se lo dijo todo con la mirada. Lady Penelope leyó un claro: «Por usted», y parpadeó, sin saber qué añadir. ¿De verdad había sido por ella? ¿De verdad existía ese interés en su corazón?
«Esposa, esposa, esposa, esposa...».
Recordó el beso no dado, tras encontrar el cadáver; la pasión, profunda y ardiente, que había sentido.
No podía negar esa atracción, ya la había sentido más veces.
Bueno, dos veces, esa mañana en ese bosque y un día en que le sentaron mal unas castañas asadas y él le sostuvo la frente mientras vomitaba, y luego le limpió los labios con su propio pañuelo, que era muy bonito y estaba muy blanco.
Hacía tiempo que no pensaba en aquel día. Fue a la vez horrible y maravilloso. Quizá sí estaba interesado...
¡Ja! ¡Fastídiate, Dorothy Graham!
Claro que no le había dicho nada... Nunca le decía nada...
¿Y si lo estaba imaginando?
—¿Está seguro? —Oyeron decir al capitán, y eso los sacó de sus pensamientos.
Ambos miraron hacia el altozano donde se había reunido el resto del grupo, una zona que formaba un claro en el bosque, a una cierta distancia.
Sin más, lady Penelope empezó a caminar en esa dirección, en una especie de fuga cobarde.
No se atrevía a seguir con aquella línea de conversación, no en ese momento.
Oyó los pasos de sir Justin, caminando tras ella.