Capítulo 5 #2
—Nomy es maravillosa —afirmó ella, terminando su frase. Y si se atrevía a decir alguna tontería al respecto, le daría otra vez mentalmente con la sombrilla.
Pero no, claro. Él se detuvo. Inclinó la cabeza.
—Sí que lo es. Pero no sé si... —Tardó un segundo en continuar—. Siempre temo cometer errores que luego pague ella, ¿sabe?
Lady Penelope parpadeó.
—¿Por qué dice eso? Ella lo adora. Y usted ha hecho un gran trabajo desde que se convirtió en su tutor.
—No sé... Mis padres murieron demasiado pronto, sobre todo mi madre, que hubiese debido pulirla, ya desde niña, para que aceptase mejor su condición de mujer.
No fue así, y creció con mi padre y conmigo, en un mundo de hombres y leyes, y cometimos el error de permitir que pensase que podía formar parte de él.
Lady Penelope abrió la boca y volvió a cerrarla. Al final, logró decir algo.
—Lo que dice es horrible. Aunque creo que no lo he entendido correctamente, porque usted no es así.
—¿Eh? No, claro que no. No he dicho que yo opine así, en absoluto, y usted me conoce.
Pero es el mundo el que es así, así y de ninguna otra forma, no del modo ideal en que lo sueñan ustedes, y quizá ni mi padre ni yo lo supimos ver, creando una Eunomia Thompson que...
no sé, me da miedo de que no pueda ser feliz en esta realidad.
—Oh, sir Justin...
—Y luego yo lo estropeé más todavía, dándole esperanzas con la abogacía. Nomy tenía quince años cuando mi padre murió; yo, veintidós; no era más que un crío que temblaba solo de pensar que de mis decisiones dependía su futuro, la mujer en la que se convertiría. Y quise que tuviera todo. Todo y más.
Ella lo miró con pena.
—Insisto en que ha hecho un excelente trabajo.
—Gracias. Eso creo. Usted sabe que siempre he intentado animarla a estudiar, a prepararse bien, a pensar por sí misma y a exigir respeto por las decisiones que decida tomar.
—Sí, eso era cierto. Sir Justin era estricto y les ponía malas caras, pero como hubiera hecho un padre amante que tiene que encauzar el camino de su hija.
Siempre había admirado la inteligencia de su hermana, y no la había privado de aprender cuanto deseó a cada momento.
Al contrario, todo el tiempo la había animado a llegar más lejos—.
Por eso me ocupé de que tuviera buenos estudios y luego la llevé personalmente a Minstrel Valley, a esa escuela donde se conocieron ustedes dos.
Donde me habían dicho que creaban Damas Selectas.
Lady Penelope sonrió. Ahora fue de verdad, le salió del corazón.
—¿Y qué son las Damas Selectas, sir Justin? ¿Qué es lo que le contaron?
Él le clavó unos ojos a la vez intensos y soñadores.
—Mujeres inteligentes, bien instruidas, seguras de lo que quieren y decididas a no permitir que les arrebaten sus vidas convirtiéndolas en...
en algo decorativo en un mundo de hombres.
Pero, a la vez, mujeres muy capaces de navegar por el entramado de nuestra sociedad sin provocar ningún escándalo, sin crispación, buscando siempre un cambio lento pero seguro.
Esa clase de cambios que de verdad permanecen.
Lady Penelope sonrió con suavidad.
—Creo que nunca lo había oído expresar mejor. Estoy convencida de que lady Acton, la fundadora, se hubiese sentido orgullosa de usted. Y de Nomy.
—¿Eso piensa? —Hizo una mueca—. Yo no estoy tan seguro. Ahora no sé si fue un error enviarla allí.
Ella lo miró sorprendida.
—¿No cree que Nomy y yo seamos Damas Selectas?
—¿Sinceramente? No. Y pregúntese qué le diría lady Acton al respecto.
—Lady Penelope se ruborizó, porque encontró cierta verdad en las palabras de sir Justin, y parpadeó, intentando alejar las lágrimas.
Adoraba Minstrel Valley, adoraba ser una Dama Selecta.
¿Cómo podía decirle cosas tan espantosas?
Pero él siguió y siguió, sin percatarse del daño que hacía—.
¡Demonios! Ambas parecen incapaces de navegar por el entramado de nuestra sociedad sin provocar naufragio tras naufragio.
Usted, metida en sus papeles y sus antigüedades, sin valorar en absoluto su puesto de señora de Finesword Manor.
¡Y siendo la heredera del marquesado! ¿Sabe lo raro, lo excepcional que es eso?
—Nunca había pensado demasiado en el tema, pero al oír a sir Justin se sintió un poco avergonzada—.
¿Lo que supone para las mujeres de nuestro país que una de ustedes pueda heredar un título por sí misma y trasmitirlo a sus hijos?
—Yo... lo entiendo. Pero si fuese un hombre, no se me exigiría por ello nada más que el jugarme la fortuna en las mesas de apuestas.
—Cierto. Pero no es un hombre, es una mujer, y está embarcada en una lucha tremendamente fiera, debería saberlo.
Una soterrada y lenta, porque los cambios bruscos nunca funcionan, como bien sabía lady Acton.
Es usted la que debe unir las excelencias de ser una dama, con pequeños pasos adelante, movimientos que dejen claro a todo el mundo que las mujeres son tan capaces como los hombres.
Eso es ser una Dama Selecta, milady. Y, ya que estamos, lo que ocurrió con la duquesa de Wendell va contra todo lo que le enseñaron en Minstrel Valley, milady, y contra todo lo que supone ser una Dama Selecta.
¡Otra vez mencionaba a esa horrible mujer! Lady Penelope se frotó las manos, nerviosa. De haberlo sabido, no se lo hubiera contado. ¡Ojalá pudiera volver atrás y salir corriendo al verlo llegar a Finesword Manor!
—Vamos, no creo que...
—Fue imperdonable —insistió él, tenso—. Absolutamente imperdonable, lady Penelope.
De haber sido usted mi esposa, yo... —se interrumpió con brusquedad.
Aun así, lo dicho estaba dicho. Lady Penelope arqueó ambas cejas.
¿Esposa? Sir Justin miró hacia otro lado, escondiendo sus pupilas, y cambió de manera brusca de tema—.
Y Nomy... ¿Qué puedo decir? Va por el mundo convertida en una completa pendenciera de la causa feminista, más sufragista que nadie.
Por eso temo que sea un error aceptarla en el despacho.