Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

—E ra aquí —dijo lady Penelope, señalando la hierba y los matorrales. No estaba el cuerpo ni la piedra ensangrentada. Por no haber, no veía ni manchas de sangre. Las habrían limpiado—. ¡Estoy segura de que era aquí! ¿Verdad, sir Justin?

Él la miró algo indeciso.

—La verdad es que, como bien sabe, yo me pierdo fuera de la ciudad, milady. Antes, me guio usted hasta Finesword Manor, y ahora me he limitado a seguirla, como todos.

—Oh, vaya... —Penelope enfrentó la mirada de su abuelo, la de Otis, que llevaba una silla para que el marqués se sentase en cuanto se sintiera cansado, y la de los representantes de la policía local, a los que habían avisado de inmediato y se habían apresurado a responder.

De hecho, incluso el capitán Forbes, que raramente salía de su despacho, se había personado con sus hombres—.

Pues era aquí, se lo aseguro. Yo conozco bien este bosque.

Lo he recorrido desde niña. Ahí estaba el cuerpo y ahí la piedra manchada de sangre con la que debieron golpearlo.

Tuvo la impresión de que, de no haber estado sir Justin para afirmar que había habido un cadáver, lo hubiesen achacado a alguna ilusión propia del nervioso género femenino.

De hecho, le extrañaba que el término «femenino» no se hubiese pronunciado todavía por alguno de aquellos hombres.

O mucho se equivocaba, o no tardaría en aparecer en la conversación.

Pero, dado que el baronet estaba allí y había refrendado sus palabras, el capitán Forbes hizo un gesto firme.

—Jacobs, Mayers —dijo a sus hombres—, tracen un círculo y busquen huellas. Un cadáver no se mueve solo, debe haber algún rastro.

—Sí, capitán.

—Ustedes, por favor, apártense un poco —siguió ordenando el capitán, esta vez dirigiéndose al grupo formado por lady Penelope, su abuelo, Otis y su inseparable silla, y sir Justin—.

Milord, su nieta debería volver a casa. Ya no es necesaria su presencia e imagino que estar aquí perturbará su natural... femenino.

Lady Penelope cerró los ojos y suspiró. ¡Cómo odiaba tener razón en ciertos temas!

—Oh, por mí no se preocupe —replicó—. Jamás me he desmayado, a diferencia de muchos hombres.

Además, ¡si ya ni siquiera está el cadáver!

—le recordó, por si le preocupaba ese tema—.

Eso por no hablar de que podría ayudarlos en su investigación.

Formo parte del club Astarea, ¿sabe? Igual ha oído hablar de nosotras.

Él parpadeó, confuso.

—Me temo que no, milady...

—Bueno, no va mucho por Londres, supongo, pero ayudamos a resolver el caso de un falso jarrón Ming, en...

—Se interrumpió, sobre todo por la mirada de advertencia de sir Justin—.

Bueno, no puedo decirle, es un secreto. Llegamos a un acuerdo con el dueño para solucionarlo todo discretamente.

Son personas influyentes y no querían un escándalo, ¿sabe?

—Claro, comprendo.

—Pero el caso es que las socias del club Astarea somos un grupo de damas muy interesadas en la investigación de misterios y bien dotadas para resolverlos.

—Vio que sir Justin se frotaba las comisuras de los ojos.

Quizá tenía alguna alergia—. Nos encantará colaborar con ustedes en este asunto.

—Dio palmaditas—. Entre todos lo resolveremos antes del almuerzo. Bueno, o quizá mañana.

—¿Socias? ¿Quiere decir que el club Astarea es un club femenino? —Forbes casi pareció asustado. No debía estar acostumbrado a relacionarse con mujeres con iniciativa. O con mujeres inteligentes.

O con mujeres, en general.

—Oh, sí, bueno, no. Lo creamos un grupo de damas muy elegantes, inteligentes y bien preparadas, y siempre dispuestas a emplear nuestro tiempo en la resolución de misterios, como le digo.

Pero luego decidimos que, si queríamos de verdad luchar por la igualdad, debíamos empezar por aceptar varones.

Lógico, ¿verdad? Por eso, ahora contamos con la participación de algunos caballeros, como...

—¿No sería bueno que pidiera refuerzos cuanto antes, capitán?

—preguntó sir Justin, interrumpiéndola. Lady Penelope lo miró desconcertada.

¿No quería que mencionase al inspector Richard Canterbary?

Él y el socio de sir Justin en el despacho, el señor Kirkcallum, eran los únicos que habían aceptado ser inscritos como miembros.

Según Nomy, que era la que se lo había ofrecido, sir Justin se había reído antes de negarse.

Sí que debía querer evitar que se relacionara a aquellos caballeros con el club, porque le lanzó otra mirada de advertencia antes de mover una ramita rota con la punta del bastón, allí donde había estado el cuerpo.

Al hacerlo, descubrió una mancha oscura.

Sangre—. Solo dos hombres van a ser pocos...

—Ya veo... —El capitán se inclinó y observó—.

Bueno, ya tenemos algo más, y se nos había pasado, sí.

Pero no se preocupe, sir Justin. No pedí que buscaran aquí porque me fío de su palabra, por supuesto.

—Lady Penelope parpadeó. Claro. De la palabra de sir Justin.

Ella se lo había explicado todo y hasta los había llevado, pero como si no estuviera—.

Mayers es muy bueno siguiendo rastros y lo mejor es que empiece enseguida, para que no se pierda la pista.

No tardarán en decirnos cómo ha podido desaparecer el cuerpo, y quizá hasta echemos el guante al asesino con anterioridad a que se deshaga de él.

Antes del fin de semana, colgará de la horca.

—No sé yo si lo veo todo tan sencillo. Aquí hay algo raro. Está implicada una alta cantidad de dinero.

El capitán le quitó importancia.

—Bueno, imagino, por lo que me han dicho, que el fallecido era algún vagabundo que trató de robar a otro maleante que, a su vez, había robado a alguien.

—No lo era —replicó lady Penelope al punto—. Vagabundo, quiero decir. No llevaba ropa de calidad, pero resultaba más que aceptable y... Ah, y sus zapatos eran nuevos y de excelente factura. —Eso era lo más relevante en él—. Posiblemente de alguno de los mejores zapateros de Londres.

—¿En serio? —preguntó incrédulo el capitán. Se miró sus propias botas, polvorientas y gastadas—. Bah. Seguro que también los robó.

Lady Penelope arqueó ambas cejas.

—Yo no me aventuraría a hacer tantas suposiciones sin pruebas, capitán. Pero, claro, yo no soy policía.

El hombre se ruborizó.

—No, no lo es —masculló, conteniendo el enfado—. Y, con todo el respeto, milady, debería irse de aquí. Según parece, es la escena de un crimen.

—No pienso hacerlo. Como le digo, pertenezco al club Astarea y podemos...

—Milady, lo lamento, pero tiene que entenderlo: somos policías, somos profesionales. No podemos aceptar ayuda de damas... aficionadas.

—¿Aficionadas? —Qué hombre más obtuso. Nada, que parecía no escuchar—. Oh, no, no, como le digo ya tuvimos un gran éxito y...

—¡Señor! ¡Señor, aquí! —Se oyó. Era uno de los dos agentes.

De inmediato, el capitán se dirigió hacia allí, escapando de lady Penelope.

El resto del grupo, llevado por la curiosidad, también lo siguió.

Se movieron hacia el lugar, pese a que había que salir del sendero y caminar entre los arbustos, algo que resultaba en verdad difícil, sobre todo en ciertas circunstancias.

Otis sostenía, como podía, con un brazo al marqués, y con la otra mano arrastraba la silla entre la maleza.

Lady Penelope hubiese querido ayudar, pero le resultó imposible.

Bastante tenía con sus propios problemas.

El tacón de uno de sus botines se le atascó en el agujero de una madriguera y estuvo a punto de caer, enredada en sus faldas, pero sir Justin llegó a tiempo de sujetarla con fuerza por un brazo.

Le sonrió, agradecida, intentando liberarse para seguir, pero cuando sus miradas se cruzaron, volvió a sentir lo mismo de antes, aquella corriente intensa y devastadora, y se quedó paralizada.

¿Las pupilas de sir Justin estaban en sus labios?

Casi iba a jurar que sí. Y su corazón se volvió un sonido atronador en su cabeza.

—Gracias. —Prácticamente sonó como un graznido. Por suerte, él no se rio.

—No hay de qué. —Se separaron, algo tensos—. ¿Puede caminar?

—Sí, estoy bien, gracias. —Retomaron la marcha. Con lo ocurrido, se habían quedado algo rezagados del resto. Tampoco le importaba demasiado—. Son estas malditas faldas, ¿sabe? —le explicó, sacudiendo la tela para limpiarla de maleza—. Su hermana tiene razón.

—¿Nomy? —Rio, con la complicidad entre hermanos que se quieren y se permiten ciertas bromas, algo que siempre estaba presente entre los Thompson y que tanto envidiaba ella. Sonrió también—. Me extrañaría. ¿En qué?

—Piensa que deberíamos usar pantalones. —Él dejó de reír y la miró con los ojos muy abiertos—. Bueno, no siempre, ¿sabe? Solo de vez en cuando. Al salir a investigar algún crimen como este, por ejemplo.

—Qué barbaridad. No sé qué es peor, si lo de los pantalones o lo de salir alegremente a investigar crímenes. Y, hablando de eso, ¿cómo se le ocurre comentarle al capitán Forbes del club Astarea?

—¿Le parece algo ridículo, acaso? —Lo observó de reojo—. ¿Se avergüenza de nuestro club?

—No lo considero ridículo, en absoluto. Me gusta mucho la instrucción que dan a mujeres tan diversas —lo decía por los cursos y las conferencias que habían empezado a ofrecer a mujeres de todas las condiciones sociales—, y el que, en un momento dado, puedan acudir a ustedes para solicitar ayuda legal, como ocurrió con la señora Row.

Pero, lady Penelope, no debe hablar de ello con policías que, se ve de lejos, están poco inclinados a pensar que una mujer tenga la cabeza para otra cosa que no sea sonreírle y llevar un sombrero.

—Oh. ¿Cree que el capitán Forbes es así?

—Lo afirmaría sin temor a equivocarme. Tenga cuidado con él.

Ella sonrió.

—Entonces, menos mal que no está Nomy aquí.

—Sin duda alguna. —Sir Justin suspiró—. Nomy es... Juro que ya no sé qué hacer con ella.