Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

L ady Penelope se puso en pie con ayuda de sir Justin, con el cuerpo otra vez sacudido entre la fascinación y el horror por todo lo que estaba ocurriendo.

—Llegué yo y se escondió. —Esa vez, los dos estudiaron el bosque a su alrededor, nerviosos—. Estaba mirándome. Sé que estaba mirándome. ¿Por qué no me atacó también?

—No lo sé. Quizá esperaba que usted se fuese corriendo, presa del pánico, como hubiese debido hacer una dama...

—Una dama no corre nunca, ni aunque la persiga un incendio... —dijo ella, tal como bromeaban las alumnas de Minstrel Valley, aunque él no pareció escucharla y siguió con su hipótesis:

—Entonces, podría acercarse, recuperar el dinero y marcharse antes de que llegase la policía.

¡O quizá es que sabía que yo estaba cerca!

—Pensó que era una burla, o un alarde varonil, o cualquier otra tontería sin mayor importancia, pero, para su sorpresa, sir Justin extendió una mano y le acarició la mejilla—.

Y seguro que quien sea tiene muy claro que yo jamás permitiré que nadie le haga daño, lady Penelope. Jamás.

«Oh...».

Ella sintió que, bajo la mirada que estaba manteniendo con sir Justin, algo cambiaba en el mundo que los rodeaba, en la naturaleza del aire, en la luz, en el mismo entretejido de la vida.

—¿De verdad? —musitó.

¿Por qué le salió ese tono cálido y sugerente?

¿Por qué semejante mirada? No tenía ningún espejo en ese momento, pero estaba convencida de que había sido algo hasta...

insinuante. Coqueto. De hecho, por el modo en que él la miró, no podía haber confusión alguna.

Pasó por su mente la absurda idea de que, de no estar en su situación, con un posible asesino acechando entre los árboles y un muerto a sus pies, él se habría inclinado a besarla.

¡Oh, claro que sí! Esa mirada profunda, esa tensión, esa sensación de la sangre ardiendo en las venas...

Aquel era un beso contenido, pero que quemaba tanto en el alma que daba igual si los labios se unían o no, porque existía por sí mismo.

Pensó en la leyenda del Juglar y la Dama Blanca, de Minstrel Valley.

Siempre a punto de besarse, siempre en ese instante maravilloso previo a sellar su amor.

Así estaban ellos. Y la emoción fue casi estremecedora.

Se produjo un momento de silencio, que terminó con un carraspeo de sir Justin y un violento rubor en las mejillas de lady Penelope. Cada uno de ellos miró a un lado distinto.

—Será mejor que regresemos —dijo él, ayudándola a apartarse del muerto.

Malditas faldas... Y malditas rodillas, cómo podían temblarle tanto, qué tonta era.

Él estaba ya tan indiferente como siempre, haciéndola dudar de si se lo había imaginado—.

Vamos, la acompañaré hasta Finesword Manor y luego iré a Londres, a avisar a Scotland Yard.

—No será necesario. Otis puede ir con la policía local. Ellos se harán cargo y notificarán a sus superiores.

—Otis. —Pronunció el nombre con un tonillo que llamó su atención—. El lacayo, ¿no?

—Lo dice como si hubiese algún pecado oculto en el nombre o en la profesión.

—¿Le parece? Es posible. Pero solo se debe a que al llegar no pude evitar fijarme en la familiaridad con la que lo trataba.

—Oh, sí. Otis y yo hemos crecido juntos. Si va a decir algo antipático respecto a él tendrá que ser cuando yo no esté delante.

Quizá se notó en su rostro que ese tema le importaba, porque él perdió algo de animosidad.

—Oh, está bien. Yo también hice buenos amigos entre los hijos del servicio cuando era pequeño. Pero, para ser exactos, ahora no me dedico a enderezar lazos de corbata ni a poner bien los delantales.

Ella se encogió de hombros, mostrando indiferencia, aunque no pudo negarse que la idea de que sir Justin se pusiera a corregir delantales por ahí le provocaba una sensación extraña. Casi de enfado.

Optó por ignorarlo y empezó a caminar de vuelta.

Él recogió su sombrero y la cesta, y la imitó.

Al ver la canasta, recordó las setas, y estuvo tentada de proponerle ir a buscarlas.

No estaban lejos del lugar donde crecían y, total, aquel pobre hombre ya no tenía salvación posible, seguiría muerto fueran o no, y no quería que nadie se les adelantase y se las llevara.

Pero seguro que, si lo mencionaba, le montaría una escena. Mejor callarse.

Avanzaron varios metros en silencio hasta que a lady Penelope se le ocurrió pensar que, en ese lugar, era la anfitriona.

Y, por mala anfitriona que fuese, que lo era —tal como había reconocido ante sir Justin a su llegada—, había ciertos límites de su formación como lady Penelope Wilson, dama de la alta sociedad inglesa, que le resultaba incómodo transgredir. Casi imposible.

Como, por ejemplo, entrar en una casa ajena sin decir algo amable de cuanto veía, o como no ofrecer una charla agradable a quien la visitara.

Así la habían educado, y aquella era su casa —bueno, su bosque, al menos aquella parte—, por lo que se sentía obligada a ofrecer una conversación agradable a su invitado.

Buscó, por tanto, un tema del que hablar.

Consideró varios y los fue rechazando uno a uno —sobre todo el de las setas, otra vez, aunque con gran pesar—, y al ver cómo el sol se colaba entre las ramas de los árboles y cómo se oía, tan grato, el canto de los pájaros, decidió optar por el tiempo.

—Hace una mañana preciosa, ¿verdad, sir Justin? —dijo.

Ya estaba, iniciada la conversación cortés.

Se sintió muy satisfecha. Esperaba en respuesta algo del tipo: «Desde luego, lady Penelope, no puede estar más acertada.

No como el martes, que llovió», o quizá un controvertido: «Humm...

no sé, yo prefiero las grandes nevadas, ¿sabe usted?

», pero que no llevaría mucho más allá de comentar los pros y los contras de las estaciones.

El clima siempre era un tema de conversación sencillo y fiable.

O eso había pensado siempre. Al parecer, sir Justin no era de la misma opinión.

—No sé qué opinaría al respecto el tipo ese.

—Lo oyó contestar. Lady Penelope abrió mucho los ojos y suspiró para sí.

Pena de sombrilla, una vez más. Ojalá la tuviera a mano.

Claro que siempre quedaba el poderoso recurso de la imaginación.

Le sonrió afable mientras se recreaba en su mente con una escena en la que lo golpeaba repetidamente con ella.

—¡Oh, seguro que incluso él prefiere no estar caído en el barro y empapándose de lluvia! —dijo.

Sir Justin se detuvo bruscamente y la miró.

—¿Lo dice en serio?

Ella se detuvo también, sorprendida.

—Por supuesto que no. Era solo una broma. No soy tan desalmada. Pero claro, como usted no bromea nunca... Oh, espere, que antes hizo una broma. ¡Y todo el mundo, menos yo, se lo perdió! ¡Qué desdicha para la humanidad!

—En realidad, como bien sabe, soy un tipo muy simpático.

—Sir Justin miró alrededor—. Por eso voy a decirle, con una sonrisa —la dibujó, muy amplia en el rostro— que debería tener cuidado en el futuro y no salir sola por ahí, milady.

Ya ve que es peligroso, incluso en el pacífico bosque de su familia.

—Ese consejo vendría bien para cualquiera y en cualquier lugar.

—No lo dudo. Pero si lo dice por mí, voy a recordarle que yo soy un hombre y usted una mujer. Por mucho que Nomy y usted luchen por sus derechos, llegado el caso tengo más posibilidades de defenderme con éxito que ustedes.

Lady Penelope señaló hacia atrás, hacia donde había quedado el cuerpo.

—Y yo voy a recordarle que la víctima de este crimen era un varón, a decir de sus barbas. Y, ¡oh, sorpresa!, no pudo defenderse.

Sir Justin hizo una mueca.

—Buen alegato.

—Gracias. Sospecho que no hay más que decir al respecto, Señoría.

—Así es. —Empezó a caminar en una dirección, errónea, como buen hombre de ciudad—. Será mejor que sigamos.

—Vale. Pero si queremos volver hoy mismo a Finesword Manor y no acabar dentro de varios meses en Edimburgo, despeinados, sin suelas en los zapatos y con las ropas sucias y arrugadas, deberíamos ir por ahí.

Señaló el otro lado.

Sir Justin se limitó a bufar.