Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

L ady Penelope se quedó paralizada.

Tardó lo que le pareció una eternidad en poder apartar los ojos del cuerpo, que siguió completamente inmóvil...

Por alguna razón, en ningún momento cruzó por su mente la idea de que estaba dormido.

Quizá por el modo en que estaba caído de bruces, por el hecho de que yaciera directo sobre la hierba, sin siquiera una mantita que lo cobijara del frío y la humedad del suelo, o por algo que sintió, muy dentro, alguna clase de intuición de los vivos ante la evidencia de su fragilidad.

¿Estaba muerto?

Como deseando contestar a esa pregunta, una nube se apartó en las alturas y el sol arrancó un furioso destello de una roca cercana.

Sangre. Lo habían golpeado con esa piedra, y la sangre había salpicado la hierba a su alrededor, como rocío escarlata.

—Oh, Dios mío...

Lady Penelope se llevó una mano al pecho y jadeó, un sonido que casi resultó atronador en aquel ambiente silencioso.

Solo entonces se dio cuenta de que el bosque se mostraba extrañamente quieto, como si no hubiera nada vivo en él.

Pero no era cierto. Había alguien más allí, alguien oculto en algún lado, vigilándola, siguiendo con los ojos cada uno de sus gestos. Podía sentirlo.

¿Dónde estaba? Tras un tronco, entre la maleza...

Buscó con aprensión en todas direcciones. Nada. Pero la sensación continuaba, con un regusto aterrador de peligro inminente. Apenas se atrevía a respirar.

Entonces, algo crujió a su espalda, y dio un brinco sobre sí misma, con el alma en vilo. Para su espanto, unos arbustos altos como un hombre se agitaron con fuerza, y lady Penelope lanzó un alarido con todas sus fuerzas justo antes de ver quién llegaba.

—¡Dios mío! —exclamó sir Justin, paralizado por el espanto.

Al parecer, no había descubierto la ventaja de usar los senderos del bosque y se abría paso por la espesura con el bastón en una mano y el sombrero en la otra.

En esta última, también llevaba una bonita cesta de mimbre.

Para recoger las setas, claro—. ¡Lady Penelope!

Pero ¿qué...? ¿Por qué demonios grita? ¡Qué susto me ha dado!

—¿Yo? ¿Yo a usted? —Se tambaleó, y de no haber ido él a sujetarla, seguramente hubiera caído sentada, de lo flojas que sintió las piernas.

—¿Qué ocurre? —preguntó sir Justin—. ¿Lady Penelope? ¿Se encuentra mal? Está pálida como un muerto.

«Vaya por Dios», pensó ella. Qué expresión tan oportuna.

—Hablando de muertos... —Señaló con desmayo hacia el cadáver—. Ahí tiene uno. Al menos, eso creo.

Él miró hacia allí. En cuanto descubrió el cuerpo y la sangre, su expresión se llenó de alarma. Dio un paso al frente, para interponerse y protegerla a saber de qué.

—¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido?

—¿Ocurrido? ¿Y cómo lo voy a saber? Lo encontré así.

—Ah... Qué susto. —Al ver cómo lo miraba, carraspeó—. Me refiero a que pensé que podría haber tenido que defenderse. Esa costumbre de pasear sola...

—Oh, no me fastidie con eso ahora. Yo estoy bien, es él quien ha muerto. Y ya lo estaba cuando llegué.

—Vale, vale. —Sir Justin dejó caer el sombrero y la cesta bajo un árbol, agarró mejor el bastón, para usarlo como arma de ser necesario, e hizo amago de avanzar—. No se mueva. Y mejor que no mire.

—Pero... —Lady Penelope bizqueó un poquito—. Si ya lo he visto. Yo lo encontré...

—Le digo que se quede aquí. No se acerque.

—Él sí que lo hizo, y se acuclilló al lado, para buscarle el pulso en el cuello.

Agitó la cabeza—. Sí, está muerto. Tendremos que dar aviso a las autoridades.

—Se puso en pie con un movimiento fluido, atlético, que lady Penelope hubiese admirado en otro momento—.

Vamos, la acompañaré a Finesword Manor y me ocuparé de...

—¿Qué? ¿De verdad piensa que voy a volver sin más?

El miedo había remitido. Tener a sir Justin a su lado le daba confianza. El asesino, de estar en los alrededores, no la había atacado estando ella sola, de modo que resultaba poco probable que fuera a hacerlo siendo ya dos, y uno de ellos un hombre.

Por eso, el miedo había remitido en igual medida que iba creciendo el interés por el misterio. ¡Un crimen! ¡Qué emocionante! Vale, igual tenía una explicación nada delictiva, pero no lo parecía. De momento, habría que investigar, y la policía no tardaría en rondar por allí.

¿Podía ser un caso para el club Astarea?

De momento, no había ninguna mujer implicada, claro, pero al fin y al cabo habían cambiado las normas para que también los hombres pudieran participar.

Y quizá ese caballero muerto fuera merecedor de sus esfuerzos para descubrir qué había pasado.

Quién sabe, podía ser el enamorado de alguien.

Cualquiera podría estar esperándolo en algún sitio...

Para ello, debía conocerlo algo más. De modo que avanzó hacia el cadáver, pero, cuando pasaba por su lado, sir Justin la sujetó por un brazo.

—¿Adónde cree que va?

—Pues... —lo miró desconcertada— al mismo sitio donde ha estado usted hace un minuto, claro está.

Yo también quiero verlo bien. Quiero saber si lo conozco, si es de por aquí.

—Eso lo hizo vacilar. Lógico, era un detalle importante—.

Y, en todo caso, comprobar si veo algo que nos pueda dar alguna pista que explique lo ocurrido.

—¿Pistas? ¿Para qué? ¿Ya no le resultan suficientes los informes sobre autenticidad histórica? ¿Ahora va a meterse a detective?

—El club Astarea se dedica a esas cosas —le recordó con amabilidad, y sonrió al acordarse de su último caso, que también había sido el único. ¡Y todo un éxito!—. Y no nos fue tan mal en el asunto del falso jarrón Ming.

—Tonterías. Eso fue pura suerte. Y se solucionó gracias a la intervención de lord Darlington, y del inspector Canterbary.

—¡Oh! —exclamó lady Penelope, soliviantada por la injusticia—. ¡Y a que nosotras nos mantuvimos firmes, investigando!

—Ja. Investigando. Usted no es agente de Scotland Yard.

—Eh... No, claro que no. No me dejarían nunca serlo, tuviese o no cualidades para ello, como no dejan a Nomy ser abogado.

—Aquella verdad hizo vacilar a sir Justin—.

Por eso, solo soy lady Penelope Wilson, socia principal del club Astarea, y por eso investigamos por nuestra cuenta.

—Miró con intención la mano con la que la tenía sujeta y le sonrió—.

¿Me disculpa, sir Justin? Me está incomodando.

Él la soltó al momento, ruborizado, como si sintiera que había sido cogido en falta. No dijo nada más mientras ella se acercaba al cuerpo y se agachaba para examinarlo con mayor detalle.

Pese a la sangre, comprobó sin problemas que se trataba de un hombre de unos cuarenta años, con el pelo y barba de un anodino tono castaño, tan largos como descuidados.

No lo había visto nunca o, al menos, no se había fijado en él.

Sus ropas eran de poca calidad, pero aceptables —de hecho, el pantalón rojo, aunque sucio y desgastado, daba la impresión de pertenecer a algún uniforme—, a excepción de los zapatos, que eran nuevos y de excelente factura.

Solo podía haberlos fabricado uno de los mejores zapateros de Londres, lo cual no dejaba de resultar desconcertante, en el conjunto.

Suspiró al darse cuenta de que, sí, allí estaba su primer muerto, ese que tanto temía tener que ver. Pero, para su sorpresa, no se sentía tan amedrentada como había supuesto, aunque sí impresionada. Y triste.

«Lo siento mucho», le dijo mentalmente. «Le prometo que intentaré descubrir qué le pasó».

—¿Se puede saber qué demonios hace? —preguntó sir Justin, que había avanzado hasta quedar a su lado—. Apártese. No quiero que se desmaye.

—¡No voy a desmayarme! —Estaba visto que, ese día, sir Justin estaba especialmente insoportable.

Lady Penelope lamentó no haberle hecho caso a la señora Carson, porque le hubiese encantado tener a mano la sombrilla, para poder darle de golpes; pero era una dama, y no iba a permitir que se notara su mal humor—.

No sea ridículo, no me he desmayado nunca.

Ni siquiera cuando era niña y me aterraban las tormentas.

—Ya, bueno... —Algo pasó por las pupilas de sir Justin, un brillo esquivo que no tardó en desvanecerse. Lady Penelope lo comprendió. Nada podía sobrevivir mucho tiempo bajo aquel ceño fruncido—. Pues, cuando llegué, parecía usted a punto de romper esa excelente trayectoria.

—Oh, eso es porque estaba asustada.

—¿Por mi llegada? No creo que...

—No, no por eso. —Aunque también. ¡Menudo susto le había dado!—. Tuve la sensación de que el asesino estaba cerca.

—¿Cerca? —Él escrutó la vegetación que los rodeaba—. Quizá solo fue por la impresión de haber encontrado el cadáver. Yo no veo a nadie.

—Esto es un bosque, me temo que está lleno de árboles. Podría encontrarse tras aquel tronco, o tras ese otro, y no lo veríamos.

Sir Justin miró cada punto con cautela.

—Bueno... Entonces, con más razón, deberíamos irnos de inmediato.

—Espere un segundo. Antes quiero saber quién es... —Se inclinó y empezó a registrar sus bolsillos—. Quizá lleve encima algo que nos lo diga.

—¡Lady Penelope!

—¿Qué? ¡Es solo un momento! Todo crimen responde a un motivo, sir Justin. Quizá tenga algo que nos indique la razón por la que lo han matado.

Sir Justin agitó la cabeza.

—¿Qué espera? ¿Una declaración jurada del asesino? ¿O la historia novelada de la víctima?

—¡Vaya! ¡Si es usted muy gracioso! ¿Por qué lo oculta siempre?

—Lo oyó reír entre dientes y eso la llenó de satisfacción.

Entonces, notó algo en un bolsillo del desconocido.

Sacó un fajo de papeles y un objeto alargado, como un palito, un tubo de madera no muy largo. Extendió los papeles—. Oh, Dios mío.

—¿Qué pasa?

Ella le mostró las libras, una buena cantidad. Contó rápido. No llegó a terminar, pero habría unas trescientas, bien atadas con una cinta.

—¡Qué disparate! ¿Por qué llevaría tanto dinero encima?

Él hizo una mueca.

—Puede tratarse de un pago. Para qué, no lo sé. Pero sospecho que no era para nada bueno.

Lady Penelope asintió. Era una buena posibilidad.

—Y el otro lo descalabró con esa piedra. —Se agachó más, para ver bien la cabeza—. Y fue por la espalda, como era de imaginar por la posición del cuerpo.

—Madre mía... —murmuró él, aunque sonó más bien admirado—. ¿Tiene ya alguna teoría, señorita Holmes?

Ella rio. A ambos les gustaba mucho la novela de Sherlock Holmes, Estudio en escarlata .

—Por favor, doctor Watson, deme unos segundos para reordenar mis pensamientos.

—Examinó los alrededores, aunque poco pudo sacar del sitio—.

Yo diría que se conocían. La víctima no esperaba un ataque, así que bajó la guardia y eso le costó la vida.

Quizá quedaron aquí, pero también pudo ser en otro sitio y, tras separarse, el asesino lo siguió y lo mató.

—Se encogió de hombros—. Es difícil, con tan pocos datos.

Lo único que daría por seguro es que se conocían.

O al menos que el asesino sabía que la víctima tenía ese dinero.

—¿Es el motivo, entonces?

—No lo sé, pero lo veo probable. ¡Trescientas libras! Mucha gente mataría por una cantidad así.

Él asintió, apenado, y el detalle suscitó su simpatía. Siempre le había gustado que fuera un hombre de buenos sentimientos.

—Sí, cierto.

—Supongamos, por ejemplo, que la víctima vino a cobrar ese dinero. El otro le entregó el fajo y, en cuanto le dio la espalda, lo mató. Quizá pensó que, en definitiva, bien podía no pagar.

—No es mala deducción...

—No, es solo una teoría. Pudo ocurrir de muchas otras formas.

—Sí, cierto. Además, no cogió el dinero.

Ambos se contemplaron con los ojos muy abiertos.

—Porque no le dio tiempo —dijeron a la vez.