Capítulo 2
L ady Penelope suspiró, se encogió de hombros y siguió su camino habitual, decidida a encontrar el grupo de setas.
Estaba por la zona baja, en el cauce del viejo arroyo que ya no tenía agua, pero seguía siendo un terreno bastante húmedo.
Las setas crecían por allí, muchas dispersas, pero otras apiñadas a lo largo de la base de un tronco caído.
Había un buen montón, y a su abuelo le encantaban.
¡Podían preparárselas en la cocina para almorzar, a la señora Mills le quedaban muy ricas!
Claro que, si sir Justin no aparecía finalmente con la cesta, iba a tenerlo complicado para llevarlas.
¡El sombrero!, pensó de pronto, y se le escapó una risita. ¡El sombrero, claro! Sería un recipiente ideal. Solo tenía que callar en presencia de Blanche que había usado una de sus bonitas creaciones para transportar setas. Aunque, conociéndola, quizá le divirtiese la idea tanto como a ella.
Animada y feliz, terminó de cruzar los grandes jardines delanteros de Finesword Manor por un lateral y salió de la propiedad de su abuelo por la puertita secundaria que daba directamente al pequeño bosque que la separaba de la mansión que había justo al otro lado, la del conde de Greymark.
Lord Greymark también solía pasear por las mañanas, lady Penelope se lo encontraba casi siempre.
¿Ocurriría también ese día? Ojalá. Un pensamiento ciertamente curioso, teniendo en cuenta que, aunque había sido durante años buen amigo de su abuelo, ella le tenía una gran antipatía.
Lo había considerado un anciano bastante irritante, y odiaba tener que hacerle visitas o recibir las suyas en Finesword Manor.
De hecho, toparse de paseo con él siempre había supuesto invariablemente un auténtico suplicio.
Tenía la fea costumbre de reprenderla cada vez que se la encontraba, por no llevar doncella.
Y, cuando estaba Nomy, era peor. Entonces las sermoneaba por haberse quitado los sombreros, por estar descalzas en la hierba, por estar subidas a un árbol...
Daba igual, todo le parecía mal, así que habían aprendido a ir alertas, para escapar y no ser «vilmente vilipendiadas», como decía Nomy.
Una de las veces, se despistaron y habían salido corriendo cuan rápido les dejaron las faldas, pese a que les constaba que lord Greymark las había visto robando peras de uno de sus árboles y las llamaba a voces, indignado.
Pensaron que, quizá, lo dejaría estar, pero no hubo suerte: aquel señor miserable se lo contó a su abuelo.
Y si algo no podía soportar lady Penelope era ver la decepción en los ojos de lord Finesword.
Tuvo que acompañarlo a Greymark Manor, pedir perdón y pasar una hora larga tomando el té con los dos ancianos, triste y contrita.
Lo único agradable de aquella tarde fue cuando los acompañó a la puerta el señor Warren, el mayordomo de lord Greymark, y le dejó con discreción un dulce en la palma de la mano.
—Anímese, joven milady —le dijo, afectuoso—. Siempre escampa, tras la tormenta.
Ella se sintió muy confortada. Era un dulce en la mano, pero también una sonrisa en el corazón, y lo valoró como el mayor de los tesoros.
Desde entonces, cada vez que había acompañado a su abuelo en sus visitas a lord Greymark, siempre lo había hecho con más agrado, para poder saludar al señor Warren.
Pero, todo había que decirlo, las últimas veces que se había cruzado en el bosque con lord Greymark, había estado mucho más amable.
Días atrás, al comentarlo con su abuelo en la mesa, el marqués le había dicho que también se había dado cuenta.
Que suponía que la edad lo estaba suavizando, y también una enfermedad de corazón que, al parecer, cada día lo iba dejando más débil.
Eso era triste, dejó en lady Penelope la idea de un gran gigante, poderoso guerrero, señor de imperios, que iba perdiendo fuerza a cada paso hasta caer de bruces y desaparecer en el polvo del olvido.
¡Un Ozymandias, sí! Recordó, emocionada, el soberbio poema de Shelley, aquella imagen de las piernas rotas de una estatua colosal perdida en el desierto, con la inscripción en su base: «Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: ¡contemplad mis obras, poderosos, y desesperad! ».
Pero no quedaba nada a su alrededor, solo las solitarias arenas...
Lord Greymark no era Ozymandias, por supuesto, pero era un conde, alguien que había tenido una gran posición en su entorno, aunque hubiese caído en el olvido.
Y en buena parte había sido por su carácter.
No era mala cosa que fuera mejorando, aunque fuese solo al final, y por una causa tan triste como una enfermedad debilitante.
Al menos, alguien lo recordaría con agrado, y no quedaría solo arena.
Eso sí, tanto su abuelo como ella, al comentarlo, convinieron en que la razón básica del milagro debía estar en la compañía de un perrito que le habían regalado, una auténtica ricura.
Se trataba de un pomerania de un pelaje color mostaza claro, que casi parecía oro bajo la luz del sol. Por eso lo habían bautizado Goldie.
Desde la primera vez que lo vio, un par de semanas atrás, lady Penelope siempre esperaba con entusiasmo poder cruzarse con ellos y acariciar un poquito a Goldie.
¡Estaba completamente enamorada de aquella cosita alegre, juguetona y encantadora!
Y a lord Greymark le había gustado mucho que el perrito y ella congeniasen.
El día anterior, sin ir más lejos, el conde hasta había llevado una pequeña pelota y los había observado divertido, dando palmas y animando a Goldie, mientras jugaban por allí durante más de media hora, cómodamente sentado en una silla que le habían llevado los criados.
Qué saltitos pegaba el perro, qué vivaracho y juguetón era. Lady Penelope lo adoraba y albergaba la esperanza de que también ese día pudiese jugar con él. Y era un gusto ver así de contento al conde.
Así se lo dijo a su abuelo, en el almuerzo del día anterior, cuando le contó que su amigo había llevado la pelota para que jugasen.
—Me alegro mucho por él —había contestado lord Finesword entre cucharada y cucharada de sopa—. Greymark no es un mal hombre, Penny, al contrario. Por eso somos amigos desde hace muchísimos años. —Agitó la cabeza, con pesar—. Nos unen demasiadas cosas.
—¿En serio, milord? —había replicado ella, que sabía que eran amigos, pero pensaba que era más por ser vecinos que por haber compartido momentos juntos. Nunca se quedaban mucho, en las esporádicas visitas que le hacían, y lord Greymark jamás iba por Finesword Manor.
—Así es. Recuerdos de cuando éramos jóvenes y ambos teníamos a nuestras queridas esposas con nosotros.
—Hubo un toque de pena, como siempre que mencionaba a su abuela.
Lady Penelope lo miró con ternura—. Ni te imaginas la de paseos por el bosque, la de meriendas sobre la hierba o la de cenas alegres que compartimos los cuatro, tanto en Greymark Manor como aquí, cuando tu abuela y lady Greymark tenían poco más que tu edad.
Ella sonrió.
—Me hubiera gustado mucho verlo, abuelo.
—Ah, querida... Fueron tiempos maravillosos.
Pero la vida le ha ido amargando el humor al pobre Greymark.
La muerte de su esposa, tan temprana e inesperada, y luego de su hermana y su cuñado, y tener que soportar a su sobrino ha sido una auténtica carga.
No me extraña que se le agriara el carácter y que terminase convertido casi en un ermitaño.
Eso podía entenderlo. ¡Menudo incordio era lord Leonard Barrows, el barón Trenton, su heredero, el hijo de su hermana mayor!
Un auténtico idiota, conocido crápula de la noche londinense, jugador, bebedor y mujeriego, que se había gastado la herencia de sus padres y la de su abuelo por parte de madre, y vivía ya a expensas de la que le dejaría su tío, en un futuro.
Lady Penelope le temía especialmente porque, en el último año, se había empeñado varias veces en plantear su deseo de cortejarla.
Al margen de ser un hombre de fama licenciosa que siempre intentaba acercarse más de lo debido o tocarla cuando no era necesario, alegaba que era lo más conveniente para unir sus tierras.
¡Ja! ¿Para qué hablar de amor, si puedes discutir durante ese tiempo sobre las hectáreas de terreno que aportas en el contrato matrimonial? Hombre espantoso... No pensaba aceptar jamás, pero por desgracia no había baile en el que no tuviera que esquivarlo para evitar verse obligada a danzar con él.
En el último, fue Nomy la que se interpuso y, tras pisarlo con saña y darle un puntapié en el tobillo, le dejó claro que molestaba, y que no deseaban que volviera nunca. Él se había quejado como si le hubiesen roto el pie, y los anfitriones tuvieron que intervenir para controlar el asunto.
Al final, no pasó nada, lord Trenton se fue y ellas siguieron bailando. Pero ¡qué mal rato! ¡Menos mal que ella era una lady y, por tanto, no sudaba, solo brillaba —una broma muy habitual entre las jóvenes de la escuela de Minstrel Valley—, porque lo hubiera hecho a mares!
Lady Penelope caminó con paso rápido mientras trataba de apartar a lord Trenton de su mente. Se obligó a pensar en otras cosas.
El club Astarea, por ejemplo: sus amigas, a las que tanto quería, el avance imparable del embarazo de Blanche —¡iban a ser tías, iban a ser tías!
—, el enfado enorme de Nomy, porque, tras lo vivido en su investigación de la Lady Goldway Gallery meses antes, su hermano seguía negándose a admitirla en su despacho aunque solo fuera como ayudante...
El libro de poesía que había terminado esa misma mañana.
La novela que pensaba iniciar esa misma tarde.
Sus últimas lecturas de Historia, tan edificantes.
¿Mejor coger las setas antes o después de jugar con Goldie? Mejor después, para que lord Greymark no la viera despeinada y con el sombrero rebosante de hongos. Claro que cada minuto que pasaba era un minuto en el que alguien de los alrededores podía llevárselas para su propia olla.
Lady Penelope suspiró en profundidad, deleitándose con los aromas del bosque, todavía empapados del rocío de la mañana. ¡Qué maravilla debía haber sido vivir en la Roma de Vespasiano! Le hubiera gustado asistir a la construcción del anfiteatro, y haber presenciado alguna carrera de cuadrigas.
¡Nomy podría haber sido una auriga temible, seguro!
Cuando salían las dos solas por los campos que rodeaban Finesword Manor —Otis las ayudaba siempre a robar uno de los coches ligeros de su abuelo—, iban a tal velocidad que una vez hasta perdieron los sombreros.
Menos mal que Blanche pudo arreglarlos sin que nadie supiera de su imprudencia.
Lo de los gladiadores, no, eso prefería omitirlo.
¡Por Dios, debía haber sido terrible, hombres pegándose hachazos y espadazos unos a otros de cualquier manera, regando de sangre la arena del circo!
No, ni hablar, qué horripilante. Todavía no había visto un cadáver y esperaba que pasara mucho tiempo, mucho —siempre que reflexionaba sobre eso, su mente volaba por su cuenta hacia la muerte de su abuelo, el más cercano, por ley natural, y se estremecía de espanto—, antes de tener que presenciar algo así.
Estaba pensando en eso justo cuando vio el zapato y, poco más allá, al hombre caído de bruces en el suelo.