Capítulo 1 #3
Lady Penelope tardó un segundo en reaccionar. Luego, no pudo evitar una risa.
—No me extraña que Nomy le tire libros a la cabeza cada dos por tres.
—¡Milady!
—¿Qué? Es verdad. Recuerde que he sido testigo, varias veces. Tiene suerte de que Dios no la haya bendecido con una mejor puntería.
—Milady, basta. Tiene que entenderlo. Y se lo tiene que tomar en serio, porque ya es una joven casadera. No puede... —agitó de tal modo la mano con la que sostenía el sombrero que a lady Penelope le dieron ganas de echarle una limosna— actuar así. Olvidar eventos o invitaciones.
—¿No? ¿Por qué? —Como él se la quedó mirando, sin saber qué contestar, siguió—: ¿Qué quiere que le diga? Soy humana, y falible, mi memoria no da para todo lo que quiero recordar, así que selecciona por su cuenta lo que es importante para mí.
—Importante para usted...
—¡Sí! Lo que me fascina, lo que me encanta.
—Lo miró con intensidad, llevándose una mano al corazón—.
Lo que amo... Y, el resto, pues... a veces lo recuerdo, pero a veces no.
Se me olvidaron todas esas cosas, incluida la visita de la duquesa, lo que demuestra lo poco que me interesaban.
Y lo mismo ocurre con el mantenimiento de la casa, y eso que adoro Finesword Manor.
—Echó un vistazo a la enorme mansión, tan hermosa, tan querida—.
¿De verdad cree que voy a estar pendiente de los menús de la cocina o si hay que redecorar las habitaciones de los invitados?
El ama de llaves se ocupa de todo, gracias a Dios.
—El ama de llaves... Entiendo —dijo él, aunque lady Penelope no supo qué deducir de su expresión, porque seguía avinagrada. Comprensión o alegría por la simple existencia de la señora Carson, como le ocurría a ella cada vez que pensaba en el tema, desde luego, no, así que se limitó a suspirar.
—Bueno, tengo que irme. Dejé los informes sobre la mesa del despacho de mi abuelo. Otis, por favor, lleva allí al baronet y avisa al marqués, si es que no está ya allí.
—Por supuesto, lady Penny... digo, lady Penelope.
¿Se había aturullado por la presencia de sir Justin? Seguro que sí, y no era de extrañar. Si ella trabajase allí de doncella seguramente estaría huyendo despavorida por los pasillos, tratando de evitar que la clavase en el sitio con ese ceño.
—Puedes llamarme Penny o lady Penny, como siempre, Otis, ya te lo he dicho muchas veces —le recordó al lacayo, para tranquilizarlo.
Otis, que olía el peligro a distancia, miró de reojo a sir Justin y carraspeó antes de contestar de un modo neutro y seguro.
—Gracias, milady.
—Bien. —Sonrió al baronet, que seguía cejijunto.
De haberlo sabido no le hubiese contado sus cuitas con la duquesa y todo eso.
Tenía que aprender a no hablar tanto—. Lo dejo, sir Justin, voy a dar mi paseo diario.
—Recordó que quería que se quedase a almorzar, y ese era un buen momento para invitarlo.
Pero, tras el sermón que le había caído encima, decidió que sería una de las cosas que se le iban a olvidar.
Ya lo vería en otro momento—. Que tenga usted un buen día.
—Desde luego. Gracias. —Él se apartó ligeramente para verla pasar, y ella casi creyó que ya no añadiría nada más, cuando lo oyó decir—. Lady Penelope... —Se volvió a mirarlo—. ¿Va a ir al bosque? En su paseo, me refiero.
—Pues, sí... Como siempre.
—Quizá... Si no le importa, cuando hable con su abuelo, iré a reunirme con usted. También deseaba comentarle...
—¡Oh! ¿Usted y yo, solos en el bosque, sir Justin? —bromeó ella. No pudo evitarlo. Estuvo a punto de añadir un: «¡Luego tendrá que casarse conmigo!», pero no se atrevió. Si se reía, se moriría allí mismo, y se quedaría sin paseo.
Él hizo una mueca.
—Milady, no debería bromear con eso. Claro que me consta que no es muy apropiado. Pero tiene fácil solución, porque usted sabe tan bien como yo que debería llevar doncella.
—Ah, sí, pero no se preocupe. ¡Le aseguro que no tengo nada de lo que avergonzarme!
Él se ruborizó.
—No, por supuesto que no. En ningún momento pretendía insinuar...
—Oh, no se apure. —Se encogió de hombros—.
Si quiere venir al bosque, venga. ¡Oh! ¡Y acabo de acordarme de que ayer vi un buen montón de setas!
Podemos coger unas cuantas, si quiere, aunque no sea temporada, pero ya ve, las setas no deben saber de costumbres, porque ahí estaban, tan felices.
Si viene, pídale una cesta a la señora Carson, por favor.
Yo no quiero hacerlo, porque no llevo la sombrilla.
—¿La sombrilla?
—Humm... —Otis escondió más aquel trasto y negó con la cabeza, en una advertencia muda pero evidente. Tenía razón. Si se lo contaba, sir Justin la reñiría todavía más, y seguro que la obligaba a llevarla. Mejor huir—. ¡Nada!
Le dio la espalda y bajó la escalinata. Estaba a mitad de los jardines cuando miró hacia atrás y, tal como sospechaba, sir Justin seguía en el mismo sitio, contemplándola pensativo. ¿O quizá el término «sombrío» se ajustaba más?
Al verse descubierto, volvió a saludar muy tieso con la cabeza y entró en el edificio.