Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 24. Una última reunión de trabajo
98%

Capítulo 24. Una última reunión de trabajo

Una última reunión de trabajo

Q uedaban dos meses para la que los periódicos llamaban «la boda del año» —aunque era un tópico que usaban demasiado a menudo como para que alguien le hiciera caso—, cuando Helen volvió a recorrer los pasillos del Parlamento, apretando nerviosa la sombrilla.

Hacía ya mucho que no se reunía con Waylord. Había seguido recibiendo sus notas, por lo general del tipo:

Una semana más, no ha venido. Así no voy a poder presentar el proyecto. Venga, por favor. La espero. W.

O

Lamento si la asusté. De verdad, necesito verla. Mándeme una nota con una cita, donde sea, y acudiré. W.

Y, la última:

No me deja más remedio que recordarle que todos tenemos mucho que perder, llegado el caso. Venga a verme.

¿Qué significaba eso? Era una amenaza directa. Y que no hubiese puesto la W provocaba más miedo aún. Menuda tontería...

Bueno, iría. Quería saber qué tenía en mente y cortar de una vez toda relación. Lo había consultado con Elsa y su amiga le había dicho que era la mejor opción: enfrentarse a él y acabar con todo aquello, sin dejarse intimidad.

Su intención era entrar rápido y salir, pero el ujier le dijo que Waylord todavía no estaba.

—Por lo que sé, le ha surgido una reunión —le explicó—. No debería tardar mucho, si desea esperar.

Ella asintió, agradecida, y se dispuso a recorrer el pasillo para intentar reunir un poco de calma, deteniéndose de vez en cuando ante las ventanas, desde las que observaba el ir y venir de los hombres más poderosos del imperio; hombres que hablaban con esa mezcla caótica de prisa y cautela que parecía definirlo todo allí dentro.

Fue entonces cuando, al girar una esquina, escuchó la voz de Peter.

Reaccionando por puro instinto, se ocultó a todo correr tras una armadura que había junto a la pared, con tal mala suerte que la golpeó ligeramente y se le desprendió un brazo. Helen tuvo el tiempo justo para cogerlo en el aire, antes de que se estrellase ruidosamente contra el suelo.

Y todo para nada, seguramente, porque había sido un movimiento absurdo, teniendo en cuenta que las faldas de su vestido sobresalían notablemente de la armadura del venerable antepasado que había terminado allí. Antepasado manco, en ese momento.

Por el pasillo avanzaban tres hombres; Peter era el más joven, y estaban hablando de Waylord, comprendió enseguida.

—... es la ocasión perfecta, Hallwoke —decía uno de los hombres, en un tono bajo, pero firme—. El asunto del cuñado no es ningún secreto en ciertos círculos. Bastaría con dejarlo caer en el momento adecuado. No hace falta más.

La respuesta de Peter fue inmediata y estaba cargada de mal humor. Como si estuviese harto de discutir el tema.

—No insista, Perkins. No voy a hacerlo.

—No seas ingenuo, muchacho —advirtió el tercero—. Ese hombre se está haciendo fuerte en la Cámara. Tiene apoyos, influencia... Si no se lo frena ahora, será tarde. Y tú podrías hacerlo sin mancharte demasiado.

—¡Solo tienes que dejarlo caer! —insistió el llamado Perkins—. Dirigir la atención pública hacia ese escándalo que destrozará por completo su reputación.

Hubo un breve silencio.

—He dicho que no voy a hacerlo —repitió Peter, esta vez con una calma que resultaba más contundente que cualquier elevación de voz—.

Sé que me consideran tonto porque me ven joven, pero no lo soy.

Conozco esa historia del cuñado de lord Waylord desde hace mucho tiempo.

Y no voy a dejar de repetirlo: no pienso utilizarla.

No solo eso, mientras yo esté en la comisión, no se utilizará, no la usará nadie.

Me parecería indigno y no colaboraría con alguien capaz de hacer algo así.

—Pero...

—Estás loco...

—No. Lord Waylord tiene mucho de lo que avergonzarse, pero lo que es seguro es que no es responsable de lo que hizo su cuñado. —La frase cayó con una claridad absoluta—. No tiene sentido atacarlo por ahí. Ni es justo.

—La política no va de justicia, ya deberías saberlo —gruñó Perkins.

—Entonces quizá deberíamos empezar a cambiar eso. O admitir que no somos mejores que nuestros adversarios.

El tercer hombre dejó escapar un breve bufido, un sonido entre irritado y resignado.

—Te equivocas.

—Es posible. Es muy posible. Pero prefiero equivocarme así que del modo que proponen ustedes.

Entraron en un despacho y Helen no escuchó nada más. Se quedó allí, con el brazo de la armadura apretado contra el pecho, donde su corazón latía con fuerza, lleno de amor y de orgullo por el Agente P, un héroe empeñado siempre en la causa de la justicia.

—Lady Helen —la llamó de pronto una voz. El ujier se acercaba por el pasillo. La miró con extrañeza al verla allí, pegada a la pared y a la armadura. Su expresión rozó la censura al ver el brazo amputado—. Lord Waylord la está esperando.

—Sí, por supuesto —dijo ella y buscó dónde dejar el brazo.

Nada, ni una maldita mesita a la vista. Al final, se lo entregó al ujier—.

Tenga. Estaba mal puesto. Menos mal que lo vi.

Hubiera podido abollarse al caer, con lo bonita que es esa...

eh... armadura... —La miró un segundo—. Un poco vieja, y algo sosa, pero bonita.

El ujier la observó indeciso, pero asintió.

—Gracias, milady.

Satisfecha por lo bien que había logrado salir de un posible atentado contra los bienes artísticos o históricos del palacio de Westminster —y a saber si aquella era la armadura del mismísimo rey Lear—, lo siguió de vuelta hasta la puerta del despacho del marqués de Waylord.

—Adelante. —Se oyó cuando la anunciaron, y Helen entró.

Nada había cambiado en apariencia: el lugar resplandecía bajo la misma luz que lo embellecía todo, aunque ese día hacía algo de fresco y habían encendido la chimenea—.

Milady —saludó Waylord, con esa inclinación medida tan habitual en él.

Helen pensó que estaba igual, pero no: había algo diferente en sus pupilas.

Una cautela y, quizá, cierta tensión. ¿Miedo?

Imposible. Waylord no era hombre que temiera a nada, ni real ni imaginario—.

Me alegra verla por fin, porque tengo numerosas consultas que hacerle.

Hemos de trabajar contrarreloj. Creo que podríamos reunirnos dos veces a la semana para compensar el tiempo perdido y...

—No —lo interrumpió Helen, sin rodeos. Se miraron—. Esta será la última vez que yo venga por aquí, y no voy a quedarme. Solo quería pedirle que deje de enviarme notas.

Waylord alzó apenas una ceja, pero no mostró sorpresa.

—¿Y eso? ¿Tan pronto se ha cansado de nuestra colaboración?

—No... Ambos sabemos que no ha sido una colaboración, milord —replicó ella, tratando de mantener la serenidad.

No quería darle la opción a pregonar que se había comportado como una histérica—.

Ha sido un claro intento de manipulación por su parte.

Quería que yo influyese en lord Hallwoke para que incluyese esas peticiones feministas, lo que llevaría a que las Cámaras rechazasen una propuesta muy necesaria para los trabajadores, pero que perjudica a sus amigos empresarios.

—Le frunció el ceño más todavía—. No lo niegue, concédame al menos el respeto de asumir la verdad.

El marqués la observó en silencio durante unos segundos, como si valorara la conveniencia de negar la evidencia.

Decidió que no.

—¿Y ha funcionado?

—Desde luego que no. Me ocuparé personalmente de que Peter presente un texto impecable y sea aprobado.

Aquello pareció divertirle.

—Entonces no ha sido un gran intento, después de todo. Solo uno mediocre. Claro que para qué plantearse mayor esfuerzo. Hallwoke solo es un adversario mediocre. Uno como tantos que vienen y van. Alguien prescindible.

Helen no sonrió.

—Mediocre... Prescindible... ¿Sabe? Mientras esperaba ahí en el pasillo, he oído algo que podría interesarle.

Waylord no se movió, pero su atención se agudizó.

—Soy todo oídos, lady Helen.

—Me he enterado de que algunos de sus aliados quieren utilizar el asunto de su cuñado para desacreditarlo, milord. Para acabar con usted.

Por primera vez, la máscara se resquebrajó levemente.

—Ya veo.

—Puede estar tranquilo: Peter se ha negado en redondo.

—Helen sostuvo su mirada—. Ese adversario mediocre del que habla con desprecio y que podría hundirlo a usted con una sola palabra ha dicho que no piensa hacerlo porque no es justo.

Que usted no es responsable de lo que hizo su cuñado.

—Se inclinó ligeramente hacia él—. Ese hombre prescindible es alguien decente que podría hacer mucho bien por su país, a diferencia de otros.

De verdad, mire en su interior y dígame: ¿no cree que la política de nuestro país necesita gente como él, milord?

Waylord desvió la mirada un instante, como si aquel argumento le resultara incómodo.

—Me temo que la política no funciona así, milady.

—La política no es algo con voluntad propia a lo que hay que someterse. Funciona tal como lo deseamos nosotros, milord. Exactamente igual que la justicia.

Él volvió de nuevo los ojos hacia ella, esta vez con una intensidad distinta.

—Cierto. ¿Puedo convencerla de que se quede? Me gustaría que siguiera... colaborando conmigo. Le prometo que...

Helen inspiró hondo.

—No voy a volver. Ambos sabemos que usted no tiene ningún interés en que se aprueben medidas como las que planteo.

Lo va a hacer solo por quedar como un hombre progresista cuando, en realidad, no es más que un instrumento de lo más rancio de nuestra sociedad.

No quiere cambios, milord. Solo quiere parecer moderno sin alterar nada importante.

Aunque eso suponga que mujeres como yo se vean privadas de su derecho a ejercer su profesión.

No hubo réplica inmediata. Waylord se apoyó levemente en el respaldo de la silla, observándola con una mezcla de interés y algo más difícil de definir.

—Es una lástima que no podamos encontrar un punto de acuerdo —dijo al cabo de varios segundos—. Empezaba a resultarme... interesante, lady Helen.

—¿De verdad? —respondió ella—. Lo dudo mucho. Dígame que no me despreciaba y se reía mientras leía mi informe.

Él esbozó una leve sonrisa.

—No. Me reía mientras bailábamos y mientras preparaba toda la trampa. Pero su informe fue una revelación para mí. Le dije que es brillante, y en eso no mentía. Y en nuestras charlas posteriores, he aprendido a respetar su ingenio. Por eso vuelvo a ofrecerle que siga a mi lado.

—No. De nuevo.

—¿Está segura? —Hizo una pausa mínima—. Maldita sea, Helen... Siento lo que pasó. De verdad.

—Pues bien que intentó usarlo para presionar a Peter.

—No era nada personal.

—Todo es personal. Lo sabe.

Las aletas de la nariz de Waylord temblaron.

—Sí, lo sé. Y no debí implicarme tanto con usted. Al final, soy yo quien ha terminado quemándose.

Helen parpadeó.

—No lo entiendo.

—¿No? Porque, pese a todo, creo que no le he resultado indiferente. Y yo mismo, que estoy mucho más curtido en los campos de la seducción, no puedo evitar sentir cierta... inclinación hacia usted. No sé si llamarlo «amor». No estoy seguro de conocer ese sentimiento.

Helen no apartó la mirada.

—Entonces quizá debería empezar por donde corresponde.

—¿Dónde?

—En su casa, milord.

El marqués frunció apenas el ceño, tomado por sorpresa.

—¿Habla de mi esposa?

—Pues claro que hablo de lady Waylord. ¿Le ha dado alguna vez una oportunidad real? —preguntó ella, sin dureza, pero sin ceder—. ¿Se ha parado a pensar que, al igual que usted no es responsable del comportamiento de su cuñado, su esposa no lo es del de su hermano?

Algo se tensó en el aire. Por primera vez, Waylord frunció el ceño con enfado.

—¿Por qué debería hacer concesiones? Esa maldita familia estuvo a punto de arruinar mi nombre.

—Pero ella no tiene la culpa —replicó Helen—.

Usted se casó. Por interés, por posición, por lo que fuera.

Pero se casó. Eso implica algo más que compartir un apellido.

Implica construir una vida juntos: crear una familia, luchar en común, como compañeros, por su felicidad y su futuro; dar amor, recibir amor...

—¿Como compañeros, dice? ¿Eso es lo que le ha prometido Hallwoke?

—Eso es lo que me ha dado siempre. Pero, claro, teniendo en cuenta que usted no cree en lo que decía mi informe sobre el feminismo, tampoco me extraña que desprecie esa posibilidad. No se merece la esposa que tiene.

Waylord no respondió, solo la miró. Por primera vez desde que lo conocía, pareció carecer de una respuesta inmediata.

—Ya sé que ha conocido a lady Elsa —dijo al fin.

—Así es. Y debo decir que la admiro más que a usted.

—Helen dio un paso hacia la puerta—. Pero no es por ella por lo que no voy a seguir participando en esto —añadió, con la mano ya en el pomo—.

Es por usted. No quiero participar de ninguna forma en sus estrategias ni en sus juegos.

Y le ruego que se olvide de mí y de mi informe.

—No —admitió él, con una franqueza inesperada—. Sinceramente, no creo que pueda.

Helen consideró que no tenía nada que replicar a eso. Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.

El despacho quedó en silencio.

Durante unos segundos, el marqués no se movió.

Luego, muy despacio, sacó un sobre del último cajón del escritorio.

En él ponía «Hallwoke» y contenía la información que le relacionaba con una casita recién comprada en un buen barrio de Londres; un lugar donde se encontraba con su prometida, a solas, para pasar unas horas escandalosas.

Con aquello, podría también poner en entredicho la reputación del joven, y qué decir de la de su prometida, lady Helen, cuyo nombre se vería arrastrado por el barro de la política.

Hasta poco antes de llegar lady Helen al despacho, había estado seguro de que lo usaría. Solo de ser necesario, por supuesto, pero algún día se daría ese requisito, y lo usaría.

Se puso en pie, caminó con el sobre hasta la chimenea y lo arrojó a las llamas.

Él también tenía derecho a un poco de honorabilidad. Tenía que reconstruirse, tenía que hacer algo...

Se acercó a la ventana. Desde allí, vio salir a lady Helen del palacio de Westminster y alejarse hacia la fila de coches que había cerca, donde la esperaba el suyo. No intentó detenerla.

Pensó en su esposa y, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió furioso.