Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 23. Lazos inquebrantables #2
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Capítulo 23. Lazos inquebrantables #2

—Que hiciese lo que quisiera. Yo me iba a casar contigo y a decir que esos rumores no eran ciertos. No te preocupes. Waylord es un jugador duro, pero en ese tema no tenía buenas cartas. Solo buscaba comprobar si con eso podía intimidarme. Ahora ya sabe que no.

Helen se sintió muy orgullosa de él. Y, en cierto modo, decepcionada por Waylord. A pesar de todo, había esperado otra moral, una especie de integridad, por parte de aquel hombre.

—Qué despreciable... —murmuró—. Pobre Elsa. Por favor, no me lo vuelvas a mencionar. No quiero saber nada más de lord Waylord.

Una sombra se retiró de los ojos de Peter. Parpadeó, de pronto más cercano y vulnerable. ¡Por Dios, él sí que era guapo! Estaba tan atractivo...

—Gracias al cielo, Helen —dijo—. Reconozco que me carcomían los celos.

—¿De verdad?

—Sí, y lo odiaba. No pongas esa cara. No son buena cosa los celos. No significan amor, solo posesión. Yo quiero estar seguro de que, si estás a mi lado, sea porque así lo deseas, no por obligación.

—Cierto... Lo mismo digo de ti. —Enarcó una ceja—.

Y ya que estamos, no parecías tener especial interés en estar conmigo más allá de...

bueno, nuestra amistad. A ratos pensaba que me considerabas una hermana y temía que siguieras adelante con el matrimonio solo por no darnos un disgusto a todos. No era muy halagador, la verdad...

—Qué absurdo...

—Eso por no hablar de que, cada vez que tú y yo discutíamos, alguien me contaba que te había visto bailando con la Horrible Meredith.

—¿La Horrible Meredith?

—La hija de Denham. Uso Horrible en vez de Honorable.

—¡Ah! ¡Por Dios! Ni recordaba su nombre. Y tú tienes la culpa de esa tortura.

—¿Culpa? ¿Tortura?

—Claro. Usaste mi nombre en tu famosa carta amenazante y Denham tiene la idea de que estoy en deuda con él, por mi falta de tacto.

Así que, cada vez que me ve en una fiesta, me pide que baile con su hija.

—Bizqueó tanto que Helen se echó a reír—.

No me resulta una joven agradable, pero es algo que puedo hacer sin mayor problema.

—Pareció recordar algo desagradable—. Aunque, a veces, cuando ha hecho alguno de sus comentarios de debutante despistada en la vida, del tipo: «Qué inteligentes son ustedes los hombres, menos mal que existen para cuidarnos», me he planteado la posibilidad de caer de espaldas y simular un síncope.

Helen estalló en carcajadas.

—Oh, pobrecito...

—Mujer perversa, no lo lamentas ni lo más mínimo.

—Se miraron sonrientes. Luego, la expresión de Peter se ensombreció y agitó la cabeza—.

Lamento mucho que creyeras que no sentía...

pasión, Helen. Lo cierto es que no sabía cómo acercarme a ti —dijo al fin.

Su voz no temblaba, pero sonaba cargada de distintas emociones—.

No encontraba el modo. No porque no quisiera...

, sino porque temía estropearlo todo con mis prisas.

No es que no te ame. No es que no te desee.

¡Por Dios, ni te imaginas cuánto! Es que...

—esbozó una leve sonrisa— nunca supe en qué momento dejamos de ser lo que éramos para convertirnos en esto, y temía estropearlo todo.

Helen no apartó la mirada.

—¿Y qué es esto, Peter? Dímelo.

Él abrió la boca, pero volvió a cerrarla.

Quizá no encontró las palabras adecuadas, porque optó por demostrarlo con hechos.

Alargó un mano y le rozó el rostro con una suavidad que desmentía cualquier duda.

El corazón de Helen dio un vuelco al ver el brillo de sus ojos, aquel fuego que ardía en el fondo.

Le recordó al de Waylord: intenso, furioso, abrasador. Apasionado.

Pero a diferencia del del marqués, que era inmediato y casi violento como un fuego recién prendido, como un árbol sin auténticas raíces —o, quizá mejor, como aquella quemadura de hielo, fruto del puro vacío—, el de Peter era profundo, antiguo y controlado.

Sus brasas habían sido maceradas con el tiempo, a través de mil instantes compartidos.

Por su mente pasaron un sinfín de escenas bajo la luz de todas las estaciones: Peter y ella paseando en primavera con Sócrates mientras hablaban de libros; Peter y ella, un otoño, contándose en su rincón del jardín sus secretos de adolescentes atormentados; Peter y ella mandándose mensajes con muecas, en la comida de Navidad, a escondidas de los adultos; Peter y ella abrazados a finales de un verano perdido en el tiempo, lamentándose porque debían separarse para ir a la universidad...

Todo aquello, de pronto lo entendía, eran lazos inquebrantables. Un carbón distinto, muy especial, en el que la pasión se volvía volcánica y el amor, una fuerza imparable. Momentos de esos que alimentaban las llamas, que las volvían eternas, porque ni la misma muerte podría consumirlas del todo.

Peter se acercó a ella, despacio, sin precipitación, como si quisiera darle tiempo para apartarse.

No lo hizo.

Se encontraron de pronto atrapados en un abrazo que ya no tenía nada de duda y, esta vez, cuando sus labios se unieron, no hubo interrupciones.

A excepción del beso fallido que intentó meses antes, no se habían vuelto a besar así, en los labios, desde aquella noche en el invernadero, cuando él tenía quince años y ella trece —y medio, añadió al momento, como hacía entonces, cuando crecer parecía algo tan importante—.

Aun así, el beso no fue precipitado ni torpe, sino profundo, cargado de todo lo que no habían sabido decir, de todo lo que habían pospuesto, de todo lo que, en aquel instante, parecía encontrar por fin su lugar.

Y ella recordó su sabor.

Era él. Siempre había sido él.

Siempre sería él...

Peter la levantó otra vez en brazos. Helen supo qué iba a ocurrir y no protestó; al contrario, lo estaba deseando.

Apoyó la cabeza contra su hombro mientras la llevaba hacia la escalera que conducía al piso de arriba, envolviéndola en el fuerte latido de su corazón, la firmeza de su paso y la absoluta certeza de que algo estaba cambiando de forma irreversible.

Todo era perfecto.

Ella le rodeó el cuello con los brazos, se impulsó hacia arriba y selló el momento con un nuevo beso.