Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 23. Lazos inquebrantables
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Capítulo 23. Lazos inquebrantables

Lazos inquebrantables

—E s bellísimo... —susurró Helen, sintiendo una extraña tristeza—. Debe ser maravilloso para ti saber que trabajas ahí. Que eres parte de todo eso.

—Sí. —Se percató de que Peter la miraba de reojo—. Y entiendo que tú quisieras hacerlo también. De verdad que sí.

Helen apretó los labios.

—Soy tonta —susurró con desmayo.

—No, no, en absoluto. Querías que fuera real, y es lógico. Y yo me comporté torpemente y no supe ver más allá de mis celos. —Tomó aire—. Pero no estás enfadada conmigo por eso.

—Yo no estoy enfadada contigo.

—Sí lo estás. Y mucho. Ya lo estabas antes. Llevas mucho tiempo enfadada conmigo, de otro modo no nos hubiésemos alejado tanto. —Helen comprendió que era cierto y no dijo nada—. ¿No me vas a perdonar nunca que me fuera de viaje?

—No —replicó ella. ¡Qué niña tonta! Hizo una mueca—. Pero no estoy enfadada por eso. O no es lo que más me enfadó.

La miró desconcertado.

—Entonces ¿qué fue? ¿Por qué?

—Porque no viniste.

—¿Que no vine?

—Para celebrar el final de mis estudios...

—Él echó la cabeza hacia atrás, en un gesto que denotaba comprensión, y un cierto espanto—.

Yo pensé que tú, al menos tú, entenderías lo importante que era eso para mí.

Quería compartirlo contigo, verte tan entusiasmado y contento como estaba yo cuando tú terminaste tus estudios.

Pero no. Tú tuviste celebraciones, cenas, aplausos y abrazos, y un viaje de dos años por el mundo. Yo, nada.

Peter movió pensativo las riendas entre los dedos.

—En realidad, sí vine... —musitó. Ella lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Que vine. O, mejor dicho, venía, y con tiempo.

Pero hubo un problema con el barco, con el motor, y el viaje desde América se alargó un mes.

Todo un mes, ¿puedes creerlo? Te juro que fue un infierno.

La convivencia entre el pasaje se hizo insoportable, en circunstancias así surge lo peor de cada cual.

—Arqueó las cejas—. Quizá algún día escriba un libro al respecto.

Hay gente que no sé cómo no terminó en el agua con un fardo al cuello...

Bueno, puedo hacerlo en el libro. Sería...

liberador. —Ahogó un bufido al ver que lo miraba divertida—.

Perdona. La cuestión es que para cuando por fin llegué...

No sé, no supe cómo decírtelo sin que sonara a mala excusa.

O a querer atribuirme un mérito que no me merecía.

—¿Y por eso no dijiste nada? ¿No crees que hubiese entendido que hubo un problema mecánico en el barco?

—A ver, estabas enfadada porque me fui dos años. Si te llego a decir que llegué tarde porque el viaje se alargó un mes, ¿no me hubieras dicho que hubiese podido volver seis meses antes, para el caso, y así me hubiese asegurado de estar a tiempo?

Helen le lanzó una mirada cáustica.

—Sin duda.

—Pues ahí tienes la respuesta. Pensé que mejor no iniciar esa disputa, porque además es cierto, no debí irme tanto tiempo.

—No, no debiste...

—Debí esperarte. Hubiésemos viajado juntos.

Eso habría sido maravilloso. Pero... no sé.

El mundo es grande y es impresionante, Helen.

¡Está lleno de tantas maravillas! No lo sabía, realmente al irme no tenía pensado estar tanto tiempo.

Quería visitar España, quizá Francia, posiblemente Italia...

Pero, una vez que empecé, siempre había un nuevo horizonte que descubrir. Eso lo comprendí junto a Oliver.

—¿Y por qué volviste, entonces?

—Por ti, por supuesto. Solo por ti. —Se miraron.

Casi se sonrieron, pero no llegó a ocurrir—.

La cuestión es que llegué tarde y pensé que lo mejor era no darle más importancia...

y me equivoqué. —Se pasó una mano por la nuca, incómodo—.

No quería que pareciera que intentaba justificarme. Qué idiota.

—Un poco.

—Gracias.

—Pero viniste —dijo al fin ella—. Era tu intención.

—Sí.

—¡Ah! —gritó de pronto Helen, entusiasmada, y le rodeó el cuello con los brazos y empezó a darle besos—. ¡Viniste! ¡Viniste! ¡Oh, Peter! ¡Te quiero!

Peter rio, simulando forcejear un poco.

—Loca... Quieta, que nos están mirando. Y muchos me conocen.

—Ahora te envidiarán, además.

—Sin duda alguna. —Pero se sentaron correctamente.

Peter sonrió, y ella le devolvió la sonrisa, más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo.

¡Había venido! ¡Había querido celebrarlo con ella!

—. Lo siento. Está claro que debí decirlo.

Y tú debiste decirme que te molestaba. Que estabas enfadada por ello.

—Lo he estado, sí. Y desesperada. No fue fácil, sacar los estudios, no creas que los profesores nos lo ponían fácil.

Unos trataban de demostrar que no eran parciales y se mostraban muy duros; otros simplemente trataban de demostrar que nosotras no éramos capaces en realidad, y exigían más de lo que habrían exigido ante alumnos varones.

Luché contra numerosos obstáculos y lo conseguí.

Sin embargo, nadie parece concederle importancia.

De hecho, a veces intentan que me avergüence de haber mostrado tanta osadía.

¡Estudiar! ¡Eso es cosa de hombres! Vaya por Dios...

—No dejes que te hagan sentirte así. Yo estoy muy orgulloso de ti. Siempre lo he estado. Yo...

Cogió de nuevo las riendas y azuzó el caballo. Ella lo miró sorprendida.

—¿Dónde vamos ahora?

—No tardarás en verlo.

El trayecto los llevó lejos del bullicio del centro, hacia un barrio donde las calles eran más amplias y los edificios más sencillos, aunque sin perder elegancia.

Había en el aire una calma distinta, más propia de la vida en el campo —tan sosegada y bucólica— que de la que tenían en la gran ciudad. A Helen le agradó de inmediato.

Y el olor... allí sí que olía a flores y campo, a los hermosos jardines que podía verse a los lados, rodeando por todas partes las preciosas casitas.

Peter detuvo el vehículo frente a una de ellas, un lugar encantador. Era pequeña pero bien proporcionada; de fachada clara, con amplias ventanas y una puerta tallada que era una verdadera preciosidad. Cuando saltó a tierra y fue a ayudarla a bajar también, lo interrogó con la mirada.

—Yo... La he alquilado hace poco —dijo él, evasivo, mientras la abría—. Pensé que... podría sernos útil.

No explicó más y ella no se atrevió a indagar.

Todavía no. Ni siquiera tenía voz para plantear todo lo que quería decir.

El corazón le latía con fuerza en el pecho.

Miraba aquella fachada clara, tan luminosa, y no podía evitar la comparación con aquella, oscura y perversa, en la que había estado a punto de perderse.

—¿Estás bien? —le preguntó Peter. Ella asintió, emocionada.

—Sí, sí... —Peter sonrió. De pronto, avanzó hacia ella, se inclinó, pasó un brazo bajo sus rodillas y otro por su espalda y la levantó en volandas sin ningún esfuerzo—. ¡Ah! ¡Peter! ¿Qué haces?

—Lo que me apetece hacer. —Y el modo en el que la miró indicó que le iba a apetecer hacer muchas otras cosas.

Peter traspuso el umbral con ella en brazos y Helen tuvo la impresión de que, de alguna forma, habían celebrado su propia ceremonia matrimonial.

Eso, para el caso de que las parejas como ellos, hechas con tanto tiempo y cariño, necesitaran ceremonial alguna.

Tragó saliva, un poco desbordada por la emoción del momento, y se dejó llevar al interior.

Dentro, todo estaba dispuesto con un gusto sencillo y preciso. Nada sobraba, nada faltaba. Era muy luminosa: había en las habitaciones una luz suave, filtrada por cortinas ligeras, y un ambiente claramente hogareño.

La salita a la que la condujo, y donde finalmente la dejó en el suelo, era especialmente acogedora. Dos sillones con su sofá frente a la chimenea, una pequeña repisa con algunos libros... y, sobre la mesita, un servicio de té dispuesto con bastante torpeza.

—¿Lo has preparado tú? —preguntó sonriendo.

—Me temo que sí, aunque compré las pastas en la pastelería Chez Clémentine, tranquila. Son de las que te gustan. Y me he asegurado de que no hayan sido envenenadas por orden de Le Spectre.

Helen rio.

—Gracias.

Ella alzó la tapa de la tetera, para oler su contenido, interesada por saber si habría hecho un té que pudiera beberse. Por suerte para ambos, el aroma era más que aceptable. Iba a decirlo cuando se percató de que su servilleta parecía tener una protuberancia.

Intrigada, la levantó.

Debajo, sobre el platillo, había una única rosa roja.

Helen la miró, sorprendida, recordando la rosa que Peter puso y quitó tantas veces, en la biblioteca de su casa.

Al final, la había puesto. Y, al fijarse mejor vio que, en el largo tallo, estaba ensartado un anillo con un diamante enorme.

Abrió los ojos al máximo.

—Peter... ¿Qué significa esto?

Él no respondió de inmediato, pero lo hizo.

—Significa lo evidente, pero no quiero forzarte a nada. Quiero que sepas que estoy deseando casarme contigo. ¿Y tú? ¿Quieres casarte conmigo? ¿O sigues... bueno, con ese asunto de Waylord...? No sé, Helen. Aceptaré lo que decidas, y te apoyaré en todo, pero pienso que es un error gravísimo y...

—Peter, ese asunto de Waylord quedó en nada hace tiempo —susurró ella, sintiéndose muy avergonzada.

Había estado a punto de hacer mucho daño a Peter y a lady Waylord, dos personas que apreciaba enormemente.

¿Y todo por qué? Por un hombre guapo que sabía usar su atractivo para encandilar a las tontas como ella—.

En realidad, la noche de la cena ya había terminado.

—¿Qué? Pero si me dijiste que podía divorciarse, que...

—Solo te pinché un poco. Ya no había nada. Es verdad que me fascinó un tiempo, pero luego, ocurrió algo...

Él la miró serio.

—En la casa de St John Wood.

Helen abrió mucho los ojos.

—¿Lo sabes?

—Hace unos días dejó caer que, o añadía esas peticiones, lo que condenaría mi proyecto, o haría pública tu presencia en esa casa. Extendería rumores al respecto y destruiría tu reputación.

Había pensado que ya nada más podía superar su asombro, pero sí.

—¡Oh, Dios mío! ¿Y qué contestaste?