Capítulo 22. Con cada golpe de pedal, el mundo irá cambiando
Con cada golpe de pedal, el mundo irá cambiando
H elen hubiera querido llevarse las manos a la cabeza, pero las necesitaba para sostener el periódico.
Y, en primer plano, Helen y lady Waylord captadas en el instante preciso en que golpeaban con sus sombrillas a aquel agente tan antipático.
Helen arrugó los bordes del periódico que le había llevado Rose, mientras leía el artículo, incrédula.
La escena presenciada ayer ante las residencias oficiales del primer ministro y del ministro de Hacienda marca, sin duda, un punto de inflexión en la actividad de los movimientos sufragistas.
La participación de damas de reconocida posición social añade una dimensión inesperada a una causa que, hasta ahora, muchos consideraban limitada a ciertos círculos militantes.
No pueden ignorarse, sin embargo, las posibles consecuencias políticas de tales actos. La implicación directa de figuras vinculadas a familias influyentes podría generar tensiones en ámbitos donde la estabilidad y la discreción han sido tradicionalmente la norma.
Se menciona, en particular, el posible impacto en las trayectorias públicas de algunos caballeros estrechamente relacionados con las participantes, cuya posición podría verse comprometida por los acontecimientos recientes.
Nos referimos, por ejemplo, a lord Peter Swann, barón Hallwoke, el prometido de lady Helen Bowler, la aguerrida joven vestida de blanco que pueden ver en la foto de portada transformando algo tan femenino como una sombrilla en un arma contundente en pro de sus reivindicaciones; o su padre, el conde de Terrace, que ha sido mencionado como posible aspirante a primer ministro; cargo al que, por cierto, también aspira el marqués de Waylord, cuya esposa aparece justo al lado de lady Helen, con la misma actitud beligerante...
Helen dejó de leer y suspiró mirando la foto. Qué espanto. Pues sí que tenía el moño torcido, sí... Menudas greñas para salir en portada. Seguro que Meredith Randall habría tenido algo que decir en el comedor de Denham House. Una burla hiriente de las suyas.
Dejó el periódico sobre la mesa sin terminar de doblarlo y bajó a desayunar. Sus padres ya estaban en el comedor.
—Buenos días, papá —le dijo con cautela, dándole su beso en la mejilla, como cada mañana. Fue hacia su madre y repitió el ritual—. Buenos días, mamá.
—Buenos días, hija —respondieron ellos, casi a la vez. Su padre cortó un trozo de huevo—. Supongo que has visto el periódico.
—Eh... sí.
—Tu madre ha decidido que no le corresponde darme una explicación, así que te agradecería que me dijeras algo al respecto.
Helen se lo pensó un segundo, mientras un lacayo le llenaba la taza de té y otro le servía el zumo de naranja.
—No sé si hay algo que explicar, papá. Me uní a una protesta feminista en Downing Street. Siento lo de la foto, no me di cuenta.
Él siguió comiendo, pensativo. Agitó la cabeza.
—No suena a disculpa.
—No lo es. No tengo por qué disculparme. Tú puedes votar y puedes ejercer la profesión que quieres, papá. Y yo deseo lo mismo para mí. No creo que sea algo tan terrible, la verdad.
Su padre suspiró.
—Helen...
—Por cierto, hablando de eso, el próximo lunes empiezo a trabajar para la señora Thompson, en su despacho de abogados —añadió, interrumpiéndolo.
Sus padres dejaron de mover los cubiertos.
De hecho, se quedaron inmóviles mirándola.
Luego, se miraron entre ellos. Helen se aceleró.
Mejor soltarlo todo cuanto antes—. Recuerdo bien lo que me dijiste, papá, y esta familia no tiene por qué lidiar con un escándalo.
Por eso, no pienso actuar como si estuviese haciendo algo mal.
Voy a contarlo. Voy a decirle a todo el mundo que trabajo y me niego a sentirme avergonzada por ello.
El conde de Terrace hizo una mueca. No era un hombre inclinado al enfado, pero esa mañana estaba muy cerca.
—¿En serio vas a cobrar un sueldo, Helen?
—Eso va a depender de vosotros. Si puedo seguir aquí, o si me das acceso a mi herencia, no lo necesitaré, de modo que puedo donarlo, y así lo haría. Si no, tendré que cobrarlo, para poder buscarme un alojamiento y mantenerme por mí misma.
—Por supuesto que puedes seguir aquí —terció su madre con firmeza. Que se atreviera el conde a contradecirla—. Qué cosas se te ocurren, hija. Esta es tu casa y lo será por siempre, incluso aunque tu padre no estuviera.
La amenaza estaba clara. Lord Terrace puso los ojos en blanco.
—Vaya, gracias, Beth.
—De nada, Walter. —Le sonrió—. Por suerte para mí, voy a contar con ambos durante mucho tiempo.
Helen asintió, contenta.
—Gracias, mamá. Entonces lo donaré. Así que, propiamente, no, no cobraré un sueldo.
Algo que también haré público. —Se encogió de hombros—.
Quiero que todo se sepa, quiero que el hecho de que una mujer trabaje sea visto cada vez con más normalidad.
Todo seguirá como siempre, solo cambiará que tendréis que acostumbraros a almorzar sin mí, pero estaré de vuelta para la hora del té.
Había tratado de terminar con entusiasmo, pero lo único que consiguió fue que el silencio que siguió a sus palabras se sintiera más profundo todavía.
—¿Y a qué asociación religiosa vas a donarlo, querida? —preguntó su madre, para ayudarla en el trance—. Puedo hacerte un par de sugerencias...
—Oh, no, no voy a donarlo a la iglesia.
De nuevo la miraron sorprendidos.
—¿Entonces? ¿A quién se lo vas a dar?
—A la Women’s Social and Political Union. La organización de la señora Pankhurst.
—¿Qué? —Su padre frunció definitivamente el ceño—. Te has vuelto loca, está claro. Una cosa es que lo entregues a la iglesia para ayudar a los más desfavorecidos y otra que...
—Las mujeres de todos los países son las más desfavorecidas del mundo —dijo Helen.
La primera vez que se atrevió a cortarlo en serio—.
En todos lados hay pobres y desdichados, Pero entre ellos, además, están las que son mujeres, siempre por debajo, siempre sometidas.
No, no se lo voy a dar a la iglesia para que lo emplee con todos y se diluya entre todos, se lo daré a una organización feminista, porque creo que es también necesario y reciben menos donaciones.
Su padre se la quedó mirando un segundo. Luego, asintió.
—Puedo entender el argumento. Pero ya veremos qué opina Peter. Hace días que no lo veo por aquí. ¿Habéis discutido otra vez?
Helen dudó.
—No estoy segura. Aunque diría que sí.
—Oh, Helen...
—No importa. Y la opinión de Peter sobre mi trabajo importa tanto como la mía sobre el suyo.
—Pero ¿qué dices, insensata? —gruñó su padre—. No seas niña.
—Ah, que solo el suyo es importante. Gracias, papá.
—Yo no he dicho eso.
—En realidad, sí lo has hecho —la apoyó lady Beth. Lord Terrace suspiró y se dedicó a su panceta.
—De todos modos, no creo que Peter diga nada al respecto.
O me apoyará. Pero si decide romper el compromiso por la razón que sea, lo entenderé.
—La punzada de dolor que le atenazó el corazón desmentía su tono ligero.
Sus padres tampoco parecieron creerla—. Es cierto, lo entenderé.
Pero me decepcionaría. No podría estar con un hombre que no aceptara que yo también desee tener una profesión fuera del hogar.
Sinceramente, no me veo pensando solo en pañales o eligiendo qué vajilla utilizar para una comida que solo compete a mi esposo. Yo no soy así.
—Lo sé, cariño —masculló lord Terrace. Miró a su mujer—. De nuevo, no podemos reprochárselo. Así la hicimos.
Su esposa asintió.
—Pues yo espero que encontréis un punto en el que las aspiraciones de ambos puedan compaginarse, querida —dijo—. O creo que ambos seréis muy desdichados.
—Yo también. —Se lo pensó un momento y decidió intentarlo—. ¿Y vosotros? ¿Por qué no hacéis también algo al respecto?
—¿Como qué? —preguntó su padre.
—Pues como animar a mamá a estudiar Medicina, por ejemplo. Debería ir hoy mismo y matricularse en la universidad para el próximo curso.
Lord Terrace arqueó una ceja.
—Me temo que eso va a ser imposible.
—¿Por qué? ¿Porque es marquesa? Es su vocación, tiene que poder hacer lo que le pide el corazón, y tú deberías...
—No podría, Helen —intervino su madre. Pero toda la frustración desapareció cuando la oyó añadir—: Porque ya estoy matriculada.
—¿Qué?
—Que ya estoy matriculada, cariño. Empezaré el próximo curso en la London School of Medicine for Women y luego haré las prácticas en el Royal Free Hospital.
Helen lanzó un grito de alegría y se levantó, pese a las protestas de sus padres, para besarlos a ambos. ¡Qué gran noticia! Que su madre fuera a estudiar era fabuloso, pero que su padre la apoyase de aquel modo incondicional resultaba mejor todavía.
Terminaron de desayunar charlando de lo contenta que se pondría Lorna cuando se enterase, lo que derivó en la idea de organizar una visita familiar a Minstrel Valley para sorprender a su hermana pequeña y a Annabelle, y se levantó para marcharse.
—Tengo que irme. Va a venir Peter a buscarme y me tengo que preparar.
—Muy bien —convino su padre, satisfecho—. Divertíos.
—Gracias. —Helen fue hacia la puerta y se detuvo en el umbral—. Por cierto, papá, mamá, voy a comprarme una bicicleta. Iré en ella al trabajo, así no dependeré de coches y podré moverme con mayor libertad. No os preocupéis, llevaré pantalón bajo la falda.
Salió corriendo. Había recorrido la mitad del pasillo cuando oyó el grito de su padre, llamándola.
Pero en vez de regresar, aceleró más todavía.
La bicicleta iba a ser como el trabajo: primero, no podía hacerse, era algo imposible, impensable.
Pero, meses después, la mente se había hecho a la idea y allí estaban, aceptando que fuera al despacho de Nomy.
Con la bicicleta, que no dejaba de ser un símbolo de la libertad, del cambio, lo mismo.
Que lo pensaran, que se asentase la idea, ya lo discutirían si era necesario.
El feminismo militante le había enseñado que nunca había que aceptar una negativa en cuestión de derechos.
Las cosas había que plantearlas y pelear por ellas, o no se lograban jamás.
Peter llegó a la hora convenida, como siempre. Para sorpresa de Helen, no lo hizo en el carruaje familiar ni a pie, sino en un coche discreto, de líneas sobrias, que conducía él mismo. Solo era para dos pasajeros.
—¿Y Rose? —preguntó Helen, sorprendida. La doncella, a su lado, ya con el sombrero y el abrigo puestos, arrugó la naricilla.
—Me temo que tendrá que quedarse —explicó Peter—. Lo siento, Rose. —Pese a la disculpa, la doncella puso morritos—. No es nada impropio, solo vamos a pasear por la ciudad, estaremos a la vista de todos. Y como todavía estamos prometidos, nadie pondrá demasiados reparos.
«Todavía estamos prometidos». Qué mala impresión daban esas palabras. Aunque no terminó de convencerla, lo consultó con lady Beth, que estaba en la biblioteca leyendo lo que había de Medicina, y esta dio su aprobación.
—En esas condiciones, es aceptable. Pero tened cuidado, mantén las distancias y el decoro —le dijo—. Y recuerda lo que te dije ayer.
—Eh... ¿Cuál de todo?
Lady Beth suspiró.
—Que hemos de vivir con las consecuencias...
—De nuestros actos, sí —terminó ella con otro suspiro. Se rieron—. Lo recuerdo, mamá. —La besó en la mejilla—. No te preocupes.
—Siempre lo haré, siempre. Por cierto, buena estrategia lo de la bicicleta. —Se echó a reír—. Pero te perdiste la cara que puso tu padre.
—¿Crees que lo aceptará?
Lady Beth sonrió.
—Por supuesto, cariño. Y, poco a poco, con cada golpe de pedal, el mundo irá cambiando.
Volvió fuera contenta. Aquella conversación le había levantado mucho el ánimo, lo suficiente como para poder afrontar las protestas de Rose, que aseguraba que podía ir sentada en la parte trasera del vehículo, bien agarrada o atada con una cuerda, afrontando con valor el tráfico de Londres.
¡Cualquier cosa mejor que el hecho escandaloso de que ella fuera sin doncella!
Pero por fin consiguió que se volviera al dormitorio, con un par de chelines y el desafiante encargo de repasar todos los botones de sus vestidos.
Emily podía ayudarla y luego dar un paseo juntas hasta la pastelería Chez Clémentine, de madame Clément, cuya hija, llamada Solange, seguía cosechando éxitos con sus dulces en la calle Kensington Church Street.
Con el par de chelines podrían comer sus pasteles favoritos.
Peter la ayudó a subir al coche.
—¿Lista? —preguntó tras sentarse a su lado.
—Sí. —Peter azuzó al animal y se pusieron en marcha—. Voy a empezar a trabajar —añadió de sopetón. Cuanto antes supiera su opinión al respecto, mejor—. En el despacho de la señora Thompson.
Él asintió.
—¿Qué ha dicho tu padre?
—Que ya se vería qué dirías tú.
—¿Yo? —La miró sorprendido—. Bueno, agradezco mucho el detalle, pero es evidente que me alegra enormemente la noticia.
—¿Te alegra?
—Claro. Para ti supone una gran oportunidad de aprender, y de estar preparada para cuando se elimine la prohibición de que las mujeres sean abogadas.
Que llegará. —Asintió, como reafirmando la idea—.
Más pronto que tarde, llegará, sobre todo gracias a unas locas que van encadenándose por ahí en puertas ajenas.
Ella rio.
—Gracias.
No hablaron más en un buen rato, mientras recorrían las calles del hermoso Londres.
Esa madrugada había llovido un poco y el mundo emitía una deliciosa impresión de limpio, de recién lavado.
El carruaje dejó atrás los senderos todavía húmedos de Kensington Gardens y su aroma a tierra mojada, y avanzó despacio junto a las elegantes fachadas de Kensington Road, donde varias institutrices y niñeras paseaban ya con niños pequeños.
También pudo ver algunos jardineros que trabajaban bajo la fresca luz de la mañana.
Desde allí tomaron dirección hacia Hyde Park Corner y continuaron por Piccadilly, muy animada ya a aquellas horas por carruajes, automóviles recientes, repartidores, dependientes que atendían sus comercios, mujeres de compras tempranas y caballeros apresurados camino de oficinas y clubes.
Más adelante atravesaron St James’s Street, solemne incluso tan temprano, con sus fachadas de ladrillo oscuro y piedra clara, y siguieron hasta Pall Mall y los alrededores de Trafalgar Square, donde el tráfico se espesaba alrededor de los ómnibus y los vendedores ambulantes.
Desde allí continuaron hacia Whitehall, entre edificios oficiales y funcionarios apresurados, antes de pasar junto al imponente perfil del Palacio de Westminster, cuyas torres se alzaban doradas bajo la claridad limpia de la mañana londinense.
Peter buscó un buen lugar y detuvo con suavidad el coche, para admirar aquel espectáculo.