Capítulo 21. Hemos de vivir con las consecuencias de nuestros actos #2
—Querida, qué manera tan poco apropiada de llamar la atención —dijo, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo y preocupación difícil de disimular.
Sonrió a las dos doncellas, que la miraban apuradas—.
Vamos, niñas, salgamos de aquí antes de que alguien decida que tiene derecho a pedir más explicaciones.
—¿Me dejan irme sin más? Bueno, a las tres. —Hizo un gesto a Rose y Emily. Se habían ganado el derecho a ser consideradas feministas, aunque seguro que la idea, de plantearla en voz alta, las horrorizaría.
—Sí, podéis estar tranquilas.
—¿Y papá? ¿Cómo no ha venido?
La expresión de lady Beth se oscureció ligeramente.
—Peter se ha ocupado de los trámites. No te preocupes.
Cuando Helen cruzó por fin la puerta de la comisaría y respiró el aire de la calle, bajo un crepúsculo que arrancaba destellos dorados de los vidrios de las ventanas cercanas, tuvo la sensación de haber dejado atrás algo más que un encierro físico.
El carruaje esperaba a pocos metros. Joyce bajó para ayudarlas a subir.
—Al ver la situación, fui a avisar a su madre, milady —le explicó. Claro, por eso habían tardado tan poco. Sonrió al cochero.
—Muchas gracias.
—Siempre un placer, lady Helen. —Se acercó más para añadir en voz baja—. Y puede coger mi bicicleta cuando quiera.
Ella se echó a reír y lo miró agradecida.
—Quizá lo haga, gracias —replicó en el mismo tono—. Aunque quizá me compre una más pequeña. Ahora tengo trabajo, Joyce.
Ya se veía con una de aquellas bicicletas ligeras avanzando a toda velocidad entre el tráfico matinal de Londres, la falda recogida con cintas para no enredarla en la cadena y unos pantalones ocultos debajo —escandalosos, prácticos, maravillosos— que le permitieran moverse con libertad de verdad, no con aquella ridícula dignidad sofocante que imponían las faldas.
Se imaginó atravesando la ciudad al amanecer, camino del trabajo. Una joven moderna, rápida como una centella, con una cartera con documentos en el portaequipajes, las mejillas encendidas por el frío y el movimiento; llegando sola, sin doncella, sin cochero y sin pedir permiso a nadie.
Y le pareció una visión tan atrevida, tan impropia de una dama y, al mismo tiempo, tan extraordinariamente hermosa, que sintió deseos de abrazar a Joyce allí mismo.
El trayecto hasta Terrace House transcurrió en un silencio casi absoluto. Rose y Emily iban muy contentas en el pescante, con Joyce en medio. Lady Beth se había instalado junto a Helen y la observaba con atención mientras charlaba de vez en cuando de naderías, para aliviar el ambiente.
Peter, sentado frente a lady Beth, como queriendo mantener mucha distancia de Helen, miraba por la ventanilla, concentrando en ello toda su atención.
No parecía enfadado, ni siquiera alterado.
Pero había en su postura una rigidez nueva, una distancia que Helen no recordaba haber sentido nunca entre ellos. Ni siquiera en sus peores momentos.
¿Qué había pasado? ¿Por qué demonios estaba así? Repasó de nuevo los últimos acontecimientos, pero no logró aclarar nada. La última vez que lo había visto, fue la noche de la muerte de Sócrates, en el jardín. Cuando habían estado a punto de... algo, pero los interrumpieron. Como siempre.
Y ahora esto.
Al llegar, fue él quien descendió primero. Ayudó a bajar a lady Beth y luego le ofreció la mano a Helen. Ella la aceptó, como siempre, aunque aquella vez el gesto tuvo algo distinto; no estuvo segura de qué era, pero así lo sintió.
—Ahora tengo que irme, pero pasaré a buscarte mañana temprano, tras el desayuno —dijo Peter, ya en la acera, sin alargar el momento—. Daremos un paseo a solas y hablaremos. —Vaciló—. Si lo deseas, por supuesto.
Helen apretó los labios. Le hubiera gustado gritarle un par de cosas, pero ya había provocado suficiente escándalo por un día, incluso por un mes... o quizá no, pensó, al recordar la idea de la bicicleta o la propuesta de encadenarse frente al Parlamento.
Le quedaba mucho con lo que escandalizar al mundo.
Pero en cuanto a Peter, asintió.
—De acuerdo.
No añadió nada más. Él tampoco. Y, tras una leve inclinación de cabeza, se marchó.
Subió a su dormitorio, donde Rose y Emily le prepararon un baño, y la vistieron y peinaron en condiciones.
Para la hora del té estaba lista y, mientras bajaba al salón se preguntó si la señora Canterbary se habría reunido ya con su marido y sus hijos, o si de verdad tendrían que esperar hasta la hora de la cena.
Su madre estaba ya en el salón, de pie junto a la chimenea, con las manos entrelazadas y una expresión que no era fácil de interpretar.
No había auténtico enfado en ella, ni tampoco decepción, al menos no una completa.
Más bien la envolvía una especie de serenidad grave, como si hubiera pasado ya por todas las reacciones posibles antes de que Helen cruzara la puerta.
—Ven aquí, cariño.
Helen obedeció y se sentó a su lado.
—¿Por qué no ha ido papá? —volvió a preguntar.
—Porque no se lo he dicho. No sabe nada de todo esto, y con suerte ni llegará a enterarse.
Se disgustaría mucho, y lo sabes. —Sí, era cierto.
Su padre nunca hubiera aprobado que se viera mezclada en un escándalo semejante.
Aunque veía muy optimista la idea de que nadie se lo fuera a contar nunca.
En todo caso, como pensaba seguir en la lucha, terminaría ocurriendo, pero consideró oportuno no señalarlo en ese momento—.
Además, me dijo que hoy tenía una reunión que iba a llevarle casi todo el día.
Por eso, cuando llegó Joyce con la noticia, opté por pedirle a Peter que nos ayudase.
Creo que ha sido la mejor solución, dadas las circunstancias.
—Supongo que sí. —Tomó aire y le sostuvo la mirada—. ¿Y tú? ¿Estás muy disgustada, mamá?
Durante un instante pensó que habría un reproche, una reprimenda, quizá incluso una orden perentoria de que se apartase de todo aquello, algo que no podría cumplir.
Pero su madre se limitó a observarla con detenimiento, como si tratara de decidir si la nueva Helen seguía siendo la de siempre, la niña de antaño.
—La impaciencia te puede, hija mía —respondió con suavidad—. Siempre ha sido así. Te urge la necesidad de hacer algo, de no esperar más.
Helen bajó la mirada un segundo.
—Jamás podría quedarme quieta ante lo injusto, mamá.
—Lo sé. —Su madre esbozó una leve sonrisa—. Te he educado para que pienses, para que comprendas el mundo... ¿cómo iba a sorprenderme que veas sus fallos y quieras cambiarlo?
—No es eso. Es el modo en que creo que debe hacerse.
Se acabó el pedir permiso y el preparar el mundo para que lo disfruten otras.
No. Quiero tener ya una vida plena, yo. Quiero poder ejercer mi profesión sin que los hombres me pongan palos en las ruedas...
—Agitó la cabeza—. Me temo que nunca seré una Dama Selecta, mamá.
Lo he intentado... bueno, no mucho, pero algo sí, y no va con mi carácter, está claro.
No lo hubiera sido ni asistiendo a clase en Minstrel Valley.
—¿Por qué dices eso?
—Porque sé que es importante para ti y para lady Juliet. Que queríais que lo fuera, pese a todo. No puedo.
Lady Beth se acercó y la abrazó.
—Mi niña..., pero ¿qué dices? Claro que eres una Dama Selecta, Helen.
¿Cómo puedes creer lo contrario? Eres lista, estás despierta y utilizas los recursos que tienes a tu alcance para mejorar el mundo para todas las mujeres.
Eso es una Dama Selecta, en realidad. Y precisamente por eso temía que te implicaras en el feminismo, porque sabía que terminarías eligiendo el camino de la confrontación, es el que más va con tu naturaleza impulsiva.
Y no quería, no quiero que lo hagas. No porque no lo entienda, sino porque me consta el precio enorme que te puede suponer, y soy tu madre. Tu sufrimiento es el mío.
—¡Oh, mamá! —exclamó Helen, conmovida. Y espantada, cuando sintió que su madre lloraba. Jamás la había visto llorar, que ella recordase.
—No querría verte herida, ni encarcelada ni humillada...
Helen la abrazó con fuerza.
—No te preocupes. Solo habrá un moño torcido de vez en cuando.
Lady Beth rio.
—Un moño con poco glamour.
—Es el precio del progreso. —Ambas sonrieron con los ojos empañados en lágrimas—.
Es verdad que soy impaciente. Pero es que no quiero esperar toda la vida o, peor, no quiero perder toda mi vida suplicando que me hagan un poco de caso y me den algo de justicia.
Los hombres no van a dar nada si no se lo arrancamos, mamá. Viven muy cómodos así como están.
—Lo sé —respondió—. Soy consciente de la suerte que he tenido de poder compartir la mía con tu padre, y de que muchas otras no han sido tan afortunadas.
Pero, querida, la impaciencia nunca es buena, nunca.
La vida es muy larga, ya lo comprobarás, y hemos de vivir a cada momento con las consecuencias de nuestros actos.
No sé si entiendes de verdad lo que eso significa.
—Pues claro que sí.
—No lo creo. A tu edad es difícil hacerlo.
Todavía no conoces las grandes pérdidas y la vida no te pesa, no tiene aristas oscuras.
No sabes que todo lo que te ha sido dado se te irá quitando, poco a poco, de forma terrible, dejando vacíos llenos de dolor.
No añadas tristezas a lo que, de por sí, ha de venir, no tiene sentido.
—Hubo un breve silencio—. Pero sé también que no puedes actuar de otro modo, porque sería ir contra lo que eres.
Solo te pido una cosa: que tengas mucho cuidado.
La violencia es engañosa, Helen. Es un vendaval que llega por sorpresa y, de no tener cuidado, te arrastra.
Mide bien cada paso que des y, de surgirte dudas, sabes que aquí me tienes, para darte cuantos consejos puedas desear.
Helen sonrió y asintió lentamente.
—Lo haré —murmuró, abrazándola de nuevo.
Todo pareció quedar así, pero, a la mañana siguiente, Londres despertó con estruendo de un gran escándalo.