Capítulo 21. Hemos de vivir con las consecuencias de nuestros actos
Hemos de vivir con las consecuencias de nuestros actos
L a celda estaba todavía llena de mujeres.
Algunas se habían ido ya, a medida que iban llegando sus familiares o abogados a buscarlas, pero dos horas después la mayoría seguía allí, como las damas fundadoras del Club Astarea, que no pensaban irse hasta que la última manifestante saliera por la puerta totalmente libre.
Así se lo había dicho la señora Canterbary a su marido, el comisario, cuando este se personó en el lugar, a los diez minutos de su llegada. Había intentado llevarse a su esposa, a lady Penelope y a la señora Thompson, pero las tres se habían negado.
—No nos iremos sin las demás —le dijo, firme, aunque no parecían estar discutiendo. Al contrario, se notaba que el comisario estaba algo divertido y profundamente orgulloso de la actitud de su esposa.
—Muy bien. Pues iré a visitar a Athena y llevaré a los niños a almorzar por ahí, Blanche, y quizá hasta a tomar el té, porque dudo que llegues a tiempo a casa.
—Perfecto, que disfruten de su abuelo. Nos vemos en la cena, con suerte. Pasadlo bien.
—Tú también. —La besó en la mejilla, con un abrazo que dijo mucho sobre lo que los unía, y sonrió en general—. Señoras... Me ocuparé de que les traigan mantas y té.
—Oh, qué amable —dijo una dama de edad—. Una buena taza de té puede convertir cualquier lugar en un palacio.
En general, las atendieron bien. Y la celda no era tan fría como Helen había imaginado, aunque sí resultaba lo bastante incómoda como para que estuviese deseando irse al cabo de media hora.
Hasta el banco en el que se sentaban ella y Elsa, con Rose y Emily abrazadas entre sí al lado, era duro como una piedra, una auténtica tortura.
—¿Qué nos va a ocurrir? —le preguntó Rose.
—Nada, no te preocupes. —La tranquilizó Helen, aunque ni ella estaba segura en modo alguno—. Ya ha pasado todo.
Su doncella asintió. Pareció reflexionar un momento.
—Ha sido usted muy valiente, lady Helen —dijo al fin.
—¿Yo? Oh, no creas. He tenido miedo y lo sigo teniendo.
—Pero eso no la ha detenido —le recordó lady Elsa—. El valor no es no tener miedo, Helen: el valor es ser capaz de superarlo, pese a todo, y seguir adelante.
Ella le devolvió la sonrisa. Eso era cierto. Y tal vez fuera, al fin y al cabo, lo único que importaba.
—Me alegra mucho haberla conocido.
—Gracias. Me pasa lo mismo con respecto a usted. Es mi única amiga, Helen.
—No diga eso...
—Es cierto. Cuando me habló de lo que había sentido por mi marido, hizo un ejercicio de sinceridad —añadió, bajando la voz.
Apenas se oían la una a la otra en el continuo rumor de conversaciones que llenaba las celdas—.
Se abrió a mí, que llevaba tanto tiempo rodeada de puertas cerradas.
Nunca le he dicho lo mucho que lo agradezco. Ya va siendo hora.
Helen sonrió.
—No hay de qué. Aunque preferiría haberme comportado de otro modo desde un principio.
—No se torture. Yo la entendía, la entiendo. También viví esa fascinación, esa atracción que no se puede resistir, es demasiado intensa. —Sus ojos mostraron una tristeza velada—. Hay que conocerlo para poder dejarlo atrás.
—¿Eso es lo que le ocurrió? ¿Lo dejó usted atrás?
—Sí, pero no fue mi iniciativa. Ya estábamos mal, tras todo lo que sucedió.
Como le dije, mi matrimonio, pese a ser concertado, empezó muy bien.
—Se frotó las manos, pensativa—. Echo de menos aquellas noches, la pasión, su voz, su tacto...
—Helen se ruborizó, pero Elsa no se dio cuenta sumida en sus pensamientos—.
Y, entonces, mi hermano... Bueno, cometió un error.
Es un buen muchacho, pero muy atolondrado.
Se llenó de deudas, se metió en problemas... Y al final hizo algo imperdonable.
Helen puso cara de circunstancias.
—Elsa..., no tiene que hablarme de ello si no quiere.
—Lo sé, pero quiero. No, es más que eso: lo necesito. —Lady Waylord meditó unos segundos con la cabeza baja—. Jamás he hablado de esto, pero usted se sinceró conmigo y no veo razón para no mostrarle la misma confianza. Necesito... necesito liberarme.
—Si es un secreto, por mí no se preocupe...
—En realidad, no lo es. Hay personas que lo conocen y personas que no. Pero le ruego que no mencione este asunto a nadie.
—Se lo prometo.
—Bien. —Suspiró—. Ocurrió al poco de la boda. James...
—¿James?
—Sí, mi hermano. Es dos años mayor que yo.
Para entonces, aunque habíamos logrado ocultarlo a todos, estaba cargado de deudas.
Y eso no era lo peor. Había desarrollado una verdadera manía por el juego.
No lo hacía por diversión, ni siquiera por codicia, sino por una necesidad constante de recuperar lo perdido.
Cada suma que conseguía, ya fuera prestada, adelantada o peor, iba directa a la mesa, convencido de que la siguiente partida lo resolvería todo. Nunca ocurría, por desgracia.
—Qué terrible...
—Sí, lo es... Con el tiempo, aquello dejó de ser una imprudencia y pasó a ser...
otra cosa. James se volvió reservado, irritable, incapaz de pensar en nada que no fueran sus deudas y la próxima oportunidad de saldarlas.
Y entonces empezó a espiar a Waylord, a cambio de dinero, para vender la información a sus enemigos políticos.
—¡Oh, Dios mío!
—Y no solo eso. Cometió algunos robos que mi marido apenas pudo tapar cuando se descubrieron.
Algo así podría haber destruido su carrera política, todavía podría hacerlo, aunque James lleva ya dos años en el extranjero, en una institución de descanso donde le están ayudando a superar esa manía por el juego.
Helen asintió. Ahora entendía muchas cosas.
—Espero que esté mejor. Y que pase cuanto antes todo el asunto y se arregle su matrimonio, Elsa. Se lo digo de corazón.
Lady Waylord sonrió.
—Lo sé. Aunque dudo que tenga arreglo posible.
Llegó una nueva tanda de té; luego, agotadas por lo vivido, y cansadas de charla, quedaron un rato en silencio. Hasta tuvo la impresión de acercarse al umbral del sueño, amodorrada. El sonido de unos pasos firmes en el pasillo la sacó de su ensimismamiento.
A través de los barrotes vio que llegaba un agente por el pasillo. La llave giró en la cerradura de la reja con un chasquido seco, y la puerta se abrió.
—¿Lady Helen Bowler? —dijo el agente. Helen levantó una mano—. Han venido a buscarla. A usted y a sus... eh... doncellas.
—¡Bien! —exclamó Emily. Las tres se pusieron en pie.
—Gracias. —Pero Helen no hizo amago de ir hacia la puerta. En lugar de eso, miró alrededor—. Supongo que habrá venido mi padre, así que no puedo quedarme hasta que salga la última de las nuestras, no me dejará.
La señora Canterbary se echó a reír.
—Sí, con los padres es difícil lidiar en estas circunstancias.
—Eso me temo, pero quizá pueda hacer alguna otra cosa. ¿Alguna de ustedes desea que intentemos sacarla ya? —Las damas declinaron la oferta con gratitud. Todas esperaban a sus familiares o abogados. Miró a Elsa—. ¿Quiere que lo intente?
—No, gracias, querida. —La vio titubear—. Prefiero... prefiero quedarme y ver qué pasa.
Quería saber cómo respondía su marido ante aquello, claro. A su manera, era una llamada de atención. Ojalá tuviera suerte.
Helen le estrechó las manos.
—Nos vemos fuera, entonces. Mándeme nota en cuanto quiera quedar para tomar un té.
—Así lo haré. Gracias, Helen. No sabe lo que me conforta saber que tengo una amiga en Londres.
—Tiene muchas —le dijo la señora Canterbary desde su sitio—. Ahora forman parte del Club Astarea.
—Y que sepan que el próximo jueves hay reunión —añadió lady Penelope, y se echó a reír—. Teníamos planeado aportar ideas para una nueva protesta, pero vamos a tener que pensar mucho si queremos superar lo ocurrido hoy.
—Un poco de ingenio, cuñada —le reprochó la señora Thompson—. A mí se me ocurre que encadenarnos a la verja ante el Palacio de Westminster puede ser muy útil, además de divertido.
—¡Ante el Parlamento! ¡Qué osada! ¡Veremos cómo frunce el ceño mi marido! —exclamó Elsa, y todas corearon sus risas, que aumentaron al ver cómo palidecía el agente—. ¡Yo me apunto!
—Contamos con usted, desde luego —replicó la señora Thompson divertida. Miró a Helen—. Y recuerde que a usted la esperamos en el despacho. Precisamente, hay tanto trabajo que me estaba planteando contratar una ayudante. Sería estupendo que usted ocupase ese puesto.
El corazón de Helen brincó de alegría. Se lo había comentado unos días antes, pero no había estado segura de que fuera en serio. ¡Por fin veía una posibilidad de conseguir algo, de sentirse útil!
—Muchas gracias, señora Thompson...
—Nomy, por favor... Bueno, ya hablaremos de eso.
Tras despedirse de todas, Helen, Rose y Emily abandonaron la celda y las llevaron hasta un despacho, donde las esperaba lady Beth. Su elegancia chocaba frontalmente con lo severo del entorno.
—Querida —le dijo—, llevas el moño torcido de un modo muy pintoresco.
—¡Mamá! —Helen corrió a abrazarla y lady Beth la arrulló unos segundos como cuando era niña. Ojalá hubiera podido quedarse así por siempre. Pero entonces miró más allá y descubrió que, tras su madre, ligeramente rezagado, estaba Peter.
Helen se apartó de lady Beth poco a poco, sin apartar la vista del joven y sin saber cómo debía actuar.
No lo había visto desde la noche de la cena, cuando murió Sócrates.
Seguramente la había estado evitando, y no pudo tratar de no mirarlo con amargura, porque había sido muy desconsiderado por su parte después de lo vivido.
Y de lo que habían estado a punto de hacer. De no ser por el regreso de sus padres, en esos momentos serían amantes. ¿Eso no significaba nada, pese a su enfado por el asunto de Waylord?
Durante un segundo, ninguno de los dos dijo nada. Él la observó y luego, muy despacio, inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Helen.
No hubo nada en su voz. Ni reproche, ni alegría, ni siquiera indiferencia; carecía por completo de tono.
Lady Beth, en cambio, no se contuvo tanto.