Capítulo 20. La revuelta de las sombrillas
La revuelta de las sombrillas
E l refuerzo no tardó en llegar, aumentando la tensión.
Eran alrededor de una docena de agentes y un par de oficiales —un teniente y un sargento, si Helen no se equivocaba—.
Hablaron entre ellos y con los policías que hacían guardia junto a la puerta del primer ministro; y procedieron, como primera medida —tal como habían supuesto ellas en la reunión—, a detener a Emmeline Pankhurst y las otras mujeres que no habían llegado a encadenarse.
No opusieron demasiada resistencia, pero sí forcejearon, y toda la calle se estremeció con los gritos de las feministas que exigían que las soltaran y con el resonar de la cámara de fotos.
Las mujeres periodistas no dejaron pasar detalle: seguramente habría una portada con el tema en la siguiente edición de todos los periódicos. Justo lo que se había buscado.
—¿Qué está pasando? —murmuraban los curiosos que se detenían a mirar.
—¿Quiénes son?
—Parecen damas, pero no son formas...
—¿Se han vuelto locas?
—Manteneos firmes —susurró la señora Thompson—. Van a intentar que nos sintamos mal, pero no tenemos nada de lo que avergonzarnos.
—Bueno, yo un poco, sí —alegó su cuñada, que seguía sin poder girarse.
—¡Señoras! —exclamó el teniente. Era un hombre serio, seguramente acostumbrado a imponer autoridad—. ¡Señoras, están en dos residencias oficiales! ¡Están interfiriendo en el orden público!
—Estamos mejorándolo —replicó la señora Canterbary—. No se puede romper una tortilla sin romper los huevos.
El hombre la miró con más atención. Y entonces, cambió de expresión.
—Un momento... —frunció el ceño—. ¿Señora Canterbary? Usted es la señora Canterbary, ¿no? La esposa del comisario...
Ella inclinó la cabeza con elegancia.
—Así es, teniente... Disculpe, no recuerdo su nombre. Pero nos vimos en la fiesta de Navidad, en Scotland Yard, las pasadas fiestas. Me deseó usted un feliz 1908.
Los policías intercambiaron miradas rápidas y el teniente evaluó la situación con una mezcla de sorpresa y desagrado.
—Pues, señora Canterbary, usted debería dar ejemplo de buen comportamiento —dijo, con sequedad—. Le ruego que me ayude a solucionar esta situación. Diga a sus amigas que se desaten de inmediato.
—Lo diría. Pero está lady Penelope que, ya ve, ni nos mira.
—¡Pero serás...! No le haga caso, señor policía. Es que he perdido la llave.
—Y ahí está la marquesa de Waylord. Y la hija del conde de Terrace —añadió la señora Canterbary. Helen sonrió. Le hizo mucha ilusión que la mencionara—. Como comprenderá, esas damas van a hacer lo que mejor les parezca. Que es, precisamente, pelear por sus derechos.
Nadie respondió.
Helen sintió, más que vio, cómo la tensión se reajustaba a su alrededor. No era miedo, exactamente, sino la conciencia de haber cruzado una línea que ya no podía retrocederse. Tampoco se quería, había que avanzar.
Durante un instante, el teniente pareció debatirse entre dos impulsos: el de imponer autoridad de inmediato o el de evaluar con mayor cuidado una situación que, sin ser en apariencia grave —dudaba de que ninguna de aquellas locas fuera armada ni que tuvieran intenciones agresivas—, tenía algo incómodo, difícil de encajar en los procedimientos habituales.
Además, aunque eran bastantes mujeres, no podía decirse que formasen una turba. Y, desde que se llevaron a Emmeline Pankhurst, no había habido gritos ni desorden evidente, pero tampoco obediencia.
—He dicho que se desaten —insistió el teniente, dando un paso más para hacer presión con su presencia—. Es una orden, señoras. Háganlo ustedes mismas y podremos irnos todos de aquí sin mayor problema.
—No podemos —respondió Helen, envalentonada. A su espalda, Rose y Emily gimieron.
El hombre le frunció el ceño.
—¿Cómo dice, señorita?
—Lady. Mi título es el de lady. Y estamos así —Helen levantó ligeramente la mano, lo justo para que la cadena resultara visible— porque queremos que el primer ministro deje de evitarnos y nos reciba.
—No sea absurda, milady . —El policía incidió con fastidio en el título—. El primer ministro es un hombre muy ocupado. No puede perder el tiempo con sus tonterías femeninas.
—Feministas.
—Aunque seguimos siendo muy femeninas, caballero —terció lady Penelope, girando lo más posible la cabeza—. Que femenino no es inferior a masculino.
—¡Desde luego que no! —convinieron varias mujeres.
—Somos feministas —concluyó Helen—. Somos sufragistas. Y estamos hoy aquí porque queremos ver al primer ministro.
El policía suspiró.
—Me temo que no es una opción en este momento.
—Entonces, tampoco lo es soltarnos —afirmó la señora Thompson.
Hubo un silencio breve, en el que el teniente miró la cadena, luego a ella, luego de nuevo la cadena.
—Esto es inaceptable —dijo al fin—. Están obstruyendo el paso y alterando el orden público.
Vamos. Sean razonables —añadió, con el habitual tono condescendiente de los hombres que creían en una esfera femenina, un mundo inferior y más limitado, que vivía para entretenerlos a ellos o para ocuparse de sus hijos, pero no para existir por sí misma—.
¿No comprenden que se están poniendo en ridículo?
¡No es modo de comportarse! Tendrán ocasión de exponer sus ideas por los cauces adecuados.
—¿Cuáles serían esos? —inquirió Helen.
La pregunta no era desafiante, pero tampoco sonó inocente.
El teniente abrió la boca, la cerró, y durante un segundo pareció considerar la posibilidad de una respuesta real.
No supo qué decir, se notó en su expresión.
—¡Suéltenlas! —dijo a sus hombres. Algunos agentes avanzaron y empezaron a buscar candados, forcejeando con las cadenas mientras las mujeres protestaban a gritos.
Helen, en cambio, miró directamente al agente que se le puso delante. El hombre probó a tirar, primero con cuidado, luego con algo más de decisión. El metal resistió, como era de esperar, y Helen contuvo una mueca de dolor.
—Le agradeceríamos que no empleara la fuerza —dijo—. No es necesario.
—Pero ¿se ha vuelto loco? ¿Quiere hacer el favor, teniente? —llamó Elsa frunciéndole el ceño—. No hace falta comportarse como brutos.
Los espectadores se mostraron alarmados.
—¡Un poco de educación! ¡Solo son mujeres! —exclamó un hombre.
—¡Será posible! —añadió una anciana—. ¡Van a hacerle daño a esa niña!
—¡Si estuvieran en sus casas no sufrirían ningún daño! —aportó otro individuo con desprecio.
—¿Así que solo se comporta como un caballero si le parece oportuno, señor? —le reprochó otro—. ¡Menudo caballero!
—¡Dejen a esas mujeres, no hacen daño a nadie!
Los abucheos aumentaron. El sargento titubeó.
—Señor, creo que, dadas las circunstancias, sería conveniente proceder con cierta cautela.
El teniente lo miró con impaciencia.
—Smith, no tengo ganas de más tonterías.
—Con el debido respeto, señor —replicó el otro—, se trata de damas de posición. Al parecer, todas las mujeres encadenadas aquí o tienen título o son parientes de alguien relevante.
El teniente entrecerró los ojos.
—Eso no altera la situación —dijo—. Están incumpliendo la ley.
—¡No incumplimos las leyes, luchamos por el derecho a poder crearlas! —replicó Helen. El teniente la miró horrorizado.
—Qué barbaridad. ¡Mujeres decidiendo las leyes! ¡Lo que nos faltaba! —Hizo un gesto hacia el sargento—. Usted, deje de perder el tiempo y proceda. Arránquenlas de esas cadenas, me da igual si salen dañadas. Hay que quitarlas de ahí.
El sargento inclinó la cabeza, pero no se movió.
—Por supuesto, teniente. Solo consideré oportuno señalarlo antes de que ocurra algo que todos tengamos que lamentar. Podría haber... consecuencias. Graves. —Hizo un gesto discreto hacia los espectadores—. Y con público.
El teniente respiró hondo, evaluando rápidamente la situación. Miró a las mujeres, a la cadena, al grupo de espectadores que empezaba a agolparse con un interés nada disimulado.
Y entonces tomó una decisión.
—Traigan herramientas para cortar esas cadenas, unos coches para llevarlas a la comisaría, y tomen sus nombres para avisar cuanto antes a sus maridos o padres —ordenó—.
Que sean ellos los que se ocupen del correctivo y de lidiar con la vergüenza de lo que está pasando.
—Hizo un gesto hacia los curiosos, cada vez había más—.
Y despejen la zona, de inmediato. No quiero gente mirando por los alrededores.
Era una solución intermedia. Ni retirada ni confrontación directa. Pero, sin duda, era suficiente, un primer paso para solucionar el problema.
Los agentes procedieron de inmediato. Algunos curiosos fueron invitados —con mayor o menor cortesía— a marcharse de allí o mantener una mayor distancia, y se esperó a que volvieran los hombres enviados a buscar las cajas de herramientas.
—Señoras —dijo el teniente entonces, optando por lo seguro—, por última vez, para que no se diga que no fui comprensivo: les doy un minuto para liberarse por sus propios medios antes de proceder.
Estoy convencido de que el comisario Canterbary, al igual que sus esposos y padres, comprenderá que no podemos permitir que sigan alterando la paz, miladies.
Es más, se sentirán abochornados por su comportamiento, tan poco apropiado y tan poco digno de la delicadeza femenina.
¿No se dan cuenta de que los van a avergonzar?
¡Vamos! Tienen una última oportunidad. Esto puede quedar en nada.
Durante un segundo, Helen simuló considerar la propuesta.
—Lo agradecemos —respondió a continuación—.
Pero me temo que no podremos aceptar, teniente.
Estamos hartas de promesas incumplidas, de paternalismos absurdos y de desprecios.
¡Queremos ver al primer ministro y queremos verlo ya!
—Las mujeres mostraron su apoyo a gritos—.
No nos iremos de aquí hasta que se presente y nos explique por qué las leyes de nuestro país discriminan a la mitad de la población inglesa.
Por qué razón yo, que he estudiado leyes como cualquier abogado, no puedo ejercer ahora mi profesión.
¡Y por qué no podemos votar de una maldita vez!
—¡Voto para la mujer! —gritó lady Waylord, y todas las presentes lo corearon.
El teniente las miró con una mezcla de incredulidad y creciente irritación.
—Muy bien —dijo al fin, con una calma que no era tal—.
Como quieran. Procederemos a liberarlas.
Por favor, no opongan resistencia. Permanezcan quietas y no sufrirán ningún daño.
—Se volvió apenas y alzó la mano. Los agentes se aproximaron armados de cizallas—.
Las llevaremos a Scotland Yard y las entregaremos a sus familiares.
Las mujeres se apretaron unas contra otras, sujetando las cadenas para impedir que las cortaran. Helen y Elsa intercambiaron una mirada de reojo. Esta última se mantenía casi imperturbable. Solo el leve temblor de sus dedos traicionaba que no estaba tan tranquila como pretendía.
El mismo agente que antes había forcejeado con Helen trató de enganchar su cadena, pero ella la movió. En los siguientes tres intentos, hizo lo mismo.
—Estese quieta —dijo el hombre, furioso—. Es una orden.
—Temo que eso no será posible.
—¿Cómo se atreve? Niñata insolente... —añadió en un gruñido bajo que no pretendía ser oído.
De pronto, la empujó contra la reja, privándola de aliento, y la presionó con su cuerpo para poder usar la cizalla.
La brusquedad del movimiento provocó a su vez empujones en todo el grupo.
Rose y Emily empezaron a gritar, y lady Waylord trató de apartarlo.
—Pero ¿qué hace? ¿Cómo se atreve? ¡Suelte a lady Helen!
—Milady, apártese...
—¿Que me aparte? ¿En serio? —Elsa le dio con la sombrilla—. ¡Quite de ahí ahora mismo! —Otro golpe, y otro. Y otro.
—¡Milady! —El agente retrocedió—. ¡Cómo se atreve! Esto no...
—¡Deje a la joven! —dijo otra mujer, y le dio también un sombrillazo. El agente sacó la porra y todas gritaron, retrocediendo.
—¡Suéltenlas! —ordenó el teniente—. ¡Corten estas malditas cadenas! ¡Y traigan coches para llevarlas a Scotland Yard!
—¡Ya están esperando, señor!
Los agentes arremetieron para intentar cumplir lo mandado y, durante un instante, pareció que todo se descomponía en una mezcolanza de acciones fragmentadas: manos que tiraban de cadenas, voces que se superponían, cizallas que cortaban en falso porque las mujeres protegían sus cadenas...
Y golpes de sombrilla, a montones. Tantos que el aire pareció llenarse de varillas, puntas y telas agitadas con una determinación inesperada. No eran armas —ni lo pretendían—, pero en manos de aquellas damas perfectamente educadas se convirtieron en algo realmente temible.
—¡Que no nos suelten!
—¡Cuidado!
Los agentes gruñían, bufaban y retrocedían ante los sombrillazos, más sorprendidos que heridos, y volvían a avanzar, tratando de mantener su autoridad sin terminar de comprender qué estaba ocurriendo exactamente.
Cómo era posible que aquellas damas, educadas desde la cuna para asentir, hubiesen decidido —resultaba más que evidente— no hacerlo.
Helen apenas fue consciente de cuándo levantó su propia sombrilla.
Solo supo que lo hizo cuando la vio interponerse entre ella y el policía que volvía a abalanzarse con la cizalla, obligándolo a detenerse un segundo, lo suficiente para romper su ritmo.
A su lado, Elsa se movía con energía, repartiendo golpes secos y precisos.
—¡Esto es inadmisible! —bramó el agente, retrocediendo para evitar un nuevo impacto—. ¡Bajen esas... esas cosas inmediatamente!
—¡Son sombrillas! —le informó lady Penelope, sin poder girarse, pero no por ello con menos entusiasmo, aunque ya le había pegado algún golpe a su cuñada—. ¡Y no, no vamos a bajarlas!
La escena tenía algo profundamente absurdo y, al mismo tiempo, admirable: una hilera de damas encadenadas a la verja del primer ministro y otra a la del ministro de Hacienda, luchando por sus derechos y defendiéndose como podían con sombrillas, la única arma que se les había permitido.
Al otro lado de la calle, entre los mirones —donde ahora Helen advirtió también la presencia de más fotógrafos y reporteros de otros periódicos—, alguien empezó a reír.
No fue una burla, sino una risa breve, sorprendida, casi admirativa.
Y luego otra. Y otra más. No tardaron en mezclarse con los gritos.
—¡Voto para la mujer! —Se oyó la voz de un hombre.
—¡Voto para la mujer! —gritaron hombres y mujeres. Una única voz para el ser humano.
Helen sintió que algo cambiaba en ese preciso instante.
No en la calle —que seguía siendo un desorden controlado— ni en los agentes, que ya se reorganizaban con gesto endurecido, sino en la forma en que aquello sería recordado.
Porque, por primera vez, no eran solo un grupo de mujeres protestando. Eran una imagen imposible de ignorar.
La revuelta de las sombrillas.