Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 19. Downing Street está lista para el escándalo #3
83%

Capítulo 19. Downing Street está lista para el escándalo #3

—Ejercer presión —respondió lady Waylord por ella, con tranquilidad. Hizo un gesto hacia los guardias de la puerta, que miraban claramente alarmados—. Y no va a gustarle a la policía, pequeña. Mejor vete.

—¿Qué haces aquí otra vez? —la riñó Helen. Y también estaba Rose, con cara de terror. ¡Santa paciencia!—. ¡Volved al coche ahora mismo!

—No podemos, milady —replicó su doncella. Y allá que la siguieron hasta la reja, temblando—. Lo hemos pensado y su madre nos matará si la dejamos sola.

—¡Es la muerte o la cárcel! —clamó Emily, y unas mujeres que la oyeron lo corearon, tomándolo por una consigna. La jovencita las miró con sobresalto—. ¡Oh, Dios mío!

Las feministas pasaron los tramos de cadenas por el enrejado de la fachada del 10 de Downing Street y se envolvieron en ellas, atándose con firmeza. Pese al barullo de gritos, tintineos, roces de telas y ruidos varios, Helen oyó con claridad el chasquido del primer candado.

Luego otro.

Y otro.

Rose y Emily se miraron espantadas.

—Mejor marchaos cuanto antes, niñas —les dijo Elsa mientras cerraba su propio candado. Hizo un gesto hacia el agente que había estado de ronda. Uno de los policías de la puerta le había dicho algo y había echado a correr. Seguro que iba a dar la alarma a Scotland Yard—. Esto se va a complicar.

—¡Pero...! —volvió a empezar a protestar Rose. Justo entonces, unas mujeres pasaron a toda velocidad una cadena a la altura de la cintura de las dos muchachas y las ataron juntas a la reja. Ellas se abrazaron y gritaron a la vez—. ¡Aaah!

—¡Rápido, rápido! —animaba la señora Thompson.

Estaban muy cerca y Helen las miró feliz y orgullosa.

¡Estaba con las Pankhurst y con las fundadoras del Club Astarea!

¡Estaba con las mujeres que luchaban desde hacía décadas por cambiar la injusticia del mundo!

Sintió los ojos húmedos por las lágrimas.

Era emocionante—. ¡Blanche, no gires así la muñeca o no te va a cerrar!

—¡Ya está cerrado! —respondió la señora Canterbary, cuyo marido era comisario en Scotland Yard. ¡Cómo se iba a poner cuando lo supiera!—. Creo.

—¿Cómo que cree? —le preguntó otra mujer cuyo nombre Helen no recordaba.

—Bueno... —La señora Canterbary tiró un poco—. Sí, definitivamente creo.

La señora Thompson se echó a reír.

—Es una fe muy grande la tuya. Esperemos que se dé un milagro.

En el extremo opuesto, lady Penelope no estaba teniendo la misma suerte.

Había logrado engancharse..., pero de espaldas, y ya no podía volverse. Lo intentó tirando, y viendo que era imposible, sacó la llave para soltar el candado y volver a empezar, pero un empujón de los muchos que se estaban produciendo en el forcejeo general la arrebató de entre sus dedos.

—¡Oh, demonios! —exclamó de un modo muy poco femenino. Vio la llave en el suelo, a los pies de las mujeres—. ¡Por favor! ¡Socorro! ¿Alguien puede alcanzarme la llave?

—¡No llego! —le dijo Helen, que lo intentó con ganas. No sabía quién había cerrado su propia cadena, así que no tenía ni idea de cómo soltarse. Estiró una pierna y estuvo a punto de caerse. Todas las mujeres unidas a ella protestaron—. Lo siento, no llego...

—¡Milady! —gritó Rose, aterrada. A su lado, Emily no dejaba de mirar a todos lados con ojos desencajados—. ¿Pero qué hace?

Uno de los policías se decidió a actuar, visiblemente desconcertado. Alzó las manos, pidiendo silencio. Las consignas se interrumpieron y lo miraron.

—Señoras... —empezó él, con cautela—. Señoras, por favor. Me temo que no pueden hacer... esto. Lo que sea.

—Nosotras nos tememos que sí que podemos —replicó la señora Canterbary, con una sonrisa encantadora.

El agente parpadeó, incómodo.

—Si fueran tan amables de soltarse...

—Si el primer ministro es tan amable de comparecer ante nosotras y nos escucha —respondió la señora Thompson—, lo consideraríamos.

El hombre la miró como si se hubiera vuelto loca. ¡Pretender que el primer ministro perdiera su tiempo con un grupo de damas histéricas!

—Les advierto que hemos dado parte a Scotland Yard. No tardarán en venir más agentes.

—Sí, lo hemos visto —comentó lady Penelope, con suavidad—. Bueno, yo no, que no me puedo girar, pero me lo han contado.

—Haga lo que tenga que hacer, agente —dijo Helen y, a continuación, gritó a todo pulmón—. ¡Voto para la mujer! ¡Libertad para ejercer profesiones liberales!

Al otro lado de la calle, sobre su caja, Emmeline Pankhurst la oyó y le sonrió:

—¡Voto para la mujer! —gritó en respuesta.

—¡Voto para la mujer! ¡Voto para la mujer! —repitieron al momento todas.

—¡Libertad para ejercer profesiones liberales!

—¡Libertad para ejercer profesiones liberales! —gritaron, Helen la que más, llena de emoción.

—¡Liberación de las sufragistas encarceladas!

—¡Liberación de las sufragistas encarceladas!

—¡No somos delincuentes comunes, somos presas políticas!

—¡No somos delincuentes comunes, somos presas políticas!

El policía puso los ojos en blanco y se retiró unos pasos, dispuesto a esperar. Él no ganaba lo suficiente. Que otro se responsabilizase de aquel percance.