Capítulo 19. Downing Street está lista para el escándalo #2
Era, también, desesperadamente insuficiente, porque ella no quería esperar ni renunciar a sus derechos.
Estaba claro que no era una Dama Selecta, no podía serlo, no contaba con esa clase de resignación que las hacía tan útiles a largo plazo, pero que podía privarlas de disfrutar del logro de su esfuerzo.
No, ni hablar. Trabajaría por el bien de las mujeres, pero también por el propio, exigiendo respuestas inmediatas.
No iba a entregar su vida por la causa a la espera de que todo aquel horror cambiase por puro rozamiento, como pasaba con las piedras de un río, ni pretender encajar por la fuerza en un molde que odiaba.
—¿Sabe lo que me resulta más irritante? —dijo de pronto.
Elsa la miró—. Que nos permiten pensar —continuó Helen—.
Incluso nos animan a ello, en ciertos círculos.
—Sus padres, por ejemplo, pero no lo dijo en voz alta, porque lo sentía como una traición.
Podía pensar que estaban equivocados y sufrir por no haber tenido su respaldo, pero los defendería por siempre, incluso frente a sí misma—.
Nos dejan estudiar, leer, discutir... siempre que no pretendamos hacer nada con lo que pensamos.
—Porque entonces deja de ser un adorno. Algo que nos hace mejores en sí, pero que no nos saca de la esfera privada de la sociedad.
—Exacto.
Se oyó un suave silbido. Y, como si aquello hubiese sido una señal largamente ensayada —en realidad, solo lo habían acordado en una reunión, y únicamente de palabra—, todo ocurrió a la vez, como en la coreografía perfecta de un ballet.
Las damas se unieron en dos grupos con una rapidez sorprendente. El primero avanzó hacia las rejas de la fachada del número 10 de Downing Street. El segundo grupo fue hacia las del número 11, la residencia de David Lloyd George, el ministro de Hacienda.
En la puerta, los agentes de guardia habían mantenido hasta entonces la actitud impasible, más atentos a la corrección que al conflicto, dado que la mayor parte de las presentes eran unas damas elegantes, bien vestidas y perfectamente respetables.
Esperaban que su presencia allí se debiera a algo protocolario de lo que no se les había avisado, y que el grupo, cada vez más grande, se disolviese de un momento a otro.
Pero al ver que se movilizaban hacia las rejas, intercambiaron una mirada, desconcertados. Dudaron sobre si intervenir o no, lo que les dio a ellas la iniciativa, tal como habían esperado.
Dos representantes de la Women’s Social and Political Union se subieron entonces en unas cajas que aparecieron como por arte de magia, y extendieron entre ambas una pancarta con un gigantesco «VOTO PARA LA MUJER» escrito en rojo sobre blanco.
De algún lado surgieron también tres mujeres que debían ser periodistas; una tomaba notas, otra dibujaba lo que veía y otra usaba con bastante soltura una cámara fotográfica.
Hubo un segundo en el que pareció que todos los que estaban en Downing Street contenían la respiración. La tela ondeó suavemente con brisa de la mañana, mientras el sol hacía resplandecer el escarlata intenso de la pintura con la que se había dibujado el texto.
—¡Señoras! —gritó la mujer situada a la derecha.
Era algo mayor que la otra. Helen no la había visto en persona nunca antes, estaba segura de ello, pero conocía su rostro, quizá del periódico—.
¡Somos madres, somos hermanas, somos hijas!
¡Somos mujeres! ¡Por eso conocemos el amargo sabor de la pérdida y nos consta que toda guerra supone un gran mal!
¡Pero también sabemos que algunas son necesarias!
¡Esta en la que estamos embarcadas, la que nos ha traído hasta aquí a hacer algo que nunca quisimos hacer, es necesaria! ¡Y el combate va a ser durísimo!
—¿No es Emmeline Pankhurst? —le preguntó Elsa a Helen, con asombro y admiración.
Ella se sobresaltó. ¡Claro que sí, era ella, en persona!
La madre de las Pankhurst era ya un auténtico símbolo del feminismo del momento, una de las fundadoras de la Women’s Social and Political Union—. ¡Oh, Dios mío, sí que lo es!
Ante la mirada emocionada de Helen, Emmeline Pankhurst empezó a gritar:
—¡Voto para la mujer!
—¡Voto para la mujer! ¡Voto para la mujer! —repitieron todas, a gritos. Helen oyó su voz, mezclada con todas hasta formar un grito único.
—¡Liberación de las sufragistas encarceladas! —siguió la señora Pankhurst.
—¡Liberación de las sufragistas encarceladas! —replicaron todas.
—¡No somos delincuentes comunes, somos presas políticas!
—¡No somos delincuentes comunes, somos presas políticas!
Y, de nuevo, vuelta a empezar.
—¡Voto para la mujer!
—¡Señoras! ¡Señoras, por favor! —decían los policías, sin saber qué hacer.
Ellas siguieron con lo acordado: simular no oír, no entender, seguir con sus consignas hasta que el plan se hubiera completado.
De bolsillos, manguitos y retículos comenzaron a aparecer tramos más o menos largos de cadenas, delgadas pero firmes, y candados con sus llaves.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Emily, horrorizada, reapareciendo por sorpresa.