Capítulo 19. Downing Street está lista para el escándalo
Downing Street está lista para el escándalo
T al como se habían temido durante la reunión en el Club Astarea, el primer ministro rechazó recibir a la delegación sufragista alegando que jamás negociaría «bajo presión ni bajo espectáculo».
Según el señor H. H. Asquith, el país no podía permitirse legislar «movido por emociones pasajeras y campañas sentimentales», y afirmaba que las mujeres estaban siendo «mal aconsejadas por elementos extremistas» y que no existía una demanda real de sufragio femenino entre «las mujeres sensatas del país».
Por lo tanto, no tenía sentido perder el tiempo discutiendo el asunto, cuando había muchos problemas que resolver en Inglaterra.
Semejante actitud, por supuesto, merecía una respuesta. Y no una de las habituales, las correctas, sino una que dejara claro que no estaban dispuestas a seguir soportando sus desplantes.
Por eso, una mañana, Helen mandó detener el carruaje a cierta distancia de los números 10 y 11 de Downing Street, y permaneció dentro, observando los alrededores.
A lo largo de toda la calle, por aquí y por allá, se veían grupos de mujeres, damas elegantes, bien vestidas y arregladas, que simulaban estar a sus cosas; pero eran demasiadas, más de lo habitual, algo que hubiera llamado la atención ya de por sí, sin necesidad de fijarse en las miradas que se cruzaban entre ellas y que se mantenían una fracción de segundo más de lo necesario.
Ante la puerta del número 10, residencia del primer ministro de Inglaterra, siempre había dos agentes uniformados, en posición de firmes, con esa compostura casi ceremonial propia de los edificios oficiales.
El número 11, por el contrario, carecía de guardia propia, pero un tercer agente cruzaba la calle de vez en cuando, en un ir y venir que pretendía parecer indiferente, pero que no lo era en absoluto.
Esa mañana, ninguno de los tres hablaba y ninguno parecía prestar mayor atención —en realidad, así era siempre—, pero, al fijarse bien, Helen vio que sus ojos estaban muy atentos en los grupos dispersos de mujeres, con una inquietud que desmentía la serenidad de sus rostros.
Era evidente que percibían que algo no encajaba, aunque todavía no sabían el qué, y esa incertidumbre los mantenía en una vigilancia tensa e incómoda.
—Milady... —murmuró Rose a su lado, pálida como la cera—. Yo diría que deberíamos volver a casa.
—Yo lo afirmo —añadió Emily, asintiendo con voz temblorosa—. Con absoluta convicción.
—¿Está segura de lo que va a hacer, milady? —murmuró Joyce, sin volverse del todo, mientras examinaba la zona con preocupación.
Helen apoyó una mano en la portezuela antes de abrir.
—No —respondió, con una tranquilidad que la sorprendió, porque por dentro estaba hecha un nudo de nervios—. La verdad es que no. Pero voy a bajar igualmente.
El cochero asintió, como si ya se esperase semejante respuesta, y descendió del pescante para ayudarla. Helen aceptó la mano, no por necesidad, sino por costumbre, y al pisar la acera dejó que su mirada recorriera la calle intentando captar cada detalle.
—Milady... ¿cree que vendrá la policía, como se cuenta en los periódicos?
—preguntó Rose, inquieta, asomada a la ventanilla.
Helen no respondió. Acababa de reconocer a varias de las presentes.
Las había visto en el par de reuniones a las que ya había asistido —sobre todo en la del día anterior, donde se había organizado esa protesta en concreto—, aunque no había hablado con todas.
Pese a que se consideraba que toda mujer, fuera cual fuere su origen, tenía igual derecho a la lucha, el acto de ese día se había organizado para evidenciar ante el señor Asquith, el primer ministro, que las damas más importantes de Inglaterra estaban en pie de guerra, al igual que las obreras a las que se atrevían a despreciar.
Ellas, las damas, iban a llevar el peso mayor de la reivindicación, aunque la Women’s Social and Political Union iba a enviar a varias representantes para asumir un liderazgo inicial —esperaban no tardar en ser detenidas, algo que también convenía a la causa— y lanzar así un mensaje a todo el movimiento feminista: esa petición era una petición de todas.
Aquellas damas, con ese acto de osadía inaudita —iban a realizar algo que se había comentado, pero todavía no había habido valor para hacerlo—, abrían el paso a todas las mujeres inglesas: esa era la lucha de todas y había que tomar las armas.
Se había terminado el esperar sentadas a que los que dominaban el mundo tuvieran a bien compartirlo con ellas.
Lo tomarían por la fuerza, de ser necesario. Se arriesgarían, exigirían, lucharían hasta la última consecuencia.
Y se había reunido un buen grupo, desde luego. Helen no había esperado tanta asistencia. Downing Street nunca había visto a la vez tantas plumas en sombreros elegantes; nunca había sentido el roce de tanta seda hermosa y cara, de vestidos, de guantes, de sombrillas...
Las mujeres no estaban juntas, no exactamente.
La señora Canterbary se encontraba unos metros más allá, fingiendo gran interés por un detalle absurdo de una fachada vecina; lady Penelope hablaba con una naturalidad sospechosa con una mujer que Helen no conocía y, posiblemente, lady Penelope tampoco; Eunomia Thompson, apoyada en una farola, tenía el aire despreocupado de quien se pregunta si pasear ese día para un lado de la calle o para el otro.
Una mano se agitó en el aire, llamando su atención. Helen miró hacia allí y vio a la esposa del marqués de Waylord. Elsa permanecía sola, muy apartada. Tanto que habría pasado por simple espectadora si no fuera por la tensión con la que sostenía la sombrilla.
Helen avanzó hacia ella, pero, al darse cuenta de que Rose y Emily la seguían, volvió a pararse.
—Quedaos en el coche con Joyce —les advirtió. Miró al cochero—. Joyce, si la cosa se complica, las llevas a casa.
—Ni hablar, milady —replicó Rose—. Nosotras...
—Hoy no hay ni miladies ni doncellas, Rose. Hoy solo somos tres mujeres. ¿Queréis manifestaros? ¿Queréis luchar contra la opresión?
—¡No! —Las dos muchachas se miraron. Rose se mostró indecisa—. ¿O sí?
—No creo... —respondió Emily—. ¡Igual ni podemos! Solo somos doncellas...
—Claro que podéis —explicó Helen—. Antes que cualquier otra cosa, todas somos mujeres y a todas nos están discriminando los hombres.
—¡Pero yo no soy feminista, soy femenina! —soltó Rose, apurada, para su asombro. Helen abrió los ojos al máximo.
—¿De dónde has sacado semejante tontería? —Sonó tan enfadada que los ojos de la pobre Rose se llenaron de lágrimas y, claro, los de su prima también.
—Yo... Yo...
—¡Lo dice la señora Green! —Fue Emily quien contestó, acudiendo al momento en su ayuda—. ¡Y el señor Flynn! ¡Y todos, en general! ¡Dicen que es muy poco de mujer estar chillando pidiendo cosas que no corresponden! ¡Que hay que ser femenina y no marimachos feministas!
—Santo Dios... —Helen suspiró para sí. Cuánto quedaba todavía por avanzar—. Eso no es cierto. ¿Acaso yo soy un marimacho feminista? —Las dos doncellas se miraron. Helen tuvo ganas de chillar, pero lo empeoraría todo—. Vale, no soy el mejor ejemplo. Pero ¿qué decís de mi madre? ¿O de lady Juliet?
—Oh, no, claro que no. —Las dos protestaron a la vez—. Ellas son muy femeninas.
—Pues son las feministas que me iniciaron en todo esto.
Ellas, como yo —se señaló con un dedo, para que les quedara claro—, se consideran feministas y femeninas, que no son términos excluyentes.
¿Pero qué barbaridad ridícula es esa? Ser feminista, lo único que quiere decir, es que consideras que es justo que hombres y mujeres tengan los mismos derechos ante la ley y ante la sociedad...
—Las jovencitas tenían los ojos cada vez más neblinosos.
Mejor dejar el mitin para otro día—. Que podéis ser femeninas y protestar exigiendo vuestros derechos.
¿Queréis hacerlo? —Ambas apretaron las boquitas.
Señaló el carruaje. Joyce las miraba divertido desde el pescante—.
Pues nada, volved al coche. Hasta que estéis seguras de lo que queréis hacer, mejor esperadme ahí. No tardaré.
—¡Pero, milady...! —empezó a protestar de nuevo Rose. Por suerte, esa vez, cuando les dio la espalda, no intentaron seguirla.
—Femeninas o feministas, será posible...
—musitó para sí, indignada. Pensaba tener una larga conversación con el mayordomo y el ama de llaves.
Y con todos los criados, maldición, las cosas que había que soportar.
Helen cruzó la calle, atravesando los grupos de mujeres, y se dirigió hacia lady Waylord—. Ha venido —le dijo, sin saludo previo.
Elsa sonrió.
—Usted también.
—Cierto. Pero si le digo la verdad, tras oír los planes, yo no estaba segura de que usted lo hiciera.
—Pues, para ser sincera también, yo tampoco estaba segura de que apareciera usted. —Ambas se echaron a reír, con un sonido burbujeante—. ¿Lo nota? —Inspiró como si percibiera un aroma maravilloso—. Está en el aire.
Helen asintió con una sonrisa.
—Sí. Es el futuro.
—¡Qué nervios!
—Y qué emoción.
Helen miró alrededor. Tenía miedo, no podía negarlo, pero aquello, movimientos como el que iban a llevar a cabo, serían los que cambiarían el mundo.
El resto, las muchas horas pasadas esperando junto a puertas de despachos que raramente se abrían, y para nada, los silencios respetuosos y la llamada a la paciencia... lo dudaba mucho.
Desde siempre, oyendo a su madre y a lady Juliet, había escuchado las mismas frases con ligeras variaciones: que el cambio requería tiempo, que la prudencia era necesaria, que no convenía precipitarse.
Incluso Juliet, con toda su inteligencia y su compromiso, hablaba de estrategia, de pasos medidos, de avances discretos.
No estaba allí, no era partidaria de esa clase de violencia y se disgustaría mucho si llegaba a enterarse de que ella había ido.
Y Helen lo entendía, en términos abstractos. Era sensato. Era razonable.