Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 18. Todos esos momentos que nos unen, y uno más #3
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Capítulo 18. Todos esos momentos que nos unen, y uno más #3

—Eh... Sí. —Ambos rieron, llenos de pena por la pérdida y de dicha por haber podido compartir parte de su tiempo con Sócrates. Sintió que sus dedos la presionaban con cariño antes de soltarla—. Gracias.

Peter empezó a lanzar paletadas de tierra y Helen fue dejando caer algunas flores a medida que la fosa se iba llenando. El resto lo colocó sobre el pequeño montículo que señalaba la tumba. Intentó que quedase bonito.

—Habría que poner algo —musitó—. Una lápida.

—Me ocuparé de ello —replicó Peter al cabo de un momento, con la voz aún quebrada.

Helen asintió.

—¿Quieres que me quede contigo esta noche?

La pregunta iba mucho más allá de eso. Hablaba de entrega y de compromiso, hablaba de noches sin dormir, de sábanas revueltas, de pieles sudorosas. Helen no había estado segura a la hora de ofrecerlo, porque la aterraba la idea de encontrar un mundo yermo al intentar besarlo, como la otra vez.

Pero Peter la miró, con la pala entre las manos.

La miró y ella sintió que algo despertaba de pronto bajo aquellas pupilas atentas.

Ese era Peter, sí, su hermano, su amigo, su compañero de siempre; pero también era Hallwoke, luchador y resuelto, alguien muy trabajador y muy solidario. Un hombre maravilloso.

Un hombre, no un niño.

—Sí, quiero. —Le oyó decir, con voz enronquecida—. ¿Cómo no voy a querer, Helen? Estoy condenado a amarte, como en una de esas tragedias que tanto te gustaba leer de niña.

Algo vibró dentro de ella, una respuesta de puro instinto a esa frase y a la intensidad de aquella mirada. Toda ella se puso en tensión y notó un destello de calor en su interior, en el bajo vientre.

—Yo también estoy...

—¡Helen! —Se oyó. Se acercaban pasos, gente, armada con lámparas—. ¡Helen!

Ella abrió los ojos al máximo, incapaz de creerlo.

—¿Es mi madre?

—Yo diría que sí... —Peter parpadeó y soltó la pala—. ¡Y hay luces en mi casa! ¡Hay gente!

Era cierto. Había luces en varias ventanas de distintos pisos. O habían vuelto los criados o...

—¡Helen! —volvió a gritar la voz. Su madre, sin duda alguna. Pero ¿qué hacía allí? ¿Cómo era posible?

—¡Aquí! ¡Aquí, mamá!

Apareció lady Beth, Joyce —que llevaba una lámpara—, Rose, Emily y otros criados, entre ellos una pálida señora Green, que le lanzó una mirada venenosa. Hasta las doncellas la miraron ofendidas y decepcionadas, como si se hubiese ocupado de librarse de ellas para hacer una de las suyas.

Lo que había ocurrido, en realidad.

Lady Beth los miró alternativamente, con el mayor ceño que le había visto nunca. Seguro que no estaba permitido entre Damas Selectas y que en Minstrel Valley la hubiesen reñido de vérselo.

—¡Helen, ¿qué haces aquí?! ¡Menudo susto nos has dado!

—¡Dijo que iba a dormir! —se defendió la señora Green—. ¡Le llevé un consomé! ¡La arropé en la cama! ¡Pequeño demonio!

—¿Qué ha pasado? —preguntó lady Beth sin hacer caso del ama de llaves—. ¿Qué hacéis aquí?

—Sócrates ha muerto —dijo Helen, y, de pronto, todo el enfado del grupo desapareció.

Su madre se cubrió la boca con una mano y luego fue hacia Peter y lo abrazó.

Quincy, que lo sacaba cada mañana y tarde a trotar y jugar por el jardín, bajó la cabeza y seguro que se limpió alguna lágrima.

Rose y Emily se abrazaron entre ellas, llorando con ganas, y eso que Emily había llegado después y apenas había coincidido con el perro en casa.

Pero los demás, sí, los demás compartieron de lleno la pérdida.

La señora Green se limpió las manos en la falda, estirando pliegues, nerviosa.

—Será mejor que me ocupe de que preparen té —murmuró apesadumbrada, y se fue.

Más tarde, ya en la cama y con una taza humeando entre las manos, Helen se enteraría de que, pocas horas después de la llegada a Bath de los condes de Terrace y Deelright, un accidente absurdo arruinó el viaje.

Lady Juliet resbaló al bajar del carruaje frente al local donde iban a tomar el té y se torció el tobillo con bastante mala fortuna.

Aunque el médico aseguró que no había fractura, recomendó varios días de reposo absoluto y desaconsejó cualquier estancia incómoda fuera de casa.

Lady Beth insistió de inmediato en regresar a Londres y, antes incluso del anochecer, los cuatro emprendieron el camino de vuelta, mucho menos jubilosos que aquella mañana.

Habían mandado un telegrama, avisando de lo sucedido y de su regreso, pero hubo un problema de líneas y lo entregaron en Terrace House poco antes de las ocho de la noche, cuando Helen ya se había ido.

Los viajeros llegaron media hora después y lady Beth usó la llave maestra para comprobar cómo estaba su hija.

Y se encontró el dormitorio vacío.

—Menudo susto me has dado —le dijo, recostadas ambas en la cama.

—Lo siento.

—Ya no sois niños, Helen. No podéis hacer estas cosas. Tu reputación podría quedar destrozada por algo así.

—No pasa nada, mamá —musitó Helen, pensando en la mansión de la fachada negra.

Apartó aquella imagen tan perturbadora de su mente, y también al hombre que habitaba dentro.

Solo importaba Peter.

Y, por primera vez, empezaba a pensar que sí, que todo podía ir bien entre ellos, pese a todo.