Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 18. Todos esos momentos que nos unen, y uno más #2
75%

Capítulo 18. Todos esos momentos que nos unen, y uno más #2

—¿Harías eso?

—Por supuesto que sí. —No hubo vacilación en la respuesta—.

Si quieres que hablemos con nuestros padres y les digamos que no vamos a casarnos, que ha sido una decisión de mutuo acuerdo...

estaré a tu lado. —La miró entonces con una intensidad distinta—.

No te equivoques —añadió—. Si lo de Waylord es lo que creo, estás cometiendo un error.

Helen abrió la boca para negarlo. Para contarle que el rato tan desagradable que había pasado en St John’s Wood, junto con el vivido al conocer a Elsa, había terminado para siempre con cualquier fascinación que hubiese podido provocarle Waylord.

Habría sido fácil apartar aquel tema ya para siempre, porque, tras la hora pasada en la mansión de la fachada negra, sus sentimientos por el lord se habían apagado en la misma medida.

No podía perdonarle que la hubiera expuesto a semejante situación, que hubiese tanteado a ver si lograba seducirla, convertirla en su amante.

De ser otras las circunstancias, de haber deseado establecer entre ellos una relación honesta —como pensaba al principio—, no le hubiese importado, lo hubiese apostado todo por él.

Pero Elsa se lo había dejado claro: Waylord jamás se divorciaría.

Y Helen sabía que era cierto, que aquel hombre no daba un solo paso fuera del camino marcado por su carrera política.

Y ella no podría jamás enamorarse de un hombre tan frío.

Qué tontería, nunca lo había estado, aunque había vivido en un espejismo.

Eso era, se dijo, reflexiva: la quemadura de la pasión de Waylord la provocaba el hielo de su interior. No había llamas, no había fuego ni furia, ni arrebato tumultuoso, sino el roce helado de un espacio vacío en el que antes había habido un alma y ahora solo quedaba un político.

Por eso, bastaba con una palabra, con una negativa firme para desviar su conversación con Peter hacia un terreno más seguro. Pero en aquel instante, comprendió que, si quería salvar aquella relación, debía obligar a su viejo amigo a dejar de ser su amigo.

Debía empujarlo a perder algo de aquella pulcritud caballerosa que siempre lo envolvía.

—Podría divorciarse... —dijo, tanteando.

Apenas había sido un susurro, pero las palabras quedaron suspendidas entre ambos con una fuerza inesperada.

Peter la miró, incrédulo.

—¿Lo dices en serio? —Ella no replicó. Apartó la vista. Nada que dijera podría afectarle tanto como ese silencio—. Esto es peor de lo que imaginaba. ¡Lo dices en serio! —repitió Peter, crispado—. De verdad que te has vuelto loca.

—No estoy loca.

—Entonces explícamelo —replicó él, con una mezcla de desconcierto y dolor que no se molestó en disimular—. Porque no lo entiendo, Helen. Si de algo he estado siempre seguro es de que me querías.

—¡Y te quiero! —respondió ella con una intensidad que la sorprendió—. Sabes que sí, te quiero mucho. Pero...

—¿Qué?

El rubor ascendió a su rostro antes de que pudiera evitarlo.

—Tú mismo lo dijiste, Peter: ya no soy una niña. Soy una mujer. Y quiero... —Se llevó una mano al pecho, al corazón. Al cuerpo. A la carne y la sangre—. Necesito algo más que...

No se atrevió a continuar. Peter frunció el ceño, observándola con una atención nueva.

—¿Qué pasa? —preguntó, más despacio—. ¿Acaso crees que no te deseo?

—Ella no respondió, segura de que se había puesto más roja todavía—.

¿Crees que porque me he comportado siempre como un caballero, porque he respetado los límites que se esperan de mí, no...

? —Se interrumpió un instante, como si dudara entre callar o continuar—.

Helen, llevo años soñando con volver a besarte.

Con mucho más que eso, en realidad. —La miró fijamente—.

Lady Helen Bowler, desde la primera vez que te vi, no ha habido otra mujer para mí.

El silencio que siguió a sus palabras pareció más pesado que nunca.

—Entonces ¿por qué no lo demuestras nunca, Peter? —preguntó ella, casi en un susurro—. ¿Por qué tengo la sensación de que seguimos siendo dos niños bailando en el invernadero? ¿Por qué rechazaste mi beso?

Peter cerró los ojos un instante, como si aquellas palabras tuvieran el poder de dañarlo en un lugar especialmente vulnerable.

—Oh, Helen..., ¿qué querías que hiciera? Estábamos en la casa de tus padres, podían entrar en cualquier momento y yo...

—¿Qué?

—Por Dios, estaba excitadísimo. Ya sabes lo que pasa, te lo contó Juliet.

—Sí, conocía los pormenores de las relaciones íntimas gracias a Juliet.

Y ella se los había contado a Peter una noche, a oscuras en el jardín.

Con luz no se habría atrevido, pero ¡tenía que hacerlo!

Por aquel entonces no solo no tenían secretos entre ellos, sino que, además, necesitaba la verificación de un varón para saber si aquellas cuestiones anatómicas eran de verdad ciertas, o si las había entendido bien.

O si Juliet se había vuelto loca, su propuesta preferida—.

Tuve que salir corriendo a refrescarme o se hubiera notado que estaba...

Excitado. Ninguno de los dos mencionaría esa palabra, pero era evidente.

—Oh... —dijo ella.

—¿De verdad te has dejado seducir por ese hombre solo porque creías que no estaba interesado en ti?

—¡Yo no me he dejado seducir por nadie!

—¿No? ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo, más que acudir en cuanto chasqueaba los dedos?

—Estaba trabajando con él.

—Sé sincera o bebe y calla. No me interesan las excusas.

Ella apretó los labios.

—No lo entiendes. Waylord es...

Un sonido leve, apenas perceptible, llegó desde la chimenea.

Ambos se volvieron hacia allí.

Sócrates yacía inmóvil sobre la manta, con el cuerpo relajado en una postura que no parecía distinta de la de unos minutos antes, pero en la que faltaba algo esencial, algo que Helen no supo definir hasta que Peter se levantó, algo precipitado, y se acercó.

Se arrodilló junto al animal y apoyó la mano sobre su costado.

No dijo nada. No hacía falta.

Helen se levantó despacio y se aproximó también, sintiendo cómo el corazón se le encogía al comprender. El galgo había dejado de respirar con una serenidad casi absoluta, como si simplemente hubiera decidido que ese era el momento apropiado para descansar para siempre.

Peter inclinó la cabeza.

El gesto, contenido al principio, se quebró en un instante que no pudo controlar.

Un sollozo breve, casi ahogado, escapó de su garganta, y Helen, sin pensarlo, se arrodilló a su lado y lo rodeó con los brazos.

Él también la enlazó por la cintura y la estrechó contra su pecho.

Ocultó el rostro en la curva de su cuello.

Helen percibió la humedad de las lágrimas y el calor de su aliento.

No hubo palabras. Solo el peso compartido de la pérdida. Otro eslabón más que los unía.

Al cabo de un tiempo —Helen no supo cuánto, no era algo que importase—, fue ella quien habló.

—Deberíamos enterrarlo —susurró con dulzura. Peter asintió, incapaz aún de responder—. ¿Qué te parece en el jardín? —continuó ella—. En nuestro rincón, Peter. Allí donde teníamos la base del Ministerio.

Una sombra de reconocimiento cruzó el rostro de Peter.

—Sí —murmuró—. Allí.

Lo envolvieron en su manta con un cuidado casi ceremonial y salieron al exterior.

El aire de la noche le pareció más limpio, más nítido, como si el mundo los observara y todo se hubiera reducido a aquel pequeño espacio de tierra donde se disponían a despedirse de una parte de sí mismos. Una parte más de su infancia.

Peter cavó. Cada golpe de la pala resonaba con fuerza, mientras Helen recogía flores del jardín y las sostenía entre las manos, sin decidirse a soltarlas.

Cuando el hoyo estuvo listo, depositaron el cuerpo con delicadeza.

—¿Crees que si digo algo de la Biblia será pecado? —musitó Helen.

Peter se limpió una lágrima. Eso dejó una mancha de tierra en su mejilla.

—Di lo que quieras. Tú lo amabas tanto como yo. Nada expresado con amor puede ser pecado.

Ella asintió, le tomó una mano y juntos contemplaron al perrito. Parecía dormir. Dormiría por siempre.

—«Aunque camine por el Valle de las Sombras de la Muerte, no temeré, porque tú estás conmigo» —susurró Helen. Carraspeó—. No sé cómo sigue, ni si lo he dicho bien, tendría que ir a buscar una Biblia para comprobarlo. Pero era algo así y siempre me han parecido unas líneas muy hermosas.

—Es muy bonito. A él le hubiera gustado.

—Desde luego que sí. Se hubiera comido las páginas.