Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 18. Todos esos momentos que nos unen, y uno más
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Capítulo 18. Todos esos momentos que nos unen, y uno más

Todos esos momentos que nos unen, y uno más

H elen saltó el murete que separaba los dos jardines.

Ya desde allí, se fijó en que solo había luz en una de las ventanas del piso bajo de la mansión de Peter. La de la biblioteca, si no se equivocaba, su estancia preferida de esa casa, así que decidió dirigirse hacia allí.

Se metió entre los parterres de flores que crecían pegados a la pared, tratando de estropear lo menos posible la labor de los jardineros, se apoyó en el cristal y miró dentro.

Vio a Peter, guapísimo y muy elegante, de etiqueta —estupendo.

Y ella vestida como para una cena totalmente informal—; estaba poniendo la mesa junto a la chimenea, con expresión tensa. Cristalería, vajilla, cubiertos...

Todo estaba cuidado al máximo y hasta estaba encendiendo unas velitas que le daban a la estancia un aire muy romántico.

No pudo evitar sonreír. ¡Era tan adorable!

Entonces, Peter dudó, fue hacia un jarrón, cogió una rosa roja y la llevó a la mesa. La depositó sobre uno de los platos.

Dudó y la quitó. Dudó y volvió a ponerla...

Helen lo observó con la boca abierta. Se movió sin querer y la ventana crujió. Peter se sobresaltó, miró hacia allí y, al verla, ocultó la rosa con el cuerpo y la cogió a la espalda. Mientras iba en su dirección, la tiró a un lado, tras un sillón.

¿En serio se pensaba que no lo habría visto? ¡Hombres...!

Dado que ya la había descubierto, Helen llamó con suavidad en el cristal. Él abrió, arqueando una ceja.

—Tienes una extraña querencia por las ventanas, Helen Bowler —le dijo. Ella se echó a reír.

—Lo lamento. Pero vi luz y pensé que...

—Sí, he pensado que podríamos cenar aquí.

—Me parece una idea excelente. Es mi habitación favorita, de tu casa y de la mía.

—Lo sé. —Qué amable era, qué encantador—. ¿Quieres ir por la puerta o...?

—No, no hace falta. —Empujó más la ventana, haciendo retroceder a Peter, se encaramó con esfuerzo y alzó una pierna para pasarla por encima del alféizar, con un revuelo de lazos y volantes y una visión indecente de piernas, medias y ligas.

Peter arqueó ambas cejas.

—Pero... Espera, te ayudo.

—No es necesario. Puedo hacerlo sola.

—Pero...

—¿Por qué los hombres os empeñáis siempre en que necesitamos ayuda? Por favor, sé entrar por una ventana, igual que sé saltar por ella.

—Cuando saltaste, casi me aplastas.

—Menudo comentario tan poco caballeroso.

—Qué quieres, casi me aplastas.

—Un detalle sin importancia.

Helen se encaramó en la ventana bajo la mirada crítica de Peter —que se quedó observando la maniobra con los brazos en jarras— y, de pronto, se oyó un sonido de tela rasgada.

—¡Ay, no! Oh, vaya. Creo que me he roto la enagua.

—Mira que eres loca —dijo él, ayudándola a entrar. Una vez en pie, ella se miró la ropa. No había sido la enagua, había sido la falda, y le había hecho un buen roto. Rose pondría el grito en el cielo. Ya podía prepararse.

—Si pudiera usar pantalones, no ocurrirían estas cosas —murmuró enojada.

—Te dejaré unos, si quieres.

Lo miró con esperanza.

—¿De verdad? ¿Lo harías?

—Solo si me juras que jamás confesarás a nadie de dónde los sacaste. Tu padre me mataría.

—Deberías tener más miedo de mi madre.

Él rio.

—Cierto.

Se produjo un instante de silencio mientras se miraban con simpatía, pero también con cierto nerviosismo. Qué absurdo. Era Peter, su Peter querido, su Peter de siempre, al que conocía y amaba.

Helen carraspeó, buscando algo que decir.

—Espero no llegar tarde.

—No. En absoluto —respondió él. Con torpeza, la ayudó a quitarse el abrigo, que dejó sobre un sillón, y señaló la mesa—. Adelante.

Helen echó un vistazo general. Le encantaba aquel sitio.

Las estanterías, repletas de volúmenes de distintos tamaños y épocas, cubrían las paredes hasta el techo.

Era un lugar grande, espacioso y vivo, que ella sabía lleno de historias.

¡Habían leído tantas allí, habían reído tanto!

Miró hacia abajo y trató de atisbar el círculo verde que dibujaba la hermosa alfombra al llegar al centro de la gran sala, pero quedaba en penumbra.

Peter solo había encendido una de las grandes lámparas, cuya luz cálida iluminaba aquella zona, junto con el fuego de la chimenea. Las llamas proyectaban sombras suaves que se deslizaban lentamente sobre los muebles y la alfombra oscura. Sobre ellos mismos...

—¿Recuerdas el día que simulé torcerme un tobillo para provocar que tu padre y lady Juliet arreglasen su enfado?

—Pues claro. Pocas veces he visto una interpretación peor.

Era cierto, lo sabía, no pudo hacerlo peor, pero descartó el comentario con un gesto de diva.

—Bah. Envidioso.

Ambos rieron.

Helen se detuvo junto a la mesa. Ya de cerca, se fijó en los detalles.

Estaba dispuesta con un cuidado evidente y muy buena voluntad, pero con grandes errores.

Había en todo ello una cierta falta de precisión —un plato ligeramente descentrado, una copa colocada demasiado cerca y, sobre todo, uno de los cuchillos con el filo hacia el lado incorrecto— que hubiera hecho fruncir el ceño de cualquier anfitriona de la alta sociedad, pero que a ella le enterneció el corazón.

Peter siguió su mirada y dejó escapar un sonido que se acercaba peligrosamente a la risa.

—Qué horror, ¿verdad? —admitió—. Está terrible.

—¡No! En absoluto.

—Estás siendo amable.

—Sí. —Rieron—. ¿Estás solo? ¿Dónde se han metido los criados?

—Los he mandado a todos a pasar la noche fuera. Les he pagado cenas, alojamiento y entradas para un espectáculo circense.

—¡Qué extravagancia! —Rio ella—. Así que te has quedado sin gente para poner la mesa.

—He hecho lo que he podido. Me temo que no estoy a la altura de los estándares de tu casa.

—No digas eso —replicó ella con suavidad, y le sonrió—. Es... perfecto, Peter, de verdad. Gracias.

—No hay de qué. —Hizo un gesto—. Eh, mira quién se anima a levantarse para darte la bienvenida.

Helen se giró y vio a Sócrates. Había estado tumbado sobre una mantita, junto a la chimenea, pero desde la ventana quedaba oculto por uno de los sillones. Se había levantado y avanzaba hacia ella desde su rincón. Ella se acuclilló a abrazarlo.

—Hola, mi queridísimo Sócrates. —Sonrió, aunque perdió parte de la alegría cuando lo miró a los ojos—. Eh, ¿qué te pasa? Te noto tristón...

—No ha pasado buen día, pero no quería perderse la velada —comentó Peter, observándolos—. Intenté que se quedara acostado en su camita, pero ha venido. Supongo que sospechaba que sería importante.

—Es más listo que muchos de nosotros —murmuró Helen.

El perro, satisfecho con la atención recibida, le dio un último lametazo, regresó a su manta junto al fuego y se acomodó con un suspiro leve, como si diera por cumplido su papel en aquel encuentro.

Peter hizo un gesto a Helen y la ayudó a sentarse, moviendo la silla. Luego ocupó la otra.

—¿Vino? —dijo, nervioso.

—Un poco, gracias.

Al principio, la cena transcurrió en un silencio incómodo que ninguno de los dos parecía capaz de romper.

Entre bocado y bocado, intercambiaron algunas palabras —siempre comentarios sobre los platos, observaciones corteses, de las que estaban acostumbrados a compartir en los eventos sociales— que apenas ocultaban la tensión que se acumulaba bajo la superficie.

Por eso, quizá fue una suerte que el plato principal, un guiso de carne con zanahorias y otros ingredientes inidentificables, estuviera francamente malo.

—Está... muy bueno —logró decir ella, tras probarlo.

Él alzó una ceja.

—Eres una pésima mentirosa.

—¿Qué dices? No es verdad. Soy una excelente diplomática.

—¿Ah, sí?

—Desde luego. Por eso te diré que este plato ha sido sometido a un exceso de fervor culinario que lo acerca más a la obstinación que a la delicadeza, pero que, aun así, tiene el indudable mérito de saber exactamente a lo que sabe. —Peter se echó a reír—. Lo has preparado tú, supongo...

—Sí, claro. Quería... no sé. Sorprenderte, supongo —concluyó, lo que añadió a la escena un matiz casi entrañable—. Y me ha costado lo mío conseguir ese repugnante regusto a quemado, no creas.

—No sé... Apenas se nota, por la mezcla extraña... digo, sorprendente y original, de sabores.

La leve sonrisa que compartieron se desvaneció demasiado rápido.

Peter retiró la cazuela de aquel guiso terrible y trajo un par de cosas que los cocineros tenían preparadas en la cocina, sobras del almuerzo y platos que habían preparado para la cena antes de que Peter los mandara a todos fuera a pasar la noche.

Eso sí estaba delicioso y Helen comió con mayor gana, pese a no tener ya ningún apetito.

Cuando terminaron, él se levantó para ir a buscar una botella de champán que, según afirmó, había tenido en hielo, y así debía ser, porque el cristal estaba muy frío.

El sonido del corcho al salir despedido resonó en la silenciosa estancia como si marcara el inicio de algo. Un cambio. Una nueva época...

Peter llenó las copas con cuidado y retornó a su asiento.

—Supongo —dijo, sosteniendo la suya sin beber— que podemos brindar.

Helen se mostró sorprendida.

—¿Por qué?

—Por tu libertad, claro está —dijo, intentando mostrarse animoso—. Tanto si me eliges a mí como si prefieres no hacerlo, yo espero que seas libre y, por tanto, feliz.

Curiosamente, el silencio que siguió no fue incómodo.

—¿No te importa? —preguntó ella al fin, en voz baja.

Él chasqueó la lengua contra los dientes.

—¿Cómo puedes preguntarme eso? Claro que me importa —añadió con una serenidad que no ocultaba del todo el enorme esfuerzo que hacía para mantenerla—.

Me importa más de lo que imaginas. Pero yo sí tengo claras las cosas, Helen...

, y te quiero. —Hubo un breve instante en el que pareció buscar las palabras adecuadas—.

Te quiero lo suficiente como para entender que tu felicidad no puede depender de lo que yo desee.

Por eso, después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que, si lo que necesitas es que nos olvidemos de...

esto —hizo un gesto vago entre ambos—, de nuestro compromiso, entonces debo ayudarte a hacerlo.

Helen sintió que algo se le tensaba en el pecho.