Capítulo 17. La culpa es tuya, por ser tan traviesa #2
—Hola —dijo Peter, con las manos en los bolsillos de los pantalones.
Sócrates avanzó hacia ella moviendo la cola con una energía que no lograba disimular del todo su edad.
Su paso era lento pero decidido, y, según su costumbre, lo primero que hizo fue apoyar el hocico en su mano, en un gesto de reconocimiento y de profundo cariño que le arrancó una sonrisa auténtica, la primera en muchos días.
—Hola, viejo amigo... —le dijo en un susurro—. Yo también te quiero.
Helen se sentó y se inclinó para acariciarlo, como había hecho tantas veces, durante tantos años. Había corrido y jugado con él, se había reído y había sido muy feliz... Por eso le afectaba tanto notarlo tan frágil. Tan viejito y débil.
Pese a todo, Sócrates seguía conservando algo de la dignidad que siempre lo había caracterizado. Frotó la cabeza contra sus rodillas y se sentó a su lado, con la cabeza en su regazo. Helen lo abrazó y acarició.
Miró a Peter de reojo.
—Hola también a ti...
—Con Sócrates no me pongo celoso —replicó él intentando bromear. Entiendo que lo quieras. Yo también lo hago. —Ella asintió. Peter carraspeó antes de seguir—. Me ha dicho Juliet que estabas aquí.
—Sí... ¿Ya me has perdonado?
—No tengo nada que perdonarte, Helen. —Ella iba a hablarle de las dos semanas largas en que se había mantenido alejado, bailando con la Horrible Meredith, pero no se atrevió.
Peter suspiró y miró a lo lejos—. Mañana por la noche tus padres y los míos no estarán ya.
Dos semanas en Bath. Qué bueno, ¿verdad?
—Sí. Les vendrá bien alejarse de Londres unos días.
—Sí. ¿No te animas a ir?
—No. Tengo cosas que hacer.
La línea de los labios de Peter se endureció ligeramente.
—¿Con Waylord?
—No. —Le frunció el ceño. ¿Por qué había tenido que nombrarlo? Aunque era agradable oír ese nombre y no sentir la atracción. No sentir nada más que enfado por lo tonta que había sido—. Con las feministas.
Eso le sorprendió. Pero como no tenía que ver con Waylord, sonrió.
—Ah. Siempre emprendes empresas turbulentas, lady Seraphina. Supongo que son las que merecen la pena. —Helen asintió—. Ven a cenar mañana conmigo. A mi casa. Solos.
—¿Qué? —Lo miró con sobresalto—. ¿A tu casa? ¿Solos?
—Sí. Quiero que hablemos con calma y en privado, sin padres presionando, sin criados interrumpiendo, sin testigo alguno...
Bueno, solo Sócrates, claro, pero ya sabemos que él no se va a sorprender por nada y guardará nuestros secretos, como siempre.
—Avanzó hacia Helen y se sentó en el banco, a su lado, aunque dejando la distancia de una mano entre ambos—.
Reconoce que es una buena oportunidad para que hablemos.
—Pero, Peter...
—Por favor. Estoy intentando hacer lo correcto y quiero que tú lo hagas también. Hablaremos de esa maldita boda que tanto parece perturbarte.
—No me perturba, es que...
—No, Helen, ahora no. Piensa lo que quieras, reflexiona y lo hablamos mañana.
Aceptaré lo que decidas al respecto, aunque no me guste, aunque me duela.
Pero me comportaré como un caballero y me apartaré a un lado si es eso lo que quieres; y hasta te apoyaré cuando tengamos que decírselo a nuestros padres, Helen, porque eres una persona libre y tienes derecho a elegir.
Pero necesito una respuesta concreta, firme y definitiva.
Estoy cansado de todo esto. No voy a quedarme en medio de algo que no entiendo, ni a compartir mi vida con alguien que...
—se detuvo un instante, eligiendo las palabras— no está segura de querer hacer lo mismo con la suya.
Helen sintió un nudo en el pecho.
—Está bien. Iré.
—Bien. A las ocho. —Volvió a ponerse en pie—. Tienes mala cara. ¿Te has resfriado?
—No. Pero te echo de menos, Agente P.
Por primera vez, Peter no sonrió ante la referencia.
—Ya no somos aquellos niños, Helen. Tendremos que aprender a vivir como adultos.
Se alejó sin mirar atrás. Sócrates le dio un último lametón, como si percibiera su tristeza y quisiera consolarla, y se fue tras él.
Helen se quedó allí y lloró un rato a solas. Llegó tarde a la cena.
A la mañana siguiente, lord y lady Terrace, junto con lord y lady Deelright, partieron jubilosos hacia Bath. Peter tenía una reunión a primera hora y no pudo acudir a despedirlos, pero Helen fue con ellos hasta la estación.
El cochero —Joyce llevaba ese día el carruaje grande de los condes, porque Burton, el cochero principal de Terrace House, iba a viajar con ellos a Bath para conducir el que iban a usar allí— los dejó en Paddington Station poco antes de la salida del expreso de la Great Western Railway, que en menos de dos horas los conduciría hasta las colinas verdes del oeste de Inglaterra, muy lejos del ruido constante de Londres y de la tensión sofocante de la temporada social.
Lady Beth y lady Juliet parecían ilusionadas con el viaje y con la idea de pasar unos días lejos de la rutina habitual, mientras que lord Terrace y lord Deelright comentaban las noticias del periódico y se aseguraban de dónde estaba el vagón de fumadores.
Helen los despidió con el pañuelo en la mano, sintiéndose repentinamente muy sola. Rose debió darse cuenta, porque sonrió.
—No se preocupe, milady, le haremos mucha compañía.
¡Esta noche podría leernos a Emily y a mí una de esas historias de fantasmas enamorados tan bonitas!
—propuso mientras Joyce la ayudaba a subir al carruaje, de vuelta a la mansión—.
Como la de Catherine en Cumbres borrascosas , cuando regresa en mitad de la noche llamando a Heathcliff desde el páramo.
Le juro, milady, que la última vez que nos leyó ese pasaje, Emily casi se puso a llorar. Y yo también, pero menos.
—Lo recuerdo —dijo ella. Sonrió, porque la imagen de las dos doncellas abrazadas, sentadas en el suelo junto a la chimenea, comiendo helado y llorando a lágrima viva, resultó realmente cómica, con perdón de la trágica Emily Brontë.
Pero tendría que buscar alguna excusa para librarse de ellas, o esa noche precisamente tratarían de hacerla sentir acompañada, con toda su buena intención.
No terminó ni el trayecto hasta Terrace House, y ya tenía un plan.
Helen almorzó normalmente y dio un paseo por el jardín.
Luego, durante el té, simuló encontrarse algo indispuesta del estómago y dijo que se acostaría pronto, que no la molestaran hasta la mañana.
Regaló a Rose, Emily y Joyce tres localidades del teatro que la familia tenía reservadas aquella semana, para que fueran con el coche pequeño —el que usaba ella por lo general—, y les dio algo de dinero para que cenasen por ahí.
La señora Green, el ama de llaves, no había visto con buenos ojos que fuera tan espléndida, pero ella se había encogido de hombros.
—Esta noche no voy a necesitarlas, ni tampoco a él. Deje que se diviertan.
A las siete pidió a la señora Green que le llevasen un consomé, para evitar que se presentasen más tarde a preguntar cómo estaba.
Lo tomó con nerviosismo, dijo que quería dormir sin que la molestaran y, cuando volvió a quedarse sola, echó la llave a la puerta del dormitorio.
Con suerte, ya nadie insistiría en verla hasta el amanecer.
Se vistió sin ayuda, eligiendo prendas sencillas, más oscuras de lo habitual, y, aunque era poco trayecto —la casa de Peter era justo la de al lado, solo tenía que saltar el murete bajo de piedra que separaba ambos jardines, como había hecho mil veces de niña—, dejó caer sobre los hombros un abrigo ligero, por si refrescaba luego.
Antes de salir, se detuvo un instante más frente al espejo. Al fin y al cabo era una cena, y quería causar buena impresión.
La joven que le devolvió la mirada parecía la misma de siempre, y, sin embargo, había algo en sus ojos violetas que no estaba allí semanas atrás.
¿Sería por Waylord? Seguro que sí... Pero no parecía pasión, ya no sentía pasión, sino tristeza. Quizá era por Peter...
¿Qué iba a hacer? Se sentía arrastrada por el destino.
—Tienes que hablar con Peter —le dijo a la joven del reflejo—. Estás tan confusa...
Aquella extraña tan conocida no contestó, claro. Apretó los labios, dejando que el silencio las envolviera a ambas.
Helen apagó la lámpara y se dirigió hacia la ventana; la abrió con cuidado, intentando no hacer ningún ruido.
El aire frío de la noche acarició su rostro, despejándole los últimos restos de duda.
Se apoyó en el alféizar para alcanzar sin mayor esfuerzo el gran canalón que había a la derecha.
Lo había usado mil veces para sus travesuras de niña.
Se apoyó en él para descender con cuidado un par de metros y luego se dejó caer sobre la hierba húmeda, que amortiguó el impacto y el ruido. Durante un instante permaneció inmóvil, escuchando. Nada. Solo el rumor lejano de la ciudad, atenuado por la distancia.
Cruzó el jardín con paso rápido, sintiendo bajo las suelas de sus botines la blandura de la tierra y el roce leve de las hojas.
No miró atrás.