Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 17. La culpa es tuya, por ser tan traviesa
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Capítulo 17. La culpa es tuya, por ser tan traviesa

La culpa es tuya, por ser tan traviesa

G racias a su nueva amistad con lady Waylord —que no tardó en pedirle que la llamara simplemente Elsa—, Helen empezó a salir más y a divertirse de verdad, con sus largas charlas, ya fuera sentadas en alguna terraza o dando un buen paseo, y la ausencia de Peter, aunque seguía echándolo mucho de menos, se hizo más llevadera.

También acudieron a un buen número de reuniones feministas, sobre todo en el Club Astarea, en las que cada vez se sentían más inclinadas a unirse al grupo de mujeres que deseaba actuar de un modo más firme.

Pero mientras que Elsa podía mostrar con libertad su opinión, Helen debía contenerse, porque casi siempre estaban presentes su madre y lady Juliet.

Eran días muy difíciles para el feminismo.

Cierto que nunca había sido de otro modo, como afirmaban algunas, pero en los inicios de la lucha había habido cierta esperanza, cierta ilusión de lograr avances en algún momento.

Mas todo eso se había desvanecido por completo.

Muchas mujeres ya habían aceptado que los hombres —sobre todo algunos, muy aferrados a la tradición— no cederían jamás posiciones en su situación de privilegio, si simplemente se dedicaban a pedir «por favor», y con toda educación aprendida, que cambiasen las cosas.

Eso ocurría con el voto. Para 1908, las feministas llevaban años presentando peticiones y propuestas para conseguir el sufragio femenino y, de hecho, en esos momentos había muchos diputados favorables a la idea.

Sin embargo, a pesar de eso y de que el gobierno se había comprometido a «considerar» las posibles reformas, el primer ministro, el señor H.

H. Asquith, que había llegado al poder en abril de ese mismo año, era reconocidamente hostil a la idea, por lo que evitaba posicionarse con claridad o comprometerse de ningún modo y siempre aplazaba cualquier decisión.

Asquith daba respuestas ambiguas y muchas sufragistas consideraban que las estaba engañando deliberadamente —al fin y al cabo, solo eran mujeres, no había que hacerles mucho caso— mientras el Parlamento eternizaba el asunto.

—Lo que queremos, y sin demora, es una respuesta clara del Gobierno —dijo la señora Thompson en el Club.

Aquella mujer asombrosa tenía un puro, que mordisqueaba de vez en cuando.

Había prometido encenderlo el día en que las mujeres pudieran votar o en que ella pudiera ejercer la abogacía, lo que ocurriera antes—.

Llevamos años presentando propuestas, organizando delegaciones, reuniéndonos con diputados favorables a la causa...

y siempre ocurre lo mismo. Nos escuchan, nos felicitan por nuestra moderación y elegancia, y nos prometen estudiar el asunto «más adelante». Siempre más adelante.

—¡Están esperando a que nos muramos de viejas! —exclamó una mujer mayor, y todas rieron.

—Pues lo tienen difícil, señora Halland, porque usted es eterna —dijo amablemente lady Penelope. La anciana rio con más ganas aún.

—No se lo digas, milady, que se van a preocupar.

—Hemos solicitado una audiencia formal con el primer ministro en varias ocasiones —añadió la señora Thompson cuando ya se calmó el jolgorio—.

Pero me temo que siempre hay una excusa: que la agenda está llena, que el momento político no es el adecuado, que primero deben resolverse otras cuestiones parlamentarias más importantes.

Pedimos ver al primer ministro, pero nos remiten a secretarios, subsecretarios o comisiones menores, como si fuéramos niñas caprichosas a las que entretener un rato antes de enviarlas de vuelta a casa.

Lady Juliet, que todavía no se había ido a Bath y había acudido con lady Beth y Helen, frunció levemente el ceño.

—¿Y creen que todo eso justifica..., cómo lo han llamado, «acciones más firmes»?

—Así lo han llamado, sí —dijo lady Beth, claramente en contra—. Lo cual, perdonen, pero abarca demasiadas posibilidades, y muchas de ellas asustan de verdad. Si queremos negociar con el Gobierno, no podemos perder su respeto.

Hubo un pequeño silencio antes de que la señora Canterbary tomase la palabra.

—No sé si lo justifica —admitió—. Y comparto sus miedos, lady Terrace. Pero también entiendo la desesperación. Algunas mujeres, entre las que me encuentro, empiezan a pensar que, mientras seamos discretas y educadas, resultará demasiado fácil ignorarnos. Y quizá no les falte razón del todo.

—¡Exacto! —intervino una sufragista más joven, con visible indignación.

Si Helen no recordaba mal, se llamaba Judy y trabajaba en una fábrica.

Se notaba en sus ropas más humildes, aunque limpias y cuidadas—.

Si una delegación pacífica puede esperar meses sin obtener respuesta, pero diez mujeres detenidas ocupan las portadas al día siguiente, ¿qué conclusión esperan que saquemos?

¡Que nos detengan! ¡Nos van a hacer un favor!

—Lo único que pedimos es que se debata seriamente el sufragio femenino y que el Gobierno deje de comportarse como si nuestras vidas pudieran aplazarse indefinidamente para otro momento —dijo la señora Thompson—.

Porque, no lo olvidemos, cada año perdido significa miles de mujeres atrapadas exactamente igual que ahora.

Sin voz. Sin representación. Sin poder decidir absolutamente nada sobre las leyes que gobiernan sus propias vidas.

—Señoras, hay que votar. ¿Haremos algo más para conseguir la atención del primer ministro o no? —preguntó lady Penelope, poniéndose en pie—. Que levanten la mano las que estén de acuerdo en tomar medidas más... firmes. Judy, solo una mano —le advirtió a la jovencita.

—¡Bah! —replicó ella riendo.

—Veamos... —La señora Thompson barrió con la vista todo el salón, estudiando los rostros de las mujeres allí sentadas y contando las manos en alto.

Eran una clara mayoría. Y Helen, que no había alzado la mano porque no lo habían hecho ni lady Beth y lady Juliet, también se sentía parte del grupo.

Bien lo sabía Elsa, que la miraba desde su silla con cara de comprensión y con la mano alzada—.

Muy bien, pues aceptada la moción por amplia mayoría.

Pediremos una vez más una audiencia con el primer ministro.

Pero, si no nos recibe, iremos nosotras a buscarlo.

—¡Sí! —exclamó Judy.

***

—Es un error —repetía una y otra vez lady Beth mientras bajaban del carruaje, en Terrace House. Habían ido las tres en el coche de los condes de Terrace y lady Juliet, que había hecho amago de salir de inmediato hacia la cancela que conducía a la mansión vecina, su casa, se detuvo un momento.

—Sí, lo es, si les damos razones para silenciarnos, nos obligarán a callar. Pero no debes preocuparte, las mujeres del Club Astarea son sensatas. Y fíjate que Helen también ha votado en contra. —La joven logró mantener la expresión impasible—. Podemos irnos tranquilas.

—Desde luego. —Lady Beth lanzó una advertencia a su hija—. Nada de meterte en líos en nuestra ausencia, Helen.

—No, mamá.

—Te dejamos sola porque entendemos que ya eres una persona adulta y responsable. No hagas que nos arrepintamos.

—No, mamá.

—Muy bien. No saltes por las ventanas ni conviertas Terrace House en el centro de ninguna causa política, ni desafíes a nadie a un debate público ni intentes colarte en ningún club masculino ni... Ah, déjalo. Por suerte la señora Green se ocupará de todo y estará pendiente de ti.

—¡Mamá!

Lady Beth y lady Juliet se echaron a reír.

—La culpa es tuya, por ser tan traviesa —se justificó su madre.

—Por haber sido tan traviesa, en todo caso —corrigió, incidiendo en el tiempo verbal.

—Eso lo veremos a mi vuelta.

—Bueno, pues aprovecharé mi escasa libertad para dar un paseo por el jardín. Quiero estirar las piernas.

—Haces bien —la apoyó lady Juliet—. Hemos estado horas allí sentadas. Me quedaría contigo, pero todavía me quedan cosas que hacer. —Tomó el sendero hacia la puerta del murete que separaba las dos propiedades—. Hasta mañana.

—Hasta mañana —replicó lady Beth, que señaló con un dedo a su hija—. Y tú no llegues tarde a la cena.

—No, mamá —dijo ella, y ambas rieron.

Helen caminó pensativa, dando vueltas a la nota que había recibido esa mañana y que había quemado en la chimenea.

Se ha saltado dos citas. Por favor, que no ocurra una tercera vez. Tengo que verla. Ya sabe todo lo que depende de nosotros.

De usted y de mí. Somos un equipo.

W.

«De usted y de mí. Somos un equipo». Intentaba crear una especie de lazo entre ellos.

¿Por qué? Supuso que se había quedado frustrado, que desde el principio habría pensado que aquella tonta caería redonda en su cama de colcha bordada.

¿A cuántas habría llevado allí? Muchas, había dicho Elsa.

Normal que la dueña —y quizá primera amante— la mirase con cara de lástima.

Elsa tenía razón, Waylord era demasiado guapo, y también un manipulador experto.

¿Qué otra cosa había hecho con ella si no manipularla?

Aprovechando el momento difícil que estaba pasando, había vuelto de cabeza su vida.

Se estaba preguntando qué podría hacer ya, qué sería de ella en el futuro, cuando vio que se acercaba Peter, con Sócrates caminando lentamente a su lado.

¡Peter! ¡Por Dios, qué alegría! El corazón le dio un brinco de pura felicidad y sintió los ojos llenos de lágrimas.

Fue en ese momento, en ese exactamente, cuando supo que lo amaba de verdad.

Que lo amaba y lo amaría por siempre. Aunque no supiera despertar su pasión, aunque él no la encontrase atractiva como mujer, más allá de como compañera.

Aunque él no la hiciera vibrar como lo había hecho la oscuridad de Waylord.

Pero era Peter. La cuidaría por siempre, con eso se conformaba. Y lo tendría a su lado, ahora que sabía lo importante que era eso.

Lo era todo.