Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 16. Tres mujeres hablan, dos se sinceran #2
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Capítulo 16. Tres mujeres hablan, dos se sinceran #2

—De verdad, se lo ruego, no se moleste en mentir.

Sea sincera conmigo, no me voy a enfadar.

Puedo estar molesta, pero nada más. Hoy en día, poco me une a ese hombre, no siento celos ni nada parecido.

Y, en todo caso, me enfadaría con él. Es quien tiene un compromiso conmigo, algo que ha olvidado ya demasiadas veces.

No pretendo decir que haya tenido muchas amantes, pero sí varias. Todas en esa casa, que yo sepa.

Helen se sintió indignada. Era lo que se temía: Waylord tenía aquella casa para sus encuentros extramatrimoniales. Y había tenido la indecencia de citarla a ella allí. ¿Para qué? ¿Buscaba convertirla en su amante o simplemente comprometerla?

Empezaba a pensar que Peter tenía mucha razón en mostrar esa actitud entre reservada y hostil con Waylord.

—Es muy amable por su parte, de verdad que aprecio su comprensión y, de ser el caso, lo hubiese admitido —replicó—.

Pero, se lo aseguro, lo único que hacemos es trabajar.

Y lo único que hemos hecho en esa casa es trabajar.

—Le hizo un resumen rápido de las propuestas que estaba organizando Waylord para un cambio estructural en las leyes inglesas, buscando una igualdad entre hombres y mujeres—.

Soy una especie de consultora, pero no quiero que se sepa porque mi padre y mi prometido no son afines a lord Waylord, precisamente.

Todo esto me ha colocado en una situación espantosa.

Lady Waylord la miró de un modo curioso. No exactamente suspicaz, pero casi, y a la vez algo más cercana.

—De acuerdo. Si usted me lo asegura, confiaré en usted.

Asumo que han estado trabajando. Me alegraría mucho, no crea.

Usted pertenece a una familia importante, es una joven hermosa y encantadora, y tiene toda la vida por delante, que seguro que compartirá feliz con su prometido.

—Helen trató de mantenerse inexpresiva. Ojalá fuera así.

Le gustaría mucho, pero no contaba demasiado con ello—.

Hubiera sido echar todo eso a perder por nada, porque ya le digo que Waylord no se divorciará jamás.

—De verdad que...

—No se inquiete. —Lady Waylord adelantó una mano para tocar una de las suyas en un gesto lleno de afecto—.

La creo. Y me alegro, porque me encantaría que fuésemos amigas, lady Helen.

No le voy a negar que me siento muy sola en Londres.

Lady Juliet es mi única amistad aquí y ya sabe que permanece poco en la ciudad.

—Siempre está viajando, sí.

—Por eso, si usted quiere, podríamos quedar de vez en cuando. Seguro que es una gran lectora, a mí también me encanta leer. Podríamos comentarnos los libros que más nos han gustado y...

Lady Waylord seguía y seguía hablando, encantadora, deseosa de compartir con ella una buena amistad. Helen contuvo la respiración. No podía, aquello le resultaba demasiado terrible. Se sentía mentirosa y rastrera. Se sentía mal.

—¡Perdón! —exclamó de pronto, cortando de raíz el monólogo de la dama—. No es cierto.

Lady Waylord parpadeó confusa.

—¿Perdón?

—Digo que no es cierto. O sea, sí, no soy amante de su marido.

Pero no porque no lo haya deseado. Mucho —confesó, apurada—.

Perdóneme, lady Waylord, pero yo... jamás había conocido a un hombre como él, y hubo un momento en el que llegué a arriesgar mi propia relación con mi prometido, al que adoro, por un enamoramiento que sigo sin entender.

—Las pupilas de lady Waylord brillaron, pero su expresión se mantuvo imperturbable.

¿En qué estaría pensando? Helen se sintió mortificada, pero decidió continuar con aquello.

Si la mujer elegía cortar esa relación, mejor que ocurriera cuanto antes—.

Me avergüenza mucho confesarlo, milady, pero tengo que decirlo: su marido siempre me ha fascinado de un modo... impropio.

—Impropio —repitió lady Waylord.

—Así es. No podía sacármelo de la cabeza.

Me parecía el hombre más fascinante del mundo y soñaba con...

—Se interrumpió, pero se obligó a continuar—.

Bueno, con poder tener una relación formal con él.

Por supuesto, todo ha sido puro... ensueño.

Al margen de su error al citarme en esa casa, él siempre se ha comportado de un modo correcto.

—Recordó su forma de inclinarse, su costumbre de invadir su espacio sin llegar a hacerlo, pero dejando clara su presencia, insinuante—.

Más o menos correcto —se corrigió, rogando para que no pidiese explicaciones—.

Y tengo que decir que es muy inteligente.

He aprendido mucho trabajando a su lado.

—Gracias —dijo lady Waylord. ¿En qué estaría pensando?

Casi parecía divertida—. ¿Sabe? Hasta ahora, ninguna mujer había sido lo bastante valiente como para confesarme algo así, lady Helen.

Y, como le digo, sé que mi marido ha fascinado a muchas.

—Sonrió—. No se apure, querida. Waylord siempre provoca esa impresión, no puede evitarlo.

Es demasiado guapo. Recuerdo lo que yo misma pensé cuando lo conocí.

¡El corazón me latía tan fuerte que me hacía daño en el pecho!

Y creo que yo... creo que tampoco le desagradé.

De hecho... tuvimos un inicio más que prometedor, llegué a creer que tendríamos un buen matrimonio. Pero entonces...

Su expresión se llenó de dolor. Helen lo sintió como un torrente que se derramara sobre la mesa.

—Oh, lady Waylord... ¿Qué le ocurre?

—Nada. Nada, discúlpeme. —Apartó el rostro y sacó un pañuelo—. Creo que se me ha metido algo en el ojo. Voy un momento al baño.

Al volver, actuó como si no hubiera pasado nada. No era cierto, claro, pero Helen supuso que ya habían intimado suficiente para un primer día, sobre todo cuando su amistad había empezado en circunstancias tan adversas. Lo dejó estar. Si algún día quería confiarle lo que fuese, ya lo diría.

Decidieron ir a almorzar al Savoy. Allí siguieron compartiendo más de dos horas de charla, que continuó a lo largo de otras dos mientras paseaban, y luego fueron al Club Astarea a tomar el té con un grupo de mujeres luchadoras y divertidas, en una reunión difícil que se alargó hasta la cena.

Por la noche, cuando ya se separaron, se abrazaron como amigas y quedaron para una nueva reunión.

Y, al día siguiente, no acudió a su cita con Waylord.