Capítulo 16. Tres mujeres hablan, dos se sinceran
Tres mujeres hablan, dos se sinceran
M ientras esperaban a que les cobrasen los libros, Helen simuló estar interesada por la forma en que el empleado hacía los paquetes, pero en cierta ocasión espió de reojo a lady Waylord y se topó con su mirada, igual de discreta.
Ambas apartaron la vista. Helen tragó saliva. Qué mal rato la esperaba.
Ya fuera, mientras caminaban por Piccadilly hacia la fila de coches que aguardaban, y ya lejos de oídos hostiles, lady Juliet volvió al tema:
—Verán, algunas de nosotras colaboramos con el Women’s Co-operative Guild.
Visitamos talleres y fábricas donde trabajan mujeres en condiciones...
mejorables, por decirlo de un modo educado.
No hacemos nada escandaloso a primera vista, pero sí lo bastante revelador.
También organizamos reuniones privadas, a veces bajo el amparo de la Central Society for Women’s Suffrage, en las que buscamos el modo de plantear nuestras aspiraciones de un modo que puedan ser presentadas en ciertos círculos sin levantar demasiadas resistencias.
Helen la miró con interés.
—Me gustaría participar, en ambas cosas.
—Y a mí —dijo lady Waylord—. Me encantaría, si no supone una molestia.
Juliet sonrió, satisfecha.
—En absoluto —replicó—. Será un placer tenerla también en la lucha. De hecho, podría ser interesante que vinieran ambas a la reunión de esta tarde, a la hora del té. En casa de lady Moore, Helen.
—¿Ah, sí? —replicó ella, algo sorprendida. Jamás hubiera pensado que aquella mujercilla bajita y regordeta fuera feminista.
—Sí, estén allí a las cuatro. Por favor, sean puntuales.
La reunión será pequeña, discreta... y creo que encajaría bien con lo que andan buscando ustedes dos.
No es un acto público, sino uno de esos encuentros donde se decide qué puede hacerse...
y cómo. —Agitó la cabeza mientras entregaba los paquetes con sus libros y los de Helen a su cochero, y la sombrilla a la doncella—.
Porque las cosas se están complicando mucho.
Hay quienes piensan que la lucha debe aumentar en fuerza, en presión.
Que debemos alzar la voz con más ira y exigir sin concesiones.
Helen frunció levemente el ceño.
—¿Te refieres a...? —dejó la pregunta en el aire, aunque en su mente ya se dibujaban escenas que había leído en la prensa, titulares que hablaban de protestas cada vez menos pacíficas.
Lady Juliet no esquivó la cuestión.
—A lo que ya habrás leído en los periódicos, sí.
Mujeres que interrumpen mítines, que se levantan en mitad de un discurso para exigir el voto, que fuerzan a los oradores a callar o a responder.
Algunas incluso buscan ser expulsadas o detenidas.
—Hizo una leve pausa—. Dicen que, si no se las escucha por las buenas, habrá que obligar a que se las escuche por otros medios.
Y no las culpo del todo. Llevamos décadas pidiendo, razonando, demostrando...
y, aun así, todo avanza con una lentitud desesperante.
Hay quien piensa que, si no se incomoda de verdad a quienes toman las decisiones, nada cambiará jamás.
—¿Y usted qué opina? —preguntó lady Waylord—. Porque una cosa es incomodar... y otra muy distinta es cruzar ciertas líneas.
Lady Juliet sostuvo su mirada un instante, como si midiera sus propias palabras.
—Pienso que la indignación es comprensible —respondió al fin—.
Y que, en ocasiones, incluso puede ser necesaria para sacudir conciencias.
Pero también creo que hay un punto en el que, si no se tiene cuidado, la causa corre el riesgo de volverse contra sí misma.
Si quienes nos escuchan dejan de vernos como interlocutoras válidas y empiezan a considerarnos una amenaza... habremos perdido más de lo que ganamos.
Helen, que había permanecido en silencio, intervino con cierta inquietud:
—Pero si nadie escucha... ¿qué otra opción queda?
Juliet esbozó una sonrisa tenue, cansada.
—Esa es la pregunta que nos hacemos todas, querida.
Algunas han decidido responderla elevando el tono, organizando acciones más...
visibles. Otras creemos que aún hay margen para trabajar desde dentro, para construir argumentos que no puedan ignorarse sin quedar en evidencia.
No es una división sencilla, y temo que con el tiempo irá a más.
Lady Waylord hizo un gesto ecuánime.
—Supongo que ambas posturas nacen del mismo punto —dijo—. De la frustración.
—Y de la urgencia, sin duda —añadió Juliet—.
Porque cada año que pasa sin cambios reales es un año perdido para muchas mujeres.
¿Lo ves, Helen? No estás sola en el deseo de conseguir algo bueno para ti misma y cuanto antes, y me temo que algunas pierdan por completo la paciencia.
Por eso es tan importante decidir bien cómo avanzamos.
No solo qué queremos conseguir, sino a qué precio.
—Entonces esa reunión... —murmuró Helen— no será solo para organizar actividades.
—No —confirmó Juliet—. Será para decidir en qué clase de lucha queremos participar. Y eso, me temo, es mucho más importante de lo que parece.
Ella asintió.
—A ese respecto, yo sé en qué clase de lucha quiero participar.
—¿En cuál? —preguntó lady Juliet, con curiosidad.
—En una en la que jamás admitamos la derrota.
Lady Waylord sonrió.
—Voto por eso. Cuando se me permita votar, por supuesto.
Las tres rieron la broma. Era ingeniosa la esposa de Waylord, reconoció Helen, y tenía un envidiable buen humor. Lady Juliet comprobó la hora.
—Lo lamento, debo marcharme. ¿Las veré luego? La reunión será en el club Astarea, muy cerca de aquí, en Jermyn Street, cerca de Saint James Street.
—¡Oh, qué bien! —exclamó Helen—. Hace mucho que quería ir.
—Yo no tengo nada mejor que hacer —reconoció lady Waylord, mirándola vacilante—. Si quiere, almorzamos juntas y luego vamos.
—Claro...
Lady Juliet se fue por fin y ellas subieron al coche de lady Waylord, un carruaje grande y caro, con el escudo del marquesado pintado en las puertas, y ordenó al conductor que se dirigiera a un establecimiento cercano que, pese a estar muy de moda, en esos momentos tenía pocos clientes.
Las dos mujeres ocuparon una de las mesas. Lady Waylord pidió té para las dos —al menos tuvo el detalle de consultarle al respecto— y luego se miraron.
—Voy a sugerir que nos evitemos toda hipocresía —le dijo.
No resultó cortante, pero sí algo fría—.
He sido discreta ante lady Juliet, pero no voy a fingir ni un segundo más que no sé quién es.
Me preguntaba cómo sería. Ahora ya lo veo.
—Helen bajó la cabeza. Trataba de mantenerse digna, pero qué difícil resultaba en una situación así—. Es usted preciosa.
—Gracias.
—También es lista. Leí su informe.
Al oír aquello, sus ojos se elevaron por sí mismos, buscando su expresión. ¿Decía la verdad? ¿Cómo era posible?
—¿Lo leyó?
—Eso he dicho. Admito que, de vez en cuando, trasteo en el despacho de mi marido, en Waylord House.
No suele llevar mucha documentación, pero la que lleva le parece importante, por eso quiere tenerla a mano y poder leerla cuando quiera.
Y yo también. Le aseguro que suele ser interesante.
—Dejó la cucharilla a un lado—. ¿Sabe qué suele tener en común todo lo que lleva?
—No...
—Pues que está escrito por hombres. Siempre y en todo caso: informes, tablas de datos, discursos, textos varios...
Todo escrito siempre por hombres, siempre.
Excepto uno. El suyo. —Helen contuvo el aliento un segundo—.
Por eso supe que era importante para él.
Y debo reconocer que me resultó muy interesante.
«Importante para él». Había dicho que eso significaba que era importante para él. ¿Podría ser cierto? Y, si lo era, ¿de qué podía servirle? ¿Qué haría con aquello?
—Muchas gracias.
—De nada, es lo justo. Me sorprendió, sobre todo, el hecho de que la mujer que mostraba tanta sensibilidad, que abogaba tanto por la unión de las mujeres, fuera alguien capaz de quitarle el marido a otra.
De intentar quitárselo , en realidad —corrigió, incidiendo en las palabras—.
Porque me temo que, si se ha hecho ilusiones, milady, no tiene mucho que hacer.
Mi marido es un animal político. Puede tener amantes, y puede hasta admirar su mente...
incluso; si me apura, puede llegar a amarla, pero jamás arriesgaría su carrera en un escándalo por un divorcio.
Helen se ruborizó hasta las orejas.
—Yo no soy amante de su marido. ¿Cómo se atreve?
—¿Cómo se atreve usted a negarlo? —preguntó a su vez la esposa de Waylord, y un brillo de furia cruzó sus pupilas, aunque no llegó a prender—.
Antes no estaba segura. Se rumoreaba, pero nunca doy nada por supuesto, tratándose de Waylord.
—Giró la taza con delicadeza—. Pero sé que estuvo la semana pasada en la casa que tiene en St John’s Wood, y que permaneció casi una hora en su dormitorio, a solas con él. De modo que ¿qué puedo pensar?
Helen la miró alarmada. Así que sabía lo de esa casa.
¿Quién le informaba de lo que ocurría allí, quién le había hablado de su visita del otro día?
¿La mujer que le abrió la puerta? No había visto a nadie más, pero quizá lo había...
En todo caso daba lo mismo. Tenía que salir de aquel entuerto como fuera.
—Nos reunimos allí para trabajar —dijo—.
Yo no quería volver por el Parlamento, ya me han visto demasiado por allí y la gente habla.
Ya lo sabe, ya se había enterado. —Lady Waylord asintió con una mueca—.
Le dije que no volvería por allí y él me sugirió esa alternativa.
Me escribió la dirección en una tarjeta y me citó allí.
No me esperaba lo que me encontré. No me resultó nada cómodo —añadió, y como era cierto, sonó muy sincero.
Lady Waylord hizo un gesto indiferente.