Capítulo 15. Ahora sé quién es la otra #3
—Sí que lo está —se apresuró a intervenir Helen antes de que Juliet se quitara méritos, como tenía por costumbre, y la miró con orgullo—.
Pertenece a todas las asociaciones feministas que usted pueda conocer.
Y lleva años trabajando activamente por el bien de todas nosotras.
—Se mordió con delicadeza el labio inferior—.
Y yo siempre he querido participar también, pero mamá me dijo que no debía meterme en esos asuntos hasta más adelante.
—Eso te lo dijo cuando eras una niña. ¡Una pequeña activista!
—Rio y se volvió hacia lady Waylord—. A los trece años se disfrazó de adulta con su hermana pequeña y una amiguita, falsificaron mi entrada y trataron de colarse en el Westminster Town Hall, donde estaba teniendo lugar el Congreso Internacional de la Mujer de 1899.
Lady Waylord lanzó una carcajada.
—¡No me diga!
Helen se ruborizó, aunque no pudo evitar reír también.
—¡Y medio! —aportó—. Tenía trece años y medio. En esa época me parecía muy importante recalcar el dato.
—Dijeron que eran la delegación de Luxemburgo. No sé por qué.
—No recuerdo... —Helen trató de hacer memoria, pero fue imposible—.
O Lorna o Annabelle habían leído el nombre del país en algún sitio y le había gustado.
—Rio genuinamente—. Recuerdo la cara de risa del pobre portero mientras le decíamos que teníamos, no sé, treinta y ocho años, pero que no debía decir nuestra edad a nadie porque éramos damas.
—Oh, qué graciosas. —Lady Waylord estaba riendo con ganas.
—Estaban encantadoras, la verdad —añadió lady Juliet—. Pena no haber pensado en hacerles una fotografía. —Sonrió a Helen—. Ahora, ¿por qué no te unes a nosotras? He estado esperando a que lo propusieras tú misma, cariño. No quiero presionarte, pero serías bienvenida, y de gran ayuda.
—No sé... —Helen vaciló—. Ya te digo que esperaba que mamá y tú dijerais algo, ya que acabé los estudios.
Alguna vez me planteé decirlo yo, pero me parecía...
interesado. No sé si me explico. Mi mayor deseo es poder ejercer como abogada, y pienso que no soy del todo sincera uniéndome a una causa común con intereses personales.
—La sinceridad es una gran virtud —asintió lady Waylord. Pues qué bien. Dándole munición, encima.
Lady Juliet sonrió con cariño.
—Mira que eres complicada, cielo. En esta causa siempre se mezclan los asuntos comunes con los propios, siempre.
¿O qué piensas? ¿Que todas las feministas son personas solidarias que no esperan ganar nada con la lucha?
Por supuesto que no. Todas tenemos deseos de mejorar nuestras propias vidas a la vez que las de las demás, ese es el impulso que nos da fuerza, y debemos entender que solo lo conseguiremos a través de la mejora de todas.
—Ya veo... Pues, entonces, sí, si a mamá no le importa me gustaría colaborar. Pero colaborar de verdad. Quiero decir... —Vaciló apenas un instante—. Me gustaría hacer algo más que leer o comentar normas, o quejarme de todo ante una taza de té. Quiero participar de verdad.
Juliet la miró con un destello de aprobación.
—Eso esperaba oír. De hecho, hace poco mencioné tu nombre a algunas de las mujeres con las que trabajo en la Unión Nacional de Sociedades por el Sufragio Femenino. Les interesaría mucho conocerte. Y, por supuesto, también a Nomy, Eunomia Thompson, que está deseando colaborar contigo.
—¿De verdad? —Helen no pudo evitar cierta sorpresa. Y júbilo. Aquello hasta casi logró compensar el mal rato que estaba pasando, y el que iba a pasar.
—¿Eunomia? —repitió lady Waylord, con curiosidad—. ¿Es un nombre?
—Sí, sería algo como «buen orden», «buena ley» —le explicó Helen—. Y en la antigua Grecia era la diosa de las leyes y la legislación en general.
—¿Lo ves? —exclamó lady Juliet—. Eres una mujer muy culta, Helen.
Necesitamos gente como tú. Necesitamos argumentos bien construidos, datos, análisis...
Los discursos apasionados no pueden sostenerlo todo.
Por no hablar de que no todo el mundo está dispuesto a escuchar a la Unión Social y Política de Mujeres cuando elevan demasiado el tono...
aunque, desde luego, cumplen su función.
—Entonces su posible aportación a la causa tiene más valor del que usted misma le concede, milady —declaró lady Waylord mirando a Helen—. No debería pensárselo más.
Ella asintió.
—Sin duda. Pero, aun así, me gustaría implicarme de verdad. No limitarme a escribir desde casa.
—En ese caso, hay varias opciones —dijo lady Juliet.
Miró a ambos lados para añadir algo más, pero la librería estaba cada vez más llena y un par de caballeros, situados muy cerca, simulaban hojear libros mientras las miraban con el ceño fruncido.
Seguro que habían captado el tema de la conversación y las consideraban unas locas peligrosas.
Lady Juliet les sonrió, encantadora, y les dio la espalda—.
¿Me acompañan al coche, queridas? Podemos hablar de camino y preferiría hacerlo donde haya menos posibilidades de que nos oigan.
—Sí, por supuesto... —dijeron a la vez Helen y lady Waylord. Y se miraron un segundo antes de apartar la vista.