Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 15. Ahora sé quién es la otra #2
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Capítulo 15. Ahora sé quién es la otra #2

—Temo que voy a parecerle indiscreta, milady —dijo—, pero no he podido evitar fijarme en el libro que ha escogido.

Lady Waylord miró la portada.

—Oh, este es para regalo, para una amiga de Liverpool. Yo ya lo he leído y quiero que también lo haga ella.

—¿Tanto le gustó? Yo he estado dudando sobre si comprarlo o no.

No era mentira. En su momento, cuando salió a la venta, ella estaba con los estudios y no había dispuesto de tiempo para novelas; pero le había quedado la intriga y, al volver a ver el título en el escaparate días atrás, había despertado de nuevo su curiosidad.

Sabía que era una historia que mezclaba el espionaje con una fuerte crítica social y política, que había sido publicada a finales del año anterior, allá por septiembre, y que estaba gustando mucho, pero todavía no había tenido oportunidad de leerla.

Esta vez, la esposa de Waylord esbozó una sonrisa tenue, casi imperceptible.

—Depende de lo que busque, milady —respondió—. No es un libro fácil, la verdad. No puedo decir que resulte agradable de leer.

Helen se encogió ligeramente de hombros.

—Bueno... Pero seguro que eso lo hace más interesante, ¿no es cierto? Prefiero un libro incómodo a uno que no me aporte... sustancia, que no me invite, del modo que sea, a la reflexión.

Lady Waylord arqueó apenas una ceja.

—¿Le gusta que la obliguen a pensar, lady Helen? —preguntó al fin—. Supongo que, siendo una mujer instruida, es lógico.

—Hay momentos para todo. Pero sí, cuando leo, aunque sea una novela, me gusta aprender algo nuevo, no solo la evasión inmediata. Y, de ser necesario, que me recuerden en qué me he confundido, de haberse dado el caso, y que me lo señalen, si no estoy percatándome de algo.

La mirada de la esposa de Waylord se hizo más profunda. Estaba captando el mensaje.

—Entonces probablemente le interese esta novela en concreto. Estoy casi segura de que así será. —Le tendió el libro—. Permita que le regale este ejemplar.

Helen abrió los ojos como platos.

—¿Qué? ¡Oh, no, no podría...!

—Claro que sí. Por favor, insisto. No puede rechazarlo. Cogeré otro para mi amiga. Había muchos en el mostrador de la entrada.

Ella se sintió mortificada. Recordó las citas con Waylord en el Parlamento y, sobre todo, el encuentro en la casa de la fachada negra a la que tanto miedo le daba regresar, pese a que casi estaba decidida a hacerlo, simplemente porque la tentaba como el fuego a la libélula.

Y allí estaba la esposa de Waylord, comportándose de aquel modo tan amable y generoso con la presunta amante de su marido.

La sensación de vergüenza habría aumentado, de haber sido posible.

Helen intercambió una mirada con lady Juliet —que asintió para animarla a ceder—, y tomó el libro con una sonrisa que le hacía daño en los labios.

—Está bien. Muchas gracias.

—De nada. Ya me contará qué le parece. —Consultó su encantador reloj de pulsera—. Queda un buen rato para la hora del almuerzo. ¿Les gustaría ir a tomar un té y hablamos de libros y de realidad?

—Oh, me gustaría mucho, de verdad —afirmó lady Juliet—. Pero por desdicha tengo que volver a casa cuanto antes. Los padres de lady Helen, mi marido y yo estamos preparando un viaje a Bath y tengo que ocuparme de todos los detalles.

Lady Waylord se mostró todo lo contrariada que le permitía la cortesía.

—Una pena —dijo—. Pero Bath lo merece. Es maravilloso. ¿Por cuánto tiempo van?

—Un par de semanas.

—¿Y usted no los acompaña, lady Helen?

—Eh... No.

Lady Juliet rio quedamente.

—Se lo hemos sugerido, pero creo que quiere un poco de libertad.

La expresión de lady Waylord se tensó ligeramente. A ver qué se pensaba que iba a hacer, sin la supervisión de sus padres...

—Por supuesto. Qué lástima.

—Pero Helen no tiene nada que hacer, ¿verdad, querida?

—dijo de pronto lady Juliet. Ella casi brincó en el sitio al verse así implicada en el plan—.

¿Por qué no van ustedes a tomar ese té? Seguro que se lo pasarán bien.

Se ve que les gusta el mismo tipo de lecturas, sin duda que disfrutarán juntas de una buena conversación.

Helen titubeó. ¡Quedarse sola con lady Waylord! ¿Y si perdía aquella apariencia cortés y decidía arrancarle los pelos? O sacarle los ojos, o darle de sombrillazos. Aunque pareciera tan calmada, no la conocía, y cualquier cosa era posible.

No debía olvidar que había una razón por la que Waylord la mantenía a distancia y no la exponía mucho en sociedad.

—Yo no sé... —Buscó alguna disculpa plausible—. No ha venido Rose, solo tenemos tu doncella. No debería quedarme...

—No se preocupe por eso, la mía espera fuera, estaremos debidamente acompañadas —terció lady Waylord—.

Además, la llevaré en el coche hasta su casa en cuanto terminemos.

Podemos tomar algo y luego almorzar. —Oh, Dios...

¿Qué pensaría Waylord, si se enteraba? Bien lo sabía.

Se sentiría divertido, como siempre—. De verdad que me encantaría poder charlar un poco con una mujer universitaria.

—Me... me halaga usted.

—En absoluto. Vamos, anímese. Será divertido. Seguro que tenemos muchas cosas de las que hablar.

Claro, por supuesto. Otra indirecta. Quizá estaba deseando soltarle una buena filípica.

Pero qué podía alegar, lady Juliet sabía que no tenía nada que hacer en todo el día y que, aunque nunca se había aburrido sola —gracias a Dios existían los libros—, sí que se encontraba un tanto deprimida y le vendría bien la compañía.

El problema era que cada vez que miraba a lady Waylord veía la casa con la fachada negra y la cama con la colcha bordada. Y lo que su marido había esperado que ocurriera allí, con toda seguridad.

Algo que ella también se había planteado. Qué locura...

Al final, acabó cediendo, ¿qué otra cosa podía hacer?

—Está bien...

—¡Estupendo! —Lady Waylord sonrió con amplitud. Helen pensó en una araña que hubiese atrapado una mosca especialmente jugosa en su tela—. Y, antes de que se vaya, lady Juliet... —Se inclinó hacia ella, con aire conspirador—. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—Oh, pues por supuesto que sí —asintió Juliet—. Adelante, siempre acepto toda clase de preguntas. —Sonrió—. Aunque me temo que no siempre ofrezco todas las respuestas.

Las dos mujeres mayores rieron con ganas. Helen se forzó a tensar sus labios un poco más.

—Pues, verá... He oído que está usted muy relacionada con el movimiento feminista. ¿Es cierto?

Lady Juliet adoptó la expresión cauta que utilizaba siempre que surgía aquel tema.

—Oh, bueno...