Capítulo 15. Ahora sé quién es la otra
Ahora sé quién es la otra
L ord Hallwoke y lady Helen Bowler habían vuelto a mostrarse en público por separado. De hecho, ya no se los veía juntos, jamás.
Algo andaba mal en esa relación y todo Londres contuvo el aliento.
¿Era posible que, por fin, el atractivo Hallwoke hubiera entrado en razón y dejase aquel compromiso tan poco adecuado?
¡Seguramente, porque se le había visto bailando en un par de ocasiones con la Honorable Meredith Randall!
¡Y qué hermosa pareja hacían, girando elegantemente con el vals! Todo el mundo coincidía en ello.
Esa era una de las razones por las que Helen había aceptado ir con lady Juliet de compras esa mañana. Quería indagar al respecto, aunque la madrastra de Peter no sabía demasiado del asunto.
—Lo siento, Helen, él no quiere hablar de ello —le explicó mientras escogían con cara de circunstancias entre dos volúmenes de Medicina general para el cumpleaños de lady Beth.
Ambas esperaban que, con un poco de apoyo, su madre se animase a retomar aquella antigua vocación—.
Creo que mejor este, ¿verdad? Tiene unos dibujos más... Bueno...
—Grandes —terminó Helen, viendo el gráfico con el cuerpo diseccionado de una mujer. No sabía que hubiese tantas cosas dentro, todas ellas con nombre.
—Sí, qué barbaridad. —Leyó al azar—. Astrágalo. Un huesecillo del pie. Pues vaya...
—Entonces ¿no ha dicho nada de un posible compromiso con la Horrible Meredith?
—preguntó Helen, a quien los huesos del cuerpo le importaban poco en esos momentos.
¡Peter y esa criatura odiosa! Solo imaginar que hubiera algo de cierto en aquello, se ponía enferma.
Y, curiosamente, no solo por lo mucho que detestaba a la joven.
Estaba celosa. No podía negarlo, lo estaba. Le hubiera dado igual con quién se relacionase el nombre de Peter.
Él, que era su caballero andante desde siempre...
—No que yo sepa. —Lady Juliet la miró con la misma expresión que había dedicado a los dibujos médicos—. ¿Qué ocurre, Helen, qué os pasa? —La joven agitó la cabeza. No se atrevía a hablar de un tema tan delicado—. Quizá no tenga una respuesta, pero puedo intentarlo, y sabes que puedes confiar en mí.
—Sí, lo sé —replicó apretando ligeramente su brazo en un toque cariñoso—. Me consta, lady Juliet. Pero es algo... —Tenía que hablar de ello, tenía que aprovechar la ocasión. Se acercó a ella, tapándose con uno de aquellos libracos, y susurró—. Está... está relacionado con la pasión...
—¿La pasión? —repitió lady Juliet, abriendo los ojos—. Oh.
—Intenté... le di un beso. Se apartó al momento y salió corriendo.
—Corriendo...
—¡Sí! Y yo me quedé allí... no sé, me quedé paralizada. —Dudó, pero dijo lo que más le costaba reconocer—. Y ni siquiera había sentido nada especial, ¿sabes? Fue... fue como besar a un hermano, eso pensé. Quizá también le pasó a él y por eso se marchó. Siempre se mantiene muy distante.
—Oh...
—Espero no haberte escandalizado. Por favor, no le digas nada a mi madre.
—¡Jamás haría eso! Quizá deberías hablar con ella, pero no seré yo quien se lo diga. Has confiado en mí y lo valoro mucho.
—Gracias. Por eso no sé qué hacer, no sé qué va a pasar. —Se encogió de hombros con desmayo—. Quizá Meredith Randall le atraiga más que yo.
—No seas tontuela. —Lady Juliet lo descartó también con un gesto perentorio—. Peter tiene mejor gusto que eso. No, imagino que habrá bailado con ella a instancias de los padres de la joven o algo así, o por algún compromiso puntual. No le des más importancia. Yo sé que te quiere.
—Yo también lo sé. Pero no sabemos cómo querernos.
Lady Juliet la miró comprensiva.
—A veces, un matrimonio como el vuestro, asentado en tantos años de amistad y en una adolescencia compartida, parece fácil, pero yo pienso que es mucho más difícil de sacar adelante, porque no es sencillo transformar la relación.
Además, ambos estáis acostumbrados a veros y a la promesa de lo que ocurrirá.
Creo que, si hubieras conocido a Peter ayer, estarías loca por él, como lo estabas a los trece años.
Helen sonrió con nostalgia.
—Sí que lo estaba, sí...
—Bien lo sé. Pero han pasado cerca de diez desde entonces, diez años en los que has tenido casi como algo predestinado el hecho de que vas a casarte con él.
Vuestra relación ha perdido romanticismo, Helen.
Lo ha cambiado la... la familiaridad, el cariño cotidiano.
Ha perdido magia, diluida por la rutina del día a día.
Y, desde luego, ha perdido pasión, porque, si no tienes otros horizontes, el único posible acaba perdiendo atractivo.
Simplemente porque no hay alternativas. Ya no lo deseas, porque casi te ha venido impuesto.
Helen la miró mortificada.
—¿Y qué puedo hacer?
—Tratar de recordar la belleza de ese único horizonte; si es que quieres conservarlo, claro.
Y tener muy presente que, por suerte, a ti se te permite elegir y nada te impide buscar otros.
Eso te dará la sensación de libertad que necesitas para no sentirte agobiada, casi obligada a algo.
No hay nada peor que eso, quizá sea lo que está matando vuestra relación.
Pero, si te vas de ese horizonte, también él quedará libre de acoger a otras...
viajeras —terminó con una sonrisa—. Tienes que hacerte a la idea y aceptarlo.
Otras viajeras... Eso sería espantoso.
—Pensaré en ello —replicó al fin. Lady Juliet asintió.
—Yo estoy segura de que, en cuanto superéis el miedo a lo que supone el matrimonio, a todo lo que... ¡Oh, mi querida lady Waylord! —exclamó de pronto en voz alta y agitó la mano, saludando más allá de Helen—. ¿Cómo está? Hace mucho que no la veía.
Helen se volvió con sobresalto.
¡Lady Waylord! Ya sabía que frecuentaba ese sitio, la propia lady Juliet se lo había dicho en el teatro y se maldijo por haber bajado la guardia, porque, tras tanto tiempo, ni siquiera le había importado entrar en aquella librería en concreto.
Había ido muchas veces en el pasado —incluso, al principio de su obsesión por Waylord, había acechado a ratos la entrada desde el coche, con toda la intención de ver a su esposa, aunque fuera en la distancia— y jamás se había encontrado con ella.
Pero estaba claro que siempre había una primera vez para todo...
—Lady Deelright, qué alegría verla. —Lady Waylord, situada en la sección de Novela, alzó una mano y sonrió antes de caminar hacia ellas.
Helen la reconoció con facilidad, del día del teatro.
No era una mujer especialmente llamativa, ni por su belleza ni por su porte o su atuendo, pero había en ella una forma de moverse que la volvía distinguida y que llamaba la atención.
Caminaba sin apresurarse, con una sonrisa amable en los labios y una mirada firme—. Hace mucho que no viene por aquí.
—Cierto. Me temo que no he tenido tiempo para nada. ¡Con lo que nos gusta este sitio! —Ambas rieron. Debía ser una broma entre amigas—. Permita que le presente a mi querida lady Helen Bowler. Es hija de la condesa de Terrace. Querida, te presento a lady Waylord, esposa del marqués de Waylord.
Lady Waylord sonrió. Sus grandes ojos, de un gris claro muy luminoso, se posaron en Helen con algo de sorpresa y, también, con una atención inmediata. La joven contuvo el aliento. No le quedó duda de que aquella mujer sabía lo que había estado pasando entre su marido y ella.
—Un placer, lady Helen —dijo, con un tono neutro que podía ser considerado casi cordial.
Helen sintió un leve estremecimiento, seguido de una vergüenza enorme.
Mayor que el mayor pico de pasión que hubiera sentido nunca por Waylord.
Mayor que cualquier emoción por cualquier causa que hubiese experimentado jamás.
¿Estaba ruborizada? Seguro que sí. Y debía notarse el modo en que le latía el corazón, totalmente desenfrenado, y el sudor frío que cubrió de pronto su cuerpo...
—Lo mismo digo, lady Waylord —replicó, con un hilo de voz y una inclinación cortés, tanto por rango como por edad, aunque lady Waylord no le llevaría muchos años, quizá cinco o seis.
—Lady Helen Bowler... Últimamente he oído hablar mucho de usted. —La oyó decir. La joven contuvo el aliento con espanto. Aunque a continuación añadió—: Tengo entendido que ha estudiado Derecho, para escándalo general. Dígame, por favor, que no se equivocan.
—¡Oh, sí, mi querida Helen ha estudiado leyes! —dijo lady Juliet con evidente orgullo, y, pese a todo el mal rato que estaba pasando, Helen sintió un arrebato de pura felicidad. Amaba a aquella mujer, la quería casi tanto como a su madre—. Terminó los estudios hace muy poco.
Lady Waylord asintió.
—Eso es muy meritorio. Yo admiro la inteligencia, milady, y a las mujeres que van abriendo camino con actos de valor como ese para que otras puedan vivir en un mundo donde algo así pueda ser considerado normal.
—Se... se lo agradezco —dijo, tratando de controlarse—. Por lo general me hacen sentir que haber cursado unos estudios es algo de lo que debería avergonzarme.
La mujer sonrió de un modo sibilino. Al estilo de la Mona Lisa , usando el gesto como una barrera para ocultar lo que fuera que estaba pensando.
—Puede estar tranquila. Nunca la juzgaría por eso.
Helen disimuló su turbación con un parpadeo.
¿Y por otras cosas, sí? ¿Eso estaba insinuando?
¿Por qué otra razón había soltado semejante comentario?
Esperaba que no dijese nada frente a Juliet, sería terrible.
Espantoso, por completo. Ojalá pudiera darse de cabezazos contra la pared, ganas no le faltaban, pero la mirarían raro.
Menuda aventurera de pacotilla estaba hecha: ni siquiera había llegado a vivir el suceso y ya estaba aterrada ante la posibilidad de que alguien supiera en qué había estado pensando.
Buscó algo que decir, algo que cambiara el tema y pudiera llevar la conversación por otros derroteros. Se fijó entonces en el ejemplar que lady Waylord sostenía en la mano. Era la última edición de The Secret Agent , de Joseph Conrad.
Eso le dio una idea.