Capítulo 14. La reputación no entiende de política #2
—Muy bien. Entonces ¿nos ponemos a la tarea?
—Le indicó la mesa, aunque él llegó antes y se sentó.
Todo fue espontáneo, un movimiento lógico dadas sus posiciones, pero Helen estuvo segura de que no había nada de casual en el hecho de que tuviese que acomodarse de frente hacia la cama. Ya no podía apartarla de su vista.
Con una naturalidad envidiable, Waylord empezó a hablar de inmediato sobre el informe, sobre asociaciones sufragistas, sobre posibles apoyos parlamentarios y nombres de diputados favorables a determinadas reformas.
Y aquello era quizá lo más perturbador de todo.
Porque trabajaban de verdad.
Helen ayudó a revisar notas y respondió preguntas, intentando concentrarse en cifras, discursos y estrategias políticas mientras era dolorosamente consciente de la cama al fondo de la habitación.
La cama.
Lo que podían hacer en esa cama...
—¿Se encuentra bien? —preguntó él. Helen abrió los ojos con espanto. ¿Había gemido? Pues claro que sí. Carraspeó con esfuerzo.
—Sí, disculpe. Me he atragantado.
—Pero si no estamos tomando nada. ¿De verdad no quiere un té?
—No...
La cama.
Lo que podían hacer en esa cama...
Las imágenes cada vez eran más nítidas. Cobraban fuerza a medida que subía el calor de su cuerpo y que, estaba segura, se iba ruborizando.
También era consciente de otra cosa: de que Waylord estaba disfrutando.
No necesitaba verlo sonreír para saberlo. Había en él una calma satisfecha, una especie de diversión silenciosa que aparecía cada vez que ella se ponía nerviosa o evitaba mirar hacia el fondo del cuarto.
—Está muy callada hoy —comentó él en un momento dado, entre listados de posibles apoyos y de detractores. Y un listado de posibles variaciones para sus propuestas, con el propósito de convertir detractores en apoyos.
—Estoy... estoy trabajando —logró decir, tratando de simular indiferencia. Supo que no lo había conseguido cuando le oyó replicar, con diversión contenida:
—Naturalmente.
Helen levantó la vista del documento.
—No se burle de mí.
—No lo hago.
Pero sí lo hacía. Un poco.
Waylord se levantó para acercarse a la mesa del té y, cuando pasó junto a ella, la cercanía de su cuerpo le provocó un estremecimiento absurdo. Él lo notó. Claro que lo notó.
Siempre lo notaba todo.
—Debería relajarse —murmuró él mientras servía el té—. Parece convencida de que voy a devorarla.
Helen aceptó la taza con manos demasiado rígidas. La dejó en cuanto pudo sobre la mesa. No pensaba tocarla más. No le daría el gusto de verla temblando.
—No estoy convencida de eso.
—Ah. Entonces solo lo considera una posibilidad.
Ella lo miró indignada, y él rio por lo bajo.
Qué hombre más insoportable.
Y qué peligroso.
La conversación continuó todavía un rato, pero Helen apenas podía pensar ya con claridad. Sentía la tensión creciendo en el aire, lenta y sofocante, aunque él no hiciera nada claramente incorrecto. Era peor, de hecho, porque parecía controlarse.
O porque quería que ella viera cuánto se controlaba.
Al final dejó los papeles sobre la mesa, con brusquedad.
—Tengo que irme.
Waylord alzó la vista.
—Un momento más, si no le importa. —Ella parpadeó—. ¿Cómo va el asunto de Hallwoke?
—Igual. No he vuelto a verlo. —Ya lo conocía lo bastante como para deducir que estaba contrariado, aunque lo único que hizo fue ajustar mejor uno de los montones de papeles de la mesa, pensativo—. Lo siento. Ya le dije que había que esperar al momento oportuno.
—Cierto. Y yo le dije que había modos de provocar esa clase de momentos. Este podría ser uno de ellos.
La miró fijamente.
Y al fondo continuaba la cama, silenciosa, imposible de ignorar.
Lo que podían hacer en esa cama...
El calor la envolvió. Y los nervios. Quizá, de ser otras las circunstancias, hubiera aceptado, porque no podía negar todo lo que aquel hombre provocaba en su interior, y lady Helen Bowler no admitía que nadie impusiera normas a su vida privada.
Pero de pronto, la imagen de Peter diciendo que estaba loca, que Waylord era un hombre casado, surgió en su mente y enfrió aquella ola gigante de emociones.
Era cierto, estaba casado. Y ni siquiera lo conocía.
Conocía a Peter, mucho, había explorado durante años cada rincón de su alma y se sentía cómoda y segura con él.
Con Waylord vivía en la pasión, pero también en el riesgo.
Y, si se acostaba con él en esa cama, mitigaría lo primero y afilaría al máximo lo segundo.
Se vería atrapada en sus manos, convertida en la amante de un hombre casado, un hombre peligroso que no dudaría en utilizarla.
Que no la amaba ni, posiblemente, la amaría nunca.
Costaba imaginar a un hombre como Waylord enamorado de verdad.
Helen tragó saliva.
—Yo... Debo irme. Ahora mismo.
La miró divertido.
—Por supuesto.
Ni intentó retenerla. Eso también la irritó.
Helen se puso en pie demasiado deprisa y recogió los guantes.
—Continuaremos otro día —dijo él con calma.
Ella abrió la boca para responder que no pensaba volver nunca más a aquella casa absurda y peligrosa, pero no lo dijo, porque, en realidad, no estaba segura de nada.
Salió sin mirar atrás. No quería volver a ver esa cama.
No vio a la mujer mientras atravesaba la casa y salía fuera. Se preguntó si sería amante de Waylord. Mejor no pensarlo.
Rose la esperaba fuera, de pie junto al carruaje, con expresión sombría. Miró hacia los robles que ocultaban la casa y luego a Helen.
—¿Qué tal ha ido, milady?
Helen tardó un instante en responder, mientras su corazón se tranquilizaba poco a poco.
—Hemos trabajado.
Rose no pareció impresionada.
—Claro, milady.
Helen subió al carruaje evitando mirarla y se repitió que no volvería jamás a ese lugar.
Y durante todo el trayecto supo perfectamente que estaba mintiéndose.
O quizá no...