Capítulo 14. La reputación no entiende de política
La reputación no entiende de política
H elen hubiera podido ignorar los rumores, por mucho que fueran aumentando. El problema fueron las miradas, tan distintas a las de antes.
No supo exactamente cuándo comenzaron, o cuándo captó la primera, al menos.
Tal vez fue al salir de su tercera o cuarta cita semanal con Waylord, un atardecer, mientras caminaba sola por los pasillos del Palacio de Westminster —Rose quería acompañarla, pero Helen no creía que fuera buena idea, de modo que le ordenaba quedarse fuera, en el coche— y se encontró con un grupo de caballeros que salía de un despacho común.
O quizá cuando oyó cómo un ujier comentaba a otro que lady Helen Bowler preguntaba con demasiada frecuencia por lord Waylord, justo después de que se hubiese cruzado con ellos. Después de que la hubiesen mirado...
En cualquier caso, para cuando ella empezó a percibir cierta curiosidad en los pasillos, el asunto ya existía.
No era un escándalo, todavía no —al menos, eso esperaba con todas sus fuerzas—. Solo esa atención esquiva y desagradable que, en Londres, parecía preceder siempre a los problemas.
Aquella mañana, mientras atravesaba el corredor que conducía a los despachos privados, notó cómo dos hombres dejaban de hablar al verla pasar.
Uno incluso hizo una pequeña inclinación de cabeza, cortés en apariencia, pero con cierta insinuación en la mirada, como si los dos supieran algo que los demás no debían descubrir jamás, algo que casi los relacionaba de un modo íntimo. Y como si eso lo divirtiera...
Helen se ruborizó y siguió caminando con la espalda recta y el corazón acelerado. Cuando entró en el despacho de Waylord, cerró la puerta tras ella con más fuerza de la necesaria.
—Esto tiene que terminar.
El marqués, sentado tras su escritorio, alzó la vista de unos documentos. Tardó apenas un segundo en comprender el tono.
—Buenos días a usted también, lady Helen —dijo, con una sonrisa divertida.
—Lo digo en serio.
Waylord dejó la pluma a un lado y se reclinó ligeramente en la silla.
—¿Es por Hallwoke? ¿Ya ha vuelto y le ha exigido que se quede en casa formalmente?
Helen sintió un dolor profundo en el corazón. Peter seguía manteniéndose lejos. Era su segundo gran enfado. Se preguntó si tendrían un tercero o si, con aquello, ya se habría terminado todo.
Recordó el beso vacío. Ni siquiera eso, el hecho de creer que quizá no estaban hechos el uno para el otro, que su amistad era lo único que podría unirlos, la hacía sentir mejor.
—No tiene nada que ver con él —murmuró. Waylord la estudió con interés y asintió.
—Bien. Entonces ¿qué ocurre ahora?
—Que la gente habla. —Helen se quitó los guantes con movimientos rápidos, nerviosos—. Me miran cuando paso. Y no son imaginaciones mías.
—La gente siempre habla, milady.
—Sí, pero preferiría que no lo hicieran sobre mí entrando y saliendo sin mayor justificación del despacho de un hombre casado.
Él consideró sus palabras un instante; luego, hizo un gesto indeterminado.
—No debería hacer caso, lady Helen. —Señaló los papeles que cubrían el escritorio. Pese a ser numerosos, Waylord siempre mantenía un orden estricto con cada documento—. Estamos trabajando. Asuntos políticos, no románticos.
—La reputación no entiende de política.
Aquello pareció divertirle más de lo debido.
—Qué frase tan excelente. ¿Puedo robársela para un discurso?
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco. —Se incorporó un poco—. Milady, no estamos haciendo nada impropio.
Ella soltó una pequeña risa incrédula.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que está haciendo algo impropio.
Waylord apoyó un codo en el escritorio, observándola con aquella atención tranquila que siempre la desarmaba un poco.
—¿Y qué cree usted que estamos haciendo?
Helen abrió la boca, pero no respondió. Porque el problema era precisamente aquel: todavía no ocurría nada concreto.
No había habido entre ellos ningún gesto claramente incorrecto, ninguna palabra imposible de justificar.
Solo esas miradas demasiado largas, esos silencios extraños y esa sensación constante de hallarse al borde de algo.
Y eso era mucho peor.
Se acercó con paso nervioso a una de las ventanas para apartarse un poco de él y del efecto que le provocaba.
—No voy a volver aquí, milord —dijo al fin, decidida—. Al Parlamento, me refiero. Al menos no de esta forma.
Hubo un largo silencio, y lo primero que oyó fue un suave crujir de madera, y luego, vio su reflejo a su lado, en el cristal. Notó su calor. Su aroma. Los ojos de Waylord la buscaron a través de aquellas figuras fantasmagóricas.
—¿Quiere que haga oficial su colaboración? —Le oyó decir al cabo de unos momentos.
—¡No! —Si su padre se enteraba, todo se terminaría, y ella quería... Se apartó un par de pasos, para desaparecer de la imagen en el cristal y lo miró de reojo.
No sabía qué quería...
—Eso complica bastante las cosas —dijo Waylord.
—Pues habrá que complicarlas.
Durante unos segundos solo se oyó el ruido lejano de pasos y voces apagadas al otro lado de la puerta.
Entonces Waylord habló otra vez, más despacio.
—Seguro que entiende que no podemos trabajar en un parque fingiendo que paseamos por casualidad, milady.
Ni sentarnos en bancos separados como personajes de una novela barata de espionaje.
—Señaló con un gesto los pulcros montones de papeles del escritorio—.
Necesitamos un lugar tranquilo, documentación, tiempo...
—Lo sé.
—Entonces, si no va a venir aquí, espero que sea flexible respecto a lo que voy a proponerle.
Ella giró apenas la cabeza.
—¿Y qué propone?
Waylord volvió al escritorio, se sentó, abrió un cajón y sacó una pequeña tarjeta. Escribió una dirección con letra rápida y elegante.
—Una casa en St John’s Wood, algo apartada. Su propietaria es una dama muy discreta. —Dejó el pequeño rectángulo de cartulina sobre la mesa, a su alcance—. Nos ofrecerá una habitación un par de horas por semana y nadie hará preguntas.
Helen caminó hacia allí y cogió la tarjeta despacio.
—Eso suena muchísimo peor de lo que pretende.
—Lo sé —admitió él, sin el menor remordimiento—. Pero es práctico. Y evitará que usted vuelva por aquí. Es lo que quiere, ¿no?
***
La semana siguiente, Rose y ella fueron a St John’s Wood.
Pensó coger un coche de alquiler, para que nadie supiera adónde iba, pero sabía que podía confiar en Joyce y su presencia la tranquilizaba.
El trayecto en carruaje ya le dio la sensación de desplazamiento hacia otro espacio mental y moral; en realidad, fue casi como cruzar una frontera.
Y la casa resultó aún más inquietante de lo que había imaginado.
Estaba casi oculta tras unos robles enormes, y apenas se distinguía su fachada pintada de negro.
De no estarla buscando, posiblemente no la habrían visto.
—¿Está segura de esto, milady? —preguntó Joyce.
—Por completo. Espera aquí.
—Creo que podría ir con usted —terció Rose, con cara de susto—. Si de verdad van a trabajar, puedo mirar alguna revista mientras espero, seguro que las tienen en una casa tan grande. ¡Y si algo se complica, y ese hombre se propasa, puedo golpear a quien sea con un candelabro!
—O llamarme a mí para hacer exactamente lo mismo —añadió Joyce.
Helen rio, pero el sonido denotó un eco nervioso más que divertido.
—No os preocupéis. Solo esperad aquí. Tardaré alrededor de una hora.
Recorrió el sendero hasta la puerta tratando de mostrar un paso seguro, por si Waylord la estaba observando desde alguna ventana. La mujer que abrió la puerta debía rondar los cincuenta años. Iba vestida con sobriedad y observó a Helen con una expresión extraña, casi compasiva.
—Lady Helen... —dijo simplemente, cediéndole el paso.
Le había dicho su nombre, se dio cuenta Helen, con auténtico espanto. ¿Por qué? ¿Para qué? ¡Maldito Waylord! No era necesario y podía suponer un problema, si aquella mujer decidía hacerle chantaje o algo...
Aquello la puso todavía más nerviosa.
El interior era elegante, lujoso pero sin ostentación: una de esas viviendas londinenses silenciosas y perfectamente cuidadas cuyo aspecto parecía diseñado para no llamar la atención.
Todo en ella desprendía comodidad, dinero y discreción antigua: las cortinas gruesas, recogidas en amplios pliegues, el tacto mullido bajo los pies de la alfombra del recibidor, el olor tenue a madera vieja, cera y flores frescas que se percibía en todas partes...
Siguió a la mujer escaleras arriba intentando convencerse de que no estaba haciendo nada malo. Y, sin embargo, el corazón le latía con tanta fuerza que casi le dolía.
La habitación a la que la condujeron era amplia y refinada.
Tenía una pequeña zona de salón junto a la chimenea, con el té recién servido —a decir del modo en que humeaba la tetera—, una mesa de comedor rodeada de media docena de sillas y preparada con documentos...
y, al fondo, parcialmente oculto por un biombo de seda, un gran lecho cubierto por una preciosa colcha bordada.
Helen se quedó inmóvil apenas un instante.
Claro.
Por supuesto que tenía que haber una cama.
—Lady Helen...
Se volvió con sobresalto. Waylord ya estaba allí, junto a la ventana. Así que sí que la habría estado observando mientras recorría el sendero. ¿Qué habría pensado de su forma de caminar? ¿La habría visto insegura?
Desde luego, en ese momento seguro que sí.
Entre la incómoda cercanía de la cama —no podía dejar de pensar en ella ni siquiera dándole la espalda— y que Waylord se había quitado la chaqueta y tenía las mangas ligeramente remangadas, algo que jamás había hecho en su despacho del Parlamento, Helen sentía que su vida estaba totalmente fuera de control.
Él, por su parte, no podía mostrase más cómodo, como si aquello fuera realmente una tarde de trabajo cualquiera.
—Ha llegado puntual —dijo—. Como siempre.
—Sí.
Le costó incluso pronunciar la palabra.
Waylord la observó apenas un segundo de más.
—¿Quiere tomar un té?
—No, gracias. —Estaba segura de que, si intentaba llevarse una taza a los labios, lo derramaría todo—. Más tarde, quizá.