Capítulo 13. ¿Te has vuelto loca? ¡Ese hombre está casado! #3
—Claro que lo hará. Y sabe perfectamente que no saldrán adelante.
Ese es precisamente el plan, ¿no te das cuenta?
De ese modo se presentará como un reformista audaz ante la opinión pública, sabiendo de antemano que no va a prosperar nada de lo que propone.
Y, mientras tanto, si logra que yo cargue mi proyecto con medidas que no van a ser aceptadas, se asegura de que tampoco salga adelante lo poco que sí podría conseguirse.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos, desnudas de cualquier adorno. ¿Podría ser? En las pocas semanas que llevaba reuniéndose con Waylord, Helen ya había concluido que era un hombre extremadamente inteligente y retorcido en la misma medida.
Sintió cómo algo se tensaba en su interior.
—No todo es una gran conspiración, Peter —alegó, de todos modos—. No todo responde a una estrategia.
—No, claro que no —admitió él—. Pero esto sí lo es. —La observó entonces de un modo distinto, más serio, más... personal—. Y lo que no sé es en qué lugar te deja a ti todo esto.
Lo dijo con una calma que resultaba más inquietante que cualquier enfado. Ella abrió la boca, pero no encontró respuesta inmediata.
—Peter...
—Te has ruborizado. Temblabas de pies a cabeza en su presencia.
—¡No temblaba!
—Vibrabas, entonces. Vibrabas, Helen, como no recordaba haberte visto nunca —se interrumpió, y sus labios adoptaron una mueca, como si las palabras no dichas tuvieran un sabor amargo.
¿Qué esperaba? Debería decirle la verdad, sí, debería explicarle que solo lo quería como a un hermano, como a un amigo.
Que no había fuego entre ellos, ninguna pasión arrebatadora, algo que él también sabía, o no se hubiera ido corriendo rompiendo aquel beso absurdo que ni llegó a nacer.
Ella no vibraba con él, no. No sentía ninguna emoción como la que le inspiraba Waylord. Y eso no era culpa de nadie.
Era la vida...
—Yo... —empezó. Pero las palabras se estrangularon en su garganta. Peter la miró casi con horror.
—¿Hay algo más entre vosotros? ¿Algo que deba saber? —Ella no respondió. Sentía como si una mano oprimiera su garganta—. Oh, maldita sea... ¿De verdad quieres casarte conmigo, Helen?
—¿A qué viene eso? —logró decir, en un intento de no decir nada.
—A que necesito saberlo —respondió él. Alzó una mano—. No es necesario que contestes ahora, piénsatelo bien, pero espero una respuesta clara por tu parte. Sincera, Helen.
—Peter...
—Y hay otra cosa —continuó él, antes de que pudiera añadir nada—. Ese hombre está casado. ¿Lo has tenido en cuenta? ¿Has pensado por un solo momento en su esposa?
El golpe fue certero.
Helen bajó la mirada un instante, avergonzada.
—Sí —dijo—. Y casi me he convencido de que es una mujer horrible que no merece ninguna consideración.
Peter contuvo la respiración y trató de controlarse.
—Dios mío... Te has enamorado de él.
—¡No! —protestó Helen. Aunque, ¿de qué otro modo podía describirse la forma en que cantaba la sangre en sus venas cada vez que se miraban?
—¿Te has vuelto loca? ¡Ese hombre está casado!
—Ya lo has dicho. No es necesario repetirlo.
—Yo no estaría tan seguro de eso. —Hizo una mueca—. ¿Os habéis besado?
—¡Por supuesto que no! —Pero aquel instante en el despacho, en el que Waylord se había inclinado, se había acercado mucho y ella había anhelado...
algo, inundó su mente como la crecida imparable de un río.
Esperó que no se reflejase nada en su rostro.
Quizá no lo logró, porque se miraron, atormentados—.
Peter, basta, por favor. No es lo que crees —dijo finalmente, aunque sin la firmeza de antes.
—Sinceramente, espero que no —replicó él.
Más tarde, Helen no pudo recordar cuál de los dos empezó a caminar arrastrando al otro a la deriva.
En realidad, era algo que daba igual. Reanudaron el paseo sin decir nada más, y lo alargaron varios minutos, aunque ninguno de los dos sentía ya ningún placer en ello.
Rose ajustó su distancia con discreción, como si percibiera que algo había cambiado en la atmósfera que los rodeaba.
Cuando llegaron al carruaje, Peter la ayudó a subir, pero él no lo hizo.
—Discúlpame —se excusó, aunque su tono era frío y distante—. Solo te acompaño hasta aquí.
Helen lo miró con aprensión. Empezaba a sentir miedo. ¿Y si se quedaba sin Peter? Había sido su apoyo durante años, su fiel compañero. Se sentiría coja sin él, mermada de algún modo.
—¿No vienes?
Peter negó con la cabeza.
—Necesito pensar.
No había ningún reproche en su voz. Eso lo hacía peor todavía, de ser posible algo así.
—Pero...
—Voy a tener mucho trabajo en los próximos días, lo siento. No cuentes conmigo para hacer planes. Ya hablaremos, Helen.
Sin más, dio un par de golpes secos en el lateral del vehículo para avisar al cochero de que estaba todo listo y empezó a alejarse a buen paso, dándoles la espalda. Helen pensó que el carruaje arrancaría de inmediato, pero no.
Joyce se giró para mirarla, preocupado.
—¿Todo bien, milady?
Ella asintió. No pareció más tranquila, pero asintió.
Cuando el carruaje se puso en marcha y comenzó a alejarse, Helen se obligó a no mirar atrás.