Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 13. ¿Te has vuelto loca? ¡Ese hombre está casado! #2
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Capítulo 13. ¿Te has vuelto loca? ¡Ese hombre está casado! #2

Esperaba haberlo planteado bien. En su última reunión, Waylord le había propuesto que usara ese argumento y, desde luego, sonaba muy convincente.

Peter se detuvo, arqueó una ceja y la miró sorprendido.

—Eso suena sorprendentemente bien —dijo despacio—. Demasiado bien, incluso. ¿Desde cuándo formulas así los argumentos parlamentarios?

—¿Yo? —Helen se encogió de hombros con indiferencia, aunque el corazón le iba a mil por hora—. Pues no sé... Desde que he tenido tiempo para pensarlo con calma, supongo. La política no es algo tan complejo, la verdad, solo requiere un poco de lógica. Como casi todo en la vida.

No era todo cierto, pero tampoco era una mentira absoluta, y sobre todo el último argumento suponía una gran verdad.

Peter la miró con sospecha y ella mostró un gran interés por unos patos que pasaron graznando justo en ese momento.

Volaban muy alto. Se preguntó a dónde irían.

Ojalá pudiera salir volando y marcharse con ellos...

—No estoy tan seguro de que me estés diciendo la verdad —reconoció Peter.

—Por supuesto —replicó ella, molesta—. Ya dejaste claro en su momento qué triste opinión puedes tener de mi capacidad intelectual.

—Oh, maldición... —Ella le dio la espalda—. ¡Helen! ¿Sigues enfadada conmigo?

—Por supuesto que lo estoy. —Tuvo que volver a girarse hacia él para fruncirle el ceño, aunque luego volvió a apartarse—. Y mucho. Acabas de decir que no crees que un buen argumento sea mío.

La miró frustrado.

—Pero no porque piense nada de tu capacidad intelectual, sino porque dice mucho de cómo hay que plantear las cosas ante esos fósiles del Parlamento.

Es algo que se aprende tras algún tiempo de lidiar con ellos.

Me sorprendió que lo tuvieras tan claro.

—Caminaron unos momentos en silencio—. Bah, a qué negarlo.

Reconozco que estoy celoso, Helen, y muy dolido, porque me temo...

—La voz de Peter se perdió en un jadeo. Tardó unos momentos en recuperarla—.

Antes no me has contestado. —La miró—. ¿Has ido por el Parlamento últimamente, Helen?

Ella tragó saliva.

—Sí —admitió. No soportaba tanta mentira.

—¿Por qué?

¿Qué podía responder a eso? ¿Qué lo había hecho por una especie de labor profesional, por el informe? Sí, claro que sí. ¿Que acudía cada semana para trabajar con Waylord en ese proyecto que estaban preparando para presentar y solicitar el apoyo para cambiar un buen número de leyes? Desde luego.

Pero no solo iba por eso, y al pensarlo, recordó el atractivo rostro de aquel hombre, su mirada directa, la sensualidad de su sonrisa...

No, no solo era por el informe. No solo era por el trabajo, y decirlo así sería seguir ocultando la verdad.

Peter seguía esperando y ya no fue capaz de sostener su mirada. Reinició el paseo, porque necesitaba hacer algo, y fue entonces cuando sus ojos giraron por puro capricho de vuelta al sendero y lo vio.

El marqués de Waylord avanzaba en dirección a ellos por el sendero principal, con esa elegancia despreocupada que parecía tan natural en él y que, sin embargo, Helen empezaba a sospechar que era cualquier cosa menos casual.

Vestía con la misma sobriedad impecable de siempre, y sus pupilas se clavaron en las de Helen y lanzaron un destello: el brillo de un secreto compartido.

Al verlo, Helen se ruborizó.

Fue apenas un instante, un cambio sutil que quizá habría pasado desapercibido para cualquier otro. Pero no para Peter. Ni, desde luego, para Waylord.

Cuando se alcanzaron, el marqués se detuvo, se llevó la mano al sombrero e inclinó la cabeza con gesto cortés.

—Lord Hallwoke, lady Helen, qué agradable sorpresa. Hyde Park nunca decepciona cuando uno busca buena compañía.

—Lord Waylord... —respondió Peter, con una frialdad que no se molestó en disimular—. Es posible que sea como dice. Yo, por mi parte, empiezo a pensar que Londres se ha vuelto demasiado pequeña.

—O que algunos intereses nos conducen por los mismos caminos —replicó el otro con suavidad—. No sé de qué se sorprende. En realidad, aunque creemos que así es, la vida nos deja poco margen de maniobra.

—Eso piensan algunos, sí. Los que aspiran a que nada cambie nunca, porque conviene a sus intereses.

—Oh, no, por favor se lo ruego, no siga por ahí. —Lord Waylord alzó una mano con un burlón gesto de espanto—. Ya escuché su mitin el martes pasado. Entre bostezo y bostezo. —Peter lo fulminó con la mirada. El otro rio—. Me sigue sorprendiendo lo ilusos que son en su grupo, Hallwoke.

—Somos soñadores, Waylord. Soñamos con un mundo mejor.

Waylord se echó a reír.

—No entiendo. Usted tiene una vida de lujo y una mujer preciosa a su lado. ¿De verdad necesita un mundo mejor?

Peter entrecerró los ojos.

—¿Lo ve? Esa es la diferencia entre nosotros, milord.

Usted y sus afines creen que busco solo medrar y conseguir algo para mí, solo porque es lo que harían ustedes.

Puesto que son como son, no conciben la posibilidad de que se luche en bien de todos.

Simula que sí, simula ser un progresista preocupado por la sociedad en la que vive, pero se desenmascara a cada momento con esa clase de comentarios.

Waylord no perdió la sonrisa de los labios, pero sí que desapareció la chispa de sus ojos.

Aquel comentario lo había desconcertado y Helen lo conocía ya lo suficiente como para saber que no querría perder más terreno.

Optaría por asumir su derrota en esa batalla dialéctica y así maniobrar para rebajarla al nivel de pequeña escaramuza.

—Como siempre, un placer hablar con usted. Milord, milady... Que tengan un buen paseo —añadió, antes de seguir su camino sin dar pie a más comentarios.

No miró atrás. No le hacía falta. Helen y Peter, por el contrario, sí que contemplaron unos segundos cómo se alejaba, los ojos clavados en su espalda, de hombros anchos y fuertes.

Peter fue el primero en retomar el avance. Durante unos cuantos pasos, ninguno de los dos habló.

—¿Tiene Waylord algo que ver con todo esto, Helen? —preguntó entonces Peter con un tono de voz diferente a cualquiera que le hubiera oído antes. Más duro.

Helen lo miró.

—¿Con qué? —preguntó con aire inocente, aunque sabía a qué se refería.

—Con tus visitas al Parlamento. Con tu enfado. Con lo que me estás pidiendo... —Él la señaló con un dedo y siguió enumerando—: Con añadir esas malditas propuestas feministas a mi proyecto de cambios en la ley. Y con el modo en que lo estás planteando, tan cuidado, tan medido... Tan falso.

—Peter...

—Viene de él, tiene su huella. ¿Verdad?

La pregunta, directa, no admitía evasivas fáciles.

Helen sostuvo su mirada, consciente de que cualquier titubeo sería interpretado como una confirmación. Y, en definitiva, no quería aumentar las mentiras.

—He estado trabajando con él —dijo—. Sí.

Peter dejó escapar una risa breve, carente de humor.

—Por supuesto que sí.

—No es lo que piensas.

—Entonces explícamelo —replicó, sin alzar la voz, pero con una firmeza que ella no le había visto antes—.

Porque lo que yo veo está bastante claro, Helen.

Waylord nunca da un solo paso sin calcular cuidadosamente el terreno.

Y te puedo asegurar que si quiere que yo incluya algo que sabe que va a hacer fracasar mi propuesta es porque le interesa que eso suceda.

—Eso es absurdo. Él no quiere eso, también va a presentar reformas —insistió Helen—. Propuestas sobre el acceso de las mujeres a las profesiones liberales, sobre nuestra situación legal...

Peter negó con la cabeza, con una mezcla de impaciencia y amarga lucidez.