Capítulo 13. ¿Te has vuelto loca? ¡Ese hombre está casado!
¿Te has vuelto loca? ¡Ese hombre está casado!
T odo el Londres elegante comprobó con decepción que Hallwoke no había cambiado de futura esposa.
Peter y Helen iban juntos a exposiciones, a bailes, a la ópera...
En comidas y cenas familiares fue habitual volver al dichoso tema de la fecha de la boda —algo que Helen trataba de esquivar con todo su ingenio— o a dónde irían en el feliz viaje de novios.
Y mientras todos los demás solo pensaban en conseguir que ese matrimonio se materializase cuanto antes, ella esperaba el momento en el que poder charlar de la propuesta que quería que Peter incluyera en su proyecto político.
Pero le parecía ruin hablar de ello tan pronto, después de que él se había presentado pidiendo perdón de un modo tan cariñoso.
Dejó pasar todavía algunos días, pese a que era algo que le quemaba la lengua. Jamás había sido tan paciente en su vida, estaba claro que se estaba haciendo adulta. O eso o le ocurría algo grave. Quizá le había caído una teja en la cabeza y no lograba recordarlo...
Pero tenía que hacerlo, y cuanto antes, no solo porque le parecía algo de pura justicia, sino porque no había habido ocasión, en los varios días de reuniones que llevaba ya con Waylord, en que no discutiera con él por culpa de aquel tema.
El marqués no dejaba de presionar para que lo hablase con Peter cuanto antes y ella no dejaba de decir que necesitaba tiempo, que, para tener alguna posibilidad de éxito, aquello debía ser planteado con cuidado y justo en el momento oportuno.
—A veces, uno ha de crear por sí mismo el momento oportuno, milady —le dijo Waylord en cierta ocasión. No estaba enfadado, aquel hombre no parecía capaz de enfadarse jamás. Eso lo hacía más temible todavía.
—No le entiendo —había replicado Helen, aunque de algún modo sí que lo hacía. Pero no quería creer que le estuviera insinuando que sedujera a Peter.
Él le lanzó una mirada extraña, que casi hizo hervir la sangre en sus venas.
—No se preocupe. Para todo hay un momento oportuno.
Con Waylord era así todo: un juego entre la profesionalidad y la seducción.
Y aunque no le hizo caso —por Dios, no se veía seduciendo a Peter solo por conseguir un objetivo político, por no hablar de que se moriría si volvía a rechazarla—, sí que tuvo muy claro que debía plantear el maldito asunto cuanto antes.
Un momento oportuno, un momento oportuno...
«Podría ser este», se dijo una mañana, mientras desayunaba con él en una de las terrazas cercanas a Hyde Park Corner, un lugar bonito y discreto.
Fue Peter quien la invitó, y se sorprendió cuando vio que lo conocían y lo mucho que lo apreciaban.
Debía ir a menudo por allí, supuso, aunque nunca se lo había mencionado anteriormente.
En realidad, parecía muy de su estilo: no era un lugar bullicioso, sino uno de esos rincones tranquilos donde se podía conversar con calma. A ella también le gustaba.
Habían tomado té, un delicioso pan tostado aún caliente y bien cubierto de mantequilla y mermelada de fresa, scones recién hechos y un poco de fruta, sentados en una mesa apartada desde la que se veía el ir y venir pausado de los primeros paseantes del día: un par de damas acompañadas, algún que otro caballero, un sacerdote con cara de llegar tarde a dar misa, una niñera con un enorme cochecito infantil —debían ser gemelos—, unos cuantos carruajes yendo y viniendo...
Después, dado que todavía contaban con una hora antes de que Peter tuviera que acudir al Parlamento, habían decidido continuar el paseo hacia el interior del parque.
Helen siempre pensaba que Hyde Park olía de un modo muy especial a aquella hora de la mañana, de una forma muy distinta a la de cualquier otro momento del día.
Todo era mucho más intenso: la humedad del lago, el follaje de los árboles, el aroma combinado de las flores que se mecían con la brisa, el de la tierra húmeda y, sobre todo, la hierba.
¡Aquel maravilloso olor a hierba recién cortada!
Ojalá pudiera embotellarlo y llevarlo siempre consigo.
Por eso le gustaba pasear temprano, ya fuera con su familia o con lady Juliet, o, como ese día, con Peter. Incluso aunque ambos estuvieran tan tensos.
Helen caminaba con las manos sujetando con fuerza el mango de la sombrilla que apoyaba en un hombro, y Peter, a su lado, manejaba con elegancia su bastón.
Unos pasos por detrás, Rose mantenía la distancia adecuada: lo bastante cerca como para cumplir su función, lo bastante lejos como para no entrometerse en una conversación que, a decir del tono bajo y sostenido, no admitía testigos.
Seguro que pensaba que hablaban de cómo resolver los últimos rastros de su enfado, de alguno de los eventos compartidos o a los que iban a ir, o, mejor todavía, de cosas románticas. De la fecha de la boda —solo pensar en eso, le daban ganas de gritar— y asuntos así.
Nada más lejos de la realidad.
—Te pido por favor que lo pienses mejor e incluyas la igualdad salarial en la propuesta —estaba insistiendo ella en ese momento.
Por fin se había decidido, no sabía si lamentarlo—.
La cosa no es que lo conviertas en el eje de tu propuesta ni mucho menos, solo que lo incluyas como una petición más.
Que esté ahí, Peter. Es el único modo de que obligue a quien la escuche a enfrentarse a la idea y a posicionarse.
Peter no respondió de inmediato. Caminaba con la mirada fija al frente y aire reflexivo. Helen llegó a pensar que, directamente, ni siquiera le había prestado atención, que no había llegado a oírla. Pero no era así.
—Dime una cosa, ¿hiciste por fin ese informe para Waylord? —Ella miró para otro lado—. ¿Eso es un «sí»?
—No quiero hablar de ello. No tiene nada que ver con esto.
—¿No? —Agitó la cabeza—. Me han llegado rumores...
—Oh, por favor —se burló—. ¡Lord Hallwoke haciendo caso a los rumores!
—No mucho. Pero me pregunto si has ido por Westminster estas últimas semanas, tal como también se rumorea. —Helen no dijo nada—. De ser así, no me has visitado. Ni a tu padre tampoco.
Ella lo miró con sobresalto.
—¿Lo habéis hablado?
—No. Se lo sonsaqué sin que se diera cuenta. Aunque supongo que alguien se lo dirá tarde o temprano. O lo pensará él mismo y se preguntará qué está pasando. —Peter suspiró—. ¿Qué está pasando, Helen?
—Nada. No es tan sencillo —añadió al momento al ver su gesto de reproche—. Prefiero que hablemos de la propuesta de...
—La propuesta... ¿Quieres, de verdad, hablar de política, en vez de hablar de lo que está pasando entre nosotros?
—Entre nosotros no pasa nada. Hace unos días discutimos. Mucho. Luego te has disculpado y yo me he disculpado, ambos sinceramente y en la misma medida. Ya está. No te pongas dramático, Peter. Además, lo que yo tenga que hacer o no en Westminster no tiene nada que ver con nosotros.
—¿No?
—No.
Él asintió, aunque poco convencido.
—Vale. —Peter apartó una piedrecilla con un movimiento lateral del bastón—. Pues, respecto a eso, qué más quisiera... Yo te entiendo, de verdad que sí. Pero no se trata solo de lo que es justo, Helen, sino de lo que puede conseguirse sin que todo se venga abajo como un castillo de naipes.
Helen recordó la discusión con Waylord, sobre lo que era útil, lo que era correcto y lo que era, tristemente, posible. Estaba claro que Peter y él no eran tan diferentes como creían.
—No ocurrirá.
—Pareces muy segura de eso y, sin embargo, yo estoy seguro de lo contrario. Si introduzco demasiados elementos que generen rechazo, perderé apoyos antes siquiera de empezar.
—¿Y si lo que dejas fuera es precisamente lo más importante?
—preguntó Helen, volviéndose hacia él con una intensidad que no disimuló.
En verdad, se sentía indignada cada vez que escuchaba esa clase de argumentos—.
¿Cuánto tiempo más va a seguir considerándose secundario lo que afecta a la mitad de la población?
Peter esbozó una leve sonrisa, sin rastro de burla.
—Perdona, no quise dar a entender que fuera un tema menor. Digamos que no es una cuestión de importancia, sino de oportunidad.
—Dios mío... Eso es exactamente lo que se lleva diciendo demasiado tiempo. Porque así lo deciden los hombres.
—Oh, vamos, Helen... Sé lo importante que es todo esto para ti y me gustaría poder ayudarte más.
Pero es algo que no tiene solución inmediata, ambos lo sabemos, y hoy hace una bonita mañana.
—Le lanzó una de sus miradas soñadoras. De un modo muy secundario, Helen se percató de cuánto las había echado de menos—.
Ya está, ya hemos hablado del tema. ¿No podemos centrarnos en nosotros, para variar?
—¡No! ¡Maldita sea, ya te he dicho que no!
—Al ver que la miraba dolido, se arrepintió del tono.
Y de las formas—. Perdona, Peter, perdóname.
No he debido hablarte así. Pero debes entender que, para mí, esto no es un juego.
Cada paso dado en la lucha por la igualdad de la mujer me acerca a mi objetivo.
—Lo sé. Yo... —Iba a decir algo, quizá que hubiera preferido ser él ese objetivo, y no su ansia por ser reconocida como abogada, pero cambió de idea y dejó escapar un suspiro—. Perdona. Lo entiendo.
—No, no lo entiendes. Si lo entendieras, en vez de ofrecer distintas versiones de «no puede hacerse» estarías buscando el modo de hacerlo, sin más. —Se llevó una mano al corazón—. Porque sentirías aquí dentro que lo único que importa, lo único, es que esa situación espantosa cambie.
Él asintió con gravedad.
—Vale. Pero en serio que lo entiendo. Lo que pasa es que no sé cómo poder ayudar, la verdad.
—Pues es muy sencillo, ya te lo he dicho: presenta la propuesta de igualdad salarial.
Me consta que va a ser difícil que salga adelante, pero tiene que hablarse de ello, tiene que pensarse en ello.
Y, además, sabes tan bien como yo que todo depende de cómo se hagan las cosas.
Lo mejor sería plantearlo como una cuestión de coherencia dentro del propio sistema...
No sé si me explico. No como una ruptura, sino como una corrección.