Capítulo 12. Lo que no se siente no existe
Lo que no se siente no existe
T ras lo ocurrido en el teatro estuvieron varios días sin verse, tanto que sus familias empezaron a alarmarse, sobre todo cuando los rumores de que habían discutido en la obra se extendieron por todo Londres.
¿Se había roto el sempiterno compromiso entre lady Helen y lord Hallwoke?, se preguntaban muchos, a menudo con burla. Esa impresión daba, a decir de la distancia tomada por ambos, que no volvieron a verse juntos en público durante semanas.
A esto se unió el rumor de que el vizconde Denham había visitado a escondidas al joven barón en el palacio de Westminster.
Hubo quien afirmó que, tras todo ello, estaba el posible nuevo compromiso de lord Hallwoke, esta vez con la encantadora hija de lord Denham, la Honorable Meredith Randall.
¡El atractivo y prometedor Hallwoke —había quien decía que sería primer ministro antes de cumplir los treinta años— y la joya de la temporada!
¿Podía plantearse un matrimonio más encantador?
¡Mucho mejor para él que casarse con aquel esperpento de lady Helen que, por muy hermosa que fuera —aquellos ojos violetas habían arrancado casi tantos suspiros como su dinero— y por mucha fortuna que pudiera ofrecer, no dejaba de estar algo loca!
Era extraña a veces y poco correcta siempre; imprevisible, escandalosamente inquieta para una joven de su posición y capaz de organizar una catástrofe social en cualquier momento.
Pero claro, ¿qué otra cosa podía esperarse, dadas sus circunstancias?
Esas eran las perniciosas consecuencias de los estudios en una mente femenina, se afirmaba en eventos y salones, en fiestas y parques, mientras la gente añadía detalles a una historia que empezaba a parecerse muy poco a la original.
Y, por si fuera poco, empezó a circular la idea de que lady Helen había sido vista rondando, totalmente sola, por los pasillos del propio palacio de Westminster.
¿Acaso eso no significaba que estaba intentando recuperar el interés de su antiguo prometido, que se pasaba allí el día trabajando, todos lo sabían?
¡Y para poder contactar con él hasta se había atrevido a adentrarse por aquel lugar, territorio por completo masculino, sin una doncella que respaldase su posición y su reputación!
Menudo montón de tonterías... De tener el más mínimo interés en contactar con él —que lo tenía, sin duda, pero antes se tiraría a un volcán que reconocerlo— solo tenía que ir a la casa de al lado y llamar a la puerta.
A medianoche, seguro que lo encontraba, y, como estaría dormido, podría darle un buen puntapié en el trasero antes de correr de vuelta a la suya para encerrarse y ponerse a salvo de venganzas.
Pero que la hubieran visto... Eso preocupaba mucho a Helen.
¿Quién había sido, quién extendía los rumores?
Cualquiera, claro. Tras su primera reunión, en la que no le había importado quién pudiese percatarse de su presencia —bien podía estar por allí para una visita a su padre—, había tratado de tener mucho cuidado y ser muy discreta.
Pero, en un lugar así, era prácticamente imposible pasar desapercibida.
La gente hablaba y hablaba, y lady Beth empezó a preocuparse y lord Terrace andaba reflexivo por los rincones, seguro que considerando si había llegado el momento de llamarla a su despacho para aclarar el asunto.
Por eso, cuando al fin, un día, Peter se presentó de visita en Terrace House con el fiel Sócrates trotando a su lado —lo que le trajo a la memoria un lejano día que se encontraron en la calle, la primera vez que hablaron de verdad y charlaron de libros—, Helen se preguntó si no estaría relacionado también con aquello.
Pero Peter no mencionó el tema, solo se disculpó sinceramente por lo ocurrido en The Magic y prometió no volver a dudar jamás de sus decisiones.
—Lo siento mucho, Helen —le dijo, contrito, y ella sintió una punzada de dolor en el pecho—.
Estoy arrepentido de haber provocado tu enfado.
No supe cómo llevar aquella discusión en el teatro.
—La miró con unos ojos cargados de sinceridad.
¡Querido Peter! No había joven más bueno en todo el Imperio británico—.
Me disculpo y te ruego que dejemos atrás las hostilidades.
Helen suspiró.
—No, olvídalo. Soy yo la que se disculpa —susurró, y corrió a él para abrazarlo. Quería protegerlo incluso de sí misma—. Perdóname, Peter, por favor, perdóname. Sé que, en ese asunto, solo hiciste lo que consideraste mejor para mí.
—En realidad, así es. Pero seguramente me equivoqué y, en todo caso, no debí imponerte mi criterio.
Me consta que eres perfectamente capaz de decidir por ti misma...
y que, al final, siempre eres sensata. —Vaya.
¿Qué responder a eso? Se tensó un poco entre sus brazos, pero él no se dio cuenta—.
¿Podemos olvidarlo, por favor? Te echo muchísimo de menos.
Helen sintió un profundo desaliento. Él no lo entendía, pero aquello no había empezado en la sala, solo había estallado allí.
Con aquella discusión a cuenta de Waylord, el abismo que se había creado entre los dos —el que estaba ya, puesto que se había abierto antes del regreso del propio Peter— se había ensanchado notablemente.
Helen lo lamentaba mucho, sufría con ello.
De niños, nunca jamás se habían enfadado, y menos de aquella manera tan absoluta.
En buena parte, entendía que la culpa era suya, pero no podía evitarlo, era superior a sus fuerzas.
Entre el enfado que la perseguía siempre y los remordimientos por lo que estaba ocurriendo con Waylord, se sentía cada vez peor.
Se odiaba.
—Vamos a olvidarlo, sí —asintió.
—Gracias —replicó él, feliz, y la estrechó con fuerza contra su pecho.
Y, entonces, de pronto, ambos fueron muy conscientes de que estaban solos en aquel saloncito de Terrace House, y abrazados de un modo totalmente impropio. Helen alzó la vista y se topó primero con la boca y luego con los ojos verdes de Peter, que la miraban con un brillo curioso.
Llevada por un impulso, se puso de puntillas y le plantó un beso en los labios.
Quería probar, quería saber si podía experimentar algo...
especial entre sus brazos, aunque fuera solo una parte minúscula de lo que sentía solo con estar en la misma habitación que Waylord.
Ella ya no era la niña de otros tiempos, la que estaba maravillada por una sonrisa, un baile a solas en el invernadero y un beso bajo las estrellas.
Quería pasión, comprendió. Quería todo lo que prometía la mirada de Waylord. Quería arder como una tea entre los brazos de Peter, abrasada por sus besos...
Pero él se apartó con sobresalto y rio nervioso.
—Helen, ¿qué haces? —Ella se ruborizó. Entre las muchas alternativas, no había contado con la de un rechazo directo—.
¡Estamos en casa de tus padres! Debemos comportarnos.
—Comportarse... Debían comportarse, era todo lo que concluía de aquel intento de pasión entre ellos.
Peter se dirigió rápido hacia la puerta—.
Voy... voy a pedir que traigan el té, ¿te parece?
Sin esperar respuesta, salió, dejándola sola en la salita.
Helen no reaccionó ni siquiera entonces.
¿Para qué? ¿Y cómo? Estaba demasiado consternada.
En el instante en que sus labios habían estado unidos, no había sentido nada llamativo, nada lejanamente apasionado.
Nada que pudiera compararse a las descripciones de los besos —voluptuosos, sensuales, vehementes, eróticos— en las novelas románticas que había leído: no había notado que se hundiera el mundo a su alrededor, ni que el corazón se le fuese a salir del pecho; y ni siquiera había oído explosiones, campanas o música más o menos lejana, o cualquier otra cosa remotamente parecida a todo aquello.
Besar a Peter había sido como besar a un hermano, y eso era terrible.
Espantoso.
Pero ¿qué podía hacer? Nada. Podía no sentir pasión por él, o él por ella, pero lo quería y lo último que deseaba era romperle el corazón. Supuso que a él le pasaba lo mismo, que por eso había salido corriendo. Peter tampoco quería hacerle daño.
No hablaron del tema, era como si nada hubiese ocurrido. Y a partir de entonces, su vida volvió a una aparente normalidad.