Capítulo 11. Las reformas no se imponen, se negocian #3
—No ahora mismo —replicó Waylord, y parecía sincero—. Pero podría serlo mañana, y lo fui ayer, porque formamos parte de grupos que piensan muy distinto del mundo, milady, eso no puedo ni quiero negarlo. Pero en esto —clavó un dedo sobre el informe— pensamos lo mismo.
—Lo sé —asintió Helen—. Los dos son hombres progresistas.
—Así es. Pero Hallwoke no lo tendrá en cuenta, no hará excepciones, porque está empezando, se siente inseguro y temerá correr riesgos. Si sospecha que estoy implicado, rechazará cualquier idea antes siquiera de valorarla. —Una leve pausa—. No por usted, sino por mí.
Helen frunció el ceño.
—Me está pidiendo que se lo oculte.
—Le estoy pidiendo que no echemos a perder una buena oportunidad de mejorar el mundo —corrigió él con suavidad—. A veces, milady, la verdad necesita elegir bien el momento de presentarse. Y, en otras ocasiones, incluso es mejor que no aparezca.
Tenía razón. Peter se había mostrado muy hostil con él en el teatro.
Recordó su ceño, su enfado, la frialdad con la que le había hablado, su oposición total a que elaborase el informe.
¿Tendría razón Waylord, era porque se sentía inseguro?
Fuera como fuese, o mucho se equivocaba o se negaría de plano a semejante acuerdo.
Si quería aceptar, tendría que hacerlo manteniendo ese secreto.
Y quería aceptar, mucho. Se sentía halagada por el hecho de que alguien como lord Waylord, alguien que aparecía de forma habitual en los periódicos, que trabajaba con los que proponían leyes y cambiaban el mundo, quisiera su opinión como una especie de consultora experta en el tema del feminismo.
Sería como trabajar en el Parlamento pese a ser mujer. La tentaba muchísimo.
Además, debía admitir que la idea de tener una excusa para encontrarse con Waylord cada semana le alteraba la sangre y le aceleraba el corazón. Menuda locura... ¡Era un hombre casado! Pero no podía evitarlo.
Existía el divorcio, pensó de pronto.
Un escalofrío recorrió su espalda. Existía, sí...
y no era del todo imposible que pudiera abrirse, de algún modo, un futuro entre Waylord y ella.
Uno en el que pudieran dar rienda suelta a toda aquella pasión que se movía entre ellos, soterrada, apenas insinuada, pero imposible de ignorar, y en el que, quizá, pudieran afrontar juntos numerosas reformas legislativas que cambiarían el mundo.
Waylord no era un muchacho en sus inicios, como Peter, alguien sin mayor peso político que un título de cortesía y la expectativa de lo que podría llegar a ser, si es que llegaba realmente a algo.
Waylord, no. Él ya no tenía nada que demostrar.
Era un hombre, completo y magnífico, famoso por su actividad política a lo largo de los últimos diez años, habitual de las portadas de los periódicos y conocido de todo aquel que era alguien en Inglaterra.
A su lado sí que podría conseguir objetivos.
Podría ser abogada, soñó en un instante que sintió eterno.
Podría asistir a fiestas y reuniones de alto nivel, del brazo de Waylord.
El divorcio... el divorcio supondría un escándalo y la alta sociedad lo reprobaba con fuerza.
Sus padres se disgustarían enormemente si se casara con un hombre divorciado, podía imaginar su horror y su rechazo.
Pero si luchaban por ello, quizá podría conseguirse.
Tal vez el tiempo terminaría suavizando el juicio de los demás; tal vez no serían los únicos en desearlo.
Quizá, incluso, muchos que querían divorciarse, pero no se atrevían, vieran en ello la oportunidad de hacerlo, de sumarse a algo que, con el tiempo, pudiera dejar de parecer imposible, aunque esa idea, en el fondo, sonara más a esperanza que a certeza.
Y ella sería lady Waylord. Y sería abogada... Tendría a su lado a ese hombre magnífico.
Lo tendría todo.
El silencio se extendió durante largos segundos bajo la penetrante mirada de Waylord.
—Una vez por semana —accedió ella al fin, con una extraña sensación de fatalidad.
Como si algo la arrastrara en su interior—.
Y solo mientras tenga sentido —añadió, forcejeando contra todo aquello y contra él.
Que no se pensara que la había conquistado por completo.
No era así. No quería que fuese así—. Si vemos que no soy de verdad necesaria, dejaré de venir.
—Por supuesto.
—Bien. Respecto a lo otro... Hablaré con Peter. No puedo prometerle más, pero veré qué puede hacerse.
Waylord asintió, complacido.
—Con eso me conformo, milady —replicó, con una inclinación cortés—. Ya me irá informando de los avances. No quiero meterle prisa, solo recuerde que es muy importante, mucho, para nuestra causa común.
—Lo haré, desde luego. —Helen se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir—. Y, milord... —añadió, girándose apenas—. Recuerde que me ha dado su palabra.
Waylord sostuvo su mirada, pero no respondió.
Helen se fue y el despacho quedó en silencio, bañado por la misma luz clara que lo embellecía todo, pero que no se llevaba las sombras, solo las empujaba a ocultarse en los rincones.
Waylord, que lo sabía bien, no se movió durante unos segundos.
Luego, muy despacio, se sentó tras su escritorio y volvió a abrir el informe.