Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 11. Las reformas no se imponen, se negocian #2
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Capítulo 11. Las reformas no se imponen, se negocian #2

—La justicia, de nuevo. Me recuerda mucho a mí mismo cuando empezaba por aquí.

—Miró alrededor—. Lo que hacen el tiempo y las decepciones...

En fin, volviendo a Hallwoke, ¿por qué no le habla de esto, milady?

¿Por qué no le pide que incluya alguna de sus propuestas?

No digo que lo haga con todo, pero si desliza algo...

—¿Algo como qué?

Waylord se lo pensó un momento.

—La igualdad de sueldos, creo que es lo más factible.

Si entre todas las propuestas que hace estuviera también esa, tan bien argumentada como está en su escrito, muchos hombres como yo, o como el propio Hallwoke, verían lo injusto que es que hombres y mujeres cobren distinto por realizar el mismo trabajo, solo en base a una diferencia física y a razonamientos tradicionales que fomentan y perpetúan la discriminación.

Y avanzaríamos mucho por la causa porque, cuando yo presente nuestra propuesta, mucho más ambiciosa —señaló otra vez el informe—, existirá ya ese apoyo previo.

Helen sintió que el corazón se le aceleraba ante la perspectiva. Sí... Era una idea soberbia. Podría empezarse por la igualdad de sueldos y seguir con todo lo demás, en un ataque demoledor contra aquel sistema injusto.

Pero...

—Peter... Lord Hallwoke no querrá, me temo —susurró, contrariada—. Ya lo hablamos una vez, aunque brevemente. Dijo que lo veía poco factible.

—Poco factible —repitió Waylord. Ella asintió—. Por supuesto, de ahí mi preocupación. Pero es lo correcto, ¿no? Usted misma acaba de defenderlo con toda energía.

Ella titubeó, lamentando haber entrado en ese despacho.

—Sí. Lo es.

Waylord la observó unos segundos. Agitó la cabeza.

—Nadie dijo que fuera una guerra fácil de ganar, lady Helen —dijo, con amabilidad—.

Yo me enfrento a hombres iracundos cada día, hombres egoístas y muchas veces viles, y tengo que bregar por cada centímetro de derecho para los ciudadanos.

Usted tiene que afrontar una batalla más agradable, porque Hallwoke la ama.

—Helen parpadeó. ¿Sería eso cierto? ¿Peter la amaba?

Que la quería, era seguro, pero amarla...

Ojalá fuera así, pero ya no estaba segura de nada—.

Los hombres son valientes cuando interviene el corazón.

Ese muchacho solo necesita un pequeño impulso.

Estoy convencido de que alguien con su influencia —añadió él, con una leve inflexión— sabrá indicarle cuál es el camino correcto.

Ella inclinó la cabeza, apesadumbrada.

—Creo que me concede más ascendente del que tengo.

—No sea modesta. Sabe tan bien como yo que usted es la única persona a la que escuchará de verdad.

—No —corrigió ella—. En otra época, quizá. Pero no estoy segura de cuánto queda del antiguo Peter en lord Hallwoke.

Waylord lanzó una risa queda.

—De verdad que siempre me sorprende, milady. Es usted mucho más inteligente de lo que nunca hubiera supuesto. Pero, por supuesto, es abogada, como yo...

—No, como usted, no. Usted estudiaría en Oxford o Cambridge, y tuvo ante sí todas las opciones posibles. Yo no disfruté ni de fiesta de celebración, solo algo muy íntimo con mi familia. Mi logro, para muchos, era algo de lo que avergonzarse.

Waylord la miró con simpatía.

—Oxford. Estudié en Oxford. —Ella asintió.

No había nada que decir. Waylord se apoyó en el escritorio, frente a ella, con las manos en los bolsillos del pantalón y un gesto ligero.

No invadió su espacio, pero lo redujo con una naturalidad calculada, como quien acorta distancias en una negociación—.

Lady Helen... —bajó ligeramente la voz; la volvió aterciopelada—.

Tiene que intentarlo, pese a todo. Usted es lo bastante inteligente como para entender que las reformas no se imponen, se negocian.

Se introducen poco a poco, de forma que no provoquen rechazo.

—Lo entiendo —replicó ella—. Y entiendo su estrategia, milord. Quiere que lo ayude a utilizar a Peter como caballo de Troya para ir introduciendo nuestras ideas en la sociedad.

—Bueno, de algún modo, sí, así es. Porque no quiero que le mencione mi nombre. Sabe que me considera un adversario, aunque no lo soy. Decir que estoy tras todo esto solo llevará a que rechace de plano nuestra propuesta. Y necesitamos que sobreviva, milady, que su grupo, que su comisión, la impulse.

Ella apretó los labios.

—Usted cometió el error de hablar del informe en su presencia.

—Cierto. Y créame que ahora me lamento. Pero lo hecho, hecho está. Solo queda seguir con lo que puede resultarnos... útil.

Estaba tan atractivo. Y tan decidido a sacar adelante todo aquello... A menos que fuera un gran engaño.

—Júreme que presentará su propuesta —le dijo, deseando creerlo—. Que esto no es solo una maniobra para alguna acción política tortuosa de la que yo no tengo ni idea. Júreme que de verdad tiene intención de impulsar estas peticiones, milord.

Waylord la observó con una atención distinta ahora, menos analítica, más... personal.

—Se lo juro. ¿Lo quiere por escrito? Lo firmaré.

Helen no respondió de inmediato.

—No —dijo al fin—. Voy a fiarme de su palabra. Como dijo al principio de esta entrevista, somos una dama y un caballero.

Él parpadeó, como si aquella respuesta le resultara, por algún motivo, inesperadamente grata.

—No estoy en contra de usted, lady Helen, ni estoy en contra de Hallwoke. Como le digo siempre a él, estoy a favor de lo que puede lograrse. —Se inclinó más hacia ella, hasta que sus rostros quedaron muy cerca. Demasiado—. Aunque a veces, lo que se desea resulte muy difícil de conseguir.

Helen sintió que todo su cuerpo crepitaba en el mismo instante en que lo que ocurría en ese despacho dejó de ser una cuestión intelectual.

Lo supo: aquella mirada no dejaba lugar a dudas; ni su cercanía ni el aroma, mezcla de sudor limpio y caro perfume masculino, que la envolvió por completo.

No hubo gesto impropio ni intención explícita, pero sí una cercanía que alteraba el aire que se movía entre ellos y que lo volvía imposible de ignorar.

—Es curioso —dijo ella, en voz más baja, tratando de mostrarse valiente en un terreno que desconocía prácticamente por completo—. Siempre habla de límites, de lo posible, de lo que se puede y no se puede conseguir..., pero es usted quien no deja de acercarse.

Waylord no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros no se separaron de los de ella, no dudaron ni un segundo.

—Y usted —murmuró— no se aparta, lady Helen.

En realidad, sintió el impulso casi irrefrenable de hacerlo, como haría cualquier cervatillo de notar que lo ronda un tigre.

Pero no quería retroceder. No le daba la gana.

Waylord podía ser un depredador, y uno magnífico, que la hacía estremecer de pies a cabeza, pero ella no sería una víctima. Jamás.

Fue él quien se apartó.

No con brusquedad ni con incomodidad, sino con una decisión clara, como si hubiera cruzado una línea invisible y hubiese decidido no seguir avanzando.

Se enderezó, recuperando la distancia y, con ella, el control.

—Creo que hemos terminado por hoy —dijo, volviendo al tono habitual.

Helen tardó un segundo en responder.

—Sí —dijo—. Creo que sí. —Se puso en pie. Se enorgulleció de lo normal que debía parecer, pese a lo mucho que le temblaban las piernas—. Supongo que está todo dicho...

—En realidad, no. —Waylord se frotó la mandíbula—.

No sé si va a gustarle la idea, pero, si queremos que esto tenga alguna posibilidad, necesitaremos trabajar con mayor detalle.

Sus ideas son excelentes, pero requieren forma...

contexto. Podría hacerlo yo solo o con alguno de mis ayudantes, pero preferiría que una mujer estuviera tras todo esto, y que fuera usted, por supuesto. Le ha dado alma al proyecto.

Helen lo miró con cautela.

—¿Y qué propone?

—Reunirnos. Una vez por semana. Aquí, o donde resulte más discreto, aunque pienso que este es el lugar ideal. Usted me ayudará a afinar la propuesta desde su perspectiva femenina y feminista..., y yo me encargaré de que tenga opciones reales de sobrevivir en el Parlamento.

Ella titubeó.

—¿Y lord Hallwoke? No creo que le guste la idea.

Waylord sostuvo su mirada un instante, midiendo la respuesta.

—Lord Hallwoke —dijo al fin— es un hombre inteligente..., pero también orgulloso, y me considera un adversario político.

—¿Lo es?