Capítulo 11. Las reformas no se imponen, se negocian
Las reformas no se imponen, se negocian
N o era la primera vez que Helen entraba en el Parlamento.
Había acompañado a su padre en más de una ocasión y conocía muy bien los pasillos, las escaleras, los accesos y hasta las miradas —entre curiosas y hostiles— que siempre se posaban sobre una mujer joven que caminaba con demasiada seguridad por un lugar que no estaba pensado para lo femenino.
Pero esa mañana era especial, porque nunca había ido por iniciativa propia, con un propósito distinto al de su padre. De hecho, era de esperar que el conde de Terrace no llegase a enterarse jamás, o al menos en mucho tiempo.
No le resultó difícil llegar hasta la zona donde se encontraban los despachos asignados a los afines a lord Waylord, aunque no sabía exactamente adónde debía ir. Un ujier, que la reconoció vagamente, accedió a anunciar su presencia y la hicieron pasar de inmediato.
En el Palacio de Westminster no era habitual que cada parlamentario dispusiera de un despacho propio; la mayoría se arreglaba con salas compartidas, mesas de trabajo o estancias de uso común.
Contar con un espacio reservado era, por tanto, un privilegio ligado más a la influencia que a la norma.
Era el caso de su padre, lord Terrace, que lo tenía desde hacía años.
En el de lord Waylord sucedía algo semejante. Su posición, sus alianzas y el peso que había ido acumulando dentro de su grupo hacían natural que dispusiera de una sala que, sin ser oficialmente suya, todos consideraban como tal y a la que solo unos pocos tenían acceso.
El despacho del marqués no se parecía en nada al de su padre —que había sido decorado con todo lujo y con la ayuda de lady Beth—, ni lo que Helen habría imaginado de haber pensado en ello.
No era ostentoso, ni recargado ni, mucho menos, lujoso.
Por el contrario, resultaba sobrio sin dejar de ser elegante, y se preguntó si lo habría amueblado y llenado de detalles él mismo o si se habría ocupado de ello su esposa.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera oscura muy bien ordenadas, en las que convivían tratados de Economía, Derecho y Política con una sorprendente cantidad de volúmenes de Historia antigua y otros de varios géneros.
En las paredes no había retratos de familiares ni escenas de caza, sino varios grabados maravillosos de Albrecht Dürer cuidadosamente enmarcados.
Y, sobre todo, había luz.
Dos grandes ventanales enrejados, terminados en arco gótico, dejaban entrar la claridad de la mañana londinense. Aquella luz embellecía el espacio aún más. Helen lo percibió de inmediato. Y, sin embargo, no se dejó engañar. Había en todo, incluso en el resplandor, algo muy oscuro.
O quizá ella lo veía así. Tenía el espíritu en sombras desde hacía meses, desde la noche de Hamlet y su discusión con Peter.
Se habían seguido viendo, por supuesto, habían continuado con el cortejo y se habían divertido en fiestas y asistido a numerosos eventos.
Pero nada había vuelto a ser lo mismo. Se habían alejado mucho y ahora no sabían cómo encontrar el camino de vuelta.
Menos mal que él había tenido mucho trabajo con sus asuntos del Parlamento.
Menos mal que ella había contado con la elaboración de aquel informe para llenar sus horas, una tarea que la había llevado de un lado a otro durante meses, con la intención de entrevistar a mujeres de todo tipo.
Solo Rose, que la acompañaba siempre, sabía la verdad —y no dejaba de lamentarse—, aunque Peter lo sospechaba, seguro. De ahí buena parte de su frialdad.
Waylord estaba sentado tras el escritorio cuando la anunciaron, aunque se puso de pie en cuanto Helen entró en el despacho. La observó con aquellos ojos perspicaces que parecían estar siempre evaluando a un adversario.
—Lady Helen... —dijo al fin, inclinando ligeramente la cabeza—. Confieso que no esperaba que fuese tan puntual.
—¿Es algo personal, o lo piensa de todas las mujeres? —respondió ella, con tono ligero. Él sonrió apenas.
—Tiene razón. Hasta yo incurro en ese tipo de juicios heredados.
—No se preocupe. Todos hemos sido educados de un modo concreto. Lo que importa es irse dando cuenta de ello y tener auténtica voluntad para cambiar las cosas.
—Opino igual, sí...
Helen avanzó unos pasos y dejó el informe, perfectamente encuadernado, sobre el escritorio. Pocos días antes le había enviado una nota avisándolo de que ya estaba terminada la tarea; en respuesta recibió la fecha y la hora para esa cita.
—Aquí lo tiene —dijo—. Es lo que me pidió. Sé que he tardado un poco más de lo debido...
—Han sido casi tres meses —replicó él, mirando el cuaderno, pero sin tocarlo.
—Cierto. Lo lamento. Quería hacerlo bien.
—No pasa nada. Me alegro, de hecho. Pensé que estaba ocupada con lo de su boda. Ya sé que anunciaron fecha. Por favor, permita que la felicite.
Helen se sobresaltó.
—¿Qué fecha? ¿De qué habla?
Él se echó a reír.
—Tendría que haber podido ver la cara que ha puesto. Lo lamento, solo era una broma. No he podido evitarlo.
—Pues no ha tenido ninguna gracia —replicó Helen frunciendo el ceño.
Todavía sentía el corazón en la garganta.
¡Qué sobresalto! ¿Estaría al tanto aquel hombre de que Peter y ella estaban pasando por un mal momento?
Supuso que sí. Lo sabía todo Londres desde que los rumores de lo ocurrido en The Magic se extendieron por todas partes, como la pólvora.
—Me vuelvo a disculpar, entonces. No se enfade. —Señaló una de las sillas para visitas—. Por favor, siéntese. Así también podré hacerlo yo.
—No se preocupe, no me debe ninguna cortesía. Esta es una reunión de trabajo. Siéntese si quiere.
—Si es una reunión de trabajo, soy el jefe. Siéntese. —Ella hizo una mueca y obedeció. Él ocupó su sitio tras el escritorio—. Dice que es lo que le pedí... ¿Y es también lo que usted piensa?
—Desde luego —replicó Helen—. No me dedico a la novela, milord. No acepto encargos en los que tenga que fingir. Si lo he escrito es porque lo sostengo.
—Bien. —Lo abrió allí mismo, apoyándolo sobre la superficie del escritorio, y comenzó a leer con una concentración que resultaba casi incómoda, porque no tenía nada de teatral. No hojeaba, no buscaba titulares: leía. Y, a decir de los cambios de su expresión, entendía.
Helen no se movió. Lo observó en silencio, consciente de que aquel momento tenía más importancia que cualquier conversación que hubiese mantenido con él. Le estaba mostrando, sin reservas, cómo era lady Helen Bowler por dentro, qué pensaba, cómo veía el mundo y qué respondía su corazón.
Pasaron varios minutos antes de que Waylord cerrara el informe.
—Es excelente —dijo, sin matices. Repiqueteó los dedos sobre la tapa—. Demasiado, incluso.
Ella arqueó una ceja.
—No sabía que la excelencia fuera un problema.
—Lo es en algunos casos, me temo —respondió él, con tranquilidad—, sobre todo cuando obliga a posicionarse.
¿Y eso qué quería decir? Helen se negó a preguntarlo, lo que provocó un breve silencio.
—Ha sido muy clara, milady —continuó Waylord—.
Derecho de las mujeres a ejercer profesiones liberales...
—apoyó la yema de los dedos sobre el documento—, igualdad salarial en trabajos equivalentes...
, reformas legales que eliminen la dependencia jurídica del marido...
El derecho al voto, a tener una voz propia en la política del país.
—Alzó la vista—. No deja demasiado margen para la interpretación.
—No era mi intención dejarlo.
Él asintió lentamente, como si aquello confirmara algo que ya sospechaba.
—¿Sabe lo que ocurrirá si se presenta una propuesta que pida que se reconozca todo esto?
—Sí —respondió Helen—. Que lo rechazarán.
—En masa.
—En masa.
Olvidando sus propias palabras sobre caballeros y damas, Waylord se levantó, se apartó del escritorio y empezó a caminar despacio de un lado a otro, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Y, sin embargo, usted lo ha escrito así —continuó al cabo de un momento, como si la conversación no se hubiese fragmentado—. Lo ha integrado todo como muy importante. Como vital. Todo es vital.
—Sí.
—¿Por qué?
Helen no dudó.
—Porque es lo correcto.
Él se detuvo.
—Lo correcto no siempre es útil.
—Y lo útil no siempre es justo. Al escribir eso, no me planteé su utilidad, milord, sino su justicia. Que fuera lo correcto.
—Muy loable. Pero yo soy el político que tiene que defender esas propuestas ante hombres que no quieren ni oírlas. Por eso le digo que lo que no es útil no sirve para nada, milady. O de muy poco.
—Es posible. Pero si no pedimos justicia, milord..., ¿qué buscamos?
Durante un instante, se miraron sin decir nada más.
No era una confrontación abierta, pero tampoco un simple intercambio de ideas: había en el aire una tensión más profunda, algo que tenía que ver con la forma en que ambos entendían el mundo, que no era de por sí contraria en el fondo —Helen esperaba no equivocarse en eso, al menos—, aunque sí en la forma de abordar la lucha.
Waylord retomó el movimiento, más despacio.
—Busquemos justicia, entonces —convino—. Busquemos el mejor modo de lograr nuestros objetivos. Y le diré que tengo una idea. Pero para sacarla adelante, voy a necesitar que siga ayudándome.
Ella asintió.
—Lo escucho.
—Por lo que sé, Hallwoke está trabajando en una propuesta sobre condiciones laborales —dijo, y ella se sobresaltó.
Había esperado que le pidiese otro informe o más datos sobre algo en concreto.
Pero no. Estaba relacionado con Peter—. Regulación de horarios, ciertas mejoras en seguridad...
avances medidos. ¿Recuerda nuestra conversación en el teatro, sobre los empresarios?
—Helen asintió—. Los nuestros, los empresarios ingleses, están enfadados, pero los tiempos cambian y esas son propuestas que, con esfuerzo, podrían salir adelante.
No sin resistencia, desde luego, pero sí con posibilidades reales.
—Me alegra oírlo —replicó ella, sin saber muy bien qué decir—. No conozco mucho del tema, pero sé que son peticiones justas.
Él sonrió.