Capítulo 10. Lord Peter reclama su nombre #3
—Oh, por Dios... —Waylord rio—. Soy un negociador, no un ilusionista, milady.
Me defendería con mayor entusiasmo, pero creo que es mejor que dejemos aquí la conversación.
El descanso está a punto de terminar. Además...
—Hizo un gesto hacia el grupito que formaban lady Beth, lady Juliet y, ahora, Peter—.
Creo que su madre se está inquietando. Será mejor que me vaya.
—Sí, opino como usted, aunque no por las mismas causas.
Lord Waylord retrocedió un paso y le hizo una inclinación.
—Pase lo que pase, milady, admito que me ha sorprendido. No es usted como me esperaba.
—Usted sí es como me esperaba yo.
Él rio y se alejó. Helen se reunió con lady Beth y lady Juliet, que estaban muy intrigadas y le preguntaron por la conversación.
Titubeó, maldiciéndose mentalmente. Debió inventar algo antes de regresar con ellas.
Y, aunque por lo general se le daba bien improvisar, sintió que la mente se le quedaba en blanco.
—Lord Waylord quería preguntarle por un regalo para su esposa —dijo de pronto Peter—.
Me lo consultó a mí en el Parlamento y yo le dije que...
, bueno, no tengo ni idea de esas cosas.
—Los tres rieron mientras Helen lo miraba con fijeza—.
Pero se me ocurrió comentarle que Helen tiene un gusto exquisito. Al vernos en el palco, se ha acercado.
Lady Beth arqueó ambas cejas, mostrándose todo lo incrédula que le permitía la cortesía.
Normal, a su hija jamás la dejaban arreglar un solo ramo de flores.
Y por lo general, a la hora de tratar con los modistos, le escogían la ropa lady Beth, lady Juliet y hasta lady Lorna; de la de diario se ocupaba Rose.
Helen tenía poca paciencia para esos temas, aunque le gustaba saberse atractiva.
—Qué amable, Peter —dijo lady Beth—. Solo espero que no aparezca en una cena de aniversario de boda con un ejemplar de Anna Karenina .
—¡Mamá!
—¿Qué? Es lo que le sugeriste a lady Blowberry.
—Bueno... Es una gran novela.
—Sin duda. Pero trata sobre la infelicidad en el matrimonio, y con relaciones adúlteras, hija. Justo cuando lord Blowberry estaba... bueno, alardeando de otras compañías, en su club.
—¿Eso hiciste? —preguntó Peter divertido. Ella se encogió de hombros con cara de circunstancias—. Espero que ahora hayas sido más discreta.
—Quizá lo sea lord Waylord. No parece hombre que alardee de amantes.
—Yo no estaría tan segura, no sé... —dijo lady Juliet, que parecía poco convencida. Quizá sabía algo, porque conocía a lady Waylord. Helen se estaba mordiendo la lengua y estaba a punto de preguntar, pero sonó la campana de reinicio de la obra y todo el mundo se puso en movimiento.
Las dos mujeres mayores entraron de vuelta en el palco. Peter sujetó a Helen por el codo con suavidad.
—Has estado magnífica con Waylord. Ese hombre solo respeta el ingenio y creo que no va a olvidar tus argumentos sobre los empresarios. Pero te voy a pedir un favor: no colabores con él. No hagas ese informe.
—¿Qué? ¿Por qué? —protestó Helen, que veía esfumarse su última posibilidad de hacer algo relacionado, aunque fuera mínimamente, con el mundo del Derecho—. ¿A qué viene esto?
—A que no me fío de él. Todavía no sé qué es, pero trama algo. Waylord siempre trama algo.
—Ya. Y de mí tampoco te fías, al parecer.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso? ¡Sabes que no es cierto!
—Claro que lo es. No crees que sea capaz de mantener una relación con él sin que me manipule como a una niña. —Peter apretó los labios y la miró con amargura, evidenciando que sí, exactamente eso pensaba—. Pues te equivocas. Y mucho. Y voy a demostrártelo porque, sí, voy a hacer ese informe.
—A tu padre no le gustará.
—¿Se lo vas a decir, chivato?
Peter titubeó.
—No. Voy a esperar que seas tú quien haga lo correcto.
Ella irguió la espalda.
—De modo que, si no hago lo que tú quieres, estaré equivocándome.
—Oh, vamos, intenta ser un poco sensata.
Tú y yo estamos empezando en este mundo, Helen.
Y él es un hombre que lleva tiempo avanzando con determinación.
Se ha acostumbrado al sabor del éxito. Eso no ocurre porque sí, ocurre porque es hábil y carece de escrúpulos.
Si ahora te busca, es por algo, y puedo asegurarte que no es por lo mucho que sabes de feminismo.
—Ah. Ahora resulta que tampoco sé de feminismo. Por lo tanto, no sería capaz de hacer ese informe en condiciones.
—Sí, sabrías, porque eres brillante y te documentarás, pero no porque sepas algo ahora mismo.
Tú no eres feminista de corazón, Helen, lo eres por necesidad, porque no te dejan hacer lo que quieres y estás indignada por ello, pero no sabes mucho de feminismo.
El feminismo es... sororidad, compañerismo, y tú eres muy solitaria.
—¿Solitaria, yo? Pero ¿qué dices? ¡Tengo a mi hermana y a Annabelle! ¡Y os tenía a ti y a Oliver!
—Tú tienes a Annabelle y a Lorna porque has crecido con ellas y las tendrás por siempre, pero te has apartado de ellas porque no piensan como tú —eso no era cierto...
no del todo, al menos— y ni siquiera has asumido el esfuerzo que supone crear y mantener una amistad con otras personas. Con una única persona. Con nadie.
—¡Oh, claro que sí! ¡Soy... soy amiga de Rose!
—¿Rose?
—Mi doncella.
Peter la miró casi admonitoriamente.
—Helen...
—¡Hicimos el juramento de la amistad eterna!
—Por Dios. ¿En serio?
—¿Por qué te ríes?
—Porque ya no tienes trece años, Helen. Y, por mucho empeño que pusieras en esos versos, ya sabes que las relaciones humanas se rigen por las acciones, no por las palabras.
Dime lo que haces y te diré quién eres. Tales obras me haces, tal corazón me pones...
—Eso era cierto—. Y tú eres una loba solitaria, tienes tanta imaginación, un mundo interior tan vasto, que no necesitas a nadie más. Ni siquiera a mí.
La última frase había sido dicha con auténtica amargura. Ella lo contempló sintiéndose muy culpable.
—Yo... —empezó, queriendo decirle que no era cierto. Pero no pudo.
Peter agitó la cabeza.
—Y eso es bueno, Helen —afirmó con suavidad—, pero también malo. Te mantiene al margen de realidades como el feminismo y te convierte en víctima de depredadores como Waylord sin que realmente tengas ni idea de que lo eres.
Helen sintió que temblaba.
—Has estado dos años fuera. Dos años, Peter. No tienes ni idea de cómo soy.
—Hazme caso, apártate de su camino.
—Pues hazme caso tú a mí: ¡apártate tú del mío!
Había alzado la voz. Incómoda, se dio cuenta de que los estaban mirando desde distintos grupitos, gente que se demoraba en regresar a sus palcos.
Pues qué bien, ya estaba servido el cotilleo.
Al día siguiente todo Londres hablaría de su discusión con el barón Hallwoke.
Pues al diablo con todos, con Peter también.
Haría ese informe.
—Helen... —empezó Peter.
Pero ella estaba demasiado enfadada, demasiado dolida, demasiado acorralada. Le dio la espalda y fue a reunirse con el desventurado príncipe de Dinamarca.