Capítulo 10. Lord Peter reclama su nombre #2
—A que se lucha por unas horas de trabajo y unas condiciones mejores, pero no por un sueldo idéntico para todos los que realizan la tarea.
El trabajo no vale menos porque lo realice una mujer.
Y, sin embargo, se le paga menos que a un hombre.
¿Por qué? —Peter no respondió. Se había quedado mirándola con fijeza—.
La diferencia salarial —continuó ella— no se sostiene si hablamos de tareas equivalentes.
Es una cuestión de costumbre, no de lógica.
—Es una cuestión de... estructura social —corrigió él con suavidad—. Y la sociedad no cambia de un día para otro.
—No —concedió Helen—. Pero alguien tiene que señalar que esa estructura está mal construida, para que vaya cambiando. Si ni siquiera se habla de ello, como si ese comportamiento fuera lo más normal del mundo, estamos negando que exista ese problema.
Peter cruzó los brazos, pensativo.
—Tienes razón. Pero si menciono eso ahora, perdería respeto y apoyos.
Me contestarían que, por tradición, son los hombres los que mantienen a las familias, que las mujeres, en su mayor parte, tan solo aportan un segundo sueldo al hogar, como mucho, para poder completar.
Y que, además, eso animaría a más mujeres a buscar trabajo, con lo que quitarían los empleos a los hombres, dejando a muchas familias sin medios mientras que otras tendrían dos sueldos, y cosas por el estilo.
Helen contuvo las ganas de gritar. Qué indignante era siempre todo eso.
Las mujeres, de las que se esperaba siempre que trabajasen más, y en todos los ámbitos, cobraban menos porque lo suyo era solo «una especie de ayuda».
Era el hombre el que se ocupaba de lo principal, porque era el más preparado, fuerte e inteligente.
Montón de majaderos...
—Y si no lo introduces —replicó ella—, perpetúas el problema.
Porque aquí no cuenta si es un segundo sueldo o un primero, que bien puede tratarse de una viuda con hijos que mantiene a toda su familia; aquí lo que cuenta es que a mismo trabajo debe abonarse un mismo sueldo.
Eso es lo justo, sin más consideraciones.
—Helen... Hay que elegir las batallas. Hay cosas que tienen más importancia que otras, que deben tener prioridad.
—Oh. Lo relativo a los hombres, claro. Las mujeres llevamos siglos oyendo que lo nuestro puede esperar, que nuestras batallas tendrán que librarse después. Más tarde. Algún día... Pues te diré que también hay que saber distinguir el momento de dejar de aplazarlas.
Peter la miró con una expresión que mezclaba, de un modo difícil de definir, la admiración y una leve inquietud.
—Eres más audaz de lo que conviene —dijo al fin.
Helen le arqueó una ceja.
—Y tú más prudente de lo necesario.
Durante un instante, ninguno de los dos habló. De hecho, la que rompió el silencio fue una voz ajena:
—Lord Hallwoke, lady Helen, qué agradable sorpresa. Espero que estén disfrutando con la obra.
Ambos se volvieron. Lord Waylord estaba a pocos pasos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? No podían saberlo. Quizá había oído toda la conversación y había decidido que era buen momento para intervenir.
O quizá llegaba justo a tiempo.
—Lord Waylord... —dijo Peter. Su rostro había perdido toda expresión, y también casi todo el color—. Últimamente nos vemos en todas partes. Estoy por asegurar que me está siguiendo.
Lord Waylord se echó a reír.
—En absoluto, joven lord. A estas alturas, debería conocerme mejor. Nunca acosaría de semejante modo a un principiante.
Su tono sonó algo condescendiente. No mucho, pero sí lo bastante como para captar el ligero desdén. A Peter no pareció importarle, pero a ella sí. Nadie hablaba así del Agente P, al menos en su presencia.
—Lo dice porque sabe que todo el mundo empieza en algún momento, ¿verdad, milord?
—replicó, ocultando su enfado tras la sonrisa—.
Seguro que se recuerda a sí mismo en aquellos primeros días.
¡Lo mucho que debió agradecer cualquier apoyo y lo mucho que debió detestar la insufrible condescendencia de algunos!
Él asumió elegantemente la pulla y la miró con interés.
—Siempre tan aguda, milady. Da gusto hablar con usted, tiene más inteligencia que muchos de los parlamentarios. Que la mayoría, diría yo. —Se encogió de hombros, ecuánime—. Y sí que es verdad, lo odiaba.
—Normal. Yo lo odio cada día. Y me temo que, como mujer, me queda todo el resto de mi existencia para seguir haciéndolo.
Waylord sonrió.
—Qué futuro más lóbrego se vaticina, lady Helen. Ojalá podamos hacer algo al respecto. ¿Ha considerado mi propuesta?
—¿Qué propuesta? —preguntó Peter, con evidente alarma.
Helen apretó los labios. Se suponía que, de hacerlo, todo lo relacionado con aquel informe sería secreto, sin relacionarla a ella de ningún modo.
¿Por qué había tenido que mencionarlo? ¿Había sido un desliz?
Lo dudaba. Todo el mundo decía que lord Waylord era un político muy hábil, no parecía propio de alguien así cometer un error de tal modo. Seguro que lo había hecho a posta.
Pero ¿para qué? Se arriesgaba a que le dijera que no.
De momento, ya su voz no resultó tan amistosa.
—Lord Waylord me propuso elaborar un informe sobre las aspiraciones feministas del momento y las necesidades reales de las mujeres.
—¿Para qué? —Peter se volvió hacia Waylord con genuina curiosidad—. Su grupo ha impedido todo avance en el tema del sufragio femenino desde hace décadas. Y lo mismo en el resto de los derechos.
El otro se encogió de hombros.
—Algunos pensamos que quizá haya llegado el momento de cambiar las cosas.
—No me haga reír, Waylord. Puedo ser nuevo, pero me he preparado a fondo estudiando la política de los últimos años. Usted siempre juega a parecer reformista mientras desactiva las reformas. Jamás daría un paso así sin esperar conseguir una ventaja. ¿Qué es lo que busca?
—Un poco de justicia, aunque no lo crea. Me temo que su grupo está demasiado empecinado en temas que no ayudan mucho a nadie.
Peter arqueó ambas cejas.
—Ah, llegamos a la verdad. Y escucho en sus palabras el eco de sus amigos empresarios.
—¿Se refiere a los hombres que se esfuerzan por generar riqueza para este país y se preocupan de crear trabajos para los que nada tienen? Pues sí. No crea que voy a disculparme por...
—Eso no es verdad —le interrumpió Helen. Los dos caballeros la miraron.
—¿Qué? —preguntó Waylord.
—Que no es verdad, milord. Los empresarios no actúan por preocupación hacia los demás, sino por interés propio.
Y es lógico. —Alzó un dedo—. Pero eso contradice lo que acaba de decir: no crean empleo por generosidad, sino porque lo necesitan para ganar dinero.
Utilizan a las personas como utilizan a los bueyes o a las máquinas: como un medio para alcanzar ese fin.
—Lady Helen...
—Si me permite terminar... —No bajó la mano—. La cuestión económica es sencilla en apariencia: necesitan trabajadores, pero intentan pagarles lo mínimo posible, porque todo lo que no les dan, se lo quedan. No es filantropía, es cálculo.
—Y ellos querrán cobrar más —replicó Waylord.
—Desde luego. —Sonrió Helen—. Es ley de vida. Todos valoramos más el esfuerzo propio que el ajeno. Y no digamos el tiempo.
—Supongo que sí —admitió él. La miró con interés—. Pero me intriga... ¿Por qué ha dicho que la cuestión económica es sencilla en apariencia?
—Oh, porque no ven que, si pagaran mejor, esos mismos trabajadores consumirían más, y eso generaría más riqueza... también para ellos, aunque sea de una forma indirecta, a través de un país próspero que requiere de sus productos. Pero no, prefieren ganar poco ahora que mucho después.
Lord Waylord parpadeó. Sus ojos brillaron.
—Es usted muy aguda, milady. Puede que no estemos de acuerdo, pero sin duda es lista. —Helen consideró que sería absurdo agradecer el comentario—. ¿Hará ese informe para mí?
Ella lo estudió unos segundos. Se volvió hacia Peter.
—Peter, ¿puedes ir a comprobar si mi madre y lady Juliet necesitan algo?
Él la miró, primero con sorpresa, luego con duda y reticencia, pero Helen insistió con el gesto y terminó aceptando.
—Está bien. Vuelvo enseguida —dijo.
—No hace falta. Ahora me reúno con vosotros. —Peter asintió, aliviado al oír eso. Waylord y él se saludaron con gestos secos de cabeza y se alejó. Ella se encaró con el marqués—. Tenía entendido que el asunto del informe iba a quedar entre nosotros. ¿Por qué ha tenido que mencionarlo?
—Se me ha escapado —dijo Waylord.
—Eso es mentira. Y supone un mal comienzo, si quiere que colaboremos juntos.
Él la estudió y su expresión adquirió una mayor gravedad.
—Tiene razón y le pido perdón. Lo cierto es que sigue pareciéndome mal que no se lleve sus méritos y pensé que Hallwoke, que es un joven bien intencionado, a veces demasiado, podría ayudarme a convencerla. Pero me disculpo. No debí hacerlo sin consultarlo antes con usted.
Bueno, aquello tenía cierto sentido. Helen suspiró.
—¿Está seguro de que lo quiere? El informe, me refiero.
—¿Por qué lo pediría, de otro modo?
—No lo sé... —Lo observó, vacilante—. ¿Y qué va a hacer con él por la igualdad de la mujer ante la ley, milord?
Waylord sonrió, como feliz de que le hubiesen hecho por fin la pregunta adecuada.
—¿Qué le parecería impulsar una propuesta que permita a las mujeres licenciadas en leyes ejercer como abogados?
Tomada por sorpresa, Helen parpadeó.
—Vaya...
—¿Qué pasa? ¿Acaso no le gustaría?
—Bien sabe que sí. Por eso me lo propone.
—Es cierto. —Se miraron. Él sonrió—. ¿Entonces? ¿Tenemos un acuerdo?
Helen tardó todavía un segundo en contestar.
—Solo me preguntaba qué es lo que de verdad busca con todo esto, milord, ya que está dispuesto a pagar tanto por ello.
—De nuevo, allí estaba, el brillo en los ojos de Waylord.
Algo que fluctuaba entre la diversión y la admiración—.
O a aparentar que lo va a pagar, al menos.
No crea que no he oído lo que ha dicho Peter.
Eso de que intenta parecer reformista mientras desactiva las reformas.