Capítulo 10. Lord Peter reclama su nombre
Lord Peter reclama su nombre
—E l vizconde Denham ha venido a mi despacho, en el Parlamento, a primera hora de la tarde —dijo Peter al fin, y Helen lamentó no haberse tirado del palco pese a todo.
Hubiese sido mejor eso que sentir cómo el suelo se hundía bajo sus pies, como le pasaba en ese momento—.
Quería informarme en persona, amable pero claramente enfadado, de que ya han ordenado el pago a la doncella.
También me ha dicho que su esposa y él hubieran preferido una visita de cortesía en la que hubiésemos podido tratar el tema de otro modo menos... violento.
Helen sostuvo su mirada.
—Entiendo.
—Dado que yo no sabía nada de ningún pago ni de ninguna doncella, le he pedido una explicación —continuó él—.
Me ha parecido... oportuno. —Helen no dijo nada.
Hubo una leve pausa—. Y, como me ha visto tan desconcertado, me ha mostrado la carta.
—No hacía falta añadir nada más. Helen sintió cómo algo se tensaba en su interior, pero no apartó la vista—.
Ni qué decir tiene que he reconocido tu letra.
El silencio que siguió no fue largo, pero sí lo bastante.
—Pensé... pensé que funcionaría para ayudar a esa muchacha —respondió ella, con calma—. Y así ha sido.
Peter asintió ligeramente.
—Sí. Ha funcionado. —Su tono no era irónico. En realidad, Helen no supo cómo describirlo—. Es más, viendo los resultados, ha funcionado muy bien. —Otra pausa, más breve—. No es eso lo que me preocupa.
Helen frunció apenas el ceño.
—¿Entonces qué es?
—¿No es evidente? —Peter entrecerró los ojos—. Que no confiaras en mí.
La frase cayó entre ambos como una losa de piedra, algo pesado que implicaba barreras. Helen se frotó las manos con nerviosismo.
—Perdona... perdóname —dijo finalmente—. No se trataba de confianza, de verdad. Se trataba de rapidez.
Él negó con la cabeza.
—No. Se trata de que utilizaste mi nombre sin decirme nada, Helen.
—Porque sabía que no te opondrías.
—Eso no es lo mismo.
El intercambio no era áspero, pero sí firme, y Helen se sintió inquieta. Nunca lo había visto así. Era como estar ante un hombre distinto. ¿Lo conocía de verdad? ¿Se llegaba a conocer alguna vez a alguien por completo?
Helen midió sus palabras antes de responder.
—Si te lo hubiera pedido —dijo—, habrías querido revisar la carta.
Tal vez incluso modificarla o esperar a que llegase un momento más o menos adecuado para enviarla.
Y yo no lo hubiera permitido porque pienso que era una buena respuesta a un caso de clara injusticia.
Hubiésemos discutido, quizá te hubieses negado...
Y, mientras tanto, esa joven seguiría sin trabajo, sin recomendación y sin ninguna posibilidad de defenderse.
Peter la observó con atención.
—Y tú decidiste que no había tiempo para eso.
—No lo había.
Él sostuvo su mirada durante unos segundos más y, finalmente, asintió despacio.
—Es posible que en eso tengas razón —admitió—. Pero, aun así, deberías haber contado conmigo. Has utilizado mi nombre sin consultarme. Dime, ¿qué te parecería que hiciera yo lo mismo, contigo?
—Mal. Pero, si lo piensas bien, es algo parecido a lo que va a suceder durante el resto de nuestras vidas. Y no pasa nada, a todo el mundo le parece muy normal y hasta romántico.
Peter frunció el ceño, desconcertado.
—¿De qué hablas? ¿A qué te refieres?
—A que, cuando nos casemos, yo perderé mi nombre y legalmente tú podrás decidir por los dos. Y a todo el mundo le parecerá bien. También a ti.
—¿De verdad? —Entrecerró los ojos, con disgusto—. No entiendo a qué viene esto, Helen. Sabes que no es cierto, o quiero pensar que lo sabes. Yo siempre contaré contigo.
—¿Ah, sí?
—¿A qué viene esa ironía?
—A que da la impresión de que contarás conmigo para llevar tu casa y ser la anfitriona en tus fiestas, igual que han hecho todos los hombres con todas las mujeres de nuestra familia.
—No es...
—Llevas ya varias semanas trabajando en el Parlamento y nunca me has mencionado nada de lo que haces.
Sabes que languidezco en casa, que se me cae el mundo encima y agradecería que me consultases algo, o que me comentases tu opinión sobre lo que sea.
Pero no. Mantienes todo eso separado por un muro grueso y a mí me dejas del lado de elegir las mantelerías y organizar los menús con la cocinera.
—Lo siento, es verdad. Alguna vez he considerado comentarte algo, pero no me parece bien hablar fuera del Parlamento de lo que hago dentro.
—¿Todo son secretos de Estado?
—No. Claro que no.
Helen se encogió de hombros.
—Pues eso.
—En todo caso, eso no tiene nada que ver —rebatió él, incómodo—.
Ahora hablamos de este asunto de mi nombre, del modo en que me has suplantado falsificando mi firma, ¿y me acusas de que voy a ser testigo impasible de cómo pierdes tu nombre y tus derechos?
¿En serio? ¡Por favor! Sabes que confío en ti y que valoro que puedas decidir por ti misma.
Somos compañeros, y seguiremos siéndolo cuando estemos casados.
—Quizá. Pero no tendrías que hacerlo, de no desearlo. O de cambiar de opinión. Dime, ¿qué se siente cuando deciden por ti, cuando usan tu nombre para asuntos de los que nada sabes, como les pasa a tantas mujeres?
Él parpadeó.
—¿Lo has hecho por eso?
—¡No! Ni siquiera pensé en ello al escribir la carta —admitió—. No fue la motivación inicial, solo una consecuencia que ahora veo. Pero me parece que es curioso cómo puede servir para que sientas lo que yo siento.
—Ya, bueno... No es lo mismo. Yo no lo he hecho ni lo haré.
Tú sí. Y ahora me hablas de feminismo para justificarlo.
—Peter se cruzó de brazos—. Por suerte para ti, entiendo lo que quieres decir.
Me sigue pareciendo mal que lo hicieras, pero te agradezco la lección.
Ahora sé lo que sienten tantas mujeres en esas circunstancias. Gracias.
Helen inclinó ligeramente la cabeza.
—Vale. Sé que tú no lo harías. —Al menos el Peter que creía conocer. Empezaba a no estar segura de nada—. Y de verdad que lo lamento.
—Pero lo volverías a hacer.
Ella titubeó. Cuando menos, se merecía sinceridad.
—Si se dieran las mismas circunstancias, sí.
—Ya veo... —No dijo más, solo la miró. Helen, que se había mostrado muy segura hasta entonces, sintió cierta inquietud.
—¿Vas a delatarme, Peter? Si lo hicieras, me meterías en un buen lío.
Había falsificado la firma de un aristócrata y había presionado a una familia noble hasta provocar que el vizconde acudiera en persona al Parlamento para solucionar el asunto. Si aquello salía a la luz, el escándalo sería mayúsculo.
Peter frunció el ceño. Por primera vez, sí que pareció enojado.
—¿En serio me preguntas eso, Helen? Sabes perfectamente que yo jamás te delataría por nada, y menos por algo así.
Ella asintió, agradecida y aliviada.
—Gracias.
—De nada. En cualquier caso —añadió al cabo de unos segundos, Helen supuso que para quitar hierro a la situación—, la carta era excelente.
Aquello sí la sorprendió.
—¿Ah, sí?
—Sí. Precisa, directa, lo bastante elegante como para no resultar ofensiva y lo bastante firme como para no dejar margen de evasión.
—Esbozó una leve sonrisa, aunque sin auténtica alegría—.
Y con la amenaza justa en el momento adecuado.
Por eso vino a verme, para asegurarse de que no empezara a investigar por el paradero de ese broche.
Creo que sospecha que lo empeñó su hijo.
Helen no pudo evitar devolverle la sonrisa, aunque fuera una tan poco brillante.
—Me alegro de que te haya gustado.
—No es cuestión de gusto —replicó él—. Es cuestión de eficacia.
—Ya. Pero me alegro de que te haya gustado.
—Vale. —Se hizo un breve silencio, distinto al anterior, menos tenso—.
Helen, estoy trabajando en una propuesta bastante prometedora —continuó Peter, cambiando ligeramente de tono.
Ella sintió una presión en el pecho. Así que, al menos, aquel asunto iba a servir para que compartiese con ella algo de aquella faceta fascinante de su vida—.
Sobre condiciones laborales. Regulación de horarios, algunas mejoras en seguridad en el trabajo... cosas así.
Helen lo miró con interés inmediato.
—Lo sé.
—¿Ah, sí?
—Claro. Leo los periódicos, Peter, y esa clase de temas son los que más me interesan. Además, mi padre no deja de hablar de ello en las comidas. Está muy orgulloso de ti. —Sonrió—. Y yo también, de verdad. Me encanta verte en el lado correcto de este asunto.
Peter alzó una ceja, divertido pese a todo.
—Entonces sabrás que no es sencillo conseguir la más mínima mejora para los trabajadores.
—Lo imagino.
—Hay una fuerte resistencia a esa clase de cambios —siguió él—.
Siempre la hay. Demasiada gente echa de menos poder utilizar a otros como esclavos para enriquecerse.
Demasiado canalla dejaría morir de hambre a los demás, con tal de ser más poderoso o tener un lujo más.
Y, si uno avanza en esta lucha demasiado deprisa, lo único que consigue es que todo se bloquee y ya nada pueda cambiar.
Helen apoyó la espalda contra la columna más cercana, mientras jugaba con los gemelos de nácar.
—O que cambie de verdad, en vez de seguir dando vueltas para no llegar al objetivo.
Peter esbozó una media sonrisa.
—Eso es lo que tú crees.
—Eso es lo que creo, sí.
—Eres una soñadora. En política, tienes que trabajar con la realidad a tu alcance.
—Vale, lo entiendo. Pero por experiencia sé que hacer concesiones lo único que consigue es perpetuar las injusticias, Peter. Y, en el mundo laboral, hay muchas. Algunas, tan asumidas que ni se tienen en cuenta.
Él la observó, evaluando.
—¿A qué te refieres?