Capítulo 9. Hamlet y otros dramas
Hamlet y otros dramas
P or las noches, el exterior del teatro The Magic siempre estaba iluminado por hileras de luces eléctricas que aún conservaban algo de prodigio moderno.
Era un edificio magnífico, uno de los preferidos de Helen.
La fachada combinaba elementos clásicos con una libertad casi caprichosa en sus detalles ornamentales.
Columnas estilizadas, relieves dorados, grandes ventanales enmarcados en tallas de gran belleza; incluso la gran balconada desde la que, en los grandes eventos, saludaban los actores y actrices más famosos del mundo era una auténtica obra de arte.
Pocos sabían que la mayor parte de la ornamentación era relativamente nueva, añadida a la vieja estructura —de corte más clásico— por la familia que había comprado el teatro en la segunda mitad del XIX.
Lord Bramble Rosegarden en concreto, de gusto osado, eclético y valiente, había dirigido la remodelación completa que le había dado ese magnífico esplendor.
A todo eso se añadían esa noche los habituales carteles cuidadosamente diseñados para cada función: en esa ocasión se trataba de Hamlet , de Shakespeare, en una nueva puesta en escena que, según los periódicos, prometía ser «sobria, inquietante y moderna en su espíritu».
En el interior, igual de elegante y lujoso, el aire estaba impregnado esa noche por una mezcla de perfumes caros y el sonido del roce de terciopelo y sedas, todo ello envuelto en una gran expectación.
Las gigantescas lámparas, suspendidas de la impresionante bóveda del techo, derramaban una luz cálida sobre los palcos dorados, donde la aristocracia se exhibía con sus mejores galas para poder alardear unos ante los otros.
Bien se sabía en Londres que no todos iban al The Magic por la obra, como no todos iban a las fiestas por la calidad de su música o por el puro deseo de bailar.
Helen ocupaba su asiento en el palco de los marqueses de Terrace, junto a sus padres.
También estaban con ellos Peter, su padre —lord Alexander Swann, conde de Deelright— y su madrastra, lady Juliet.
Todos miraban con más o menos atención al escenario, donde en esos momentos la desventurada Ofelia languidecía de amor por Hamlet.
Helen lo veía todo divinamente, porque observaba el escenario a través de los gemelos de ópera de nácar de lady Beth —un regalo de su abuela a su madre que esta siempre le dejaba—.
Era una parte que siempre le había gustado mucho, pese a lo triste que le parecía y a que no podía comprender la actitud de aquella joven ni la decisión que terminaba tomando.
Estaba pensando que ella se hubiera plantado con determinación ante el príncipe danés para decirle que le ayudaría encantada en su venganza, cuando sintió algo extraño, como una presión singular.
Dirigió los gemelos, casi por instinto, hacia el palco que quedaba justo frente al suyo, y lo encontró allí.
El marqués de Waylord la observaba sin mayor disimulo.
Pudo verlo con claridad pese a las sombras, porque la luz del escenario se reflejaba en su rostro perfecto, tan apuesto como siempre.
Su mirada tenía mucho de deliberado, de controlado, y estaba claro que no le preocupaba en absoluto ser descubierto.
Helen apostó consigo misma a que quería que lo hiciera, a que la había llamado con aquellos ojos tan negros y tan inteligentes.
Y ahora que había captado su atención, permanecía ligeramente reclinado en su asiento, con una elegancia despreocupada que rozaba la insolencia.
No, no la rozaba: la traspasaba con total osadía.
A su lado, vio a una mujer que le resultó vagamente familiar. Durante casi un minuto, mantuvo los gemelos fijos en ella. ¿Sería su esposa?
—No mires de modo tan directo, Helen —le susurró lady Juliet al oído. Estaba sentada a su lado y se había dado cuenta de su interés.
Helen se inclinó hacia ella, para hablarle también muy de cerca. La conversación siguió así, tratando siempre de que nadie más oyese lo que decían.
—¿Sabes quién es la mujer que está con lord Waylord?
Lady Juliet dirigió hacia allí sus pupilas.
—Sí. Es su esposa, lady Elsa. Señorita Elsa Davenport de soltera. La conozco porque las dos frecuentamos mucho la librería Hatchards y hemos charlado alguna que otra vez. Es una joven encantadora.
—Ah, claro. —Helen asintió—. Ahora lo entiendo. Yo también la he visto por allí, aunque no hemos sido presentadas. ¿Es de Londres?
—No, de Liverpool. Un día me contó que echaba de menos su casa, pese a que ya lleva unos años en Londres, desde que se casó. Al parecer vivía en una villa con amplios jardines, en Aigburth. Procede de una buena familia de esa localidad, muy adinerada, aunque sin título.
—¿Lord Waylord se casó con una mujer sin título? —preguntó Helen, genuinamente sorprendida.
—Pero con una gran fortuna, ya te digo. Son propietarios de unos astilleros. Y no solo eso: la familia cuenta además con excelentes relaciones comerciales y políticas por todo el imperio y más allá. O contaban, debería decir...
—¿Por qué dices eso?
—Porque... —Vaciló, pero, al final, se decidió a contarlo—.
A ver, ya sabes que odio los cotilleos, pero todo el mundo afirma que, en realidad, Waylord se casó con el padre de lady Elsa, el señor Davenport, no con ella.
Que aceptó a la hija, pese a que no era la más bella ni la más rica de sus opciones, por esos contactos sumamente valiosos para su carrera política.
—Oh, qué horrible. Pobre lady Elsa —se lamentó Helen, pese a que, en su fuero interno, sentía un conato de envidia por ella, por tener a su lado a ese hombre magnífico.
—Pues sí. Pero, por desgracia para lord Waylord, el señor Davenport falleció de forma inesperada casi inmediatamente después de la boda, de modo que, de tener de verdad planes al respecto, se habrían frustrado por completo. Por eso la gente afirma que no son, uh..., un matrimonio modelo.
—Ya veo. Aun así, me sigue pareciendo extraño que lord Waylord vaya siempre a las fiestas solo...
—Me temo que lady Elsa no disfruta con el trato social.
Ten en cuenta que el hecho de que no naciera con título le trajo más de un comentario desagradable en su momento, cuando llegó aquí para casarse.
Nuestra sociedad es así: por mucho dinero que tuvieran los Davenport de Liverpool, su falta de linaje los hacía objetivo claro para los chismes y los gestos de desprecio londinenses.
—Supongo que sí... —Todo eso se lo perdió ella, al haber estado entonces estudiando. Hasta se alegraba. No podía soportar esos comportamientos tan faltos de humanidad—. Y, por lo que veo, no ha mejorado la cosa.
—No. Me temo que, además, es una joven muy culta, y no tiene buen concepto de la inteligencia que se mueve por nuestros salones, tal como me dijo cuando le pregunté al respecto.
—Helen arqueó ambas cejas y ambas rieron, lo que les ganó un par de protestas del palco siguiente—.
Lord Waylord la trae al teatro una vez al mes, y ella va a Hatchards cada semana. Por lo que sé, poco más sale.
Volvieron a chistarlas, así que dejaron de hablar. Tampoco importaba ya, necesitaba tiempo para asimilar toda aquella información. Simuló atender a Hamlet unos minutos, pero sus gemelos no tardaron en volver a lady Waylord como si tuviesen voluntad propia.
Helen la estudió discretamente.
Con cierta generosidad, podría decirse que era hermosa, aunque no de un modo clásico, ni siquiera equilibrado.
Tenía el cabello oscuro, y su rostro de piel muy pálida era quizá demasiado redondo, pero sus rasgos resultaban agradables en conjunto, creando un curioso contraste que no dejaba de llamar la atención.
Lady Waylord se dio aire unos segundos y volvió a recoger el abanico.
Sus ojos estaban clavados en el escenario y era como si nada escapara realmente a su percepción.
No sonreía. No necesitaba hacerlo. Había en ella una especie de distancia elegante, una frialdad que no resultaba desagradable, ni siquiera un poco.
Tras varios segundos de escrutinio, Helen concluyó que lady Waylord no miraba a su marido si podía evitarlo.
Ni siquiera estaban sentados juntos, había bastante espacio entre ellos y, para el caso, podrían haber sido dos desconocidos compartiendo palco.
Aquello, de algún modo, le resultaba inquietante.
Sobre todo cuando, al mirar de nuevo a lord Waylord, Helen descubrió que él seguía con los ojos fijos en ella.
Lo vio sonreír de un modo casi perverso al volver a apresarla con aquella mirada penetrante que tenía, como una araña atrapando a una mosca en su tela.
Ella se ruborizó y volvió a apartar la vista con sobresalto, consciente de que prolongar ese intercambio silencioso no podía acabar bien.
En el escenario, el príncipe de Dinamarca había avanzado en su venganza a costa de hundirse más y más en su dolor y de aumentar sus pérdidas. Helen trató de concentrarse, de dejarse arrastrar por el ritmo de la obra, por la lucha interna del personaje, pero no lo consiguió del todo.
Además, había otra tensión en el aire, más próxima e inmediata.
Peter.
El joven apenas había hablado en toda la noche.
Al encontrarse en la puerta del teatro, había alabado el aspecto de Helen —su vestido nuevo y aquel recogido tan bonito que le había hecho Emily, y que tanto la favorecía— con la misma cortesía de siempre, pero luego había dejado que fueran los demás los que dominasen la conversación y había permanecido en un segundo plano, con aire reservado.
No era propio de Peter. Aunque sabía mostrarse serio si la ocasión lo requería, cuando estaba con Helen y sus padres —«en familia», tal como afirmaba él mismo— era hablador y hasta divertido.
Le gustaba comentar las obras, tanto sus historias como las puestas en escena, con un criterio más que notable.
Siempre se notaba que era un gran lector y un entusiasta del teatro.
Aquella noche, en cambio, permanecía en completo silencio, con la mirada clavada en el escenario, pero sin la menor señal de estar realmente atento a lo que ocurría en él. Helen no necesitó más para comprender que algo no iba bien, aunque no se atrevió a preguntarle.
¿Sabría ya lo de la carta? ¡Oh, Dios, no, claro que no!
Los vizcondes de Denham no habrían respondido tan rápido, ¿verdad?
Seguro que se tomaban un par de días mientras buscaban el modo de salir del problema sin pedir disculpas ni pagar aquellas quince libras, más por no querer reconocer el error que por importarles la cantidad.
No, no se habrían dado tanta prisa. Ni Trevor era tan torpe. Solo tenía que vigilar el correo...
Cuando cayó el telón para el primer descanso, el público comenzó a levantarse con ese murmullo creciente que siempre acompañaba esos momentos.
Damas y caballeros empezaron a moverse de un lado a otro, saliendo para estirar las piernas, para ir a tomar algo o simplemente para ir al baño.
Lord Terrace y lord Deelright se excusaron para ir al salón de fumadores.
Entonces, de pronto, Peter se volvió hacia ella.
—¿Podemos hablar un momento?
Helen hubiera preferido tirarse del palco abajo, temiéndose lo peor, pero claro, no podía hacer algo así. Su madre y lady Juliet no se merecían tener que vivir semejante espectáculo.
De modo que asintió.
—Claro, pero... —Consultó a su madre con la mirada. No podían ir solos por ahí, necesitaban acompañante. Lady Beth sonrió.
—Juliet, vamos con ellos. No te preocupes, Peter, estaremos a distancia suficiente como para no escuchar de qué habláis.
—A menos que hayáis decidido ya la fecha de la boda —aportó lady Juliet con aire festivo—. De ser así, nos gustaría saberlo cuanto antes para empezar a organizar las cosas.
Para sorpresa de todos, él se limitó a sonreír sin demasiadas ganas.
Abandonaron el palco para dirigirse a uno de los pasillos laterales, donde el tránsito era menor.
Allí, quizá por las alfombras que cubrían cada centímetro de suelo y los cortinajes de pesado terciopelo que había por todas partes, incluso tapizando algunas paredes, el ruido del teatro quedaba amortiguado, como si perteneciera a otro mundo.
Lady Beth y lady Juliet se quedaron junto a una columna, charlando animadamente entre ellas y con los muchos que se acercaron a saludar. Había otros grupitos de gente, aquí y allá.
Peter la miró.
Y en esa mirada había algo que Helen no le había visto nunca antes: no era un enfado abierto, ni siquiera decepción, pero casi. Tardó en hablar, como si estuviera decidiendo con cuidado cada palabra.