Capítulo 8. El primer caso de lady Helen #3
—No por ti —dijo Helen con franqueza—, pero sí por ellos mismos. Por eso, podríamos solicitar tu reincorporación, pero no queremos eso. No desearás volver a estar tan cerca de ese hombre...
—No, es lo último que querría. —Emily se mordió el labio, nerviosa—. Pero... Pero sí desearía que vuelvan a aceptarme, milady. Necesito trabajar.
—Sí, desde luego. Lo entiendo, y trabajarás. Pero en un sitio como es debido. Hablaré con mi madre, sé que está pensando en contratar una doncella para Lorna, para cuando vuelva definitivamente de Minstrel Valley, pero puede hacerlo antes de lo pensado, sobre todo cuando le diga lo bien que peinas.
Las dos doncellas se miraron y sus rostros se iluminaron.
—¡Oh, milady, eso sería maravilloso! —dijo Rose.
—¡Gracias, milady! —añadió Emily, quien, inesperadamente, se puso en pie y corrió a su lado, para arrodillarse junto a su silla. Se inclinó impulsivamente, llevándose su mano a los labios—. Le juro que no se arrepentirá.
—No, vamos, levanta, no hagas eso. —Resultaba incómodo, pero pudo ver lo mucho que había sufrido aquella joven, la alegría y el alivio que la inundaban en esos momentos, y eso la alegró. Charles Randall era un hombre horrible. Y había tantos, por todos lados...
—Perdón, milady. —Emily volvió a su silla. Estaba llorando—. Es que he estado muy angustiada. Mi madre necesita mi sueldo. Tengo cuatro hermanos pequeños.
—Claro. Lo entiendo. Por eso vamos a añadir que, dado que el despido ha estado por completo fuera de lugar y ha sido algo impropio de una familia de bien, te deben una satisfacción. Pongamos, una compensación equivalente a casi un año de salario.
—¡Oh, Dios mío! —Emily unió sus manos a la altura del pecho—. Eso sería maravilloso.
Helen sonrió.
—Y, además, sería lo justo. ¿Cuánto cobrabas?
—Dieciocho libras anuales, milady.
—Bien. Pediremos quince.
—¡Quince libras, de repente, todas juntas! —El rostro de Emily se iluminó—. ¡Menuda fortuna! Mi madre se pondrá muy contenta, milady. ¡Podremos arreglar el tejado!
—Seguro que sí. —Terminó de escribir y estudió el resultado—. Ya está. —Hizo una mueca—. Pero no puedo firmarla yo, me temo. Necesitamos que la carta tenga más... más peso.
Rose frunció ligeramente el ceño.
—¿Milady?
Helen tamborileó los dedos, pensativa.
—Me refiero a que no puede firmarla una mujer, aunque haya estudiado Derecho.
Y menos alguien joven, sin ninguna experiencia.
Por mucho que me moleste la idea, si firmo yo, no le concederán mayor importancia.
La apartarán a un lado con una sonrisa condescendiente y se olvidarán del asunto. No queremos eso.
—No, desde luego que no —murmuraron, cada cual a su manera, las dos doncellas.
—Por eso no he usado mi papel de cartas. Pero no sé a quién poner...
¿Qué podía hacer? ¿Firmar como si la hubiese escrito su padre?
Fue lo primero que se le ocurrió, pero la sola idea la llenó de espanto.
No quería ni pensar en qué cara pondría si llegara a enterarse...
Además, los barones Denham se sorprenderían mucho.
El imponente conde de Terrace no se ocupaba de ese tipo de asuntos.
Pero quizá sí pudiera hacerlo un joven que estaba empezando en el mundo de la política, a quien su prometida se lo hubiese pedido...
Sin pensárselo dos veces, firmó con trazo decidido:
«Lord Peter Swann, barón Hallwoke».
Dejó secar la tinta unos segundos antes de doblar la carta.
—Listo. Rose, haz que la lleven ahora mismo —indicó, mientras la lacraba. Mejor hacerlo así o terminaría arrepintiéndose. Al ir a entregársela, la retuvo todavía un segundo—. Oh, y tienes buena amistad con Trevor, ¿verdad?
Trevor era el lacayo principal en casa de Peter. Como el mayordomo estaba siempre reumático, él llevaba todos los asuntos de la casa, con la ayuda de lady Juliet y tres o cuatro criados más. No les gustaba tener demasiado servicio.
Rose se ruborizó.
—Es un tonto, pero sí. Nos llevamos bien.
—Pues ocúpate de que esté atento al correo. Si les llega carta de los Denham, me la traes de inmediato. Que no la vea lord Peter.
—Así se hará, milady —replicó su doncella. Hizo un gesto a Emily—. Vamos, prima. Ven conmigo.
Emily se levantó, todavía algo aturdida.
—Milady... yo no sé cómo agradecerle...
Helen sonrió mientras negaba con la cabeza.
—No me lo agradezcas aún. Primero veamos si funciona.
—No, no —repitió la joven, para su sorpresa—.
No importa si funciona o no, milady, como no me importa lo que piensen si mi conciencia está tranquila.
Lo que cuenta es que me ha recibido y ha tratado de ayudarme: nunca voy a olvidarlo.
Y no puedo imaginar mayor dicha que trabajar en esta casa. Muchísimas gracias.
Helen sonrió. La joven le dedicó una última reverencia, emocionada, y salió junto a Rose. Cuando la puerta se cerró, la estancia le pareció de pronto muy vacía y silenciosa, más que nunca.
No había hecho nada extraordinario. Ni siquiera algo especialmente difícil.
Y, sin embargo, por primera vez desde hacía días, sintió que el mundo no era una pared contra la que estrellarse, sino un terreno inmenso y lleno de posibilidades en el que podría encontrar su propio camino.