Capítulo 8. El primer caso de lady Helen #2
—Qué miserable... —Helen carraspeó. El comentario se le había escapado de un modo muy poco profesional. Se apresuró a continuar con las preguntas—. ¿El broche sigue sin aparecer, entonces?
—Que yo sepa, así es, milady.
—Y al parecer, por lo que has mencionado, Randall tiene deudas...
Emily dudó un instante, pero terminó asintiendo.
—Sí, milady, y muchas. Todo el mundo lo sabe en la casa.
Siempre está pidiendo más y más dinero. Sus padres no dejan de recriminarle sus gastos.
A principios de año le dieron un ultimátum para que esta temporada se casase con una rica heredera, alguien que le solucionase la vida.
O lo consigue o se quedará sin nada, porque le retirarán la asignación.
Helen dejó escapar un leve suspiro, casi imperceptible.
Por eso se acercó a ella, claro. Sabía que tanto su dote como su futura herencia eran cuantiosas, gracias sobre todo a la difunta tía Gormlaith, a la que de pequeñas llamaban la Gorgona.
Todos bromeaban siempre diciendo que, de no ser por Peter, tendría una larga fila de aspirantes a su mano frente a las puertas de Terrace House.
Recordó la extraña amistad que mostraba Meredith por Lorna.
¿Estaría relacionado con eso? ¿Estaba ayudando a Randall, sembrando para luego recoger una buena cosecha con forma de heredera?
Quizá, tras no haber cazado a una hermana, quería intentarlo con la otra, más inclinada a un matrimonio tradicional e igual de rica.
Pues si pensaban que iba a permitirlo, aquellos dos hermanos estaban muy equivocados.
—Entiendo. —Se hizo un breve silencio—. Emily —dijo Helen al fin—, lo que voy a preguntarte ahora es importante. ¿Hay alguien más que pueda confirmar que él te..., bueno, te buscaba?
La jovencita se ruborizó, pero trató de responder con entereza.
—La cocinera, sin duda, porque me salvó más de una vez de una situación complicada... Y otra doncella, Mery, con la que hice mucha amistad, porque compartíamos dormitorio y nos contábamos las cosas. A ella también le pasaba, lo sufría mucho.
—¿También la perseguía Randall?
—En su caso ya no. —Carraspeó—. Había cedido. Mantenía una relación con el señor Charles siempre que él lo ordenaba. —Helen apretó tanto la pluma que se hizo daño. Qué horrible. Qué hombre repugnante—. Pero... no creo que quieran meterse en problemas.
—No —se lamentó Helen—. Probablemente no.
Terminó de tomar notas. Al terminar, comprobó que había rellenado cinco páginas con lo dicho por Emily y con observaciones propias.
Se levantó y empezó a caminar despacio por la estancia.
Siempre pensaba mejor en movimiento, aunque Annabelle y Lorna afirmaban que en realidad no pensaba nunca, lo único que ocurría era que no sabía estarse quieta.
Solo lo decían por hacerla rabiar, por supuesto, aunque en lo de estarse quieta acertaban.
—Bien —empezó—. No podemos...
Se detuvo. Acababa de ver una mancha de tinta en sus dedos. Empezó a frotarla, pero solo se iba extendiendo, así que sacó el pañuelito para intentar solucionarlo.
Rose la sobresaltó con un grito.
—¡No! —La muchacha corrió a su lado y sacó su propio pañuelo, también muy blanco, pero de una tela más basta. Le tomó la mano y empezó a limpiarla con firmeza, como si fuera una niña—. Pero ¿qué hace? Ni se le ocurra, milady. Destrozaría esa bonita batista. ¡Y con ese bordado tan lindo!
—Oh... —Sí, claro, ni lo había pensado. Así era su vida, así había sido siempre: pensaba poco en lo práctico, mientras su mente se perdía en lo que de verdad le interesaba, que no siempre estaba relacionado con la realidad.
Pero ese día, sí; y eso la llenó de satisfacción.
Miró a Emily mientras dejaba que Rose terminase con su labor—.
Bien, está claro que no podemos demostrar lo que ha ocurrido, Emily.
Pero sí podemos señalar ciertas incoherencias y utilizarlas en nuestro beneficio.
La joven la miró con los ojos muy abiertos.
—No entiendo, milady...
—Me refiero a que si el broche no ha aparecido, no existe prueba suficiente que justifique una acusación.
Y si no hay nada probado, ni siquiera el propio delito, su decisión de despedirte sin recomendación es...
—buscó la palabra que mejor convenía a la ocasión— precipitada, cuando menos.
Muy difícil de sostener, en todo caso, y poco piadosa en cualquier situación.
—Como Rose había terminado, volvió a la mesa y tomó papel y pluma.
Tras pensarlo un momento, apartó el papel con su sello y el escudo de Terrace y escogió otro liso.
Una hoja de papel de buena calidad, pero totalmente anónimo—. Vamos a recordárselo.
Rose dio un pequeño paso adelante.
—Vale. Pero no vuelva a mancharse, milady.
—No, no te preocupes... —contestó Helen, aunque sin prestarle realmente atención.
Empezó a escribir con trazo firme—. Vamos a escribir a los vizcondes de Denham una carta en la que se señale, con la cortesía adecuada, que no existe prueba alguna de que se haya cometido un delito ni se ha establecido la culpabilidad de nadie, por lo que su actuación podría interpretarse como injusta y que...
—Somos doncellas. No tienen por qué ser justos con nosotras.
—Pues claro que sí. La justicia es un principio básico, ya no solo legal, también moral.
Tratar con justicia a todos los miembros de la sociedad es lo que garantiza una convivencia pacífica.
Cuando no ocurre así, puede pasar de todo.
—Esbozó una leve sonrisa—. Por ejemplo: deben considerar que, si no se retractan, ciertas habladurías sobre las muchas deudas de su hijo podrían adquirir una difusión poco conveniente, sobre todo si se investiga entre los compradores de joyas qué destino real tuvo la que ha desaparecido.
—¿Cree que la vendió el señor Randall? —preguntó Rose, espantada.
—A diferencia de los vizcondes, no acusaré sin pruebas. Pero es una clara posibilidad, y seguro que ellos lo saben. Si reciben una carta en ese sentido, es posible que reconsideren su postura.
Emily abrió los ojos.
—¿Harían eso?