Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 8. El primer caso de lady Helen
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Capítulo 8. El primer caso de lady Helen

El primer caso de lady Helen

A l día siguiente, la mañana amaneció gris y el aire olía a lluvia, lo que no la animó lo más mínimo. El peso del sueño parecía seguirla allá donde iba. Sus padres la observaron con preocupación durante el desayuno, y trataron de iniciar varias conversaciones, pero sin mayor éxito.

Luego, se sentó con un libro junto a la ventana.

No tenía nada que hacer hasta la noche, cuando llegase el momento de ir al teatro junto a sus padres; esa noche iban a acompañarlos en su palco Peter y los suyos, el conde de Deelright y lady Juliet.

Helen llevaba todo el mes esperando la fecha con ilusión, porque iban a ver la nueva puesta en escena de Hamlet en The Magic, donde siempre ofrecían cosas muy cuidadas y originales.

El cuaderno forrado en cuero seguía sobre el escritorio.

De vez en cuando lo miraba, pero apartaba rápido la vista.

Qué presunción, haber pensado que podría escribir en él una sola línea...

Ni siquiera para un informe, para nada, no podía hacerlo.

Lo mejor sería guardarlo, esconderlo en el fondo de un cajón.

Hacer como hizo su madre: darle la espalda a todo aquello y centrarse en la vida que se esperaba de ella.

Qué aburrimiento...

De pronto, llamaron a la puerta.

—Adelante.

Rose asomó la cabeza, con una expresión que no era la habitual en ella.

—Perdone, milady... —dijo en voz baja—. ¿Puedo hablar con usted un momento?

Algo le ocurría, algo grave. Helen le prestó atención de inmediato.

—Claro, Rose. Pasa. —La doncella entró, cerrando con cuidado tras de sí. Helen ni siquiera lo pensó: le señaló la silla que tenía cerca—. Siéntate y dime.

—¡Oh, no, milady! No podría...

—No hagas que me levante, no tengo ganas. Siéntate. —La doncella lo hizo—. ¿Qué ocurre?

—Es... es por mi prima Emily, milady. —Dudó—. Ella... trabajaba en casa del vizconde Denham.

Helen recordó lo oído en la fiesta de los Millerson. Dejó el libro olvidado a un lado.

—Espera... ¿Tu prima es la doncella a la que han despedido por robar una joya?

Rose se ruborizó.

—Sí, milady. —Tragó saliva—. La han despedido. Sin recomendación. ¡Y no ha hecho nada malo, se lo juro!

Helen asintió lentamente.

—Si tú lo dices, te creo. Hicimos el juramento. —Ambas se llevaron la mano al corazón—. Pobrecilla... ¿Qué ha sido de ella?

—Ella... Está aquí. —Helen arqueó una ceja y sus ojos se dirigieron hacia la puerta—.

Bueno... no exactamente aquí. Está abajo, en la entrada de servicio.

Yo... Bueno, le dije que usted había estudiado cosas de leyes y todo eso, y que, aunque no pueda ser abogado, sabe tanto como cualquiera de ellos...

—Eso no es exactamente cierto —replicó Helen con suavidad—. Pero te lo agradezco de corazón.

—No hay de qué, milady. Dice que... que le gustaría hablar con usted. Yo no sabía si...

Helen alzó una mano.

—Has hecho bien. Tranquila, Rose, no tienes que decir más. Ve a buscarla y hazla pasar.

Rose parpadeó, sorprendida.

—¿Aquí, milady?

—Sí, aquí.

Los ojos de la doncella brillaron y sonrió de oreja a oreja. Asintió con rapidez y salió casi corriendo. Helen se quedó unos segundos pensativa antes de acercarse al escritorio y apoyar una mano sobre el cuaderno de cuero. ¿Le estaba mandando la vida un mensaje? Estaba por asegurar que sí.

Desató el cordón que lo cerraba, lo abrió por la primera página y se aseguró de que la pluma estilográfica tuviera tinta y de que su punta estuviera perfecta.

Estaba anotando la fecha con letra elegante en el ángulo superior derecho cuando volvieron a llamar a la puerta, pero esta vez no esperaron a que diera permiso.

Se abrió directamente y entró Rose, acompañada de una joven que apenas se atrevía a levantar la vista del suelo.

Era muy bonita, con grandes ojos azules y un rostro de líneas suaves.

Llevaba un vestido sencillo, limpio y cuidado, pero gastado, igual que el sombrero, y entrelazaba las manos con tanta fuerza que seguro que los nudillos se le habían puesto blancos bajo los guantes.

—Milady... —murmuró, con una reverencia correcta, algo meritorio teniendo en cuenta lo que debían temblarle las piernas—. Gracias por recibirme.

—Acércate, no tengas miedo —dijo Helen, con suavidad—. ¿Cómo te llamas?

—Emily, milady. Emily Hudson.

Helen asintió y fue anotando.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete.

—¿De dónde eres?

—De Essex, milady. Vine para trabajar en Londres y me establecí en casa de mi tía.

—Se apresuró a señalar a su prima con un gesto tan atropellado como su discurso—.

La madre de mi prima Rose, que es hermana de mi padre.

Ella fue la que me consiguió el empleo en casa de los vizcondes Denham.

Rose, quiero decir, no su madre... —Helen miró a su doncella.

Claro, por eso estaba así, no solo preocupada por su prima: también se sentía culpable, por haberla metido en aquella casa—.

Entré como criada, pero se me da bien peinar y ascendí muy rápido a doncella.

Ayudaba a la doncella principal de milady, en tareas de peluquería.

—Peina muy bien, milady —la apoyó su prima—. ¡Tendría que verla!

—Bien, Rose. —Helen asintió, sin dejar de tomar notas—. Dadme solo un momento.

En el cuaderno, escribió:

CASO NÚMERO 1: EMILY HUDSON.

Doncella, 17 años, originaria de Essex. Prima de Rose Blair.

Entró en casa de los vizcondes Denham como criada, ascendió rápido a doncella. Buena mano con el cabello, es a lo que se dedica, principalmente.

Sin dejar de escribir, señaló la misma silla donde antes se había sentado Rose.

—Toma asiento, por favor, y cuéntame todo lo que ha ocurrido, con el mayor número de detalles posible.

Emily miró la silla y luego consultó con la vista a su prima, que observaba la escena desde la puerta y asintió para confirmarle que sí, que podía sentarse.

Aun así, solo se apoyó en el borde, con las piernas tensas y la espalda rígida.

Daba la impresión de que, a la mínima alarma, saldría corriendo.

—Yo... yo no robé nada, milady. Se lo juro.

Helen no respondió de inmediato. Estudió sus ojos. Si no decía la verdad, era una actriz excelente. Asintió con calma.

—No te preocupes por eso, Emily. Aunque sea de un modo oficioso, voy a defender tu causa, por lo que no importa si eres culpable o inocente.

—La chica parpadeó, incrédula—. Me refiero a que haré todo lo posible por ayudarte, sea cual sea la situación.

Pero eso sí, yo necesito saber la verdad, toda la verdad, para poder ayudarte, por lo que tienes que confiar en mí y ser totalmente sincera.

Venga, cuéntamelo todo desde el principio.

La jovencita intercambió una nueva mirada con su prima, que la animó a hablar con un gesto.

—El problema fue que, al poco de empezar en la casa, el señor Charles...

el hijo de lord Denham... —Se detuvo, incómoda—.

Verá, empezó a... a decirme cosas. A buscarme cuando no había nadie.

—Helen sintió un frío extraño en las venas.

Recordó su desencuentro con aquel individuo horrible, y eso que ella no estaba en sus manos.

No era una criada a la que pudiese torturar impunemente—.

No es un buen hombre, ¿sabe? Todos oíamos las discusiones en la familia, por lo mucho que bebe, lo que molesta a algunas jóvenes y sus deudas de juego...

Yo intenté evitarlo, milady, de verdad. Me pasaba el día buscando el modo de no quedarme a solas con él, de no tropezarme con él ni siquiera en los pasillos, pero...

La muchacha jadeó y se tapó el rostro con las manos. Helen tragó saliva con disimulo, pero no apartó los ojos de ella.

—Sigue, querida —dijo con amabilidad—. No te preocupes, Emily. Puedes hablar tranquila.

La joven asintió.

—Hace unos días... Hace unos días, me dijo que, si no era...

amable con él, podría meterme en problemas.

Me angustié más todavía, pero ¿qué podía hacer?

Pensé que solo... que solo estaba enfadado, pero que terminaría conformándose.

Traté de explicarle que yo no soy así, mis padres se morirían del disgusto si supieran que...

—Apretó más las manos, incapaz de verbalizar aquello—.

Y entonces, un día... dijeron que faltaba una joya.

Un broche de lady Denham. Me llamaron al salón y...

—Ahí ya no pudo resistirlo y se echó a llorar—.

¡Fue horrible! El señor Charles dijo que me había visto probándomelo un día, que era una joya que yo ambicionaba, y milady me insistió en que confesase y lo devolviese...

El silencio se hizo más denso.

—¿Y era cierto, de algún modo? —preguntó Helen, con tono neutro—. ¿Te vio con esa joya? ¿La ambicionabas?

—¡No, milady! —Alzó la vista y casi pudo ver el alma en sus ojos—.

¡Yo jamás cogería lo que no es mío! Además, no me atraen especialmente las joyas.

Lady Denham tiene cosas muy bonitas, pero jamás he deseado coger ninguna para mí.

Ni siquiera sabría qué hacer con ella. ¿Dónde iba a lucirla?

No suelo ir a ninguna parte, milady. Solo salgo el domingo para ir a misa, con las otras doncellas y el ama de llaves...

—Hubiéramos querido poder pasear juntas en nuestros días libres —le explicó Rose—. Pero ella no ha tenido ninguno hasta ahora. Dedica ese tiempo a mejorar sus peinados.

Qué vida tan triste y limitada. Helen sintió un leve remordimiento. Y ella quejándose de cómo era la suya.

—Entiendo... ¿Registraron tus cosas?

—Sí, milady. Pero no encontraron nada.

Qué extraño. De haber sido cosa de Charles Randall, cabría esperar que hubiese ocultado la joya en algún rincón de la habitación de la doncella, por ejemplo, para así sostener la acusación y castigarla por rechazar sus afectos.

Pero no había aparecido... ¿Qué habría pasado con ella?

—¿Y aun así te despidieron? —preguntó.

—Sí. —Su boca se torció hacia abajo—. Lloré y supliqué, pero no me hicieron caso. Me echaron. —Apretó los labios—. El señor Charles me sonrió desde una de las ventanas, burlándose de mí...