Capítulo 7. Creo que su decisión es la correcta
Creo que su decisión es la correcta
A l día siguiente, su madre y lady Juliet la llevaron a tomar el té a The Dear Friend Tea Rooms, un rincón encantador situado en una esquina frente a unos jardines pequeños pero muy bonitos.
Estaba decorado en madera oscura y brillante, con mesitas dispersas en espacios formados entre pequeñas estanterías —que se retiraban en las reuniones, según le explicaron, para unificar todo el salón— llenas de libros de todos los temas, que se podían leer libremente.
Incluso los clientes podían llevárselos prestados para terminar de leerlos, mientras se comprometiesen a devolverlos añadiendo otro ejemplar de cualquier libro que eligiesen.
Lady Beth y lady Juliet le contaron que solían ir a aquel sitio cada martes —como poco—, porque el Club Astarea, al que ambas pertenecían, organizaba esos días charlas y espectáculos feministas que les gustaban mucho.
—Ahora que ya has acabado tus estudios y dispones de más tiempo libre, tienes que venir un día con nosotras, Helen —le dijo lady Juliet—. Estoy segura de que te va a gustar mucho.
Helen sonrió a la madrastra de Peter, tan encantadora y cariñosa como siempre, con sus grandes ojos gris verdosos llenos de entusiasmo.
En su momento, había sido su institutriz, y daba gracias siempre por el cambio de rumbo de su destino, aquel que las llevó a recibir en su casa a esa mujer.
Ella no solo supo hacerlas felices mientras aprendían Francés —algo que habría considerado imposible de no haberla conocido—, sino que les abrió la mente a una visión muy diferente del mundo.
Una en la que las mujeres también tenían derecho a un papel protagonista.
—Lo haré encantada. —Frunció ligeramente el ceño—. ¿No es ese el club de la señora Thompson?
—Nomy, sí. Eunomia Thompson. —Lady Beth sonrió—.
Es una mujer maravillosa, una buena amiga desde hace años.
—Lady Juliet asintió, confirmando el dato—.
Ella, lady Penelope Thompson y la señora Canterbary —a esa también la conocía, era la dueña de la exquisita sombrerería Dupont, de la esquina de Bond Street con Maddox— fueron las fundadoras, según tengo entendido.
—Creo que fueron solo Nomy y lady Penny, su cuñada —terció lady Juliet—. Que Blanche se unió luego, aunque muy al principio.
—Ah...
—Eunomia... —repitió Helen, casi paladeando el término—. Me encanta ese nombre. Debiste llamarme así, mamá.
—Tu pobre padre se hubiera muerto del susto. —Las tres rieron—. Además, no podía imaginar que ibas a querer estudiar Derecho, hija mía. Ni se me pasó por la cabeza hasta que lo anunciaste.
—Bueno, un poco sí que apuntaba maneras —terció lady Juliet—. Recuerda las Tres Normas del Amor que estableció a los trece años. Tiene alma de legisladora.
Volvieron a reír. Sí, qué divertido fue eso. Helen recordaba aquella época con mucho cariño. Corrían por la casa y los jardines con Peter y Oliver, y ellas tenían aquel rincón maravilloso en el desván. ¡Era todo tan fácil entonces!
Aunque, pensándolo bien, en su momento no lo parecía; al contrario, la Helen niña se enfrentaba una y otra vez a lo que consideraba obstáculos insalvables.
Ella no sabía que, en realidad, todo en su vida —tan privilegiada, por su posición social y por el enorme amor de su familia— podía solucionarse con un poco de determinación y confianza.
Que ahora lo viera todo con perspectiva no negaba eso.
¿Y si pasaba lo mismo en ese momento? ¿Y si todo se debía a que lo convertía en imposible, sin siquiera intentarlo lo suficiente?
Dudó un momento, pero decidió probar suerte.
—Mamá, ya que sois amigas, ¿no podrías hablar con la señora Thompson para que me dé algún trabajo en su despacho? Algo discreto y, aunque no sea remunerado, que me permita dedicarme a...
—Oh, Helen... —la cortó su madre con reproche—. Ya hemos hablado de eso. Y me consta que también te lo aclaró tu padre.
—Sí, pero... Es que no puedo, mamá, de verdad. Por más que lo intento, no puedo aceptarlo, voy a morirme si no logro dedicarme a lo que deseo. Por eso pensé que tú podrías hablar con él...
—Me temo que no, querida. Creo que su decisión es la correcta. Trata, por favor, de entenderlo.
Helen hizo una mueca.
—No puedo. Ni quiero. Me indigna que, como en todo, se me considere lo bastante capaz como para realizar la tarea, pero a la vez se me niegue la posibilidad de realizarla. Es un despropósito.
Lady Beth frunció ligeramente el ceño.
—Por Dios, hija mía, deja ya el tema. Ya está todo dicho, no deberías insistir. —Hizo un gesto discreto hacia lady Juliet—. Y, desde luego, no es momento de hacerlo.
—Lo siento. —Helen suspiró, dejando la taza sobre el platillo. Había perdido las ganas de tomar nada—. No quería incomodaros.
—No os preocupéis por mí. Lo entiendo. —Lady Juliet las miró alternativamente, preocupada, y carraspeó—. Tu madre y yo tenemos un regalo para ti, Helen.
—¿Sí? —preguntó ella, tratando de parecer interesada.
—No es gran cosa —explicó lady Beth, y esbozó una sonrisa con la que trataba de congraciarse. Lady Juliet puso sobre la mesa un paquete. Parecía un libro, aunque era de buen tamaño—. Pero esperamos que te guste.
Helen lo desenvolvió. Era un cuaderno, con las tapas forradas en brillante piel oscura, con un cierre de lazo, una tira también de cuero que se ajustaba a una agarradera de bronce. No era ostentoso, pero sí muy bonito, y elegante.
Al abrirlo, Helen encontró sus páginas en blanco, limpias, esperando.
—Tu cuaderno de casos —añadió lady Juliet, con una leve sonrisa—. Para que tomes nota de todo aquello que creas que merece ser resuelto.
Helen había pasado los dedos por el papel con una atención casi reverente.
—No puedo ejercer —susurró, sintiéndose de nuevo infinitamente triste. Odiaba el mundo, lo odiaba mucho. Era su enemigo, su adversario natural.
—No oficialmente —matizó su madre, todavía empeñada en congraciarse—, pero pensar, analizar y encontrar soluciones no requiere permiso de nadie.
Helen alzó la vista y la miró. Quería seguir enfadada, pero le resultó imposible.
Sintió que su corazón se enternecía al verla tan ansiosa; ella, que había renunciado a la Medicina por el bien de su familia.
Alguien a quien le había dolido tanto tener que elegir, que le había dado la espalda a cuanto deseaba, tratando de olvidarlo.
—Es cierto —murmuró—. Me las arreglaré. Gracias.
Hubo un breve silencio, aunque estuvo cargado de significado.
—Sabemos que no es suficiente —dijo entonces lady Juliet con calma—. Pero esperamos que te sirva de algo.
Helen cerró el cuaderno con cuidado.
—Sí. Entiendo su valor, de verdad, y pienso utilizarlo. —Sonrió, tratando de parecer animada—. Os lo agradezco mucho.
Seguro que tanto su madre como lady Juliet consideraban que ya estaba resuelto, que había entendido que, dada su posición y su sexo, no le quedaba otro remedio que resignarse a no tener una vida profesional.
Pero no, no iba a entenderlo, jamás podría, y, desde luego, no iba a resignarse a renunciar a sus sueños.
¿No la dejaban trabajar en un despacho? Pues muy bien, entonces aceptaría la propuesta de lord Waylord: realizaría ese informe sobre la situación y las aspiraciones de la mujer y los avances feministas.
Lo elaboraría a escondidas y, cuando —allá en el futuro, aunque esperaba que no muy lejano— se consiguiese el voto gracias a su trabajo, lo haría público y todos le pedirían perdón por no haberla apoyado en su momento.
Durante el resto de la tarde hablaron de otras cosas, de asuntos ligeros, como si aquel momento hubiera cumplido ya su función.
Pero la idea no la abandonó. Seguía allí, instalada con una claridad inesperada, y la llevó a dejar el cuaderno sobre el escritorio del pequeño despacho que tenía en su habitación.
Podía, al menos, no renunciar. No del todo. Lo usaría para el informe.
Pero incluso ese empeño dejaba en sus labios un sabor como a ceniza. Como si hubieran ardido sus sueños y caminase entre sus restos. Soñó que un juez le decía que era una soberbia y una ridícula por pretender ejercer una profesión de hombres, y Peter la miraba avergonzado y se iba.
¡Cómo le dolía esa mirada, ese rechazo! Helen lo llamaba una y otra vez, pero no se volvía. Solo se alejaba entre el viento oscurecido por el humo del incendio, hasta desaparecer.