Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 6. Un caballero envuelto en sombras
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Capítulo 6. Un caballero envuelto en sombras

Un caballero envuelto en sombras

E l hombre que se alzaba ante ella no necesitaba presentación para resultar notable.

Era alto y apuesto, con rostro de rasgos clásicos, una densa mata de cabello oscuro y unos ojos negros que lo observaban todo con gesto inteligente.

Seguramente superaba la treintena y, con toda probabilidad, era miembro de la nobleza, aunque eso era fácil de deducir porque llevaba un escudo de armas en el alfiler de diamantes que adornaba su pechera.

Todo en él parecía cuidadosamente medido: la postura, la mirada, incluso la leve inclinación de cabeza con la que la saludó.

—Lo es —respondió ella, sorprendida—. ¿Y usted es...?

Lady Annabelle reaccionó al momento, corrigiendo la situación.

—Oh, sí, permite que te presente a lord Bryan Carson, marqués de Waylord, Helen. Es el hermano mayor de lady Jane Carson, que estudia conmigo en Minstrel Valley. Suele visitarla cada mes, por eso nos conocemos. —Miró alrededor—. De hecho, está por aquí, hemos venido juntas.

—Así es. Ahora mismo baila con lord Berenson, que me ha solicitado un baile con ella con tanto entusiasmo que no he sabido negarme. Pero no sé si he hecho bien aceptando, porque ese hombre tiene tres pies y tropieza con todos ellos.

Annabelle se echó a reír.

—Pobrecita Jane. Pero quisiera introducirle a mi querida amiga lady Helen Bowler, hija del conde de Terrace.

Lord Waylord hizo una inclinación más cumplida, y ella replicó de igual forma.

—Un placer, lord Waylord —dijo.

—Puede llamarme Waylord, sin más. Todo el mundo lo hace.

—Oh. —Waylord, Waylord... Tardó un momento en concretar por qué le sonaba tan conocido aquel nombre.

En los últimos tiempos, su padre había hecho alguna referencia a él durante las comidas, y no para bien, precisamente.

Al parecer, estaban en bandos diferentes en el Parlamento y Waylord era «peligroso» y «sibilino».

También, su nombre circulaba por Londres con frecuencia creciente.

Todo lo relacionado con él implicaba política, influencia y ambición—.

He oído hablar mucho de usted últimamente. Encantada.

—El placer es mío. —Su mirada se detuvo fija en sus ojos, con un lejano eco sensual—. A mí también me han hablado de usted.

—Vaya. No sé si alegrarme. —Miró a Annabelle, sorprendida. Su amiga replicó con algo de sobresalto.

—¡Yo no he sido! Y no porque no piense que seas un gran tema de conversación, Helen. —Los tres rieron, corteses—. Solo que no ha habido oportunidad.

—Oh. Es...

—Perdón... —los interrumpió un joven pecoso. El hijo menor de sir Clarelow, un muchacho divertido, aunque algo simple. Sonrió a todos y se inclinó ante lady Annabelle—. ¿Me concedería este baile, milady?

—Oh, no sé... —Sonrió a Waylord y consultó a Helen con la mirada. Esta se dio cuenta de que no sabía si dejarla sola con Waylord.

—Por supuesto —le dijo, animándola también con el gesto—. Ve a bailar. Diviértete, querida.

—Yo entretendré a lady Helen —dijo lord Waylord—. De hecho, aprovecharé para invitarla también a bailar.

—Muy bien, entonces —replicó Annabelle, contenta—. Si me disculpan...

Lord Waylord y Helen observaron a la pareja mientras se alejaba hacia la pista de baile. Luego se miraron y ella sonrió tratando de parecer una mujer de mundo, aunque se sentía algo intimidada por la situación.

—Pues espero que quien fuera hablase bien de mí.

Él tardó apenas un segundo en entender el comentario y retomar el hilo de la conversación. Sonrió.

—Sin duda despertaron mi interés —replicó con amabilidad. ¿Qué quería decir con eso? Helen no supo cómo interpretarlo, y se consideraba una persona muy directa, por lo que replicó:

—Eso es... un poquito ambiguo. O mucho.

Él rio. Tenía una risa muy agradable. Muy varonil, como lo era todo en él.

—No lo crea. Es intencionado, para mantener su interés. —Hizo un gesto hacia la pista, donde se iba organizando la gente para un vals—. ¿Entonces, me concede este baile?

No había razón para negarse, de modo que asintió.

—Por supuesto.

Lord Waylord la condujo a la pista con una seguridad que no resultaba invasiva, sino elegante.

No tardó en descubrir que bailaba muy bien, mejor que ella, de hecho, aunque eso no suponía un gran mérito.

Durante los primeros compases, el silencio entre ambos fue cómodo. Se sonrieron y eso resultó suficiente.

—He tenido noticia de su reciente... actividad académica —dijo él al fin.

—¿Así lo llaman ahora?

—En ciertos círculos, sí. Debo añadir que la admiro, milady.

Ella parpadeó, tomada por sorpresa.

—¿De verdad?

—Procuro decir siempre la verdad. Es usted una dama hermosa y, además, es inteligente. Sus estudios de Derecho son la guinda del pastel. Es usted el ejemplo de lo que algunos esperamos que sea la mujer de este joven siglo xx .

Helen lo observó con atención renovada.

—¿Siempre habla así?

—Así, ¿cómo?

—Como si estuviera dando un discurso.

Él se echó a reír.

—Lo siento, supongo que es la costumbre. Me paso el día entre políticos, convenciendo a unos y otros... Pero en respuesta le diré que solo lo hago cuando creo que merece la pena.

—¿Y ahora lo cree?

Lord Waylord le clavó aquellas pupilas tan inteligentes.

—Y cada vez más —replicó. La música marcó un giro, y él ajustó el movimiento con precisión—. Dígame, ¿le gustaría colaborar conmigo en un empeño feminista?

—¿Con usted? ¿Y qué clase de empeño?

—Estoy en una pequeña comisión que intenta recopilar información para estudiar en serio la situación real de la mujer de nuestra época: qué derechos reclama, qué derechos deberíamos conseguir cuanto antes...

—El voto —dijo ella de inmediato. Luego, recordó su propia situación—. Y el derecho a ejercer las profesiones cuyos estudios ha superado como cualquier hombre.

Él lanzó una risa alegre.

—¿Lo ve? Ambas propuestas me parecen muy apropiadas. Creo que nos entenderíamos bien.

Helen sostuvo su mirada.

—¿Está ofreciéndome algo en concreto?

—Pues sí, así es. Me gustaría encargarle un informe sobre las aspiraciones feministas y las necesidades reales de las mujeres.

Siendo una dama ilustrada, abogada por estudios, creo que podría hacer un trabajo excelente, mejor del que podría conseguir de cualquier hombre.

O de cualquier asociación feminista, que fue en su momento mi primera opción.

En realidad, lo ha sido, hasta verla aquí esta noche.

—Interesante... —dijo ella, intentando controlar su entusiasmo.

Algo así podría suponer una salida a su dilema.

¿Les parecería bien a sus padres? No, claro que no.

A su padre no le haría ninguna gracia. Decidió ser sincera—.

El problema es que no sé qué opinaría lord Terrace de ello.

Que yo sepa, ustedes son adversarios políticos.

—Es cierto —aceptó lord Waylord con una sonrisa—. Pero el mundo político es una tierra cambiante. Los que son adversarios en un momento dado pueden tener metas comunes en otro. ¿Cree usted que su padre se opondría a una reforma como la que yo tengo en mente?

Helen no lo dudó ni por un momento.

—No. Estaría a favor. Por completo.

—Pues ya lo ve...

—Entonces ¿cree que si hablo con él y le cuento lo que me propone, me animará a colaborar con usted?

Las pupilas de Waylord centellearon.

—No. Su padre y yo hemos tenido grandes desencuentros y creo que no se fiaría de mí.

—Si es así, por algo será. Mi padre es un hombre sabio.

—Sin duda, lo es. Pero también es un hombre poco flexible en algunos puntos.

—Por la mente de Helen pasó el modo en que su padre se negaba a permitir ninguna posibilidad de que trabajase.

Sí, a veces era inflexible—. Y estoy seguro de que usted estará de acuerdo conmigo en que lo que importa es que en esto estaríamos de acuerdo.

Pero para poder convencer a los míos y así poder plantear algo a todos los grupos con su respaldo, necesito preparar y presentar una propuesta lo más elaborada posible.

—Helen sintió que la mirada de aquel hombre adquiría un peso propio—.

Necesito que alguien como usted se una a mí en el empeño.

De nuevo allí estaba, la razón por la que era una buena idea aceptar y no decir nada. Pero entonces...

—Podría trabajar con usted en un cierto secreto —le explicó—. Pero para eso, no podría reconocerse mi autoría.

Él negó con la cabeza.

—No, me niego.

—Pero...

—Milady, no podría ser. Mal empezamos si, llegado el momento, esto sale adelante gracias a su informe y resulta que no se le reconocen los méritos. Me niego en redondo.

—Pues no podría ser de otra manera.

Él hizo una mueca, contrariado. También ella lo estaba porque, cuanto más pensaba en ello, más deseaba hacerlo. Sería fascinante elaborar aquel informe, exponer en papel las necesidades existenciales de las mujeres del momento. Sería su granito de arena a la causa.

Pero no podía ser. Su padre se enfadaría mucho.

Giraron por el salón en silencio hasta casi el final del vals. De pronto, él dio un traspié.

—Perdón —se excusó—. Es que se me ha ocurrido algo.

—¿El qué?

—Elabore ese informe para mí... Espere —añadió al verla empezar a negar—.

Espere un momento, lady Helen, escuche. Hágalo desde el anonimato, si lo desea.

Lo estudiaré, lo aprovecharé para plantear el proyecto tal como le he contado y trataré de convencer a los míos.

Pero cuando lo utilice para reunir en el empeño a un grupo selecto de caballeros progresistas, su padre entre ellos, confesaremos la verdad, usted y yo.

Cuando ya sepan que tenemos entre manos algo sólido.

De ser así, habrá sido gracias a usted. Tiene que participar de los méritos.

—La música terminó y se detuvieron—. ¿Qué me dice?

¿Qué podía decir? ¿Que le parecía una gran idea, que lo estaba deseando?

De todos modos, no quería parecer desesperada por hacerlo. Además, sabía que estaba en el primer entusiasmo; su madre siempre le decía que no fuese impulsiva, que esperase siempre un tiempo para tomar decisiones. Quizá le viniera bien consultarlo con la almohada.

—¿Puedo pensármelo? —dijo.

—Solo si me promete aceptar después. —Ambos se sonrieron—. Claro que sí. Pero le ruego que me dé una respuesta lo antes posible, porque de no hacerlo tendré que buscarle una alternativa.

—Sí, por supuesto.

—Puede encontrarme en mi despacho del Parlamento, cualquier día. Suelo permanecer allí desde las nueve hasta la hora del té.

—Trabaja usted mucho.

—Me temo que es lo que llena mi vida. Al menos, de momento. —¿Estaba insinuando algo con aquello, y con la mirada? Juraría que sí... ¡Por supuesto que sí!—. ¿Vendrá a verme?

Helen lo observó durante un par de segundos.

Por alguna razón, lord Waylord le hacía pensar en Le Spectre , el espía francés que crearon de niños para sus juegos del Ministerio del Cuervo Silencioso, un adversario que destilaba peligro, inteligente y escurridizo.

Había sido un personaje oscuro, un caballero envuelto en sombras, pero también con una potente historia romántica, aunque, en su caso, había cortejado a Annabelle, no a ella.

—Si le soy sincera, no lo sé —replicó, al darse cuenta de que él seguía esperando una respuesta.

Un brillo cruzó los ojos de lord Waylord.

—Será interesante ver qué decide, entonces.

Helen no respondió. No supo qué decir y consideró que, en semejantes circunstancias, era mejor callarse.

Ella era mucho más joven y tenía mucha menos experiencia de mundo.

Y allí, en el filo de aquellas pupilas, atisbaba el inicio de algo que no era un cortejo, no era lugar para amantes inexpertos, sino un espacio diferente en el que hombres y mujeres se contemplaban unos a otros como miraba lord Waylord.

Con la misma corrección con la que la había invitado, la acompañó de vuelta hasta donde estaban Annabelle y Lorna, que observaban la escena con expresiones de querer aprenderse cada detalle.

—Miladies —dijo él, con una reverencia a la que ambas respondieron—. Lady Helen... —Una inclinación solo para ella. La devolvió debidamente—. Gracias por este delicioso baile. Espero tener pronto noticias suyas.

—Gracias, lord Waylord.

Se separaron con una leve inclinación de cabeza.

Annabelle no esperó ni un segundo.

—Bien —dijo en voz baja—. Eso ha sido interesante, Helen Bowler. Supongo que sabes que está casado.

¿Casado? Helen sintió a la vez un sobresalto y una punzada de decepción. Claro, cómo no, debería haberlo supuesto. A esa edad, el hombre que no había contraído matrimonio era porque tenía algún problema, y ninguno de los que pasaron por su mente encajaba con lord Waylord.

Pero no, ni siquiera había pensado en esa posibilidad.

—Claro que lo sé —replicó, de todos modos, restándole importancia. Hasta se encogió de hombros con indiferencia—. Pero ¿qué importa? Solo ha sido una conversación.

—Ha sido mucho más que eso.

Lorna asintió, pensativa.

—Se os veía muy... No sé. Ten cuidado, Helen. Lord Waylord es tan sumamente atractivo...

—Es peligroso —redondeó Annabelle.

Helen miró hacia la pista, donde Waylord ya hablaba con otros invitados, perfectamente integrado, perfectamente distante.

—Sí —dijo al fin—. Creo que sí que lo es.