Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 5. Pero ¿la inteligencia? ¡Por Dios! ¿Para qué la quiere? #2
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Capítulo 5. Pero ¿la inteligencia? ¡Por Dios! ¿Para qué la quiere? #2

—Eso dices ahora —dijo, con un ligero encogimiento de hombros—. Veremos cuánto te dura cuando empiecen a rodearte pretendientes con títulos y fortunas. —Helen iba a responder, pero Annabelle se adelantó, como si recordara algo de repente—. Por cierto, ¿qué tal está Peter? Esperábamos verlo aquí.

—Vendrá más tarde. Tenía una cena.

—Oh, bien... —Debió notar que pasaba algo, pero estaba más interesada en otro tema—. ¿Y te ha contado algo de Oliver?

El nombre introdujo un matiz distinto en la conversación.

—Sí. Al parecer, Peter le dijo que le escribiera a Londres y se ha encontrado tres cartas al llegar —contestó Helen—. Por eso sabe que sigue en África oriental, trabajando en sus mapas. Se queja de todo, pero le encanta.

—Seguro que sí. —Rio Lorna.

—¿Y no piensa volver? —preguntó Annabelle, que trataba de ocultar su interés por el tema. Pobrecilla. Helen buscó el modo de decirlo sin hacer demasiado daño.

—No inmediatamente, al menos.

Annabelle ladeó la cabeza.

—Curioso. Siempre pensé que...

Se detuvo, como si hubiera estado a punto de hablar de más. Helen la miró con atención.

—¿Qué?

Pero enseguida supo que su amiga no estaba dispuesta a seguir con el tema.

—No, nada —respondió con ligereza—. Que no entiendo que encuentre más agradable estar allí, moviéndose por junglas y ríos revueltos llenos de bichos inquietantes, a estar aquí, bailando con nosotras. —Con un gesto leve, abarcó el salón entero—. Incomprensible.

Helen siguió su mirada. Parejas girando al ritmo de la música, conversaciones cuidadosamente moderadas, risas en el punto justo. Todo era belleza y armonía. La alta sociedad británica lucía sus mejores galas y resplandecía con sus joyas.

—Sí —dijo al fin—. Supongo que lo es. Pero te recuerdo que, de estar en Inglaterra, Oliver no estaría aquí. No lo habrían invitado.

Annabelle parpadeó ligeramente.

—Oh, cierto... Es verdad, no lo había pensado.

—Yo estoy segura de que no tardará en volver —intervino Lorna con una sonrisa—. Y lo invitaremos nosotras mismas.

—Tendrán que invitarlo papá y mamá —corrigió Helen.

—Sabes que lo harán.

—Desde luego. Más les vale. —Alzó un dedito—. ¡O tendrán que atenerse a las consecuencias!

Annabelle soltó una pequeña risa.

—Oh, Helen, no cambies nunca. Nos haces la vida mucho más interesante.

Antes de que pudiera responder a eso, un grupo de jóvenes damas —lideradas por la Horrible Meredith Randall— se acercó, interrumpiendo momentáneamente la conversación con saludos y comentarios triviales.

Helen se sorprendió al comprobar que Meredith parecía interesada en mantener la amistad de Lorna, por la razón que fuera.

Y Lorna, que era un encanto, respondía en la misma medida.

—Lorna, querida, ¿podemos hablar un momento? —le dijo Meredith.

—¡Claro! —replicó la hermana de Helen, y ambas se fueron a un aparte.

Esta frunció el ceño, preguntándose qué estaría pasando entre aquellas dos. En cualquier caso, no intervino. Había pensado mantenerse al margen de todo, y pensaba cumplirlo a rajatabla, pero las muchachas que se habían quedado con Annabelle estaban hablando de algo que llamó su atención.

—... te aseguro que fue escandaloso.

—¿Y la echaron? ¿Sin pruebas?

—Si la despidieron, algo habría.

Helen giró ligeramente la cabeza, lo suficiente para captar mejor la conversación sin parecer interesada.

—¿De quién habláis? —preguntó Annabelle, con curiosidad.

—De una muchacha que trabajaba de doncella en casa de Meredith —respondió una de las jóvenes—. La han despedido por robo.

—Oh... ¿Y lo hizo?

Ellas se miraron unas a otras. Contestó la misma:

—Al parecer, se llevó una joya muy valiosa de lady Denham.

—Un broche —especificó otra.

—¿Al parecer?

—No han encontrado nada y ella lo niega, pero la madre de Meredith está convencida. Y, claro...

Un gesto vago completó la frase. Helen frunció ligeramente el ceño.

—¿Y eso ha bastado para despedirla? —Se oyó decir.

La joven la miró, sorprendida.

—Bueno... es su palabra.

—¿Y lo que alega la doncella?

Ahora la miraron todas escandalizadas. Incluso algo ofendidas.

—Esto no es una discusión entre dos fregonas, lady Helen —protestó una de ellas—. No creo que, en este caso, la opinión de esa criada tenga mucho peso.

—Por supuesto que no lo tiene —confirmó la Horrible Meredith, que se reunió con el grupo en ese momento, alzando la naricilla—.

No se puede pretender que la palabra de una doncella valga tanto como la de una vizcondesa.

¡Menudo sinsentido! A esa pequeña ladrona la han enviado de vuelta con su familia. Sin recomendación.

—Entonces no encontrará trabajo en ninguna parte... —murmuró Annabelle, apenada.

—Es lo habitual —añadió alguien más—. Una lástima, pero que se lo hubiese pensado mejor antes de tocar lo que no era suyo.

De nuevo, el gesto general mezcla de censura y resignación.

Helen no dijo nada más, pero la conversación se le quedó grabada con una claridad incómoda, como una marca al fuego.

No era el caso en sí lo que la inquietaba —no conocía a la doncella ni tenía contexto suficiente como para estar segura de lo que había ocurrido—, sino la facilidad con la que se aceptaba una conclusión sin pruebas, sin defensa y sin posibilidad de réplica.

¿Y si se habían equivocado? Su sentido de la justicia clamaba ante semejante posibilidad.

Aceptó un par de bailes sin apenas fijarse en qué caballero se lo pedía; ni siquiera habría sabido decir si habían hablado o no.

—Helen —susurró Annabelle, minutos después, inclinándose hacia ella—. Estás pensando demasiado.

—Es un defecto difícil de corregir.

—Aquí no te servirá de mucho.

—Ya... Pero no puedo evitarlo. Me gustan las normas y odio la injusticia. Y siento que, cuando ocurren cosas como esa...

—Ya. El mundo a veces es terrible —replicó Annabelle con gravedad. La joven se frotó las manos, cubiertas por guantes de seda del mismo tono verde claro de su vestido—. Helen, escucha, ¿sabes si Oliv...?

Se interrumpió al reparar en algo. Helen iba a preguntar qué le pasaba, cuando percibió una presencia distinta a su lado.

—Buenas noches, lady Annabelle, qué agradable sorpresa. Y usted es lady Helen Bowler, si no me equivoco.

La voz era firme, modulada con precisión. No buscaba imponerse, pero tampoco pasaba desapercibida. Jamás hubiese podido ocurrir algo así.

Helen se volvió.