Capítulo 5. Pero ¿la inteligencia? ¡Por Dios! ¿Para qué la quiere?
Pero ¿la inteligencia? ¡Por Dios! ¿Para qué la quiere?
E n la alta sociedad británica todos sabían que el baile anual de los vizcondes Millerson no era, en sentido estricto, un gran acontecimiento.
Londres estaba lleno de veladas semejantes, en las que la música, las luces y las sonrisas de los invitados se intercalaban entre eventos de mayor elegancia y envergadura.
La culpa era de lady Millerson, se decía, ya que, aunque la historia oficial hablaba de que se trataba de la hija de un modesto médico rural, una señorita del campo —lo cual ya hubiera sido bastante malo de por sí—, los rumores aseguraban que, en realidad, había sido una simple doncella en aquella misma mansión.
—Menuda tontería —afirmaba lady Juliet, enfadada, cada vez que surgía aquel tema—. Lo único que pasa es que lady Millerson prefiere dedicarse a la causa feminista y jamás se le dará bien la organización de fiestas. Pero no tiene nada que ver con haber sido doncella. Que lo era, y a mucha honra.
—No sé por qué se empeña en ocultarlo —convenía lady Beth—. Esas cosas solo llevan a empeorar la situación.
Sí, lady Millerson siempre había sido un poco desastre y cada temporada se hacían burlas sobre la mala elección de la cristalería o el poco garbo de la decoración floral.
Ese año, sin embargo, la dama había pedido ayuda a lady Beth y a lady Juliet, porque quería causar una buena impresión: su hija mayor, la joven lady Lily, acababa de ser presentada en sociedad y querían que la muchacha se sintiera orgullosa, además de lograr para ella el mejor partido posible.
O, en realidad, que tuviera todas las posibilidades para elegir.
Por eso, aquella noche, el salón de Millerson House estaba precioso como nunca. Hasta Helen tuvo que reconocerlo, pese a no estar con ánimo para fiestas.
¿Cómo podría? Sentía que su vida se estaba condenando por momentos.
Todo el mundo la vería con Peter —aunque el joven llegaría algo tarde porque tenía que acompañar a su padre en una cena importante, con la que iniciaba de algún modo su carrera política— y anunciarían de forma extraoficial que se había iniciado el tan esperado cortejo que desembocaría en su boda.
¿Y si se iba? Podría marcharse sin decirle nada a nadie, coger un coche de alquiler y volver a Terrace House por su cuenta.
Tentada estaba, pero se ganaría una regañina: primero, por parte de su madre; y luego, otra en el despacho de su padre.
Hacía mucho que no pasaba por esa experiencia —recordó la vez en que la riñó por haberle arrancado la peluca a la institutriz con una caña de pescar— y prefería que todo aquello siguiera quedando en un recuerdo.
Podía alegar que le había dado una fuerte jaqueca, y lo aceptarían —aunque el regaño iría al por qué se fue sola, sin avisar, algo inadmisible—, pero solo sería demorar lo inevitable.
No podría tener dolores de nada en la siguiente fiesta, que sería en menos de una semana.
De hacerlo, mejor tener de verdad la peste bubónica, o su padre exigiría que se explicase, y también Peter, y tendría que optar por aceptar lo inevitable o cortar de forma radical aquella relación.
Y no quería cortarla. Solo con pensar que Peter, su Peter, desapareciera de su vida, se le paraba el corazón.
—Oh, qué horrible soy —susurró para sí, mientras avanzaba entre los invitados saludando al paso con una sonrisa o una inclinación cuando era pertinente—. No sé ni lo que quiero...
En algunas cosas sí, se corrigió al momento, cuando se cruzó con el grupito de la Horrible Meredith Randall —siempre se refería a ella así, en vez del Honorable que le correspondía—, la hija pequeña de los vizcondes Denham.
Para muchos, era la joya de las debutantes de ese año; para Helen, una de las muchachas más tontas que había conocido nunca.
Y si tenía claro que quería algo era darle un buen sopapo.
Meses antes, justo al inicio de la temporada, su hermano mayor, el también Honorable Charles Randall, había invitado a bailar a Helen y se había mostrado muy interesado en ella —algo que la sorprendió por completo, porque era de conocimiento público que a Randall le gustaban las rubias de ojos azules y rostro angelical, jovencitas y tímidas, y lo más calladas posible—, pero ella le había dejado claro que no aceptaría un cortejo por su parte.
—Claro. He oído que está medio comprometida con Hallwoke —le dijo Randall, algo molesto.
Era un joven con cierto atractivo, pero su vida disipada empezaba a hacer clara mella en su aspecto.
Cuando pensaba en él, Helen siempre se decía que le hubiera venido bien un retrato en el que dejar las bolsas bajo sus ojos y el rictus de la boca, y todo lo que el propio Dorian Gray había logrado evitar en su persona.
—En realidad, lo que pasa es que estoy estudiando Derecho, y me gustaría poder dedicarme a la profesión en el futuro.
Él tardó un par de segundos en asumir lo que le estaba diciendo; luego, abrió los ojos al máximo.
—Qué aberración. Las mujeres no pueden ser abogadas.
—Las mujeres no pueden ejercer como abogadas...
ahora —replicó ella, simulando no haber oído lo de la aberración, aunque tomó buena nota.
Si antes no tenía ninguna intención de relacionarse con él, tras eso, ni aunque fuera el único hombre del imperio y dependiese de ellos la continuidad de todos los ingleses—.
Pero esperemos que pronto cambie la cosa. Hay que ser optimistas, ¿no cree?
Randall, que se consideraba un hombre guapo, como dejaba claro cada vez que se acariciaba el pelo, bufó despectivo.
—Debería saber que la inteligencia no es una virtud en una dama, lady Helen.
Lo son la belleza, el encanto, la ternura...
Los ideales femeninos que los hombres buscamos en toda mujer.
Pero ¿la inteligencia? ¡Por Dios! ¿Para qué la quiere?
Ya pensará su esposo por usted el día de mañana, y la protegerá de todos los problemas de la vida.
Yo me ocuparía de ello encantado, y creo que podríamos formar una familia que la haría muy feliz con las cosas del hogar.
—Sonrió con condescendencia—. No necesita llenar su cabecita de tonterías que, en realidad, seguro que ni entiende.
Helen se había echado a reír. No pudo evitarlo. Por suerte, a la vez terminó la pieza que bailaban y pudo separarse un par de pasos. Ojalá hubiesen podido ser un par de miles de kilómetros.
—Menudo montón de tópicos, señor —le dijo—.
Yo, por el contrario, pienso que la ternura es algo muy deseable en cualquier hombre, así como su belleza y su encanto, que no es que las mujeres seamos ciegas precisamente.
Y también opino que la inteligencia es una gran virtud en cualquier pareja.
Así las conversaciones son más satisfactorias.
Las nuestras, por ejemplo, dejarían mucho de desear, visto lo visto.
—Sonrió con amplitud—. ¡Qué suerte que no tengamos que volver a hacerlo!
Había quedado muy satisfecha de aquello, pero no tardó en descubrir que Randall estaba extendiendo rumores por ahí, porque días después escuchó a su hermana Meredith, mientras la criticaba en un corrillo.
—Mi padre barajó su nombre, pero mi hermano le dijo que ni loco, por supuesto.
No está nada interesado en ella. ¿Quién podría?
Lady Helen Bowler es una intelectual —incidió en el término como si fuera un insulto—.
Pretende ser más inteligente que cualquier hombre, ¿podéis creerlo?
—Su coro de amigas lanzó una buena variedad de exclamaciones de asombro—.
¡Menuda presunción! ¡Pues si no fuera porque su familia tiene acordado su enlace con el barón Hallwoke, se quedaría soltera por lista!
Y a ver qué haría entonces. ¡Comerse sus polvorientos libros de leyes, supongo!
—terminó, provocando un buen número de risas.
Helen no pudo contestar como se merecía —con un buen tirón de pelos y varias bofetadas, eso hubiese querido— porque sus padres estaban muy cerca, pero todavía hervía de furia por aquello. Esa noche, como todas, se miraron sin saludarse, y eso estuvo bien. No eran amigas ni lo serían jamás.
—¡Helen!
La voz, clara y alegre, atravesó el murmullo y la música con facilidad.
Lady Annabelle apareció ante ella con la energía de siempre, seguida de cerca por lady Lorna, la hermana pequeña de Helen, que, aunque más contenida, no ocultaba la felicidad por el reencuentro.
—¡Hermanita mayor! —dijo Lorna. Se besaron—. ¡Qué alegría verte!
—Me hubieras visto antes de haberte alojado en casa, hermanita pequeña.
Lorna puso expresión culpable.
—Ay, sí, lo siento mucho. Es que estamos todas juntas en casa de una de las patrocinadoras, y es muy divertido. Mamá lo vivió y lo entiende. ¡Tendrías que venir tú a la escuela! ¡Nos lo pasamos muy bien!
—Ya. —Seguro que sí. ¡Las echaba tanto de menos! Pero hizo un gesto vago alrededor—. Es que estas cosas no son lo mío...
—Danos una oportunidad. ¡Conseguiremos que te gusten!
—aseguró Annabelle, tomándola de las manos con sus ojos almendrados llenos de un afecto sincero.
Al igual que su cabello, eran del color de la miel; bajo el sol, casi dorados, aunque tenían algo de verde alrededor del iris—. ¡Te echamos mucho de menos!
—Eso es una exageración, nos vimos el mes pasado —respondió Helen, sonriendo—. Pero agradezco el cumplido.
—No lo es —intervino Lorna, con suavidad—. Exageración, me refiero. Aunque nos vimos el mes pasado, estabas demasiado ocupada.
—¡Estudiando Derecho! —añadió Annabelle con un ligero énfasis, como si la palabra en sí misma fuera una rareza digna de comentario.
Helen alzó una ceja.
—Es una ocupación bastante respetable.
—En ciertos círculos, quizá —replicó Annabelle—. En otros, provoca desconcierto.
—Me temo que, como ya os he dicho muchas veces, esos círculos no son los que más me interesan.
La respuesta arrancó una sonrisa a Lorna, pero Annabelle la observó con un brillo curioso.