Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 4. Un té con cortejo incluido #2
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Capítulo 4. Un té con cortejo incluido #2

—Lo sé. Te refieres a las Damas Selectas.

Pero te recuerdo que yo no he querido estudiar en Minstrel Valley.

No quiero... consagrar mi vida a una causa feminista en la que yo no pueda sacar también alguna ventaja.

No sé si me explico. No quiero parecer egoísta, mamá, pero no voy a conformarme sin más, tocando el piano o leyendo, dejando pasar la vida, con la esperanza de que mis nietas puedan votar.

Quiero votar yo. Y que también lo hagan ellas. —Suspiró—. ¿Crees que soy horrible?

—No, cariño. Eres joven y los tiempos cambian. Quién sabe, quizá algún día podamos votar las dos.

—De ser así, no será por las mujeres que se queden al margen.

Lady Beth la miró dolida.

—¿Crees que yo me quedo al margen? Colaboro con Juliet en la causa feminista, lo sabes.

—No lo decía por ti, mamá. Aunque sí que es verdad que... —Se detuvo, pero ya había hablado demasiado—. Papá me dijo que, cuando eras joven, querías estudiar Medicina.

Su madre se quedó con la boca abierta un par de segundos. Luego, carraspeó.

—No debió hacerlo. Es algo de otra época.

—Pero ¿es cierto? ¿Querías estudiar Medicina? —Lady Beth asintió, aunque a regañadientes—. ¿Seguro que tenías vocación?

—¿Qué quieres decir?

—Que no lo entiendo. Nunca has mostrado mayor interés en ese tema, nunca te he visto leer libros o comentar...

no sé, nada relacionado. Nunca nos has atendido tú cuando nos hemos puesto malas.

Llamabas al médico. Te ocupabas de supervisar la medicación, pero justo hasta que nos reponíamos, ni un segundo más.

—Ya, bueno... Hubo un momento, cuando tuve que elegir, en que escogí darle por completo la espalda, porque no era la vida que me estaba destinada y eso...

eso dolía mucho, Helen. Dolía tanto que preferí alejarme todo lo posible, fingir que no era cierto, que no lo deseaba ni lo necesitaba...

Pero sí, quería —reconoció lady Beth, dándose por vencida—.

Siempre lo quise, desde niña. Mi abuelo materno era médico, ¿sabes?

—Helen negó con la cabeza, aunque de pronto tuvo un lejano recuerdo de que alguien lo había mencionado alguna vez, aunque no había prestado mucha atención—.

No ejercía propiamente, puesto que era conde y no lo veía apropiado, pero, cada año, se iba varios meses por el mundo, a ayudar en los países menos favorecidos y, a su vuelta, me contaba cosas.

Mi ilusión era hacer lo mismo: doctorarme en Medicina y viajar a África o algún país así, lleno de necesidades, a ayudar a los menos favorecidos.

—¡Oh, qué idea maravillosa! ¿Y por qué no lo hiciste?

—Pues porque me casé.

—¡Mamá! —Le lanzó una mirada de puro desconcierto—. ¿Cómo pudiste renunciar a algo así? En serio, no lo entiendo.

Su madre parpadeó. Luego, volvió los ojos hacia las llamas de la chimenea.

—No pude hacer otra cosa, cariño. Mi familia estaba arruinada y me necesitaba. No podía pensar solo en mí.

—Oh... —Sí, claro. Eso lo explicaba todo. Lady Beth se sacrificó a sí misma para conseguir una estabilidad económica para los suyos. Sintió una pena infinita—. Lo siento mucho, mamá.

—No, ¿por qué? La suerte no pudo sonreírme más. Conocí a tu padre y me enamoré de él casi de inmediato. Y a su lado tuve unas hijas preciosas que no cambiaría por ninguna profesión en el mundo.

Helen se levantó del sillón y se sentó en el sofá, junto a su madre. Ambas se abrazaron.

—Gracias, mamá. Nosotras también te queremos mucho.

—Lo sé. Helen...

—¿Sí?

—¿Por qué te has cambiado de vestido? ¿Dónde está el que encargué para que lucieras al venir Peter?

—Es una larga historia...

—Bueno. Puedes contármela más tarde.

—Como quieras... Pues es una pena que renunciases a tu vocación, mamá —siguió Helen al cabo de unos segundos—. Yo no sé si habría podido hacer algo así, la verdad.

—Seguro que sí. ¿Recuerdas el día en que te pedí que pidieras perdón a la tía Gormlaith, pese a saber que tú tenías razón? El día en que le tiraste el plato de estofado encima...

—Oh, sí. —Helen abrió mucho los ojos al recordarlo—. Tenía que salvar a Oliver. Fue terrible.

—Sí... ¿Recuerdas lo que te dije?

—Claro. Que tenía que hacerlo por Lorna. Necesitábamos el dinero de la tía Gormlaith, por eso soportábamos su mal genio. —Sonrió con nostalgia—. Bueno, hasta que papá le paró los pies.

—Sí, en realidad debió hacerlo antes, porque luego fue todo mucho mejor.

—Era cierto. Hasta habían llegado a querer a la Gorgona, y a lamentar sinceramente su muerte, cuando Helen tenía dieciocho años—.

La cuestión, cariño, es que aquel día le pediste disculpas.

Y sabías que no eras culpable de nada, pero lo hiciste.

—Por Lorna.

—Así es. Hacemos sacrificios por la gente que amamos. —Le acarició el pelo—. Por suerte, no es el caso. Tú te casarás con quien quieras y solo si quieres.

—Lo cierto es que no quiero. Me encantaría probar suerte como abogado. Además, yo no quiero casarme y ser una carga para Peter.

—¿Una carga?

—Sé que tiene ambiciones políticas; por eso, no le va a convenir una relación conmigo.

—No le dio tiempo a preguntar. Se lo explicó por sí misma—.

Porque yo quiero luchar por el sufragio, mamá, y por los derechos de las mujeres en general.

Y no quiero que nada ni nadie me aparte de ese empeño.

Además, ¿qué pasará si me caso y Peter me lo prohíbe?

—No lo hará.

—No... Pero ¿qué pasará si me caso y hundo su carrera? «La esposa de lord Peter Swann vociferando desquiciada en un mitin feminista». ¿Qué te parecería eso en la portada de un periódico?

—Terrible. ¿No podrías evitar lo de «desquiciada»?

—Oh, vamos, no bromees.

—De acuerdo. Y entiendo tus miedos, de verdad. Además, no se debería obligar a las mujeres a elegir entre su papel en la casa y su profesión.

—Opino lo mismo. El problema es que ocurre. Y yo no quiero quedar atrapada en medio.

Helen guardó silencio. En algún lugar de la casa, una puerta se cerró. Un sonido leve, cotidiano.

—Tu padre le va a dar permiso —dijo lady Beth—. Pero eso no significa que tengas la obligación de aceptar.

—Lo sé. —Se frotó nerviosa las manos—. Ay, mamá, no sé qué hacer.

La condesa esbozó una leve sonrisa, casi imperceptible.

—Plantéate la idea de que Peter se va. Que decidís dejar el asunto y sale definitivamente de tu vida. ¿Cómo te sentirías en ese caso?

Helen titubeó un momento.

—Mal...

—¿Lo ves? Piensa en ello y actúa en consecuencia.

Oyeron que los hombres volvían, así que dejaron el tema. Sin embargo, Helen no pudo apartar la desazón que le provocaba la idea de que pensar en la ausencia de Peter la hacía sentir mal. Muy mal.

Definitivamente, no veía salida.